Parte 1:

El comedor de la prisión de alta seguridad era un hervidero de metal y de pura tensión. Yo solo soy un hombre delgado que ya ronda los sesenta años, cansado de la vida, con unos lentes de lectura rayados y una calma que a muchos en este infierno les resulta insultante.

Esa tarde, el aire se sentía más pesado. El Toro, un reo de casi dos metros, con la cabeza afeitada y el cuerpo repleto de tatuajes que narraban sus crímenes pasados, andaba buscando entretenimiento a costa de los demás.

Yo estaba en mi mesa, masticando despacio. De pronto, una sombra me cubrió. El Toro se paró frente a mí y, con un movimiento v*olento, me tumbó la bandeja de comida al sucio suelo de concreto.

—«Ya has comido mucho por hoy, viejo» —rugió con voz rasposa mientras me daba un empujón que me hizo tropezar y caer justo sobre los restos de mi propia cena.

El frío del piso me caló los huesos. Las miradas de todos los demás reos se clavaron en mí, guardando silencio, esperando ver a este pobre anciano llorar.

—«Ahora vas a comer del suelo, como el anim*l que eres» —escupió El Toro, soltando una carcajada seca.

Nadie movía un músculo. Pero yo no lloré. Mis rodillas dolían por los años que cargo, pero mi mente estaba más fría que el hielo.

Me levanté despacio. Me quité los lentes con lentitud, los limpié en la tela áspera de mi uniforme naranja y clavé mis ojos directamente en los suyos. En mi mirada ya no había miedo, sino una oscuridad abismal que hizo que el aire del pabellón se volviera asfixiante y pesado.

El Toro dejó de reír. Se dio cuenta, un segundo muy tarde, de que algo andaba mal.

Parte 2: El Despertar del Destripador

El sonido de la charola metálica chocando contra el suelo de concreto resonó como un disparo en medio del comedor del reclusorio. Los frijoles aguados, el arroz reseco y el pedazo de bolillo duro que conformaban mi cena se esparcieron por el piso mugriento. El aire, que ya de por sí olía a sudor rancio, a humedad y a desesperanza, de repente se volvió espeso, casi asfixiante. El Toro, ese gigante de casi dos metros con el cuerpo tapizado de tinta carcelaria, me miraba desde arriba con una sonrisa torcida, esperando mi reacción.

Los demás reos guardaron silencio, una pausa sepulcral en la que solo se escuchaba el zumbido eléctrico de las lámparas fluorescentes parpadeantes. Todos en ese comedor, desde los novatos asustados hasta los líderes de los módulos, estaban aguantando la respiración, esperando ver al anciano llorar, suplicar o encogerse de miedo en el piso. En este mundo, en las entrañas de un penal de máxima seguridad en México, mostrar debilidad es firmar tu propia sentencia. Y yo, a mis sesenta años, con mi complexión delgada y mis canas, era el blanco perfecto para que un m*tón inflara su ego.

Pero no lloré. No sentí terror. Tampoco sentí rabia, al menos no esa rabia explosiva y estúpida que tienen los jóvenes. Lo que sentí fue un cansancio profundo, un hastío milenario. Mi paciencia se había agotado.

Me levanté del suelo muy despacio, sintiendo el crujido de mis rodillas desgastadas por los años y los cstigos de una vida que ninguno de estos chamacos podría siquiera imaginar. Me quité las gafas de lectura con una lentitud calculada, casi ritual. El plástico de los lentes estaba manchado con unas gotas de la sopa derramada. Con infinita calma, usé la tela áspera de mi uniforme naranja del penal para limpiarlos cuidadosamente. Cada movimiento mío era un contraste brutal con la energía volenta y caótica que El Toro irradiaba.

Cuando finalmente levanté la vista y miré a ese gigante a los ojos, el comedor entero pareció bajar la temperatura. Él esperaba ver a un abuelo tembloroso, pero se encontró con algo que no supo procesar. En mis ojos no había miedo, ni una sola gota de pánico; había, en cambio, una oscuridad abismal, fría y vacía, una mirada que hizo que el aire a nuestro alrededor se volviera pesado y t*óxico. Esa es la mirada de alguien que ya cruzó el infierno de ida y vuelta, alguien que ha visto cosas tan espantosas en las sierras y en los callejones de este país que un simple bravucón de patio le resulta patético.

