Parte 1:
El golpe de la bolsa de plástico contra el escritorio de madera me hizo dar un brinco. Las cápsulas de colores se esparcieron frente a mí como una condena.
“¿Me quieres explicar esto, Valeria?”, gritó Don Roberto.
Su voz retumbó en la pequeña oficina. El aire acondicionado estaba helado, pero yo sentía que la cara me quemaba. Las lágrimas ya me escurrían por las mejillas, calientes y saladas, nublándome por completo la vista.
No podía mirarlo a los ojos. Mi mirada estaba clavada en la pantalla de su computadora.
Ahí estaba yo, en blanco y negro, captada por las cámaras de seguridad del salón de eventos. El video mostraba claramente el momento exacto. El señor Garza, uno de nuestros clientes más importantes, se había volteado a platicar. Y yo, con las manos temblorosas, abriendo el bolso de su esposa para sacar ese fajo de billetes.
“Tantos años trabajando aquí”, siseó mi jefe, apoyando ambas manos sobre la mesa y acercando su rostro al mío. Su respiración olía a cigarro y café cargado. “Te di mi confianza. Y me pagas rbando a los mejores clientes para comprar estas… prquerías”.
“No son para mí”, logré balbucear. Mi garganta estaba tan cerrada que apenas salió un susurro rasposo.
“¡No me mientas!”, golpeó la mesa con el dedo índice, justo al lado del frasco de medicinas. “Las cámaras no mienten. ¿Sabes en el problema que nos metiste?”.
Me tapé la boca con las manos para ahogar un sollozo. Mi pecho subía y bajaba con desesperación.
Si le decía la verdad, si le explicaba que mi hijita Sofía llevaba tres días con fiebre altísima, que la clínica pública no tenía los insumos y que ese tratamiento costaba lo que yo gano en tres meses… ¿me creería? Esas pastillas sobre la mesa eran la diferencia entre la vida y la m*erte para mi niña.
Para el señor Garza, ese dinero era cambio para la propina. Para mí, era el aire que Sofía necesitaba para respirar.
“Llama a la plicía”, dijo Don Roberto, tomando el teléfono de su escritorio. El sonido del auricular al descolgarse fue como un mrtillazo en mi cabeza.
Me dejé caer de rodillas. El roce de mi pantalón de uniforme contra la alfombra fue lo único que sentí antes de suplicar.
“Por favor, Don Roberto, se lo ruego. Mi niña…”, imploré, agarrándome del borde de su escritorio.
Él me miró desde arriba. Sus ojos se entrecerraron y su dedo se detuvo justo sobre los números del teclado. El silencio en la oficina era ensordecedor.
¿TERMINARÍA EN LA C*RCEL DEJANDO A MI HIJA SOLA O MI JEFE TOMARÍA UNA DECISIÓN AÚN MÁS ATERRADORA?
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