
Parte 1:
El grito desgarrador de Mateo, mi hijo de apenas cuatro años, cortó el pesado aire de la casa como un cristal rompiéndose contra el suelo.
Estaba en la pequeña sala doblando la ropa cuando escuché su llanto desesperado. Tiré las sábanas de golpe y corrí por el estrecho pasillo hacia la cocina. Al asomarme por el marco de la puerta gastada, sentí que las rodillas me temblaban y las piernas se negaban a sostenerme. Mi respiración se atascó en mi garganta, ahogando cualquier palabra.
Ahí estaba Doña Carmen, mi suegra. Con una expresión fría, ceño fruncido y una mirada dura como la piedra, sostenía una pesada botella de vidrio. De ella vertía sin piedad un líquido oscuro, espeso y de aspecto pegajoso directamente sobre el pecho de mi pequeño.
Mateo lloraba a mares. Su rostro estaba rojo por la frustración y el miedo. Sus pequeñas manitas temblaban mientras se aferraba a su carrito rojo de juguete, apretándolo contra su estómago como si ese plástico fuera su único escudo protector. El extraño líquido manchaba su camiseta azul y escurría lentamente por su barbilla.
El olor en la cocina era sofocante, una mezcla rancia de hierbas agrias y azúcar quemada que me revolvió el estómago. Un hilo de vapor denso flotaba sobre la cabeza de la anciana, dándole a la escena un aire casi irreal, de pesadilla.
Pero lo que terminó de romperme el alma no fue solo la crueldad de la mujer. Miré desesperada al fondo de la cocina, buscando ayuda. Mi esposo, Carlos, estaba parado ahí, con las manos caídas, observando la escena sin mover un solo músculo. Su silencio cómplice, su mirada esquiva, me dolió más que cualquier golpe.
¿Qué clase de “remedio” o castigo enfermo era este? Mi corazón golpeaba mi pecho con tanta fuerza que me zumbaban los oídos. La impotencia y el miedo me paralizaron por una fracción de segundo. El peso de las tradiciones y la autoridad de esa mujer en su propia casa siempre me habían intimidado, pero esto cruzaba todos los límites.
Di un paso al frente, con los puños apretados hasta que se me clavaron las uñas en las palmas, dispuesta a arrancar a mi niño de sus manos y gritarle en la cara. Pero entonces, Doña Carmen dejó de verter el líquido, levantó lentamente su mirada hacia la puerta, clavó sus ojos oscuros en los míos y pronunció unas palabras que me dejaron completamente paralizada.

PARTE 2
Las palabras de Doña Carmen cayeron en la cocina como plomo derretido. Se me incrustaron en el pecho, quemando todo a su paso, dejándome sin aire y con un zumbido ensordecedor en los oídos.
—Tu marido debe la vida, mija —dijo la anciana, con una voz tan seca y desprovista de emoción que parecía provenir de un cadáver—. Y si no cubro al niño con esto, los hombres que lo buscan mañana mismo lo van a encontrar por el olor. Lo estoy escondiendo de la muerte que Carlos trajo a nuestra puerta.
El tiempo se detuvo. El llanto de Mateo, el goteo del líquido espeso cayendo contra el piso de linóleo desgastado, el zumbido del viejo refrigerador… todo quedó ahogado bajo el peso de esa revelación. Mi cerebro se negaba a procesar lo que acababa de escuchar. ¿Hombres que lo buscan? ¿La muerte que Carlos trajo?
Parpadeé, tratando de enfocar mi vista. Miré a Carlos, mi esposo, el hombre con el que había compartido mi cama, mis sueños, el padre de mi hijo. Estaba ahí, apoyado contra la vieja estufa de gas, con la cabeza gacha, los hombros hundidos y la mirada clavada en las baldosas sucias. No me miraba. No negaba nada. Su silencio era la confirmación más brutal y dolorosa que jamás había recibido en toda mi vida.
—¡Qué demonios estás diciendo! —grité, y mi propia voz me sonó ajena, rasposa, cargada de una histeria animal que no sabía que habitaba en mí.
