Encontré a una joven embarazada arrastrando sus únicas pertenencias bajo el sol abrasador; si quieres saber más, míralo tú mismo.

El sol ya iba cayendo, dejando ese silencio pesado de las últimas horas de la tarde. Regresaba despacio montado en Lucero, mi viejo caballo castaño, por la brecha que cruza el rancho. Fue entonces cuando vi una silueta a lo lejos. No era nadie que tuviera algo que hacer en aquel camino sin salida.

Era una mujer, y estaba embarazada.

Se veía desde lejos: el vientre redondo, el vestido pegado al cuerpo por el sudor y los pies cubiertos de polvo. Llevaba una cuerda enrollada en la muñeca y tiraba sola de una carretilla vieja que rechinaba con cada paso. Caminaba agotada. Me acerqué sin prisa y desmonté de mi caballo. Tendría unos veintiséis años, con el pelo recogido en una trenza mal hecha y una cara demasiado cansada. Sus ojos no tenían miedo, tenían pura resignación.

—Buenas tardes —le dije—. ¿Se encuentra bien? Me miró un instante antes de responder. —Solo me estoy yendo.

En la carreta solo llevaba un costal raído, una cobija y una pequeña caja de madera; todo lo que poseía cabía allí adentro. Vi las marcas rojas en sus muñecas y el temblor que apenas contenía en los hombros. Tardé un momento, pero se lo tuve que preguntar.

Me respondió con una calma que me revolvió las tripas.

—Mi marido me echó de casa. Cuando supo que estaba embarazada, dijo que no quería al niño. Me dio esa carretilla, metió cuatro cosas… y me mandó desaparecer.

El aire empezaba a enfriar. Le dije que no iba a pasar la noche a la intemperie y la llevé a la casa. Caminamos en silencio, y yo sabía que ella no había aparecido por casualidad. Lo entendí de verdad cuatro noches después, cuando salió al patio, apoyó las manos sobre su vientre y me dijo temblando:

—Mateo… mi marido va a venir a buscarme. No va a venir por el niño. Va a venir por mí. Porque vi algo que no debía ver.

¿QUÉ FUE LO QUE DESCUBRIÓ ESTA MUJER EN SU PROPIA CASA Y POR QUÉ AHORA SU VIDA CORRE TANTO PELIGRO?!

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