Llevaba tres días sin probar bocado, escondido detrás de las tablas podridas del patio para que nadie viera mi miseria. Pensé que el hambre y el abandono me arrancarían el último aliento esa tarde, hasta que vi asomarse la manita de mi pequeño vecino. Lo que me entregó a través de la cerca rota no fue solo comida, me devolvió las ganas de vivir.

Parte 1:

El dolor en el estómago ya no era un simple ardor; era como si me estuvieran retorciendo las tripas con las manos desnudas. Me llamo Rogelio. Llevaba dos días sentado en la tierra suelta de mi patio, recargado contra la cerca de madera podrida que dividía mi terrenito del de los vecinos en esta colonia olvidada.

Todavía zumbaban en mis oídos los gritos de mi hijo antes de largarse: «¡Ya no me sirves para nada, viejo estorbo!». El sonido de la puerta de lámina al azotar se había quedado grabado en mis sienes. No tenía un solo peso, ni a quién pedirle ayuda.

A través de las rendijas de la barda, veía el pasto verde y cuidado de los vecinos. El sol del mediodía me quemaba la nuca. De pronto, escuché un golpe seco. Una pelota de tenis rodó hasta chocar con la madera justo donde faltaba una tabla entera.

Contuve la respiración. Mis manos, llenas de tierra y manchas de la edad, temblaban por la debilidad. Escuché unos pasitos acercándose por el pasto.

Me encogí, intentando hacerme invisible. La vergüenza me comía vivo. No quería que nadie me viera así: derrotado, sucio, esperando que el cuerpo me fallara de una vez por todas.

—¿Señor? —una vocecita delgada cortó el silencio.

No respondí. Apreté mis labios resecos y agrietados.

La carita de Mateo, el niño de cinco años de la casa de al lado, apareció en el hueco de la cerca. Tenía la pelota en una mano, pero no me miraba con asco ni lástima, sino con una curiosidad que me desarmó por completo. Extendió su otro bracito hacia mí, pasando a través de la madera astillada. En su palma sostenía una manzana roja, brillante.

—Ten, se oye que tu panza llora —dijo con total inocencia.

El nudo en mi garganta casi me ahoga. El miedo de ser descubierto peleaba con el hambre voraz. Acerqué mi mano temblorosa a la suya, pero justo en ese instante, escuché los pasos apresurados de su madre acercándose por el pasto y un grito furioso: «¡Mateo, te he dicho que no te acerques a ese *!».

¿QUÉ HARÍA LA MADRE AL VER QUE SU HIJO SE ACERCABA AL VIEJO ABANDONADO DEL BARRIO?!

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