El instinto maternal, esa fuerza primaria y salvaje que anula cualquier raciocinio, tomó el control de mi cuerpo. Me abalancé sobre Doña Carmen con una violencia que la tomó por sorpresa. Mis manos, temblorosas pero firmes como garras, la empujaron por los hombros. La pesada botella de vidrio se resbaló de sus manos arrugadas y se estrelló contra el piso con un estruendo agudo. El líquido oscuro salpicó mis piernas, mis zapatos, los gabinetes de la cocina. Un olor nauseabundo, una mezcla penetrante de ruda, piloncillo quemado, alcanfor y algo metálico que recordaba a la sangre vieja, inundó el espacio cerrado, asfixiándome.
Agarré a Mateo por los brazos y tiré de él hacia mi pecho. El niño se aferró a mi cuello con una fuerza desesperada, sollozando, temblando como una hoja bajo una tormenta. Su ropita estaba empapada de aquel menjurje pegajoso y asqueroso que se me adhirió a la piel al instante.
—¡Están locos! ¡Están completamente enfermos! —vociferé, retrocediendo hacia el pasillo, cubriendo la cabeza de Mateo con mi mano para protegerlo.
Carlos dio un paso hacia el frente, levantando las manos en un gesto patético de apaciguamiento. Su rostro, iluminado por la luz amarilla y parpadeante del tubo fluorescente del techo, reflejaba un terror absoluto. Estaba pálido, sudoroso, con unas ojeras moradas y profundas que hasta ese momento no había notado o no había querido ver.
—Laura, escúchala… por favor, escúchala —suplicó Carlos, con la voz quebrada—. Es por su bien. Es la única forma de que no lo vean.
—¡No te me acerques! —le grité con toda la fuerza de mis pulmones, retrocediendo otro paso—. ¡No te atrevas a tocar a mi hijo!
Me di la vuelta y corrí por el pasillo estrecho. Las paredes despintadas parecían cerrarse sobre mí. Entré al baño, el único lugar de la casa que tenía un cerrojo medianamente funcional, y cerré la puerta de un portazo. Le pasé el seguro con manos temblorosas, mis dedos resbalando por la humedad de la madera vieja. Segundos después, escuché los pasos pesados de Carlos acercándose y sus nudillos golpeando la puerta.
—Laura, abre, por favor. Tenemos que hablar. Laura, no hagas una locura.
No le respondí. Me dejé caer de rodillas sobre los azulejos fríos del baño, abrazando a mi hijo con todas mis fuerzas. Mateo lloraba a gritos contra mi clavícula, su pequeño cuerpo convulsionando por el hipo del llanto incontrolable. En su manita derecha seguía apretando con fuerza su carrito rojo, el plástico manchado de esa pasta oscura.
—Mami… —balbuceó el niño, levantando su carita manchada—. ¿Por qué la abuela me echó lodo? Huele feo, mami. Me pica.
Sentí que el corazón se me partía en mil pedazos. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a brotar en silencio, quemándome las mejillas.
—Ya pasó, mi amor. Ya pasó. Mami está aquí. Nadie te va a hacer daño. Te voy a lavar, vas a estar limpio, te lo prometo —le susurré al oído, besando su cabecita húmeda.
Me levanté a duras penas y abrí la llave de la regadera. El agua fría salió a presión, golpeando el plástico de la cortina de baño con un sonido de ametralladora. Esperé unos segundos a que el viejo calentador hiciera su trabajo y el agua se templara. Mientras tanto, le fui quitando la ropa a Mateo. La camiseta azul estaba arruinada, tiesa por la consistencia del líquido. Al quitársela, vi que el pecho de mi hijo estaba enrojecido. La sustancia no solo olía mal, sino que era irritante. La superstición ignorante de esa mujer estaba quemando la piel de mi niño.
Lo metí bajo el chorro de agua tibia. Mateo dio un respingo, pero pronto se dejó limpiar, agotado por el miedo y el llanto. Tomé el jabón de barra y comencé a frotar su piel. Era inútil. La grasa y el azúcar del menjurje creaban una película resistente al jabón normal. Tuve que tomar mi champú y tallarlo con fuerza, usando mis propias uñas para raspar la mugre negra que se negaba a desprenderse.
Mientras el agua sucia se arremolinaba en la coladera, arrastrando consigo el espeso líquido marrón, mi mente trabajaba a mil por hora. Las palabras de Doña Carmen hacían eco en las paredes del pequeño baño, mezclándose con el sonido del agua y los sollozos menguantes de Mateo.
