El calor sofocante del área de lavandería de la prisión de Santa Martha Acatitla me asfixiaba los pulmones.
Sentía el muro de concreto húmedo y cubierto de moho verde aplastando mi espalda. Eran las manos ásperas de Héctor, el temido jefe del bloque de celdas número cuatro. Agarraban con una fuerza sobrehumana el cuello de mi camisa desgastada, exhalando un aliento agrio con olor a sudor y cigarros baratos directamente a mi cara.
Me gritó: “¿Quién te crees que eres para atreverte a robar mi mldito teléfono, pinche cbrón?”.
Yo jadeaba desesperado, agitando las manos en pánico y negando rotundamente la acusación. El sudor frío me recorría la columna vertebral, empapando mi uniforme gris. Yo no había robado absolutamente nada.
Fue Carlos, mi compañero de celda en el que más confiaba. El mismo con el que compartía los pedazos de pan duro. Él me había puesto el teléfono en la mano anoche, mintiéndome que era un regalo contrabandeado por su familia a través de la cocina.
Al darme cuenta de que me habían tendido una trampa espectacular, la s*ngre me hirvió en la cabeza.
Solté un rugido y usé todas las fuerzas que me quedaban para empujar el pecho de Héctor. Me escabullí hábilmente entre sus enormes matones, pisoteando las pilas de ropa sucia y corriendo por mi vida hacia el patio principal.
La luz cegadora e implacable del sol de la Ciudad de México me g*lpeó en los ojos. Los gritos y groserías de cientos de reclusos tatuados resonaban en el inmenso patio caótico y polvoriento.
Lo busqué frenéticamente con la mirada y vi a Carlos fumando tranquilamente en la esquina de la cerca de alambre de púas del área B. Tenía una expresión de total indiferencia, como si nada pasara.
Me abalancé sobre él como un animal herido, agarrándolo volentamente por el cuello de la camisa. Rugí con rabia: “¡Hijo de la chngada! ¡Me pusiste un pinche cuatro! ¡Tú me diste el celular de Héctor! ¿Por qué, güey?”.
Carlos no mostró ni una pizca de miedo ni remordimiento. Solo soltó una risita burlona, empujó mi mano con v*olencia y me dijo entre dientes con frialdad.
“No manches, Mateo, no seas pndejo”, escupió. “Le debo cincuenta mil pesos en apuestas a Héctor, tenía que encontrar a un chivo expiatorio para que no me mtara”.
Un nudo de pura vergüenza y pánico se apretó en mi garganta; en este infierno, mi mayor error fue confiar en alguien.
Justo en ese preciso y terrible momento, la enorme sombra oscura de Héctor cayó sobre nosotros, tapando el sol.
¿QUÉ ESTABA A PUNTO DE DESCUBRIR HÉCTOR Y CUÁL ERA EL VERDADERO SECRETO QUE SE OCULTABA BAJO MI COLCHÓN?
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