Parte 1:
Me llamo Sofía y llevo diez años portando el uniforme de las fuerzas de seguridad aquí en México, pero hay noches que te marcan el alma para siempre. Esta fue una de ellas.
El olor a perfume caro y cera para pisos de mármol chocaba violentamente con el sudor frío y la tensión que inundaba aquella mansión en una de las zonas más exclusivas de la ciudad.
Mis brazos sostenían con fuerza a la pequeña. Podía sentir su respiración agitada y su corazoncito latiendo a mil por hora contra mi pecho.
Tenía la carita sucia, manchada de polvo y lágrimas secas, y sus manitas se aferraban a la tela de mi uniforme verde olivo como si yo fuera su única salvación en el mundo. No quería soltarme por nada.
Frente a mí, la escena simplemente no tenía sentido.
Ahí estaban ellos. Los dueños de la casa. Él, con su elegante traje sastre hecho a la medida, y ella, envuelta en una fina bata de seda color perla. Unos costosos tacones rojos tirados en el suelo rompían la perfección de la inmensa sala de estar.
Cualquiera esperaría que unos padres corrieran a abrazar a la niña que acabábamos de encontrar en esa habitación oscura al fondo del pasillo. Que lloraran de alivio, que cayeran de rodillas agradeciendo que estuviera a salvo. Pero no dieron ni un solo paso.
Se quedaron petrificados a unos metros de distancia. El hombre tenía una mano en el pecho, su rostro estaba pálido, completamente desencajado. La mujer se abrazaba a sí misma, temblando, con los ojos muy abiertos.
Pero su mirada no era de alivio… era de puro y absoluto terror.
El silencio en esa habitación era ensordecedor. Solo se escuchaban los pequeños sollozos ahogados de la niña escondiendo su rostro en mi hombro.
Sentí una mezcla de rabia y un profundo escalofrío. El contraste entre los lujos obscenos de esas paredes y el estado vulnerable de la pequeña me revolvió el estómago. ¿Cómo era posible que tanta oscuridad se escondiera detrás de una fachada tan brillante y perfecta frente a la sociedad?
Apreté a la niña contra mí, jurándome en silencio que nadie volvería a lastimarla.
Entonces, el hombre dio un paso tembloroso hacia adelante, tragó saliva con dificultad y abrió la boca para hablar. Las palabras que salieron de sus labios hicieron que todo mi mundo se detuviera.