Parte 1:
El olor agrio a sudor y a tortillas quemadas me asfixiaba. El calor en nuestro pequeño cuarto de Tepito era insoportable, idéntico a un horno.
El polvo denso flotaba en el aire mientras yo tiraba todo a mi paso, buscando desesperadamente.
Frente a mí estaba mi madre, Doña Elena. La había atado a una vieja silla de madera podrida. Las cuerdas ásperas le cortaban la piel, dejando marcas de s*ngre fresca en sus muñecas.
No sentía piedad. Solo pánico puro.
“¿Dónde está el dinero del seguro de mi papá?”, le grité, con los ojos inyectados en sngre por llevar días sin dormir. “¡Me van a mtar si no les pago quinientos mil pesos antes de que se meta el sol!”.
En mi locura, rompí su jarrón favorito de cerámica en mil pedazos contra el suelo mugriento. Ella solo lloraba. Me suplicaba con la voz ronca por la sed, rogándome que usara ese dinero para entrar a rehabilitación y que no los dejara en la calle como perros.
De pronto, la delgada puerta de madera se abrió de una violenta patada.
Era mi hermana mayor, Lucía, con el rostro rojo de la ira y bañada en sudor. Se abalanzó sobre mí, agarrándome del cuello de mi camiseta sucia. “¡Cbrón! ¿No te bastó con robar mis ahorros para dogas, ahora quieres quitarle a mi amá el último techo que la protege?”, chilló.
Con la fuerza de un animal acorralado, la empujé. Su espalda golpeó la pared agrietada con un ruido seco y comenzó a toser.
Yo sabía la verdad. Sabía que ella me había entregado.
“¡Tú le diste el pitazo a los halcones del crtel de que estaba aquí!”, siseé entre dientes. Saqué mi encendedor Zippo, y la llama azul iluminó las escrituras de la casa que acababa de hallar bajo el colchón. “¡Querías que me mtaran!”.
Lucía soltó una carcajada amarga. Las lágrimas le corrían el maquillaje mientras confesaba que sí, ella había avisado al crtel para que me dieran una ptiza y despertara. Pero nunca imaginó que yo fuera tan poco hombre como para amarrar a mi propia madre.
El grito desgarrador de mi mamá nos heló el alma. Nos estábamos destruyendo mutuamente por dinero y resentimiento.
Pero la discusión terminó de golpe. El olor a humo de cigarro barato y a s*ngre llenó el marco de la puerta destrozada.
Era Carlos. El infame s*cario y cobrador de la pandilla local.
Tenía una sonrisa sádica de depredador y empuñaba un pesado tubo de acero oxidado.
“El showcito se acaba aquí. Suelten la lana o le reviento el cráneo a este escuincle p*ndejo”, gruñó, levantando el arma directo hacia mi cabeza.
¿QUÉ FUE ESA CEGADORA LUZ DORADA QUE DETUVO EL GOLPE M*RTAL ANTES DE QUE ME DESTROZARA?
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