El Toro parpadeó. Su sonrisa burlona vaciló por una fracción de segundo. Ese fue su error. Esa duda, ese instante microscópico en el que su instinto animal le advirtió que había pateado al perro equivocado.

En un movimiento tan rápido que nadie en ese comedor pudo predecir, ni los reos amontonados ni los celadores apostados en las rejas, mi cuerpo recordó quién era. Años de quietud se desvanecieron. No necesité pensar, no necesité planear. Me abalancé sobre él con la fuerza de un resorte oxidado que de pronto se libera. Mi objetivo no era su pecho masivo ni sus puños; mi objetivo era su cuello, la vulnerabilidad pura que este gigante había dejado expuesta en su arrogancia.

No usé un arma. En las prisiones de este país, un cchillo improvisado o una punta de metal son el pan de cada día, pero yo no necesitaba acero. Usé mi instinto, la herencia salvaje de años de supervivencia cruda. Antes de que los guardias de las torres pudieran siquiera reaccionar, agarrar sus radios o gritar una orden, mis dientes encontraron su carne. Con una precisión bestial y un mrdisco certero, le arranqué un pedazo de oreja.

El sabor a hierro, salado y caliente, inundó mi boca. El crujido del cartílago cediendo fue ahogado por el sonido que vino después.

El Toro, el terror del bloque de celdas, el gigante intocable, soltó un alarido de dlor tan agudo y desgarrador que resonó en todas las galerías del penal, rebotando contra las paredes de concreto desnudo. Fue un grito que no era de un hombre fuerte, sino de una bstia hrida y aterrorizada. Tropezó hacia atrás, perdiendo el equilibrio, chocando contra las mesas de metal, mientras la sngre espesa y oscura brotaba a borbotones, manchando su hombro tatuado con los símbolos de sus pandillas.

Me quedé allí, de pie en el centro del caos que acababa de crear. Escupí el pedazo de carne al suelo de concreto, justo al lado de los frijoles derramados. El silencio en el comedor ya no era de expectativa; era un silencio de absoluto t*rror. Cientos de miradas estaban fijas en mí, paralizadas. Los custodios empezaron a correr hacia nosotros haciendo sonar sus macanas contra los barrotes, pero ya era tarde. El mensaje había sido entregado.

Me acomodé la ropa, me sacudí un poco de polvo imaginario del hombro de mi uniforme naranja y, con una voz baja pero que cortó el silencio como una navaja, simplemente dije: —«No me interrumpas cuando estoy cenando».

Miré a El Toro, que estaba en el suelo, agarrándose un lado de la cabeza, llorando con una mezcla de d*lor físico y humillación absoluta. —«Mi paciencia se quedó afuera de estos muros, cabrón».

Parte 3: El Respeto del Silencio y los Fantasmas del Pasado

Aquel día, la dinámica entera del penal cambió para siempre. La noticia corrió más rápido que la pólvora por los pasillos, celdas y patios. La prisión entera supo quién era realmente ese viejo callado al que conocían como Don Elías.

Descubrieron de la peor manera que, tras esa apariencia inofensiva de bibliotecario jubilado, se escondía una historia que muchos creían que era solo un mito urbano. Se dieron cuenta de que yo era «El Destripador». Los reos más viejos, los que llevaban décadas encerrados, empezaron a susurrar mi nombre con respeto y miedo, recordando la leyenda negra de mi juventud en las calles más pligrosas del país, un hombre que jamás necesitaba un cchillo para desarmar, destrozar y someter a sus enemigos.

A partir de ese instante, mi vida en el reclusorio dio un giro. Desde ese momento, nadie, absolutamente nadie, volvió a acercarse a mi mesa en el comedor. Podía sentarme en medio del patio a plena luz del día, y un círculo imaginario de diez metros se formaba a mi alrededor. Era como si irradiara un campo de fuerza hecho de t*rror puro. Los reos más jóvenes, esos chamacos agresivos y llenos de soberbia que antes me miraban con desprecio, ahora bajaban la mirada rápidamente cuando yo pasaba por los pasillos. Se apartaban, murmurando saludos nerviosos: “Con permiso, jefe”, “Buenas tardes, patrón”.

