Mi madre creyó que la estaba envnenando por el seguro, pero la verdad atrajo a los scarios a nuestra puerta.

Parte 1:

Era el mediodía de mayo, con ese calor sofocante y espeso que parece estrangular a todo Tepito. El olor a elotes asados y el ruido ensordecedor de los cláxones de los microbuses se colaban por la ventana cubierta de polvo y telarañas. Yo estaba petrificado en la estrecha cocina, con el sudor empapando mi camiseta rota que se pegaba a mi cuerpo flaco. Mis manos, llenas de callos y c*catrices, temblaban violentamente mientras dejaba caer, gota a gota y con extrema precaución, un líquido turbio y amarillento en un vaso de agua fría.

No tenía la menor idea de que mi jefa, Doña Rosa, llevaba un rato parada en el marco de la puerta de madera podrida a mis espaldas. Me miraba con los ojos muy abiertos, llenos de terror, decepción y desesperanza.

“¿Qué estás haciendo, Mateo?”, susurró con una voz ronca y quebrada que rasgó el silencio de la sala como un cuchillo. Pegué un salto como si hubiera recibido una descarga eléctrica, soltando el frasquito de vidrio que se estrelló contra las baldosas rotas con un ruido agudo.

Mi madre, pálida y consumida por el maldito cáncer terminal, se dejó caer lentamente al piso agarrándose el pecho izquierdo. Sus sollozos reprimidos estallaron en un llanto desgarrador. “¡Ya lo sé todo, cbrón!”, gritó con la voz distorsionada por el dolor. “¡Sé que le debes dinero a los Ztas, escuché la llamada ayer, sé que te amenazaron con d*sollarte vivo si no pagas esta noche!”.

Me quedé en shock absoluto cuando me acusó de usar su miserable seguro de vida como mi única salida. Intenté levantarla, pero reuniendo sus últimas fuerzas, me soltó una tremenda cachetada en la cara que resonó secamente junto a las sirenas que aullaban a lo lejos. “¡Yo te parí, güey, yo me moría de hambre para darte de tragar!”, lloraba a mares con la barbilla empapada, mientras me agarraba del cuello de la camisa y me sacudía. Me exigió que le diera el vaso con el “vneno” para tragárselo ella misma y librarme de los scarios.

No aguanté la tensión extrema que asfixiaba el aire. Le aparté los brazos de un manotazo y pateé una silla vieja contra la pared, haciéndola pedazos. “¡No sabes ni madres!”, le grité con mi rostro lleno de mugre y pánico. Me levanté la camiseta de un tirón hasta el pecho, revelando mis delgadas costillas llenas de enormes moretones negros, costras de sngre y tajos de navaja sngrantes.

Ella no sabía la verdad detrás de ese frasco. Y ninguno de los dos imaginaba que, en ese instante exacto, la m*uerte ya estaba en nuestra puerta, armada hasta los dientes.

¿QUÉ HARÍAS SI TU PROPIA MADRE CREYERA QUE ERES UN M*NSTRUO MIENTRAS LA TRAGEDIA ESTÁ A PUNTO DE TUMBAR TU PUERTA?

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