Parte 1:
Mi nombre es Mateo y apenas tenía 12 años, pero mi mirada oscura ya cargaba toda la tristeza de un anciano.
Mi única casa era un rincón húmedo y oscuro bajo un inmenso puente vehicular en el cruce de Viaducto y Tlalpan.
Mi vida consistía en sobrevivir limpiando parabrisas y buscando latas durante 14 horas seguidas cada día.
Esa mañana, una lluvia fría y constante comenzó a caer sobre la lujosa avenida Presidente Masaryk.
Yo no sentía mis pies descalzos y s*ngrando después de caminar más de 5 kilómetros desde mi puente.
En mis brazos, respirando con un silbido agudo, con los labios morados y ardiendo a más de 40 grados de fiebre, llevaba a “Estrellita”.
Así bauticé a la pequeña de 4 años que encontré hace 3 meses llorando a gritos de terror detrás de un contenedor en la peligrosa colonia Doctores.
Me paré en el semáforo y me acerqué a una inmensa y brillante camioneta negra.
Temblando por el frío y el llanto, golpeé el cristal impecable con mis nudillos sucios.
Adentro iba una mujer demacrada que llevaba 90 días exactos buscando a su hija, y a su lado, su cuñado Roberto.
—Por favor… se está m*riendo… ayuda… —supliqué, levantando un poco mi chamarra para mostrar el rostro desvanecido de la niña.
La mujer dejó caer su bolso carísimo al piso del auto.
—¡Sofía! —gritó con un d*lor tan profundo que le desgarró el alma al reconocerla.
Mi corazón saltó de esperanza, pero el hombre a su lado palideció al instante con un terror absoluto al ver a la niña viva.
Antes de que la madre pudiera abrir la puerta, Roberto bajó su ventanilla rápidamente, sacó una p*stola negra de su saco y me apuntó directamente a la cabeza.
—¡Es el scuestrador! ¡Él la tiene, no te bajes, te va a mtar! —rugió, bloqueando los seguros de todas las puertas desde su panel de control.
El caos estalló en la avenida y los conductores comenzaron a tocar el claxon desesperadamente.
Por puro instinto de supervivencia, me tiré al asfalto mojado y abracé a Estrellita con todas mis fuerzas, intentando proteger el frágil cuerpo de la niña con mi propia espalda huesuda.
Yo no entendía por qué este millonario quería destruirme, sentía mucho miedo y vergüenza por estar lleno de lodo, pero lo que él no sabía era el secreto que yo escondía entre mi basura.
¿QUÉ FUE LO QUE ENCONTRÓ LA MADRE EN LA MOCHILA DE ESTE NIÑO INDIGENTE QUE DESTAPÓ LA TRAICIÓN DE SU PROPIA FAMILIA?!
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