¿Y El Toro? El Toro quedó destruido. No físicamente, porque las hridas sanan, sino espiritualmente. Brutus, humillado en público y con una fea cicatriz en la oreja que le recordaría su terrible error por el resto de su vida, se convirtió en un chiste viviente. Pasó de ser el dctador del pabellón a ser el blanco de las burlas silenciosas de toda la prisión. Perdió de la noche a la mañana todo su poder de intimidación. Ya nadie le pagaba cuotas, nadie le cedía el paso. Aprendió que el tamaño y los tatuajes no sirven de nada cuando te enfrentas a la verdadera oscuridad.

Parte 4: Una Paz Amarga y la Reflexión de un Hombre Viejo

Yo no busqué esto. Esa es la tragedia de mi existencia. Don Elías no buscaba problemas; yo ya había dejado la v*olencia atrás, yo solo quería cumplir mi condena en paz, envejecer en el rincón más tranquilo de mi propia mente, recordando a los que perdí y pagando mis pecados en silencio.

Las autoridades del penal, temiendo que mi presencia desatara más conflictos o que otros intentaran probarse a sí mismos retándome, tomaron una decisión. Al final, los guardias me sacaron de la población general y me dejaron en una celda individual. Dijeron que era por la «seguridad de los demás», y no se equivocaban.

En esa celda solitaria, encontré mi refugio. Pasé mis días leyendo los libros desgastados de la biblioteca del penal, viendo cómo los rayos del sol se colaban por la pequeña ventana de barrotes, midiendo el paso del tiempo por las sombras en la pared. Irónicamente, alcancé el estatus más alto que un hombre puede tener en el encierro: era respetado por todos. Pero no me respetaban por mi fuerza física —soy solo un viejo huesudo—, sino por esa aura de pligro ltal que emanaba de mi inquebrantable calma.

A veces me asomo por los barrotes cuando me sacan al patio. Veo a los jóvenes pelear por cosas absurdas, gritando, presumiendo músculos y armas hechizas. No entienden nada.

Si algo puede aprender cualquiera de mi historia, de la tragedia de Don Elías, es una moraleja escrita con sngre y tiempo: Nunca juzgues la capacidad, la pligrosidad o el pasado de un hombre por su edad o por su apariencia frágil. En este país, la gente más dura no es la que más grita, ni la que trae las trocas más grandes o las cadenas de oro más pesadas.

Es una ley de la naturaleza: Bajo el agua más mansa se esconden las corrientes más profundas y p*ligrosas. Las superficies tranquilas son las que te ahogan si te confías. En la vida, y especialmente en lugares donde la supervivencia pende de un hilo, el respeto no siempre se gana gritando, amenazando o mostrando músculos.

La verdadera ferza es fría, calculadora y muda. A veces, el silencio más profundo oculta al adversario más ltal. Y yo, en el ocaso de mi vida, dentro de esta jaula de concreto, he vuelto a ser el silencio que todos temen.

El silencio en una celda de aislamiento no es un silencio real. Es un zumbido constante, pesado, que se te mete por los oídos y te hace vibrar los dientes. Aquí, en las entrañas de este reclusorio de máxima seguridad en México, el aislamiento tiene su propia voz.

Escucho el goteo de una tubería oxidada al final del pasillo. Escucho los pasos pesados de los celadores, el rechinar de sus botas de cuero sintético contra el concreto pulido por años de miseria.

A veces, en las madrugadas, cuando el frío de la sierra baja y se cuela por la pequeña ventana enrejada de mi celda, escucho los lamentos de los otros. Hombres rotos. Hombres que creían comerse el mundo a mordidas y que ahora lloran por sus madres en la oscuridad.

Yo no lloro. Mis lágrimas se secaron hace más de treinta años.

Mi celda es pequeña. Tres pasos a lo largo, dos a lo ancho. Una plancha de cemento que hace de cama, una colchoneta delgada que huele a humedad vieja y a desesperación. Un inodoro de acero inoxidable sin asiento. Un lavabo donde el agua sale turbia y fría.

Para un hombre joven, este lugar es una tumba en vida. Es el c*stigo máximo, el lugar donde la mente se quiebra y las alucinaciones toman el control.

Pero para mí, para Don Elías, esta celda es un santuario.

Aquí no tengo que cuidar mi espalda. No tengo que escuchar las bravuconadas de los chamacos que se creen narquitos pesados solo porque traen un tatuaje de la Santa Merte y aprendieron a armar un ferro con un cepillo de dientes derretido.

Aquí adentro, el único p*ligro soy yo mismo. Mis recuerdos son mis verdaderos verdugos.

