El calor de aquella tarde de agosto aullaba a través de las oxidadas ventanas de nuestro sofocante departamento en Tepito, en la Ciudad de México.
Pero ese calor no era nada comparado con la furia explosiva de Alejandro.
“¿Dónde está mi lana, p*ndeja?” rugió, con los ojos inyectados en sangre. Su aliento pestilente a tequila barato me daba de lleno en la cara.
Retrocedí temblando, abrazando mi vientre de siete meses de embarazo mientras las lágrimas me bañaban las mejillas amoratadas.
“¡No sé, Alejandro, te juro que yo no la toqué!” sollocé, haciéndome bolita en la esquina de la pared descarapelada.
Pero a él le valió m*dres. Una bofetada brutal me hizo caer de rodillas. Me mordí el labio para no gritar, usando mi espalda flaca como escudo para proteger a la pequeña vida que temblaba dentro de mí.
“¿Escondiste la lana para fugarte con algún c*brón?” siseó, jalándome del cabello enmarañado.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de un golpe. Mateo, su hermano menor, irrumpió pálido: “¡Ya estuvo, Alejandro! ¡Está embarazada!” gritó, empujándolo con fuerza.
Tras una lluvia de insultos resonando en el estrecho pasillo, Alejandro pateó una silla de plástico, escupió al piso y se largó, azotando la puerta tan fuerte que la pared tembló.
En el repentino silencio, rompí a llorar apoyando la cabeza en el hombro de Mateo.
“Gracias, Mateo… no sé qué sería de mí y de mi bebé”, le dije, sintiendo un falso alivio por la protección de mi cuñado.
Temblando, le confesé mi plan: “Me voy a escapar esta noche. Guardé un dinerito debajo de un azulejo suelto en la cocina… es suficiente para el camión a Monterrey”. Sonreí amargamente, con una chispa de esperanza.
Pero al terminar de hablar, el ambiente pareció congelarse. Al soltarme, la sonrisa amable de Mateo había desaparecido, reemplazada por una mirada fría y afilada como una navaja.
“¿Debajo del azulejo de la cocina?” murmuró con un tono seco y cruel.
Caminó hacia la cocina, levantó la loseta con su zapato y sacó la bolsa de plástico con los fajos de pesos, esbozando una sonrisa cínica.
“Con esto la armo. Suficiente para pagarle a los c*brones del cártel de Sinaloa”, dijo.
Me quedé paralizada, sintiendo que el corazón se me detenía al ver cómo me arrebataban la salvación de mi hijo.
“¿A poco creías que tenía tiempo para jugarle al p*nche héroe?” siseó con desprecio. Él mismo había orquestado todo para dejarme en la ruina.
¿CÓMO LOGRAS ESCAPAR CUANDO EL HOMBRE QUE CREÍAS TU SALVADOR RESULTA SER EL MONSTRUO QUE TE ARREBATA TU ÚNICA ESPERANZA DE LIBERTAD?!
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