El viento soplaba con una frialdad que me calaba hasta los huesos en aquel panteón.
Yo solo era una joven, con la mirada cansada y el corazón roto, sosteniendo a mi pequeño de apenas seis meses frente a esa lápida de mármol gris.
Con la voz quebrada, un nudo en la garganta y las lágrimas a punto de desbordarse, le susurré a mi niño: —«Despídete de tu papá, mi amor. Él siempre te cuidará desde el cielo»—.
De pronto, el crujir de la grava bajo unos tacones firmes me heló la sangre. Era ella. Doña Margarita, una señora millonaria e imponente, envuelta en un elegante abrigo negro, que venía a dejarle flores frescas a Ricardo, su único hijo.
Me encogí, intentando pasar desapercibida, pero al verme junto a la tumba, sus ojos se encendieron con una sospecha feroz.
—«¿Qué haces en la tumba de mi hijo?»— me exigió con una voz llena de autoridad que retumbó en el silencio del panteón.
Sentí que el suelo desaparecía. Pero antes de que pudiera balbucear una excusa, se acercó de golpe. Sus palabras se congelaron en el aire.
Mi bebé, inquieto por el ruido, abrió sus ojitos y miró fijamente a la anciana.
El rostro de la mujer palideció de golpe. Su respiración se agitó mientras murmuraba, casi para sí misma: —«Esos ojos… tienen el mismo brillo y el mismo azul profundo de mi Ricardo. ¿Quién eres tú?»—.
El pánico me invadió por completo.
Recordé las promesas de discreción que le había hecho a Ricardo en vida, nuestro secreto guardado en un humilde cuartito de lámina. Apreté a mi niño contra mi pecho con total desesperación.
—«Lo siento, señora»— logré decir con la voz temblorosa. —«Su hijo me pidió que no le dijera nada acerca del niño»—.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI LA MADRE DEL HOMBRE QUE AMASTE TE ACORRALA EN EL LUGAR MÁS VULNERABLE DE TU VIDA?!
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