La gente allá afuera, y los presos allá en los patios, cuentan historias de “El Destripador”. Hablan de mí como si fuera un monstruo de leyenda, un espanto que asustaba a los cárteles en los años ochenta. Dicen que no usaba arm*s. Dicen que desarmaba a mis enemigos con las manos desnudas.

Exageran, como siempre hace la gente cuando tiene miedo. Pero toda leyenda tiene una raíz de verdad, plantada en tierra empapada de s*ngre.

Nadie nace siendo un m*nstruo. Yo nací en un barrio humilde, allá por los rumbos de Tepito, donde la vida valía lo que costaba un refresco en botella de vidrio.

Mi padre era carpintero. Mi madre lavaba ropa ajena. Éramos pobres, pero teníamos dignidad. Yo quería estudiar, quería ser alguien de provecho.

Pero en México, a veces el destino te juega cartas marcadas.

Tenía veinticinco años cuando mi vida se torció para siempre. Tenía una esposa, Carmen. Tenía una hija de cuatro años, Lupita. Eran mi mundo entero. El motor que me hacía levantarme a las cinco de la mañana para ir a la fábrica.

Un día, la fábrica cerró. Las deudas nos ahogaban. Empecé a buscar trabajo de lo que fuera. Cargador, velador, chalán de albañil. Fue en esas fechas cuando me crucé con gente equivocada. Gente que controlaba las plazas, gente que cobraba derecho de piso hasta por respirar.

No quiero justificarme. No hay excusa para los cr*menes que cometí. Pero todo empezó por proteger a mi familia de un cobrador de deudas que cruzó la línea.

El hombre vino a mi casa, ebrio, exigiéndome un dinero que le debía a su patrón. Amenazó a Carmen. Levantó la mano contra mi niña.

Ahí fue cuando algo se rompió dentro de mí. Una bestia dormida despertó. No recuerdo haberlo pensado. Solo recuerdo el crujido de sus huesos bajo mis puños. Lo reduje a nada. Lo dejé t*rado en el asfalto, respirando a duras penas.

Ese fue mi primer error. En el mundo de las sombras, cuando t*mbas a un perro rabioso, el dueño viene a buscarte.

El patrón de ese cobrador era un jefe de plaza local. Un hombre sádico y despiadado. No me mtaron a mí. Ese habría sido un cstigo demasiado fácil.

Se desquitaron con lo que más amaba.

Ese día perdí mi alma. Cuando encontré mi casa en cenizas, cuando comprendí que estaba completamente solo en este mundo de forma irreversible, “El Destripador” nació.

No me movió la avaricia. No me movió el poder. Me movió una s*d de venganza tan oscura, tan profunda, que eclipsó cualquier rastro de humanidad en mí.

Durante años, me dediqué a cazar a cada uno de los hombres que estuvieron involucrados. Uno por uno. Sin piedad. Sin hacer ruido.

Por eso la leyenda dice que no necesitaba un cchillo. Porque cuando el dlor te vuelve insensible, tus propias manos se convierten en garras.

Vuelvo al presente. Abro los ojos en mi celda oscura. El foco de cincuenta watts parpadea y se apaga, dejándome en la penumbra.

Me acerco al pequeño lavabo de metal. Abro la llave. El agua sale tosiendo de la tubería. Me lavo la cara, sintiendo la piel arrugada, los surcos profundos que el tiempo y la miseria han tallado en mi rostro.

Me miro en el metal pulido del lavabo, que sirve como un espejo deforme. Veo a un anciano cansado. Veo los mismos lentes rayados que estaba limpiando aquel día en el comedor, antes de que El Toro cometiera la estupidez de provocarme.

El Toro… pobre diablo.

A través de la red de chismes que fluye por las tuberías y los conductos de ventilación del penal, me entero de lo que ha pasado con él.

En este ecosistema c*rcelario, la fuerza lo es todo. Si muestras debilidad, los buitres te devoran.

Después de aquel día en el comedor, cuando le arranqué el pedazo de oreja y lo dejé llorando en el suelo, El Toro perdió su corona. Los mismos reos que antes le pagaban protección, que le lustraban los zapatos y le cedían sus postres, se volvieron contra él.

Primero, le quitaron su celda privilegiada en el nivel superior. Lo mandaron abajo, con los recién llegados, al área más húmeda y fría del pabellón.

