Humillé a una niña de la calle en plena plaza de Coyoacán frente a mi propia hija porque pensé que quería r*barnos la cartera. Estaba tan estresado que perdí el control, pero cuando vi lo que tiré al suelo mi mundo entero se vino abajo. El pequeño letrero de cartón que llevaba me rompió el corazón en mil pedazos y ahora, la culpa me devora por dentro. No sé cómo podré perdonarme a mí mismo después de lo que le hice a este pequeño ángel.

Parte 1:

“¡Aléjate de mi hija, no tenemos monedas!” le grité, sintiendo que la sangre me hervía en la cara.

Soy Alejandro. Siempre me consideré un buen hombre, un padre protector. Pero esa tarde en el centro de Coyoacán, bajo el sol implacable que derretía el asfalto, me convertí en lo que más odio.

Caminaba aferrando la mano de mi hija Camila. Ella llevaba su vestido blanco favorito, pero su mirada estaba perdida y triste. Desde el terrible accidente, Camila no ha pronunciado una sola palabra. Ese silencio nos estaba consumiendo a los dos.

De repente, una sombra pequeña se interpuso en nuestro camino. Era una niña de la calle. No tendría más de siete años, exactamente la misma edad que mi Camila. Su rostro estaba manchado de tierra, llevaba unos huaraches desgastados y un suetercito hecho jirones.

En sus manitas sucias y temblorosas sostenía un frasco de vidrio viejo, lleno de unas hojas verdes machacadas, y un pedazo de cartón amarrado con un hilo desgastado.

Pensé que nos iba a pedir dinero, o peor, que intentaba r*barnos aprovechando la multitud de la plaza.

Mi paciencia estaba al límite. Levanté el brazo y, con un movimiento brusco, la aparté. “¡Que te vayas, te dije!”, gruñí.

El sonido del cristal estallando contra los adoquines de piedra fue ensordecedor.

La niña cayó al suelo. No gritó, pero sus grandes ojos negros se llenaron de lágrimas que empezaron a limpiar la tierra de sus mejillas. Extendió su manita hacia el desastre, temblando.

Entonces, escuché un sonido que me heló la sangre. Un jadeo ahogado. Era Camila.

Mi hija se soltó de mi agarre y, sin importarle ensuciar su vestido inmaculado, se tiró de rodillas junto a la niña de la calle. Camila lloraba desesperada, abrazando a esa pequeña desconocida, tratando inútilmente de juntar los pedazos de cristal y las hierbas pisoteadas.

El viento sopló, trayendo un olor a tierra mojada y a manzanilla silvestre. El mundo entero pareció detenerse. La gente a nuestro alrededor empezó a murmurar, clavando sus miradas juzgadoras sobre mí. El fino traje sastre que llevaba puesto de pronto se sintió como una armadura asfixiante.

Bajé la mirada, confundido, sintiendo un nudo en la garganta. Mis ojos se posaron en el pedazo de cartón arrugado que había salido volando del frasco y ahora descansaba junto a mi zapato.

PARTE 2

Mis rodillas golpearon el adoquín caliente de la plaza. Con las manos temblorosas y la vista nublada, tomé el pedazo de cartón sucio que había salido volando del frasco roto. Las letras estaban trazadas con torpeza, escritas con un trozo de carbón:

“Para la niña triste. Té de curalavoz. Para curar el susto.”

El aire abandonó mis pulmones. No era una ladrona. No me estaba pidiendo monedas.

Levanté la vista. La pequeña, con sus rodillas raspadas sangrando levemente por la caída, me miraba con un terror absoluto. A su lado, mi Camila la abrazaba con una fuerza que yo no le había sentido desde el accidente que le arrebató la voz.

—Mi abuelita me enseñó a buscarla —susurró la niña de la calle, con la voz quebrada y encogiendo los hombros—. Las vi pasar ayer en los churros. Su niña tenía los ojos apagados… como los de mi mamá antes de irse al cielo. Solo quería que volviera a hablar.

