El pitido ensordecedor de los cláxones ahogaba el ruido de la cumbia que retumbaba desde las bocinas reventadas en el mercado de La Merced, apestando a elotes asados, chile seco y carne podrida en medio del calor sofocante y asfixiante de la Ciudad de México.
Yo, Rosario, arrastraba frenéticamente a mi hijo de diez años entre la multitud empapada en sudor.
«¡Apúrate cbrón, ¿te quieres mrir?!», le siseé, clavando mis uñas con esmalte rojo descarapelado en su delgada muñeca.
Él chillaba de dlor, con las lágrimas rodando por su rostro manchado de lodo y polvo de la calle. Mi niño tropezaba una y otra vez, sus tenis rotos resbalando sobre los charcos de lodo y basura viscosa. Me preguntó, entre sollozos y con la voz entrecortada, si su papá brracho nos venía persiguiendo con un c*chillo.
Ni me digné a contestar; mis ojos desorbitados miraban desesperadamente a mi alrededor buscando la troca Ford negra de mi amante entre el mar de tráfico paralizado. La crel y sucia verdad era que ningún marido glpeador nos estaba cazando. Era yo misma quien huía de mi aburrida y miserable vida en el barrio bajo para largarme con ese hombre, y había decidido a s*ngre fría botar a mi propio hijo enfermo en medio de este caótico océano de gente.
«¡Quédate aquí en este puesto de tacos y ni se te ocurra moverte!», le gruñí amenazante, empujándolo bruscamente hacia una lona sucia llena de grasa de cerdo y un olor penetrante a cebolla. «¡Abre el hocico para chillar otra vez y te rompo los d*entes!».
Evadí la mirada llena de pánico y súplica de mi niño. Pero justo cuando iba a darme la vuelta para huir, una mano áspera y llena de tatuajes me jaló v*olentamente del cabello reseco. Era Mateo, apestando a sudor agrio y cerveza barata.
Peló los ojos y me rugió en medio de la calle atestada: «¿Estás pndeja, vieja estúpida? ¡Te dije que sola! ¿De dónde chngados voy a sacar lana para mantener a este escuincle que ya se está m*riendo?».
La humillación estalló al ser exhibida en público. Al ver cómo me atacaban, el instinto protector de mi niño estalló, y se abalanzó clavando sus pequeños dientes en el bíceps musculoso de Mateo. El güey soltó una maldición, aulló de dlor y le soltó un ptazo tremendo en la cara a mi hijo.
Mi pequeño voló un metro, cayendo de hocico contra el suelo lleno de plástico, cabezas de pescado y agua puerca, chorreando sngre por la nariz. Se agarró la cara adolorido y me volteó a ver, esperando que yo despedazara al infeliz que acababa de mdrear a mi propia s*ngre.
Pero solo di un paso atrás y lo miré con unos ojos helados y distantes que ponían la piel de gallina.
«¡Ya no estés chngando! ¡Siempre has sido un pnche estorbo para mí!», chillé, mi egoísmo absoluto borrando cualquier instinto maternal.
Él quedó en shock, aferrándose al dobladillo de mi falda con sus manos temblorosas llenas de sngre y lodo, llorando a gritos, rogándome que no lo dejara botado en este lugar tan aterrador. Mateo soltó una risa crel, escupió un gargajo amarillento justo al lado del zapato roto de mi hijo y rasgó sin piedad mi asquerosa verdad.
«¡La lana para tu próxima operación del corazón, tu madrecita la sacó a escondidas para comprar los boletos y esta troca para irnos a Monterrey!».
El corazón enfermo de mi pequeño pareció detenerse por completo. El niño abrió la boca jadeando por aire, su mundo entero derrumbándose, y su mirada destrozada pasó del maldito hombre hacia mí. Yo estaba temblando, pero sin abrir el hocico para negar ni una sola palabra.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI TU PROPIA MADRE TE VENDIERA EN EL LUGAR MÁS PELIGROSO DE LA CIUDAD?
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