Parte 1:
Mi nombre es Lucía Hernández, y vengo de Oaxaca. Oí el g*lpe antes de ver la mano. No fue un sonido fuerte. Fue algo peor: seco, íntimo, humillante, el tipo de ruido que sólo existe cuando una persona cree que nadie la va a defender.
Dejé la bandeja sobre la consola del pasillo y abrí la puerta sin tocar.
Al otro lado estaba Regina Salvatierra, impecable en un vestido color crema, el cabello perfecto, los labios rojos, la espalda recta. Frente a ella, en una silla de ruedas junto al ventanal, estaba doña Elena, setenta y un años, profesora jubilada, viuda, e inmóvil de la cintura hacia abajo desde un accidente tres años atrás.
Sus lentes habían salido disparados al mármol. En su mejilla izquierda se marcaba ya el rojo de una b*fetada.
Por mi cabeza pasaron las palabras de mi abuela Tomasa: “Tienes manos fuertes, m’ija. No las uses para tumbar a nadie. Úsalas para levantar a quien ya no puede solo”. Pero en ese instante, yo no pensé.
Di tres pasos, crucé la habitación y solté una c*chetada tan limpia que hasta yo misma sentí miedo de mi propia mano.
—No la vuelva a tocar —le advertí.
Regina cayó de lado contra un sillón, más sorprendida que herida. Se llevó la mano al rostro con una expresión de incredulidad absoluta al ver que una simple empleada la había g*lpeado.
Detrás de mí, doña Elena respiraba con dificultad, con sus ojos vivos fijos en mi espalda
La puerta se abrió apenas diez segundos después. Entró Alejandro Montemayor, traje gris, mirada cansada, teléfono en la mano. Se detuvo. Vio a su prometida en el piso, me vio a mí de pie entre las dos, y vio la marca roja en la cara de su madre. Tres personas, tres versiones posibles.
¿A QUIÉN LE CREERÁ EL MILLONARIO, A SU FUTURA ESPOSA O A LA HUMILDE EMPLEADA DE OAXACA QUE ACABA DE COMETER EL PEOR ERROR DE SU VIDA?
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