Parte 1:
Soy el Dr. Diego Vargas. Llevo quince años en urgencias del Hospital General, viviendo a base de café quemado y sándwiches fríos, creyendo que si dejo de moverme, el cansancio finalmente me atrapará.
Había sido un turno de catorce horas brutal. Cuando salí a respirar, la tormenta caía tan fuerte que parecía que la ciudad había olvidado cómo detenerse. El pavimento brillaba negro bajo las luces de las ambulancias.
Y ahí estaba él.
Junto al pilar izquierdo, justo fuera del alcance de las puertas automáticas, había un perro. Era pequeño, de pelaje color miel oscurecido por el agua, con una mancha blanca en el pecho. Sus orejas colgaban pegadas a su rostro húmedo y sus costillas se marcaban levemente cada vez que respiraba. Temblando.
La gente pasaba apresurada, ignorándolo como solemos ignorar el sufrimiento ajeno cuando llevamos prisa. Los guardias ya habían intentado correrlo. Pero no se iba. Simplemente retrocedía y volvía a su lugar exacto.
Lo más desgarrador no era el frío. Era que no llevaba collar en el cuello.
Lo llevaba en el hocico.
Era un collar viejo, tejido a mano, azul y café, deshilachado por los años. Lo sostenía con una delicadeza absoluta, sin morderlo, como si cargara un mensaje vital que le habían rogado no perder.
Me agaché lentamente bajo la lluvia, sintiendo el agua helada empapar mis zapatos. Sus ojos cafés se encontraron con los míos. Estaban exhaustos, pero buscando desesperadamente una respuesta.
Extendí mi mano.
Con un cuidado que me rompió el alma, el perrito avanzó y no dejó caer el collar. Lo depositó suavemente en mi palma. Al tocar la tela mojada, leí la placa de metal gastada.
“MATEO RUIZ.”
Mi sangre se heló. Ese era el nombre del paciente de la cama 7 en Terapia Intensiva. Un hombre que había llegado hace dos semanas, glpeado casi hasta la merte y abandonado en un lote baldío cerca del río, sin familia, sin visitas.
Todo este tiempo, alguien lo había estado visitando a diario. Solo que no lo dejaban entrar
¿POR QUÉ ALGUIEN QUERRÍA ACABAR CON LA VIDA DE MATEO Y QUÉ SECRETO ESCONDÍA ESE VIEJO COLLAR QUE SU PERRO PROTEGÍA CON SU PROPIA VIDA?!
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