Sentí como si me hubieran arrojado un bloque de cemento al pecho. Yo era el monstruo. Juzgué su ropa sucia, sus huaraches rotos, y destruí lo único de valor que tenía para ofrecer: pura y absoluta bondad.

—Perdóname —fue lo único que logré articular, con la voz ahogada en llanto.

Me arrastré hacia ellas sin importarme el polvo ni los cristales en mi traje. Las abracé a las dos. Con sumo cuidado, mis manos gruesas y torpes empezaron a recoger las hojas verdes que se habían salvado del desastre.

El verdadero milagro

Esa tarde, no volvimos a nuestra casa vacía. Llevé a Lupita —así me dijo que se llamaba— a una clínica para limpiar sus raspaduras, y luego fuimos a cenar. Mientras ella devoraba un plato de caldo caliente, vi a mi hija mirarla con fascinación. Camila sonrió por primera vez en seis meses.

Preparé el té esa misma noche con las pocas hojas que logramos rescatar del asfalto. Era solo manzanilla silvestre y hierbabuena. No había magia clínica en esas ramas secas, pero sí en el alma de quien las recolectó.

Cuando Camila dio el primer sorbo, me miró fijamente. Sus labios temblaron, luchando contra la barrera invisible que la había mantenido callada.

—Sabe rico, papá.

Rompió su silencio. Cuatro palabras que me devolvieron la respiración. Todo gracias a la niña que yo, en mi ceguera y arrogancia, había tirado al suelo unas horas antes.

Lupita ya no duerme en las bancas de Coyoacán. Ahora duerme en la habitación de al lado. A veces, la cura para nuestras peores tragedias no está en los consultorios caros, sino que viene en envases rotos y manos manchadas de tierra, recordándonos que la empatía es el único milagro que realmente necesitamos.

El eco de cuatro palabras

“Sabe rico, papá”.

Esas cuatro palabras, pronunciadas con una voz tan frágil como el cristal que yo mismo había roto horas antes, se quedaron suspendidas en el aire de mi cocina. El reloj de pared parecía haber dejado de hacer tic-tac. El zumbido del refrigerador desapareció. Todo mi universo, que durante seis meses había sido un agujero negro de silencio y desesperación, se redujo a la carita pálida de mi hija Camila. Sostenía con ambas manos aquella taza de cerámica humeante, y me miraba con una chispa de luz en sus ojos que yo creía extinta para siempre.

Mis piernas perdieron toda su fuerza. Volví a caer de rodillas, esta vez no en los duros adoquines de Coyoacán, sino en el piso de mármol frío de mi casa. Cubrí mi rostro con las manos y dejé salir un sollozo desgarrador, un sonido animal que llevaba meses atorado en mi garganta. Había gastado miles de pesos en los mejores terapeutas de la Ciudad de México, en psicólogos infantiles con consultorios en Polanco que me hablaban de “trauma postraumático severo” y “bloqueos disociativos”. Me habían recetado paciencia clínica, ejercicios de respiración, terapias de juego. Nada de eso funcionó.

La cura no vino en un frasco con receta médica ni en una factura de hospital privado. Vino de las manos sucias de una niña a la que yo había despreciado y tirado al suelo unas horas antes.

Lupita estaba sentada al otro lado de la gran isla de granito de la cocina. Sus piecitos, todavía grises por el polvo de la calle a pesar de haberla limpiado en la clínica, colgaban del banco alto. Llevaba puesta una playera de dormir de Camila que le quedaba como un vestido gigante. Nos miraba con esos ojos enormes, negros y profundos, como un pajarito herido que espera que la trampa se cierre de golpe.

Levanté la vista, con los ojos empañados en lágrimas, y me acerqué a ella arrastrándome por el piso. Cuando estuve a su lado, la niña encogió los hombros instintivamente, esperando un golpe, un grito, el mismo rechazo al que el mundo la había acostumbrado. Ese pequeño movimiento reflejo me rompió el corazón más que cualquier otra cosa.