“Tu marido debe la vida… los hombres que lo buscan… mañana mismo lo van a encontrar…”
No era brujería en el sentido tradicional. No era un simple remedio casero para el “mal de ojo” o el “susto”. Era algo infinitamente más oscuro, arraigado en la brutal realidad del México en el que vivíamos. Doña Carmen, en su desesperación, ignorancia y terror, había ido al mercado de Sonora, o con alguna curandera de los barrios bajos, buscando una salida mágica a un problema real y mortal. Había pedido un “trabajo de ocultamiento”, un ritual para volver invisible a mi hijo a los ojos de los asesinos.
¿Qué había hecho Carlos? ¿En qué clase de infierno nos había metido?
Cerré la llave del agua. Envolví a Mateo en la toalla más grande y limpia que encontré y lo abracé. Su respiración se iba calmando poco a poco, pero el temblor de su cuerpecito no cesaba.
—Shh, mi cielo, ya estás limpio. Ya hueles a tu jabón de siempre —le susurré, secándolo con cuidado.
Fuera del baño, los golpes en la puerta habían cesado, pero podía escuchar murmullos frenéticos en el pasillo. Carlos y su madre discutían en voz baja, siseando como víboras acorraladas.
Vestí a Mateo con la única ropa de cambio que guardaba en el mueble del baño: un pantaloncito de pijama y una camiseta de tirantes que le quedaba un poco chica. Me quité mi propia blusa, que estaba arruinada por el contacto con el niño, y me puse una camiseta vieja de Carlos que usaba para dormir. Me lavé la cara y las manos con agua helada, obligándome a despertar, a no permitir que el pánico me paralizara. Tenía que pensar. Tenía que actuar.
Abrí la puerta del baño de golpe. El pasillo estaba vacío. Los murmullos venían de la sala. Caminé de puntillas, llevando a Mateo cargado en mi cadera izquierda, apretándolo contra mí. Al asomarme por el borde de la pared, vi a Carlos sentado en el sofá desvencijado, con la cabeza entre las manos, llorando en silencio. Doña Carmen caminaba de un lado a otro, sosteniendo un rosario de madera negra, murmurando rezos a una velocidad vertiginosa.
Pasé de largo y me metí rápidamente a nuestra recámara. Cerré la puerta detrás de mí, pero esta no tenía seguro. Dejé a Mateo sobre la cama matrimonial.
—Quédate aquí, mi amor. Juega con tu carrito. Mami va a guardar unas cosas —le dije, forzando una sonrisa que me dolió en los músculos de la cara.
Necesitaba respuestas, y sabía exactamente dónde buscar. Carlos siempre había sido descuidado. A pesar de sus intentos por mantener secretos, su naturaleza torpe siempre lo delataba. Fui directo a su buró. Abrí el cajón superior, revolviendo entre cables viejos, recibos de luz arrugados y monedas sueltas. Nada. Abrí el segundo cajón, donde guardaba su ropa interior. Metí las manos hasta el fondo y sentí algo duro debajo de los calcetines.
Era su viejo celular, el que supuestamente se le había descompuesto hacía tres meses y que me había dicho que tiró a la basura.
Lo saqué. Estaba apagado. Presioné el botón de encendido con el pulso acelerado. La pantalla se iluminó con el logotipo de la marca. Tenía un 15% de batería. No tenía patrón de bloqueo, solo deslizar. Lo abrí e inmediatamente fui a la aplicación de mensajes.
Lo que vi en esa pantalla iluminada fue suficiente para que mis piernas perdieran fuerza y tuviera que sentarme en el borde de la cama, luchando contra unas ganas repentinas de vomitar.
No había uno, ni dos, sino decenas de mensajes de números desconocidos. Las fechas se remontaban a meses atrás. La historia completa de mi ruina estaba documentada ahí, en letras negras sobre fondo blanco.
“Qué pasó mi Charly, el patrón ya se está impacientando. Los intereses corren, cabrón.”
“Ya te dimos mucha chance. Fueron cincuenta mil del palenque y veinte de las mesas. Para este viernes son cien mil con todo y el atraso.”
Y luego, los mensajes recientes. Los de esa misma semana. Los que me helaron la sangre y me hicieron comprender la locura de mi suegra.
“Ya sabemos a qué hora sales de la fábrica. No te nos escondas porque sabemos dónde está tu nido.”
