Golpes secos en la puerta de madera… la fría reacción del alcalde despierta mis peores pesadillas.

Dejé de respirar. El frío de la sierra se colaba por las rendijas, pero el verdadero hielo lo sentí en el pecho. La escopeta de caza temblaba entre mis manos sudorosas, mientras cada golpe en la puerta de madera retumbaba en mi cabeza.

La pequeña Clarita se hizo un ovillo en la camilla de lámina. La doctora Elena, pálida como el yeso, le tapó la boquita con la mano para ahogar cualquier sonido.

Afuera, el relincho de los caballos rompía el silencio de la nevada. Entonces, escuchamos esa voz. No eran gritos desesperados. Era una voz calmada, prepotente, la de un hombre acostumbrado a que todo el pueblo bajara la cabeza y obedeciera.

—Doctora, sé que tiene a la menor ahí adentro. Soy el alcalde Vidal. Vengo con las autoridades. Abra la puerta.

Sentí que la sangre me hervía en las sienes. ¿Vidal? Era el mismo infeliz que había firmado el acta de defunción de mi esposa, Sofía, hace tantos años. El mismo cacique que fingió llorar en su entierro con su estúpido sombrero negro y una lágrima seca que nunca cayó.

Miré a Elena, y ella solo negó con la cabeza, aterrorizada. —No abra, por favor —suplicó la niña en un susurro apenas perceptible en la oscuridad de la clínica. —Si él entra, me va a llevar.

Apreté la mandíbula con rabia. —Él estaba en la casa cuando mi mamá gritó —murmuró Clarita, agarrando las sábanas con sus deditos morados por el frío.

Me acerqué a la camilla. —¿Cómo te llamas, pequeña?. Tardó en contestar, como si tuviera pánico de existir o como si entregar su nombre fuera perder una parte de ella. —Clara.

El nombre me golpeó el pecho. Clara. Así decía mi difunta Sofía que llamaríamos a nuestra hija si alguna vez teníamos una, para que fuera una luz en la peor de las noches.

Tres golpes más fuertes sacudieron la puerta vieja. —Mateo, sé que estás ahí —dijo el alcalde desde la calle. Esa niña se escapó, está confundida. Entréguenmela y se evitarán problemas graves.

La niña empezó a soltar lágrimas silenciosas. Levanté el cañón de mi arma, apuntando directo a la madera.

¿QUÉ SECRETO MACABRO ESCONDÍA ESTA NIÑA QUE EL HOMBRE MÁS PODEROSO DEL PUEBLO ESTABA DISPUESTO A TODO PARA SILENCIARLA?

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