—Gracias —le susurré, tomando sus manitas pequeñas entre las mías, sintiendo la textura áspera de sus palmas maltratadas por la calle—. Gracias, mi niña. Me devolviste la vida.

Camila bajó de su silla, caminó hacia nosotros con su taza en la mano y se abrazó a Lupita por la espalda, recargando su mejilla contra el hombro de la otra niña. Era una imagen que se quedaría grabada en mi retina hasta el último de mis días: mi hija, que no soportaba que nadie la tocara desde el accidente, aferrándose a una niña que hasta esa tarde no tenía nada en el mundo.

Esa noche, cuando las acosté a ambas en la cama matrimonial del cuarto de huéspedes, me quedé sentado en el sillón de la esquina, observándolas dormir. Las respiraciones de las dos niñas se acompasaron lentamente. Lupita dormía hecha un ovillo, abrazándose a sí misma, con el ceño ligeramente fruncido incluso en sueños. Camila, por el contrario, dormía con una mano extendida, tocando la espalda de Lupita, como si quisiera asegurarse de que no fuera a desaparecer.

Yo no pude cerrar los ojos. La culpa me devoraba por dentro como un ácido. ¿En qué momento me había convertido en ese hombre? ¿En qué momento el dolor por la pérdida de mi esposa en aquel maldito accidente de auto me había vuelto tan ciego, tan amargado, tan arrogante? Me pasé la madrugada entera llorando en silencio, haciendo un juramento silencioso a Dios, al universo, o a quien fuera que hubiera puesto a esa pequeña en nuestro camino: Nunca volvería a juzgar a nadie por su apariencia. Nunca volvería a dejar que mi dolor lastimara a otros.

La cruda luz de la mañana

El amanecer trajo consigo una calma extraña. El olor a café recién hecho llenó la casa. Cuando bajé a la cocina, encontré a las dos niñas sentadas en el piso de la sala, viendo las caricaturas en la televisión. Camila le estaba cepillando el cabello enmarañado a Lupita con una delicadeza infinita.

Preparé el desayuno: huevos revueltos, frijoles refritos, pan dulce y jugo de naranja. Cuando las llamé a la mesa, vi algo que me partió el alma en dos. Lupita comía con una desesperación silenciosa. No masticaba, tragaba. Y cuando pensó que no la estaba viendo, tomó un pedazo de pan dulce, lo envolvió en una servilleta y lo escondió apresuradamente en el bolsillo de la playera que le habíamos prestado.

—No tienes que esconder comida, chaparrita —le dije, con la voz más suave que pude articular, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta—. Aquí siempre va a haber comida para ti. Puedes comer todo lo que quieras.

Lupita bajó la mirada, avergonzada, y sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso.

—Es que… mi abuelita decía que cuando la suerte te da pan, hay que guardar un pedacito para cuando vuelva el hambre —murmuró, sin atreverse a mirarme a los ojos.

Me senté a su lado. —Tu abuelita era muy sabia. Pero te prometo, por lo más sagrado, que el hambre no va a volver a esta casa.

Esa misma mañana, supe que no podía simplemente dejar las cosas así. Lupita no era un perrito callejero que uno recoge, baña y se queda sin más. Tenía una historia, tenía raíces, y si estaba sola en la plaza de Coyoacán, alguien, en algún lugar, debía saber algo de ella. Tenía que volver al lugar donde comenzó mi vergüenza.

Los fantasmas de Coyoacán

Dejé a las niñas al cuidado de doña Carmen, mi ama de llaves, una mujer dulce y maternal que al ver a Lupita se deshizo en lágrimas y prometió cuidarla con su vida. Yo me puse unos jeans, una chamarra cualquiera y regresé al centro de Coyoacán.

El lugar se veía diferente. Ya no era ese pintoresco escenario colonial por el que yo solía pasear con arrogancia. Ahora veía las sombras. Veía al señor que vendía alegrías en la esquina, con la piel curtida por el sol. Veía a la mujer indígena sentada en la banqueta tejiendo pulseras. Me acerqué a ellos, no con asco, sino con un respeto profundo que no sabía que tenía dentro de mí.