Luego, empezaron los abusos. Le robaron sus cosas, sus tenis de marca, sus provisiones.

La semana pasada, me enteré por boca de un celador que le da sus rondines a mi zona, que a El Toro le dieron una p*liza en las regaderas. Cinco chamacos, de esos que él solía extorsionar, lo emboscaron. Lo dejaron irreconocible.

Ahora, el antiguo gigante de dos metros camina encorvado por el patio. Tiene la mirada perdida. Su poder de intimidación se evaporó como agua en el desierto.

No siento lástima por él. En la cárcel, cada quien cosecha lo que siembra. Él sembró terror abusando de los más débiles, y al final, el terror lo devoró a él.

Pero tampoco siento triunfo. Humillar a ese grandulón no me devolvió a mi familia. No borró mis pecados. Fue solo un reflejo condicionado, la bestia defendiendo su territorio cuando un animal más joven intentó morderla.

Hace dos días, tuve una visita inusual.

La puerta de acero de mi celda de aislamiento rechinó y se abrió de golpe. La luz de los pasillos me lastimó los ojos, acostumbrados a la penumbra.

No era un celador común. Era el Director del penal.

Un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje que costaba más de lo que ganaba un maestro en un año. Olía a loción cara y a cigarrillos importados. Un contraste grotesco con el olor a encierro de mi celda.

Se quedó de pie en el umbral, flanqueado por dos custodios fuertemente armados. Me miró desde arriba, pero yo, sentado en mi colchoneta, sentí que era yo quien tenía el control.

—Don Elías —dijo el Director, con una voz que intentaba sonar autoritaria, pero que escondía un ligero temblor.

No respondí. Solo me acomodé los lentes y lo miré fijamente.

—Vine a hablar de su situación —continuó, aclarándose la garganta—. Desde el incidente en el comedor, el penal ha estado… extrañamente tranquilo.

El Director sacó un pañuelo de seda y se secó el sudor de la frente. A pesar del frío de la zona de aislamiento, él estaba sudando.

—El Toro era un problema para nosotros, lo admito —dijo, bajando la voz—. Manejaba negocios ilícitos adentro, extorsionaba, controlaba el contrabando. Al neutralizarlo usted, nos hizo un favor, por así decirlo.

Solté una risa seca, un sonido rasposo que pareció asustar a los custodios.

—Yo no le hago favores a la autoridad, Director —dije, mi voz sonando como grava machacada—. Yo solo quería cenar en paz.

—Lo sé, lo sé —se apresuró a decir—. Y por eso mismo vengo a proponerle un trato.

Levanté una ceja, intrigado pero sin mostrar emoción.

—El bloque C se está saliendo de control —explicó el Director—. Hay un nuevo grupo de jóvenes, puros mchicarios, que están tratando de tomar el vacío de poder que dejó El Toro. Están causando reltas, l*stimando a otros internos. Mis custodios no se dan abasto.

Hizo una pausa, buscando las palabras correctas.

—Quiero regresarlo a la población general. Al bloque C.

Entendí su juego de inmediato. El Director no quería ensuciarse las manos. Quería usarme como su perro guardián. Quería que “El Destripador” pusiera en orden a los chamacos con su sola presencia, o, en el peor de los casos, que hiciera el trabajo sucio por él.

Me levanté despacio. Los custodios llevaron las manos a sus fundas por instinto, a pesar de que yo estaba detrás de las rejas.

Me acerqué a los barrotes, quedando a centímetros del rostro del Director. Pude oler su miedo, mezclado con la loción cara.

—Usted se equivoca de hombre, licenciado —le dije, mirándolo directo a las pupilas—. Yo ya me jubilé.

—Pero, Don Elías… si usted va, le daré privilegios. Mejor comida. Libros nuevos. Visitas sin restricción.

—No tengo a nadie que me visite —respondí con frialdad—. Y la comida de aquí me sabe a gloria comparada con la s*ngre que he tenido que tragar en mi vida.

Me di la media vuelta y volví a sentarme en mi colchoneta de cemento.

—Déjeme aquí, Director. Déjeme pudrirme en paz. Si me saca al bloque C, esos chamacos van a querer probar que son más malos que yo. Y usted y yo sabemos cómo va a terminar eso. Yo no voy a dejarme l*stimar. Y usted va a tener que limpiar un desastre mucho mayor del que tiene ahora.

