Parte 1:
—Si gritas, te juro por mi madre que será lo último que hagas en tu vida —siseó Mateo, apretando mi brazo con una fuerza que me cortó la respiración.
Su aliento olía a tabaco barato y a mezcal. El foco parpadeante del pasillo iluminaba a medias su rostro deformado por el coraje. Intenté zafarme, pero mis botas resbalaron en los escalones de cemento.
—¡Suéltame, Mateo! Ya te dije que yo no tengo esa lana —supliqué con la voz quebrada, sintiendo cómo el miedo me subía por la garganta como bilis—. ¡Me estás lastimando!
—¡Cállate! —bramó, empujándome con brutalidad hacia el interior de la vieja bodega de la cantina.
El impacto de mi cuerpo contra el suelo levantó una nube de polvo grisáceo. El olor a humedad y a madera podrida inundó mis fosas nasales. Caí pesadamente de lado, sintiendo el crujido en mi hombro. Mi blusa campesina, esa que mi abuela me bordó con tanto cariño en Oaxaca, se rasgó contra el concreto. Sentí el ardor inmediato en mi piel, la antesala de los mretones que pronto oscurecerían mis brazos y mi rostro tras el aaque.
Desde el suelo, con la vista nublada, vi cómo su silueta se recortaba en el marco de la entrada. Detrás de él estaba esa enorme puerta de metal, fría e imponente, como la de una bóveda de banco antiguo. Había botellas empolvadas en los estantes de madera a mi derecha. Mi pecho subía y bajaba rápidamente, tratando de captar aire, mientras mi pulso retumbaba en mis oídos.
—Aquí te vas a quedar hasta que te acuerdes dónde quedó el paquete, Valeria. Y pobre de ti si haces ruido.
El rechinar de las pesadas bisagras resonó en el cuarto, seguido del golpe sordo del metal cerrándose. Luego, el inconfundible giro de la rueda de seguridad. Click. Click.
El silencio que siguió fue más aterrador que sus gr*tos.
Me quedé ahí, trada en el piso helado, sintiendo cómo el frío se colaba por mis huesos. Las lágimas empezaron a rodar por mis mejillas, mezclándose con la suciedad de mi cara. Pensé en mi hermanita, esperándome para cenar en nuestra pequeña casa en Iztapalapa. El dolor en mi clavícula era insoportable, pero la vergüenza y el terror de no saber si alguien me encontraría a tiempo dolían aún más. Traté de mover los dedos, buscando fuerzas para levantarme, pero escuché un ruido metálico extraño proveniente de la oscuridad al fondo de la bodega. No estaba sola.
¿QUÉ ERA ESE RUIDO Y QUIÉN ESTABA ESCONDIDO EN LAS SOMBRAS DE LA BODEGA CONMIGO?
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