“Qué bonito está tu morrito, Charly. Lo vimos ayer jugando en el patio con su carrito rojo. Paga hoy o mañana mismo pasamos a cobrar con carne fresca.”
Junto a ese último mensaje, fechado la noche anterior, había una fotografía. Una imagen tomada desde la calle, a través de las rejas oxidadas de nuestra casa. En la foto se veía claramente a mi hijo Mateo, sentado en el suelo de cemento, jugando exactamente con el mismo carrito rojo que ahora sostenía en la cama.
El teléfono se me resbaló de las manos y cayó sobre el colchón.
Cincuenta mil del palenque. Apuestas de gallos. Mesas de cartas. Cien mil pesos de deuda con la gente más peligrosa de la ciudad. Mientras yo contaba las monedas para comprar la leche y los huevos en el mercado, mientras yo recosía la ropa de Mateo para que le durara unos meses más, mi esposo, el hombre que juró protegernos, estaba tirando nuestra vida a la basura en apuestas clandestinas. Se había endeudado con criminales despiadados, usureros que no dudaban en cobrar con la vida de un niño de cuatro años.
La realidad me golpeó con la fuerza de un tren a toda velocidad. No estábamos en peligro de perder la casa. Estábamos en peligro de perder la vida. Mateo estaba en la mira de asesinos. Y en lugar de ir a la policía, en lugar de huir, en lugar de enfrentarme y decirme la verdad, Carlos había dejado que su madre lo solucionara untando a mi hijo en un menjurje asqueroso creyendo que eso lo haría invisible a la muerte.
La puerta de la recámara se abrió lentamente, interrumpiendo mi colapso mental. Era Carlos. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Al ver el teléfono viejo sobre la cama, junto a mí, su expresión pasó del miedo a la más absoluta y patética derrota.
—Laura… —susurró, cerrando la puerta a sus espaldas.
Me levanté despacio. No sentía furia. La furia había sido reemplazada por una frialdad absoluta, una claridad aterradora. Sentía que mi corazón latía tan lento y tan fuerte que cada pulsación era un tambor de guerra en mi cabeza.
—¿Cien mil pesos? —mi voz salió como un susurro cortante—. ¿Apostaste nuestra vida, la vida de tu propio hijo, en peleas de gallos?
Carlos cayó de rodillas al instante. Se llevó las manos a la cara y comenzó a sollozar, un llanto lastimero, infantil.
—Perdóname, Laura, te lo ruego. Empezó como un juego, solo quería ganar un poco extra para nosotros. Estábamos tan apretados de dinero. Me dijeron que era seguro, que el gallo del norte no podía perder. Pedí un préstamo pequeño, solo para cubrir esa apuesta. Y perdí. Y luego pedí otro para pagar el primero, y otro más… y cuando me di cuenta, ya no podía salir. Esos hombres no perdonan, Laura. Te cobran intereses sobre intereses cada día.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —le grité, perdiendo la compostura, acercándome a él hasta quedar a escasos centímetros de su rostro agachado—. ¡Tuvimos meses para hacer algo! ¡Podríamos habernos ido! ¡Podríamos haber huido a mi pueblo, con mis padres!
—¡No nos iban a dejar! —gritó él de vuelta, levantando el rostro empapado en lágrimas—. Tienen gente en todas partes. Conocen a mi familia, conocen las rutas. Me amenazaron, me dijeron que si intentaba sacar al niño de la ciudad, nos matarían a los tres en la carretera. Por eso mi mamá… por eso fue con doña Toña, la bruja del mercado. Le cobró los últimos ahorros que le quedaban de su pensión por ese líquido. Le dijo que era un trabajo de ceguera. Que si bañábamos a Mateo en eso, los halcones no lo iban a ver, su rastro desaparecería. Era nuestra única esperanza, Laura. ¡No tenemos dinero!
Lo miré con un asco tan profundo, con una repulsión tan visceral, que sentí que el estómago se me revolvía.
—Eres un cobarde —escupí cada palabra como si fuera veneno—. Un miserable cobarde. ¿Magia, Carlos? ¿Crees que la magia va a detener una bala? ¿Crees que un charco de hierbas apestosas va a detener a un sicario? Dejaste que tu madre torturara a tu hijo porque eres demasiado débil para enfrentar las consecuencias de tus propios actos.
