El viento golpeaba las ventanas de lámina en nuestra vieja casa de Pátzcuaro. Las manos me sudaban frío dentro de la chamarra de mezclilla. Afuera, la tormenta rugía, pero el verdadero infierno lo llevaba yo en la cabeza. Dos prestamistas del mercado me habían dado hasta el amanecer para pagar una deuda, o nadie volvería a encontrarme entero
Caminé por el pasillo oscuro. La casa crujía con cada uno de mis pasos. En mi mano derecha apretaba una cuerda gruesa que compré en el pueblo con la excusa de amarrar leña. A mis 32 años, el orgullo y los vicios me habían convertido en un cobarde.
Me detuve frente a la puerta de madera astillada. Al otro lado, mi madre, doña Rosario, respiraba con tranquilidad. En su cuello colgaba la llave de esa vieja caja de hierro bajo su cama. Toda mi vida escuché rumores: las tierras del abuelo, monedas antiguas, joyas de familia. Yo estaba seguro de que la anciana escondía una fortuna, creyendo egoístamente que ella ya no necesitaba el dinero mientras yo tenía toda mi vida por delante.
El olor a humedad y a madera vieja me asfixiaba el pecho. Empujé la puerta muy despacio. Un relámpago iluminó su rostro arrugado y frágil. Dormía de lado, completamente ajena a la monstruosidad que yo estaba a punto de cometer para arrebatarle esa llave. Mis manos temblaban violentamente al acercarme al borde de su colchón.
—Perdóname, jefa —murmuré, sintiendo que la garganta se me cerraba por completo.
Levanté las manos. Ella abrió los ojos de golpe. Su mirada no fue de odio ni de reclamo, sino de una confusión tan pura e inocente que sentí una dolorosa punzada en el pecho.
El trueno ensordeció la habitación. La caja fuerte estaba ahí, a unos centímetros bajo el metal oxidado.
¿QUÉ FUE LO QUE ENCONTRÉ AL ABRIRLA Y POR QUÉ ESA MISMA NOCHE DESEÉ ESTAR M*ERTO?!
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