Fui preguntando puesto por puesto, enseñando una foto que le había tomado a Lupita esa mañana. El vendedor de elotes frente a la iglesia fue quien me dio la respuesta.

—Ah, es la nietecita de doña Toña —me dijo el hombre, limpiándose las manos en su delantal—. La señora vendía remedios y hierbas aquí en la plaza. Hace como un mes le dio una tos muy fea, de esas que no se quitan. Una mañana ya no despertó en su cuartito de la vecindad. La niña se quedó solita. Los del DIF vinieron a buscarla, pero la chamaca es lista, se escondió. Decía que no quería ir a un lugar donde estuviera encerrada. Desde entonces andaba aquí, pidiendo monedas y vendiendo las plantitas que le sobraron a su abuela.

La historia me cayó como un balde de agua helada. Lupita llevaba un mes entero sobreviviendo sola en la calle. Un mes durmiendo en cartones, esquivando los peligros de la noche en la capital, pasando hambre y frío, con el corazón roto por haber perdido a la única persona que la amaba. Y aún así, cuando vio a mi hija triste, su primer instinto no fue robar, ni pedir limosna egoístamente. Su primer instinto fue curar.

—¿Sabe si tiene más familia? ¿Tíos, algún papá? —pregunté, sintiendo que el pecho se me apretaba.

El hombre negó con la cabeza. —No, jefe. Estaban nomás ellas dos contra el mundo.

Le di un billete de quinientos pesos al vendedor, le agradecí y caminé hacia mi auto. Mientras manejaba de regreso a casa, una idea empezó a tomar forma en mi mente. Una idea loca, difícil, burocráticamente casi imposible en México, pero absolutamente necesaria.

La batalla contra el sistema

Los siguientes meses fueron un infierno de papeleo, citatorios, entrevistas psicológicas y visitas de trabajadores sociales. Cuando me presenté en las oficinas del Desarrollo Integral de la Familia (DIF) con Lupita y conté mi historia —omitiendo, por vergüenza y por miedo a que me la quitaran, la parte en la que yo la empujé y le rompí su frasco—, el proceso de acogida temporal comenzó.

Hubo momentos en los que creí que la perdería. Las leyes en México son estrictas, y un hombre viudo intentando adoptar a una niña en situación de calle levanta sospechas. Tuvimos que pasar por un escrutinio brutal. Inspeccionaron mi casa, mis finanzas, mi salud mental.

Una tarde, una trabajadora social de rostro severo, la licenciada Ramírez, nos visitó de sorpresa. Yo estaba en el jardín trasero, lleno de tierra, jugando a plantar semillas de manzanilla con Camila y Lupita. Llevaba las manos manchadas de lodo y una sonrisa que me dolía en las mejillas de tanto que no la había usado en años.

La licenciada nos observó desde el ventanal durante un largo rato antes de acercarse. Se sentó en una silla de hierro forjado y me pidió que habláramos a solas.

—Señor Alejandro —empezó, hojeando una carpeta—. He revisado su expediente. Usted perdió a su esposa hace seis meses en un choque muy traumático. Su hija dejó de hablar. Usted entró en una depresión clínica severa y tomó licencia de su firma de arquitectos. Y de pronto, un día, trae a una niña de la calle a su casa. ¿Entiende cómo se ve esto desde mi posición? Parece un intento desesperado por llenar un vacío emocional. Las niñas no son parches para curar el luto, señor.

Sus palabras me golpearon duro porque, en el fondo, tenían una pizca de verdad. Yo estaba roto. Pero respiré hondo, me limpié la tierra de las manos y la miré directamente a los ojos.

