Me arrojó agua sucia en pleno centro de la ciudad solo por existir. Lo que pasó después te dejará helado.

Parte 1:

El asfalto del Centro Histórico estaba helado esa mañana.

Mis huesos viejos, cansados de tanta banqueta, crujían con cada ráfaga de viento de noviembre que se colaba por los agujeros de mi suéter percudido.

Me llamo Mateo. Llevo años siendo invisible en mi propio país.

Solo buscaba un rincón junto a la pared de cantera para esconderme de las miradas. De ese desprecio silencioso de los oficinistas apresurados, un desprecio que duele mucho más que tener el estómago vacío.

Levanté la vista al escuchar el sonido metálico de unos tacones caros.

Era ella. Una mujer joven, envuelta en un abrigo impecable color camello. Su cabello lucía perfectamente peinado, pero su rostro estaba contorsionado en una mueca de repulsión total.

Pensé que pasaría de largo, como hacen todos en esta gran ciudad. Pero se detuvo en seco justo frente a mí.

No traía unas monedas. Tampoco algo de pan. Traía una pesada cubeta de plástico.

Antes de que mis labios agrietados pudieran articular un tímido “buenos días, seño”, el olor rancio a agua estancada me advirtió del peligro.

El líquido helado, espeso y lodoso me cayó de golpe.

Me empapó la cabeza, escurriendo por mi barba canosa y arruinando la única ropa que me quedaba para sobrevivir al invierno. El frío me cortó la respiración como si fuera un g*lpe directo al pecho.

El ruido de los cláxones y el murmullo de la calle parecieron apagarse. Solo escuchaba el goteo del agua sucia cayendo de mi frente hacia el pavimento, mezclándose con mi propia respiración agitada.

“A ver si así te largas de mi fachada, b*sura”, escupió ella con una voz afilada y altanera.

Se sacudió las manos, acomodándose el abrigo de diseñador como si yo fuera una plaga que acababa de exterminar.

Me quedé ahí en el suelo. Empapado. Temblando incontrolablemente de frío y de una profunda vergüenza.

La gente caminaba a mi alrededor, desviando la mirada, normalizando mi tragedia. Mi dignidad escurría hacia la coladera junto con el lodo y la mugre.

Justo cuando mis primeras lágrimas empezaron a resbalar, camuflándose con el agua sucia, una sombra bloqueó la luz del sol. Unos zapatos de trabajo desgastados, pero muy limpios, se detuvieron frente a mí.

Una mano firme se extendió hacia mi hombro empapado.

¿QUIÉN ERA ESTA PERSONA Y QUÉ ESTABA A PUNTO DE HACER FRENTE A LA MUJER QUE ME HUMILLÓ?

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