Parte 1:
El frío del piso de linóleo se me calaba por los pies descalzos, pero el hielo de verdad lo sentía clavado en el pecho.
No podía respirar.
Las luces blancas del pasillo de Urgencias del Hospital General me cegaban, parpadeando con ese zumbido eléctrico que te vuelve loca. Olía a cloro, a alcohol y a desesperación.
Llevaba puesta la típica bata azul de hospital, delgada y rasposa, que apenas me cubría la espalda. Mi brazo derecho me palpitaba justo donde la aguja del suero tiraba de mi piel con cada sollozo, pero el dolor físico no era nada comparado con el nudo que me asfixiaba la garganta.
Me acababan de dar el diagnóstico.
El doctor pronunció esa maldita palabra que huele a m*erte y a despedidas repentinas. Todo se volvió borroso. Me dejé caer contra la pared del pasillo, incapaz de dar un solo paso más hacia la sala de espera. Lloraba con una angustia que te desgarra desde adentro, sin importarme las miradas de lástima de los camilleros que pasaban de largo. Estaba completamente sola en el peor momento de mi vida.
O eso creía.
De repente, escuché unos pasos apresurados. Zapatos de vestir golpeando el suelo gastado del pasillo. Levanté la vista, con los ojos hinchados y nublados por las lágrimas, y vi sus zapatos negros perfectamente lustrados deteniéndose justo frente a mis pies descalzos.
Era Alejandro.
Llevaba el traje gris impecable que se había puesto esa misma mañana. Habíamos tenido una discusión horrible antes de que yo saliera hacia la clínica. Me había gritado que su junta directiva era más importante que mis “exageraciones” y mis mareos. Yo le grité, cerrando la puerta de un portazo, que ojalá nunca tuviera que tragarse esas palabras.
Ahora, ahí estaba.
Con la respiración agitada, la corbata ligeramente aflojada y el rostro pálido al verme tirada en el suelo como si fuera de cristal roto.
Mi orgullo me pedía a gritos que lo apartara. La rabia me hervía en la sangre al recordar que tuve que escuchar al especialista estando sola. Sin embargo, mi terror era mucho más grande. Quería odiarlo, pero rodeada de ese ambiente estéril y desesperanzador, lo único que necesitaba era que alguien me sostuviera para no caer al abismo.
No dijo ni una sola palabra al principio. Vi cómo la tela fina de su pantalón rozaba el suelo sucio mientras se arrodillaba lentamente. Tomó mis manos frías y temblorosas entre las suyas. Su respiración chocó contra mi rostro, y entonces, acercándose a mi oído, me susurró algo que detuvo mi llanto de golpe.
¿QUÉ FUE LO QUE ME REVELÓ ALEJANDRO EN ESE PASILLO QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO PARA SIEMPRE?
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