Me di media vuelta y agarré la mochila azul que usaba para llevar las cosas de Mateo cuando salíamos. Abrí los cajones de golpe, sacando ropa a puñados. Calcetines, calzones, playeras. Fui a mi armario y saqué un par de pantalones, una sudadera gruesa y mis tenis más resistentes. Lo metí todo en la mochila a la fuerza. Fui a la caja de zapatos debajo de la cama donde guardaba nuestros documentos importantes: actas de nacimiento, la cartilla de vacunación, mi identificación. Lo metí en la bolsa frontal de la mochila.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Carlos, levantándose del suelo, el pánico renovado en su voz—. Laura, ¿qué haces? No puedes salir. Es de noche. Te van a ver. Nos están vigilando.
—Me voy de esta casa maldita —respondí, cerrando el cierre de la mochila con un movimiento brusco—. Y me llevo a mi hijo. Si te quieren matar, que te maten a ti. Tú compraste todos los boletos para esta rifa. Nosotros no vamos a pagar el precio.
—¡No te lo vas a llevar! —Carlos intentó agarrarme del brazo, pero me solté con una sacudida violenta.
—¡Si me tocas, te juro por Dios que te clavo las tijeras en el cuello y dejo que te desangres aquí mismo! —Le sostuve la mirada. No era una amenaza vacía. El instinto de supervivencia me había convertido en otra persona. Y él lo vio en mis ojos. Dio un paso atrás, encogiéndose, volviendo a ser el hombre minúsculo y patético que realmente era.
Me acerqué a la cama. Mateo me miraba con ojos enormes, aterrorizados, sin entender nada de lo que estaba pasando, pero percibiendo la violencia en el aire.
—Ven, mi amor. Nos vamos a ir a pasear —le dije con voz dulce, tratando de enmascarar el temblor de mis manos. Lo levanté en brazos, acomodándolo en mi cadera derecha, y me colgué la pesada mochila en el hombro izquierdo.
Salí de la habitación, caminando con paso firme por el pasillo. Pero al llegar a la sala, me encontré con la última barrera.
Doña Carmen estaba parada frente a la pesada puerta de metal negro que daba a la calle. Había pasado los tres cerrojos y sostenía el manojo de llaves apretado contra su pecho. Su postura era rígida, desafiante. Ya no parecía una anciana asustada; parecía una guardiana fanática defendiendo su santuario.
—De esta casa no sale nadie —sentenció, con esa voz áspera y autoritaria que me había intimidado durante los últimos cinco años—. Allá afuera están los demonios. Allá afuera se lo van a comer vivo. Aquí dentro está protegido por la sangre de mi familia y el trabajo de las ánimas.
—Quítese de la puerta, señora —le dije, mi voz sonando peligrosamente baja y serena.
—No seas estúpida, muchacha. Eres una ignorante. No entiendes nada de cómo funciona este mundo. Si cruzas esa puerta, estás condenando a mi nieto a la muerte. El líquido ya se secó en su pecho, ya está sellado. Si lo sacas a la calle sin el resto del ritual, van a oler su miedo a kilómetros de distancia.
Carlos apareció en el umbral del pasillo, llorando, torciéndose las manos.
—Mamá, déjala… no podemos retenerla.
—¡Tú te callas, imbécil! —le gritó Doña Carmen a su propio hijo, con un desprecio absoluto—. Por tu culpa estamos en esto. Y yo no voy a dejar que te lleves lo único que vale la pena de esta maldita familia. El niño se queda. Tú te puedes ir al infierno si quieres, lárgate a que te maten, pero Mateo es sangre de mi sangre y se queda en esta casa.
El aire en la sala se volvió espeso, irrespirable. La locura de esa mujer no conocía límites. Creía genuinamente que su casa, blindada con brujería barata, era una fortaleza contra el crimen organizado. Pero yo sabía la verdad. Esta casa no era un refugio; era una trampa mortal. Una jaula esperando a que los cazadores vinieran a cobrar su presa.
Sentí el peso de Mateo en mis brazos. Su cabecita descansaba en mi hombro. Podía sentir los latidos acelerados de su pequeño corazón contra mi pecho. Si me quedaba, estábamos muertos. Si me iba, había una oportunidad. Mínima, arriesgada, pero una oportunidad al fin y al cabo.
No había tiempo para debatir. No había tiempo para razonar con la locura.