El Director tragó saliva. Miró a sus guardias, asintió levemente, y la puerta de acero se cerró de golpe, sumiéndome de nuevo en mi amada oscuridad.

Él sabía que yo tenía razón. La leyenda es útil mientras está dormida. Si la despiertas, nadie puede controlar la t*rmenta.

Los días se convierten en semanas, y las semanas en meses. En este lugar, el tiempo no es una línea recta; es un círculo vicioso.

Paso horas enteras meditando sobre mi vida. Me pregunto si alguna vez Dios perdonará lo que hice. Si el infierno al que iré cuando muera será muy diferente a este reclusorio.

He llegado a la conclusión de que la justicia humana es una burla. Muchos de los verdaderos crminales, los de cuello blanco, los que vnden a nuestro país, están afuera, brindando con champán.

Y aquí adentro estamos los prros de pelea. Los que fuimos entrenados por la pobreza, el hambre y la desesperación para mrdernos los unos a los otros.

El Toro fue una víctima más del sistema. Un hombre grande y ferte que creyó que la volencia era su única herramienta para sobrevivir y destacar. Yo fui su maestro más crel. Le enseñé que siempre, siempre habrá alguien más oscuro, más roto y más pligroso que tú.

Los reos allá afuera me idolatran y me temen. Me ven como un símbolo de poder absoluto.

Pero son unos idiotas.

Si pudieran ver dentro de mi cabeza, verían que no hay poder. Solo hay cenizas. Solo hay remordimiento.

Cada vez que cierro los ojos, veo el rostro de Carmen. Escucho la risa de Lupita. Ellas son mis fantasmas diarios.

El respeto que he ganado en esta prisión de máxima seguridad es un premio de consolación envenenado. ¿De qué me sirve que nadie se siente en mi mesa, si no tengo con quién compartir el pan? ¿De qué me sirve que los líderes de los módulos agachen la cabeza a mi paso, si no puedo caminar libremente por un parque y sentir el viento en mi rostro?

Ayer ocurrió algo inesperado.

Un guardia me pasó, por debajo de la puerta de acero, un pedazo de periódico viejo. A veces hacen eso, a cambio de que me quede callado y no cause problemas en las revisiones.

Leí las noticias atrasadas. Plítica, crmen, deportes. Nada nuevo bajo el sol de México.

Pero en la sección de sociales, en una foto pequeña de una boda en provincia, vi un rostro que me detuvo el corazón.

Era una mujer joven, sonriendo con un vestido blanco. Se parecía tanto a Carmen… Tenía los mismos ojos, la misma curva en la sonrisa.

Por supuesto, no era ella. Han pasado demasiados años.

Pero por un segundo, la armadura de “El Destripador” se agrietó.

Una lágrima solitaria, traicionera y caliente, rodó por mi mejilla curtida. La primera en décadas. Cayó sobre el papel de periódico, manchando la tinta barata.

Me di cuenta, en ese instante de vulnerabilidad absoluta en la soledad de mi celda, de la ironía más grande de mi vida.

Los muros de concreto, las rejas de acero, los alambres de púas electrificados… no son mi verdadera prisión.

Mi verdadera prisión es mi memoria.

Nunca juzgues la capacidad de un hombre por su edad, ni su poder por su apariencia frágil. Bajo el agua más mansa, efectivamente, se esconden las corrientes más profundas y letales.

Pero esa misma corriente profunda y letal es la que te ahoga por dentro.

Soy Don Elías. Soy “El Destripador”. Soy la bestia dormida, el fantasma del penal, el hombre que no necesita armas para d*struir a un gigante.

Y, sin embargo, soy el hombre más miserable, derrotado y prisionero del mundo.

La moraleja de mi vida no es solo que el silencio oculta al adversario más letal. La moraleja, la que nadie allá afuera quiere escuchar porque no suena heroica ni pligrosa, es que el verdadero cstigo del volento no es la cárcel, ni la merte.

El verdadero c*stigo es sobrevivir a todos, sobrevivir a tus enemigos, sobrevivir al tiempo… y tener que vivir contigo mismo en el silencio más absoluto, recordando eternamente aquello que no pudiste salvar.

Ese es mi infierno. Y en este infierno, yo soy el rey indiscutible. Pero créanme, chamacos… es un trono en el que nadie, absolutamente nadie, querría sentarse.