Parte 1:
El olor a vainilla y azúcar siempre me había dado paz, pero esa tarde en el salón de eventos de la colonia, me provocaba náuseas.
Me llamo Valeria. Y sí, esa mujer desquiciada de la foto, con el rímel negro escurriendo por las mejillas y el cuchillo hundido sin piedad en el pastel, soy yo.
Todo el mundo aplaudía y reía. “¡Que lo parta, que lo parta!”, gritaban mis tías y primas.
Renata, mi hermana menor, lucía radiante. Llevaba su vestido color salmón de maternidad, sosteniendo su copa de vino tinto sin alcohol, posando para las fotos como la víctima perfecta.
Justo detrás de ella estaba Mateo. Mi Mateo. Mi esposo desde hace cinco años, mirándola con una devoción y un nerviosismo que a mí me había dejado de mostrar hacía mucho tiempo.
Mi madre, Doña Rosa, me dio un codazo suave. “Hija, acércate a la mesa, van a tomar la foto familiar”.
Yo di un paso al frente. Mis piernas pesaban toneladas y mis manos temblaban.
En el bolsillo de mi pantalón, la pantalla de mi celular seguía encendida con los mensajes, los audios y las fotos que acababa de descubrir en la camioneta de mi esposo hace apenas diez minutos.
Sentí un zumbido sordo en los oídos que silenció por completo la música que sonaba de fondo en la fiesta.
Me acerqué. Renata me sonrió con cinismo y me extendió el cuchillo de plata adornado con listones rosas.
“Hermana, ¿me ayudas a cortarlo?”, me pidió con esa voz dulce que siempre engañaba a todos.
Miré el cuchillo. Luego levanté la vista y clavé mis ojos en Mateo.
Él tragó saliva. Su rostro palideció de golpe y su respiración se cortó al ver la expresión en mi mirada. Él sabía. En ese microsegundo, él supo que yo lo sabía todo.
No tomé el cuchillo por el mango con delicadeza. Lo arrebaté con furia.
“¿De verdad quieres que yo lo parta, Renata?”, susurré.
En el silencio repentino que se formó en el salón, mi voz sonó ronca y afilada.
El primer glp* no fue para repartir rebanadas. Fue una estocada directa al centro.
El betún rojo del relleno saltó por los aires, manchando mi cara, ensuciando el vestido perfecto de mi hermana y salpicando la camisa azul de mi esposo.
Mi madre ahogó un grito de terror, agarrándome del brazo con fuerza. “¡Valeria, por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo?!”.
Pero yo ya no podía parar. El cuchillo bajaba una y otra vez destrozando el nombre de mi hermana.
“¡Diles!”, le grité a Mateo, sintiendo cómo las lágrimas calientes y el maquillaje me quemaban la piel. “¡Diles a todos de quién es realmente el bebé que espera mi hermanita!”.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI EL DÍA DEL BABY SHOWER DE TU HERMANA DESCUBRES QUE EL PADRE ES TU PROPIO MARIDO?!
Lee la historia completa en los comentarios.👇