Mi propio esposo y su amante me miraban fijamente desde el puente mientras mi auto se hundía en el agua oscura sin hacer nada por ayudarme.

Parte 1:

El golpe seco del chasis contra el muro de contención fue lo único que escuché antes de que el mundo diera vueltas.

Apenas un segundo después, el agua helada del canal comenzó a filtrarse furiosamente por las rendijas de mi coche. Era la temporada de lluvias en la ciudad, y la tormenta había convertido esta avenida en un río mortal y oscuro.

Traté de empujar la puerta, pero la presión del agua ya era demasiado fuerte. Mis dedos temblaban, resbalando sobre el plástico mojado de la manija.

“Tranquila, Valeria, respira”, me susurré a mí misma, aunque el pánico me cerraba la garganta.

El nivel del agua lodosa subía implacable, empapando mis rodillas, luego mi cintura. Golpeé el cristal de la ventana con ambos puños, desesperada, sintiendo el ardor en mis nudillos. El sonido de la lluvia torrencial golpeando el techo de metal resonaba como un tambor ensordecedor.

A través del cristal empañado y las gotas de lluvia que distorsionaban la luz amarilla de las farolas, miré hacia arriba, buscando cualquier señal de salvación.

Ahí estaban.

En lo alto del puente peatonal, recortados contra el cielo negro y los relámpagos, vi a Alejandro. Mi esposo. El hombre con el que había compartido diez años de mi vida, mis sueños y mi hogar.

Pero no estaba solo. A su lado, aferrada a su brazo con una familiaridad que me heló la sangre más que el agua del canal, estaba Camila. Mi propia hermana menor.

Grité su nombre, golpeando el vidrio con las palmas abiertas. Grité hasta que la garganta me supo a sangre.

—¡Alejandro! ¡Ayúdame! —sollocé, tragando un bocado de agua sucia.

Él no se movió. No sacó su celular para llamar a emergencias. No corrió hacia la orilla. Solo se quedó allí, de pie, mirándome fijamente desde la altura. Sus ojos, normalmente cálidos, ahora eran dos piedras vacías que me observaban ahogarme. Camila desvió la mirada por un segundo, horrorizada, pero él la tomó de la cintura, manteniéndola firme junto a él.

El agua llegó a mi pecho. El frío entumecía mis piernas y el oxígeno dentro de la cabina se desvanecía rápidamente. Todo este tiempo creí que mi matrimonio era perfecto, que mi familia era mi refugio seguro. Ahora, mientras el terror me asfixiaba, me daba cuenta de que este “accidente” en medio de la noche quizás no había sido ninguna casualidad.

El faro derecho de mi auto parpadeó y se apagó bajo el agua. La oscuridad comenzó a tragarme por completo.

En ese último instante de lucidez, vi a Alejandro soltar a mi hermana y dar un paso al frente, asomándose por el barandal para hacer un gesto que me paralizó el corazón.

¿FUE UN ACCIDENTE O HABÍAN PLANEADO TODO ESTO PARA BORRARME DE SUS VIDAS PARA SIEMPRE?

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