El olor a cloro y pino me golpeó antes de escuchar su voz.
Caminaba por el lobby del Gran Imperial, con Valeria apretando mi brazo, quejándose del tráfico insoportable de la Ciudad de México. Yo solo quería llegar a la suite y revisar unos contratos.
Pero entonces, una voz que me había atormentado durante siete meses en mis silencios sonó a mis espaldas.
—¿Necesitan toallas extras en su habitación, señor?
Me quedé clavado en el piso de mármol.
Me giré lentamente. Los candelabros de cristal iluminaban el uniforme azul desteñido, las manos agrietadas por los químicos y ese pesado carrito de limpieza que chirriaba.
Era Lucía.
Mi esposa. La mujer que desapareció de nuestra casa sin dejar ni una nota.
Su rostro estaba pálido, afilado. Pero mis ojos bajaron como plomo hacia su vientre. Estaba enorme. Ocho meses, quizás más.
—¿La conoces, Alejandro? —preguntó Valeria, frunciendo el ceño y soltando una risita nerviosa al ver que no me movía.
Lucía bajó la mirada, agarró el trapeador con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, y me habló con una frialdad que me rasgó el pecho:
—Con permiso, señor.
Ese “señor” me quemó la garganta.
Valeria tiró de mí, enfurecida por la escena que estábamos montando frente al gerente. Pero yo me solté de un tirón. Dejé a mi novia parada en medio de todo ese lujo falso y corrí tras ese uniforme azul, empujando la puerta prohibida de servicio.
El pasillo estaba oscuro, sofocante, apestando a humedad y ropa sucia.
Lucía estaba arrinconada contra los casilleros de metal, respirando agitada, abrazando su vientre con absoluto terror. Sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas contenidas.
—¿Qué haces aquí? —logré balbucear, sintiendo que las rodillas me temblaban—. ¿Ese bebé…?
Ella levantó la barbilla, temblando de pies a cabeza, y me lanzó una mirada cargada de tanto dolor y rabia que me quitó el aire.
¿QUÉ FUE LO QUE ME DIJO EN ESE SUCIO PASILLO QUE DESTRUYÓ POR COMPLETO MI VIDA PERFECTA?!
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