—Tiene razón, licenciada. Estaba roto. Y no le voy a mentir, fui un hombre egoísta y ciego durante mucho tiempo —le confesé, sintiendo que mi voz temblaba—. Pero Lupita no es un parche. Lupita es mi familia. No sé si creo en Dios o en el destino, pero esa niña nos salvó la vida a Camila y a mí. Yo no la recogí para sentirme mejor conmigo mismo. Se lo ruego, no me la quite. Si se la lleva a un albergue, su espíritu se va a apagar. Y el de mi hija también.

La licenciada Ramírez miró hacia el jardín. Camila y Lupita estaban sentadas en el pasto, riendo a carcajadas mientras intentaban atrapar una mariposa. Eran inseparables. Camila no había vuelto a guardar silencio desde aquella primera taza de té; ahora hablaba por los codos, le leía cuentos a Lupita antes de dormir y le enseñaba a escribir bien las letras que la pequeña trazaba con dificultad.

La mujer suspiró, cerró la carpeta y asintió levemente.

—Tienen una audiencia con el juez familiar el próximo mes. Asegúrese de que su abogado tenga todo en orden. Las niñas se ven felices, Alejandro. No lo arruine.

Ese fue el momento en el que supe que habíamos ganado la batalla.

Las cicatrices compartidas

Pero el proceso legal no fue el único obstáculo. La sanación emocional era un camino empinado y lleno de piedras. Lupita tenía pesadillas terribles. Se despertaba a las tres de la mañana gritando, llorando que no quería irse a la calle, que tenía frío, llamando a su abuelita Toña a gritos. Yo corría a su cuarto, la abrazaba fuerte contra mi pecho y le cantaba las mismas canciones de cuna que le cantaba a Camila, hasta que su respiración se calmaba y volvía a dormirse.

Por otro lado, Camila también tuvo que enfrentar sus propios fantasmas. Una tarde de lluvia intensa en la Ciudad de México, el sonido de los truenos le provocó un ataque de pánico. Se escondió debajo de la mesa del comedor, tapándose los oídos, reviviendo el choque de los metales, el sonido de las sirenas de ambulancia y el último suspiro de su madre en aquel terrible accidente automovilístico.

Esa tarde, fue Lupita quien se metió debajo de la mesa. No dijo nada. Simplemente se sentó a su lado, tomó la mano de Camila, sacó de su bolsillo un pequeño frasquito de plástico que yo le había comprado para que guardara sus hierbas, y le dio a oler unas hojitas secas de menta y manzanilla.

—Respira, Cami —le decía la pequeña ex niña de la calle, con una sabiduría que ninguna niña de siete años debería poseer—. El ruido se queda afuera. Aquí adentro estamos a salvo. Mi abuelita decía que la lluvia es para limpiar la tristeza del cielo. No te va a hacer daño.

Yo las observaba desde la distancia, con lágrimas corriendo por mis mejillas. Lupita curaba a Camila, y Camila curaba a Lupita. Y entre las dos, estaban reconstruyendo los pedazos de mi propia alma fragmentada.

Llevé a las niñas al cementerio el día del aniversario luctuoso de mi esposa. Era la primera vez que iba desde el entierro. No había tenido el valor de pararme frente a su lápida fría. Llegamos con un enorme ramo de cempasúchil y margaritas blancas.

Camila se arrodilló frente a la tumba y, con una voz clara y fuerte, le habló a su mamá. Le contó sobre Lupita, sobre cómo le gustaba pintar con acuarelas, sobre cómo ya no le daba tanto miedo la oscuridad.

Luego, Lupita se acercó tímidamente. Llevaba en sus manitas un pequeño frasco de vidrio nuevo, reluciente, amarrado con un listón rojo. Lo colocó con cuidado sobre la lápida de piedra.

—Hola, señora —dijo Lupita, mirando fijamente las letras grabadas en el mármol—. Yo soy Lupita. Le traje unas plantitas dulces para que no tenga frío allá en el cielo. Le prometo que voy a cuidar mucho a Camila. Y al señor Alex también, aunque a veces es medio llorón.

