Parte 1:
“¿A dónde vas con tanta pnche prisa, rmera?”.
El aliento a tequila barato del corriente me golpeó la cara de lleno en aquel callejón oscuro y con olor a orines. Era Javier, el mismo hombre que nos había abandonado a mi hijo y a mí hace tres años para largarse a apostar y a tomar. Me acorraló de un jalón contra los ladrillos pelados de la vecindad, clavando sus ojos rojos como el diablo en la bolsa negra que yo protegía contra mi pecho.
Me exigió a gritos que le diera lo que traía ahí para pagar sus deudas. Yo forcejeé como loca y le grité con toda mi rabia que no lo tocara, que era el regalo de Mateo y que me había costado sangre comprarlo. Pero a él no le importó; se burló en mi cara y me acomodó un m*drazo que me mandó directo al piso, tragando tierra y saboreando mi propia sangre.
Me arrebató la bolsa, rasgó el plástico y sacó la tablet azul usada que recién había conseguido. Mientras él sonreía y calculaba que le sacaría mil quinientos pesos a esa ch*ngadera, se escucharon unos pasitos apresurados.
Era Mateo, regresando de la escuela. Mi niño de diez años se quedó paralizado y temblando de miedo al ver el desmadre.
Aprovechando el momento, Javier soltó su veneno con una sonrisa malvada y le dijo a mi niño que yo me había robado el aparato en el mercado para quedar bien con él. Traté de levantarme a gatas y suplicarle que no le creyera a ese infeliz, pero mi aspecto me traicionaba. Yo estaba toda despeinada, golpeada y usaba un paliacate viejo en la cabeza que me hacía ver sospechosa.
Esa mentira destruyó la confianza de mi hijo. Mateo le arrebató la tablet a su papá de un manotazo y volteó a verme con la cara roja de vergüenza. “¡¿Por qué eres una ratera?!” me gritó, asegurando que prefería reprobar la escuela antes que usar cosas robadas.
Se hizo hacia atrás como si yo le diera asco, me gritó que me odiaba y azotó el aparato con todas sus fuerzas contra el pavimento rasposo. El crujido de la pantalla haciéndose añicos se me clavó en el corazón mientras mi exesposo soltaba una carcajada enferma.
En ese momento, el dolor se transformó en una rabia pura y ciega. Me paré tambaleándome, con la mirada vacía, y llevé mi mano temblorosa al borde del paliacate mugroso que llevaba en la cabeza.
¡¿QUÉ TERRIBLE VERDAD ESTABA A PUNTO DE REVELAR Y CÓMO ESTO HARÍA LLORAR DE RODILLAS A SU HIJO?!
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