Mi hijo había desaparecido en la sofocante camioneta; la cruel indiferencia de su propio padre y la risa de su amante me destrozaron.

El calor de 42 grados en Monterrey quemaba el asfalto del estacionamiento. Mi corazón casi se detiene cuando vi a un perro callejero esquelético rascando desesperadamente el cristal polarizado de nuestra lujosa SUV. Sus garras sangraban dejando horribles manchas rojas en el vidrio.

Adentro de ese infierno herméticamente cerrado, mi bebé de menos de un año lloraba a gritos. Su carita estaba roja como un tomate, el cabello empapado de sudor, y sus manitas golpeaban débilmente la ventana.

Mateo, un vendedor de tacos, tiró su bandeja al suelo, agarró una enorme piedra y corrió para reventar la ventana. En mi pánico, yo misma lo empujé por la espalda y lo golpeé repetidamente con mi bolso de diseñador.

—”¡¿Estás loca, p*ndeja?! ¡Tu bebé se está muriendo asfixiado ahí dentro, ¿qué no estás viendo?!” rugió Mateo, empujándome para que viera la realidad tras el cristal.

Mi rostro palideció al instante. Carlos, mi esposo, me había dicho que dejaría el aire acondicionado prendido mientras yo corría a la farmacia. Jalé la manija de la puerta una y otra vez como desquiciada, pero el seguro estaba puesto desde adentro. El llanto de mi niño ya se había reducido a unos hipos débiles y agonizantes.

De pronto, Carlos apareció desde un rincón oscuro detrás del mercado. Venía caminando con una cerveza fría a medio terminar y una sonrisa arrogante. Detrás de él, una tipa con minifalda apretada masticaba chicle; el olor a su perfume barato ahogaba el ambiente.

Me abalancé sobre él, agarrando su camisa carísima: “¡¿Dónde están las ptas llaves, querías mtar a nuestro hijo?!”.

En lugar de ayudarme, Carlos apartó mis manos y me soltó una bofetada tremenda en la mejilla que me hizo tambalear.

—”¡El chamaco solo está durmiendo! Solo saqué las llaves un p*nche ratito para que no se bajara la batería”, gruñó. La mujerzuela se acercó, lo abrazó del brazo y con voz chillona dijo: “¿Qué pasa, mi amor, tu viejita nos está arruinando el momento?”.

El mundo entero se derrumbó frente a mis ojos. Mi esposo abandonó a nuestro propio hijo a 42 grados por irse a revolcar con su amante. Mateo no soportó más, agarró a Carlos por el pecho y lo estampó contra el coche, pero el tiempo de mi bebé se agotaba…

¡¿PODRÁ UNA MADRE DESESPERADA ENFRENTAR AL MONSTRUO QUE CREÍA AMAR PARA SALVAR A SU BEBÉ DE LA MUERTE?!

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