Estaba desahuciado en una cama de hospital en México, hasta que mi pequeña hija sacó algo de su mochila que dejó al doctor sin palabras.

Parte 1:

El olor a cloro y a medicina de la clínica del Seguro siempre me dio escalofríos, pero esa tarde, el frío venía desde adentro de mis propios huesos. El pitido incesante del monitor cardíaco era lo único que rompía el pesado silencio de mi habitación. Sabía que me estaba apagando.

Mi nombre es Mateo. Mi cuerpo pesaba como el plomo, conectado a tubos de oxígeno y cables que apenas me ataban a este mundo. Frente a mi cama estaba el Dr. Ramírez, con la mirada clavada en el suelo linóleo, incapaz de decirle a mi pequeña Sofía, de apenas siete años, que su papá ya no volvería a nuestra casita en el pueblo.

Pero mi niña siempre ha sido terca, llena de esa fe inquebrantable que le enseñó su abuela en la sierra de Michoacán. En medio de la desesperación, escuché el sonido metálico de la cremallera de su mochilita de mezclilla. Mis ojos, pesados y nublados por la debilidad, apenas lograron enfocarse cuando vi sus pequeñas manitas acercándose a mí.

No sostenía un dibujo, ni un rosario. Sostenía algo impensable. Era un insecto inmenso, un gusano grueso y de un verde grisáceo, casi del tamaño de su antebrazo, que se retorcía suavemente entre sus palmas.

El Dr. Ramírez levantó la vista y su rostro palideció de golpe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, ahogando un grito de terror en su garganta al ver a mi hija acercar esa extraña criatura directamente hacia mi boca entreabierta.

El miedo y la confusión me invadieron por un segundo, pero al mirar el rostro de Sofía, no vi locura. Vi una esperanza pura y desesperada.

“La abuela dijo que el guardián de la tierra se lleva la enfermedad de los pulmones, papito”, susurró con la voz quebrada, sus ojitos oscuros brillando por las lágrimas contenidas.

Una profunda tristeza me oprimió el pecho al darme cuenta de lo indefensa que la estaba dejando. Había viajado en camión, buscado en el monte y traído una antigua leyenda curativa hasta la capital, solo para intentar salvar a su héroe caído. Yo no podía mover ni un solo músculo para detenerla o abrazarla, y el médico estaba completamente paralizado por el impacto visual de la escena.

Sentí el roce frío y rugoso de la criatura acercándose a mis labios secos, justo en el instante en que el monitor cardíaco comenzó a emitir una alarma aguda y ensordecedora.

¡NUNCA IMAGINÉ LO QUE ESTABA A PUNTO DE OCURRIR!

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