Parte 1:
Me llamo Carmen y trabajo cuidando abuelitos aquí en el asilo San Rafael, a las afueras de Puebla. He visto muchas cosas tristes en mi vida, pero ninguna me ha roto el alma como lo que pasó en el cuarto 8 aquella noche de tormenta.
Doña Mercedes me miró desde su cama. Tenía el cabello blanco bien trenzado, sus labios pintados de un rojo vibrante y un collar de perlas falsas sobre su camisón azul. Parecía arreglada para ir a una fiesta elegante. Pero la cruda realidad es que se estaba m*riendo
—No apagues la luz, mija… mis hijos vienen por mí esta noche.
El reloj marcaba las 11:46 p.m.. Sentí un nudo seco en el pecho y puse mi mano sobre el apagador, suplicándole que descansara.
—Descansaré cuando lleguen —me contestó, con la vista clavada fijamente en la puerta de madera.
Llevaba dos años esperando escuchar los pasos de sus hijos. Su hijo menor, Daniel, el mismo que le juró a la Virgen de Guadalupe que nunca la dejaría sola, fue quien la abandonó en este lugar prometiendo que solo serían quince días. Cada santa mañana me pedía su espejito, su polvo y “tantito labial” para no verse abandonada.
Pero esa noche el ambiente era distinto y pesado. A las 11:30 su presión se había ido a pique. A las 11:50, el sonido de unos pasos rápidos resonó en el pasillo oscuro. El rostro pálido de Doña Meche se iluminó con una sonrisa esperanzadora.
Pero no eran sus hijos.
Era el licenciado Ocampo, un notario de San Andrés, empapado por la fuerte lluvia y apretando tres misteriosos sobres amarillos bajo el brazo. Él traía una verdad terrible.
—Pase, licenciado —susurró ella, levantando apenas la mano temblorosa—. No vaya a ser que mis hijos también lleguen tarde para escuchar la verdad.
Justo en ese segundo, el rugido de tres camionetas frenando de golpe afuera rompió el silencio del asilo. Roberto, Claudia y Daniel al fin venían por ella.
¿QUÉ SECRETO OSCURO ESCONDEN ESOS TRES SOBRES Y QUÉ PASARÁ CUANDO SUS HIJOS CRUCEN ESA PUERTA?!
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