Parte 1:
El reloj de la pared apenas marcaba las 3:00 a.m. cuando un quejido ahogado me arrancó de tajo del sueño.
El aire en nuestro pequeño cuarto se sentía pesado, casi sofocante. La luz amarillenta de la pequeña lámpara y la veladora de la Virgencita que siempre dejamos encendida apenas iluminaban el rostro de mi esposa, Valeria.
Estaba empapada en sudor. Sus manos, aferradas a las sábanas blancas, temblaban sin control. Su vientre de ocho meses subía y bajaba con una respiración entrecortada, llena de pánico.
—Vale, mi amor, ¿qué tienes? —pregunté, sintiendo cómo el corazón me empezaba a latir en la garganta.
—No es nada, Mateo… es solo el peso del bebé. Vuelve a dormir —me respondió, apretando los dientes, con los labios resecos y casi blancos.
Pero el temblor de su cuerpo me decía otra cosa. Había estado muy cansada los últimos días, sí, pero esto era diferente. Me levanté de golpe, sintiendo el frío del piso en mis pies descalzos.
—¿Cómo que no es nada? ¡Mírate, estás pálida! ¿Te duele mucho? ¿Ya viene el niño?
—¡No me toques! —gritó, con una mezcla de terror y vergüenza cuando intenté acercarme a sus piernas—. ¡No me destapes, por favor te lo suplico!
Esa reacción me paralizó por un segundo. Valeria nunca me había hablado así. El miedo en sus ojos no era por el parto. Era algo más oscuro. Algo que me había estado ocultando por miedo a los gastos, sabiendo que apenas llegábamos a fin de mes.
—Vale, no me importa que no tengamos dinero ahorita para el hspital, no puedes arriesgar tu vda así… —le reclamé, con la voz quebrada por la desesperación—. Déjame ver.
—¡No, Mateo, me da mucho miedo! —lloraba a cántaros, intentando jalar la cobija gruesa hacia su pecho para protegerse.
No la escuché. Con un movimiento rápido y el pulso temblando, agarré el extremo de la cobija y tiré de ella hacia atrás.
El aliento se me escapó de los pulmones. Sentí que el cuarto daba vueltas.
Sus piernas… desde los tobillos hasta los muslos, estaban cubiertas de inmensas manchas oscuras, casi negras y moradas. La piel se veía severamente lastimada, como si la sngre se hubiera estancado y reventado por debajo. Parecían las piernas de una persona gravemente enfrma, no las de mi mujer que estaba a punto de dar a luz a nuestro primer hijo.
Caí inclinado junto a la cama, con los ojos muy abiertos, sin poder apartar la vista de esa imagen aterradora. Ella solo lloraba de agonía.
¿QUÉ ERA ESA EXTRAÑA Y TERRORÍFICA CONDICIÓN QUE ESTABA CONSUMIENDO A MI ESPOSA Y PONIENDO EN RIESGO A NUESTRO BEBÉ?
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