Nos detuvimos en la carretera por la tormenta, pero un sonido entre el lodo nos heló la sangre. Lo que mi esposa encontró cambiará nuestras vidas.

Parte 1:

El sonido de la tormenta golpeando el toldo de nuestro carro era ensordecedor, pero el grito desgarrador de mi esposa Carmen logró sobreponerse al ruido de los truenos y la lluvia.

Estábamos atrapados en un camino de terracería en la sierra, un atajo que se había convertido en un lodazal intransitable. Yo intentaba revisar si podíamos sacar el auto del fango, cuando la vi arrojarse de rodillas junto a la orilla del arroyo desbordado. El olor a tierra mojada y agua estancada inundaba el aire. El agua sucia le empapaba los jeans y la chamarra sintética, pero a ella no le importaba en lo absoluto. Sus manos temblorosas escarbaban desesperadamente entre los restos de una caja de cartón deshecha por la fuerte lluvia. Corrí hacia ella, tropezando con las piedras y hundiendo mis botas en el lodo espeso.

Cuando llegué a su lado, mi respiración se cortó de golpe. Entre sus brazos, envuelto en un suéter de lana áspero y empapado, sostenía a un recién nacido. El pequeño cuerpecito apenas se movía, y el llanto que salía de sus diminutos labios era tan débil que casi se perdía con el silbido del viento.

Ver a Carmen llorando desconsolada, con el rostro escurriendo de agua y lágrimas, apretando a esa criatura contra su pecho para intentar darle algo de calor humano, me llenó de una mezcla insoportable de rabia y terror. ¿Quién en su sano juicio podría abandonar a un ser tan inocente en medio de la nada? La cruda injusticia de nuestro mundo me golpeó de frente. Nosotros llevábamos meses sufriendo para pagar las deudas, a duras penas completábamos para el gasto de la semana, pero en ese instante, arrodillado en el fango frío, supe que daría lo poco que tenía por salvar a ese angelito. El frío me calaba hasta los huesos, pero la incertidumbre y el miedo de perderlo ahí mismo me quemaban el alma por dentro.

Intenté levantar a Carmen para llevar al bebé de inmediato al calor del auto. Teníamos que huir al hospital más cercano. Pero justo cuando puse las manos sobre sus hombros, escuché el sonido de pisadas pesadas y rápidas chapoteando en los charcos a nuestras espaldas.

¡AL VOLTEAR HACIA LA CARRETERA, VI A UN HOMBRE CORRIENDO DESESPERADO HACIA NOSOTROS EN MEDIO DE LA LLUVIA, Y LO QUE GRITABA MIENTRAS SE ACERCABA ME HELÓ LA SANGRE POR COMPLETO!

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