—Ya estuvo. En un rato los dos dejan de respirar.
Escuché la voz de mi esposo desde el piso frío de nuestra cocina en Naucalpan, y aunque no podía mover mi cuerpo, mi mente seguía completamente despierta. Mi hijo, mi Mateo, estaba tirado junto a mí, pálido y con los labios entreabiertos. Vi su pecho subir apenas, como si fuera una vela a punto de apagarse con el viento.
No grité. No lloré. Sabía perfectamente que si lo hacía, Eduardo tal vez terminaría lo que había empezado.
Yo siempre creí que mi casa era un lugar seguro. Ese jueves, Eduardo llegó temprano y dijo que él iba a preparar la cena. Hizo arrachera, puré de papa y sirvió todo con una sonrisa demasiado fija, poniendo música de Luis Miguel de fondo. Mateo estaba feliz porque su papá en la vida cocinaba, ni huevos sabía hacer sin quemarlos
Pero el puré tenía un sabor muy raro, mantequilloso pero con un fondo amargo. Mateo hizo una mueca y susurró: “Mamá, me duele la panza”.
De pronto sentí un mareo oscuro, profundo. Mis dedos se adormecieron por completo y la lengua se me puso pesada. Miré a mi esposo rogando por ayuda, pero él estaba junto al fregadero, lavándose las manos con toda la calma del mundo. Ahí lo entendí todo.
Me dejé caer al suelo y jalé a Mateo, fingiendo desmayarme. Le apreté la mano una sola vez con mi última fuerza, y mi niño valiente se quedó quieto. Eduardo se acercó hasta que sus zapatos quedaron frente a mi cara y susurró que ya pronto dejaríamos de respirar. Luego caminó hacia el pasillo, como si acabara de sacar la basura.
¿QUÉ FUE LO QUE NOS DIO DE COMER Y POR QUÉ EL HOMBRE QUE AMABA QUERÍA B*RRARNOS DEL MAPA PARA SIEMPRE?
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