Un vuelo temprano desde Monterrey reveló lo que sucedía a mis espaldas; el tono de mi hijo al hablar de su madre me destrozó el corazón para siempre.

—Si tu mamá se m*ere hoy, no hagas un escándalo, papá… ya todos sabíamos que podía pasar.

El aire se me atoró en el pecho. Solté la maleta en la entrada. El golpe retumbó en las paredes, pero mi hijo Diego ni siquiera parpadeó. Estaba sentado en el sillón viejo de la sala, con los hombros caídos y las manos sobre las rodillas. A su lado, Mariana, su esposa, mantenía la vista clavada en el piso.

No había televisión. No había ruido. Solo un silencio espeso, de esos que huelen a tragedia.

Yo venía de Monterrey. El director canceló a última hora y tomé el primer vuelo de regreso a la Ciudad de México. Traía unas enchiladas suizas en una bolsa de plástico. Quería sorprender a Teresa.

Pero la casa estaba a oscuras a las tres de la tarde.

—¿De qué ching*dos hablas? —Mi voz salió rasposa. Las manos me empezaron a temblar.

Diego levantó la cara. Sus ojos estaban secos. Demasiado secos para un hijo que habla de su madre. Mariana se acomodó el suéter, apretando los labios hasta dejarlos sin color.

—La llevé al hospital en la mañana —dijo mi hijo, con un tono tan monótono que me heló la nuca—. Se puso mal.

Sentí un zumbido en los oídos. Teresa era una mujer de acero. Y ahí estaba mi propia sangre, hablando de su m*erte como si diera el pronóstico del clima.

Dejé caer las enchiladas. Agarré las llaves del carro.

—¿Qué le hicieron?

Mariana cerró los ojos de golpe. Diego tragó saliva, la manzana de Adán le brincó en el cuello y se tensó. No era postura de consuelo; era de defensa.

Manejé al Hospital San Gabriel sin sentir el volante. Al llegar a urgencias, el olor a alcohol me golpeó el estómago. La doctora Méndez me interceptó antes de entrar al cuarto. Su rostro pálido me paralizó las piernas.

—Su esposa no se enfermó de la nada, don Ernesto —susurró, mirando a los lados—. Encontramos algo en su sangre. Necesito saber exactamente quién le prepara la comida.

En ese instante, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Diego. Al leer la pantalla, el suelo desapareció bajo mis pies.

¿¡QUÉ CLASE DE MONSTRUO ESTABA SENTADO EN MI PROPIA SALA!?

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