Avancé hacia la puerta. Doña Carmen levantó una mano, dispuesta a golpearme o a empujarme, pero yo ya no era la nuera sumisa y asustadiza que había llegado a esa casa años atrás. La adrenalina me dotó de una fuerza que desconocía.
Con mi brazo libre, le propiné un empujón brutal en el pecho. La sorpresa y el impacto desequilibraron a la anciana, que trastabilló hacia atrás, soltando un grito ahogado, y cayó sentada sobre el sofá de la sala. El manojo de llaves salió volando de sus manos y cayó al suelo con un tintineo metálico.
Rápidamente me agaché, sin soltar a Mateo, y agarré las llaves. Mis manos temblaban tanto que me costó atinarle a la cerradura correcta. Uno. Dos. Tres cerrojos.
—¡No la dejes salir, Carlos! ¡Detenla! —chillaba Doña Carmen desde el sillón, intentando levantarse con dificultad.
Miré a Carlos una última vez por encima de mi hombro. Estaba paralizado. El miedo a los criminales de afuera, el miedo a su madre, el miedo a mí… todo lo tenía clavado en el suelo. Nos miramos a los ojos. En su mirada vi la despedida definitiva, la resignación de un hombre que sabía que era un cadáver ambulante. No hubo palabras. No hizo falta. Giré la perilla y empujé la pesada puerta de metal.
El aire frío de la noche me golpeó la cara como una bofetada liberadora. Salí a la calle, cerrando la reja de herrumbre detrás de mí.
La calle estaba desierta y sumida en la penumbra. Los faroles parpadeaban con una luz naranja enfermiza, proyectando sombras alargadas sobre el pavimento agrietado. Los perros callejeros ladraban a lo lejos, en las azoteas de las casas vecinas. El silencio de la madrugada era pesado, opresivo, cargado de amenazas invisibles.
Apreté a Mateo contra mi pecho.
—Agárrate fuerte, mi amor —le murmuré al oído—. Cierra los ojitos. Todo va a estar bien.
Comencé a caminar rápido, pegándome a las paredes de las casas, manteniéndome en las sombras. No sabía a dónde iba. Solo sabía que tenía que alejarme lo más posible de esa casa en Iztapalapa. Tenía unos pocos cientos de pesos en la cartera, lo suficiente para un taxi hasta la terminal de autobuses de pasajeros de oriente, la TAPO. Si lograba llegar allí, tomaría el primer camión hacia el sur, hacia Veracruz, hacia la casa de mis padres. Un lugar pequeño, lejos del alcance de las mafias de la capital.
A las dos cuadras, el sonido del motor de una motocicleta rompió el silencio de la noche.
El terror se apoderó de mí. Se me bajó la sangre a los talones. “Los de la moto”. Así los había llamado Carlos. Los cobradores.
Me lancé detrás de un auto viejo y abandonado que estaba estacionado sobre la acera. Me agaché en cuclillas, cubriendo a Mateo con mi cuerpo, apretándolo contra mi pecho para ahogar cualquier sonido que pudiera hacer. Contuve la respiración. Mi corazón latía con tanta violencia que temí que el sonido me delatara.
El ruido del motor se acercaba, rugiendo, rompiendo la tranquilidad del barrio. Vi pasar el haz de luz del faro de la motocicleta cortando la oscuridad de la calle. Pasaron frente a donde yo estaba escondida. Eran dos hombres. El que iba atrás llevaba una mochila negra cruzada al pecho y miraba las fachadas de las casas. Iban despacio, cazando.
La moto siguió de largo, dobló la esquina en dirección a la casa que acababa de abandonar.
Cerré los ojos, sintiendo que las lágrimas finalmente se desbordaban por mis mejillas. Lloré por la vida que dejaba atrás, por el hombre que amé y que nos había destruido, y por la inocencia de mi hijo, que había sido manchada para siempre.
Pero mientras acariciaba la espalda de Mateo, sintiendo el calor de su cuerpo vivo, entero, supe que había tomado la decisión correcta. No iba a permitir que la superstición, la cobardía o la maldad nos arrastraran al abismo.
Esperé a que el sonido del motor desapareciera por completo. Luego, me levanté del suelo, me ajusté la mochila en el hombro, y con mi hijo en brazos, me interné en la oscuridad de la ciudad, caminando hacia la incertidumbre, pero al menos, caminando viva.