Esa frase me sacó una carcajada ahogada en medio del llanto. Las abracé a las dos, sintiendo el viento frío del panteón en mi rostro, pero experimentando un calor inmenso en el pecho. Por primera vez en muchísimo tiempo, me sentí en paz. Sentí que mi esposa, desde donde estuviera, estaba sonriendo.

El verdadero milagro

Han pasado cinco años desde aquella tarde en la plaza de Coyoacán. El tiempo tiene una forma curiosa de suavizar las aristas más cortantes del dolor.

Hoy, Camila y Lupita tienen doce años. Acaban de entrar a la secundaria. Son hermanas en todos los sentidos de la palabra, no de sangre, pero sí de alma. Comparten secretos a medianoche, se roban la ropa, pelean por tonterías y se defienden mutuamente a capa y espada ante el mundo entero.

Mi casa, que alguna vez fue un mausoleo silencioso, oscuro y deprimente, hoy es un hogar lleno de gritos, música a todo volumen, tareas escolares tiradas en el sillón y olor a comida caliente.

El título de adopción de Lupita está enmarcado en la pared principal de la sala, junto a las fotos de los cumpleaños, las vacaciones en Acapulco y las graduaciones escolares. Ya no hay rastro de la niña sucia y aterrada que encogía los hombros esperando un golpe. Hoy, Lupita es una adolescente brillante, segura de sí misma, que sueña con estudiar botánica y medicina cuando crezca. Dice que quiere curar a la gente, igual que su abuela Toña.

Yo dejé la arquitectura corporativa. Me di cuenta de que llevaba años construyendo edificios de lujo vacíos, mientras la gente real, en las calles, se desmoronaba. Fundé una pequeña asociación civil. Nos dedicamos a buscar niños en situación de calle en las plazas y mercados de la Ciudad de México. Les brindamos asesoría legal, atención médica y buscamos redes de apoyo para ellos. No puedo salvar a todos los niños de México, el problema es demasiado grande para un solo hombre, pero si puedo cambiarle el mundo a uno solo, como Lupita nos lo cambió a nosotros, cada esfuerzo vale la pena.

A veces, cuando el trabajo me estresa, o cuando los fantasmas del pasado intentan asomarse por la ventana de mi memoria, voy a mi despacho privado. Abro el cajón inferior de mi escritorio de caoba y saco una pequeña caja de madera de cedro.

Dentro de la caja, sobre un fondo de terciopelo, reposa un pedazo de cartón sucio y arrugado, con letras trazadas a carbón, casi borrosas por el paso del tiempo.

“Para la niña triste. Té de curalavoz. Para curar el susto.”

Miro esas letras y recuerdo el sonido del cristal rompiéndose contra los adoquines. Recuerdo el terror en los ojos de Lupita. Recuerdo el hombre horrible que fui por un instante de desesperación y estrés. Y doy gracias. Doy gracias por haberme equivocado de una manera tan colosal, porque fue en el fondo de ese error, en medio del desastre de mis propias acciones, donde encontré la redención.

Me he perdonado a mí mismo. Ha costado años de terapia, de noches en vela, de mirar a Lupita a los ojos y saber que ahora está a salvo. Pero he entendido que la culpa no sirve de nada si no se transforma en acción.

Aquel té milagroso que costaba unas monedas y que yo tiré al piso con tanta prepotencia no tenía magia en sus hojas de manzanilla. No había ciencia médica en la hierbabuena machacada por una niña huérfana de siete años.

La verdadera magia, el verdadero milagro, fue el amor. Fue la capacidad de una criatura que no tenía nada en el mundo para ver el dolor de otra persona y ofrecerle su única posesión para intentar aliviarlo.

A veces, las curas más grandes no vienen en cajas selladas por laboratorios, ni son recetadas por médicos eminentes. A veces, la cura para nuestras peores tragedias viene en envases de vidrio viejo, traída por manos manchadas de tierra, recordándonos brutalmente que la arrogancia es la peor de las enfermedades, y que la empatía, simple y pura, es el único milagro que realmente necesitamos para salvar nuestra alma.

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