Mi esposo millonario descubrió mi oscuro secreto en la noche de bodas, pero lo que mi suegra escuchó escondida lo cambió todo.

Parte 1:

El sonido del pesado vestido blanco cayendo sobre el suelo de la lujosa habitación fue lo último hermoso que pasó antes de que la tensión me asfixiara. Alejandro, el hombre que me había defendido contra todo Jalisco, vio las profundas cicatrices en mi piel y retrocedió de golpe.

Su mirada, que siempre me había cobijado con tanto amor, se transformó en una mezcla de horror y decepción.

Me crucé de brazos sobre mi pecho desnudo, temblando de frío y de un miedo que me paralizaba por completo. Sentí que el mundo entero se me venía encima.

— Lucía… — murmuró él, sumamente pálido y con la voz temblorosa —. ¿Qué te pasó? ¿Qué me has estado ocultando?

Yo sabía muy bien lo que la gente decía de mí. Casi cada fin de mes, yo enviaba el 80 por ciento de mi sueldo a mi pueblo, en la sierra de Oaxaca. En los pasillos de esta inmensa hacienda, las cocineras aseguraban que ese dinero era para mantener a mis tres hijos de distintos hombres. Los capataces decían que yo había huido por vergüenza, dejándolos abandonados. Incluso su madre, la implacable Doña Matilde, le había gritado en su despacho días antes que iba a manchar el apellido Villanueva metiendo a la familia a una sirvienta que arrastraba a tres b*stardos.

Pero la verdad, la que me había deformado el torso, era mucho más cruda y profunda.

Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas sin que pudiera detenerlas. Levanté el rostro y clavé mis ojos oscuros en los suyos.

— Esta es la verdad que le escondí a todo el mundo — sollocé con total desesperación —. Yo nunca he tenido hijos.

El silencio en la habitación se volvió asfixiante, casi insoportable. Alejandro se quedó paralizado, sintiendo que el piso de madera fina se abría bajo sus botas.

— ¿Cómo que nunca has tenido hijos? — preguntó, dando un paso hacia mí, con la mente nublada por la confusión —. ¿Entonces por qué mandas todo tu dinero a Oaxaca? ¿Por qué dejas que toda la hacienda y mi madre te humillen hablando de esos tres niños como si los hubieras abandonado?

Tomé aire y me sequé el rostro, mirando mis propias cicatrices. Lo que Alejandro no sabía era que, en el oscuro pasillo exterior, una sombra elegante se había detenido en seco frente a la puerta entreabierta. Doña Matilde nos estaba escuchando.

¿CUÁL ERA LA TERRIBLE VERDAD DETRÁS DE MIS MARCAS QUE HARÍA QUE LA IMPLACABLE MATRIARCA CAYERA DE RODILLAS LLORANDO?

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