Fui a cobrar una deuda a la zona más pobre del pueblo. Al abrir esa puerta de lámina, lo que encontré me destrozó el alma.

Parte 1:

El olor a lodo y humedad me golpeó en cuanto empujé esa pesada puerta de madera desvencijada.

El agua turbia me cubría los zapatos de vestir. Los mismos que había lustrado esa mañana creyendo que sería un día de cobros rutinario en esta colonia de las afueras.

Pero el silencio de ese cuarto con techo de lámina era ensordecedor, solo roto por un sollozo ahogado.

“¿Dónde está tu mamá?”, pregunté, tratando de mantener la voz firme, aunque mi pecho ya empezaba a apretarse.

No hubo respuesta. Solo el sonido del agua estancada moviéndose bajo mis pies.

Giré la vista hacia el rincón. Ahí, hincada sobre el piso de tierra mojada, estaba una niña de no más de siete años.

Tenía el rostro empapado en lágrimas, sucio por el polvo y la desesperación. Sus bracitos delgados aferraban tres latas de comida, como si fueran el tesoro más grande del mundo, como si de eso dependiera su vida.

Mi mirada viajó más allá de ella. Sobre una cama sostenida por maderas viejas, yacía una mujer. Su respiración era tan superficial que por un segundo pensé lo peor. No se movía en absoluto.

El pequeño altar a la Virgencita en la pared parecía ser el único rayo de esperanza en medio de tanta desgracia.

De pronto, un quejido débil desvió mi atención hacia el suelo.

A unos centímetros de mis zapatos empapados, había una caja de cartón desgastada. Dentro, envueltos en cobijas raídas, dormían dos bebés recién nacidos.

Estaban a nada de que el agua sucia de la lluvia los alcanzara.

El nudo en mi garganta ya no me dejaba respirar. Yo había venido a exigir dinero, a ser el hombre implacable de traje oscuro que no acepta excusas ni demoras.

“Señor…”, susurró la niña con la voz quebrada, alzando la vista hacia mí. Sus ojos oscuros reflejaban un terror que ninguna criatura debería conocer. “Mi mami no despierta y mis hermanitos tienen hambre”.

Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones. El maletín en mi mano de repente pesaba una tonelada. El cobrador duro y frío acababa de desaparecer.

¿QUÉ DEBÍA HACER AHORA, DARME LA VUELTA Y MARCHARME, O ENFRENTAR LA CRUEL REALIDAD QUE TENÍA ENFRENTE?

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