En este infierno de concreto, todos pensaron que yo era una presa fácil. Un anciano frágil y traicionado, acorralado por el criminal más temido del lugar. Cuando me tiró la comida en la cabeza por no cederle mi asiento, el comedor entero contuvo la respiración esperando mi trágico final. Pero cometió un error terrible al subestimarme, y lo que sucedió un minuto después dejó a todos completamente helados…

Parte 1:

Me llamo Vicente, y el olor a sudor rancio de esta pr*sión todavía me persigue.

Las puertas se cerraron con un pesado chirrido a mis espaldas, dejándome en la c*rcel más peligrosa, rodeado de los presos más crueles. En ese lugar no hacen preguntas innecesarias y cada uno está por sí mismo. A mis años, yo parecía un extraño entre esos muros: me veía delgado, tranquilo y con la mirada cansada. Nadie sabía que yo estaba allí por error, porque mi mejor amigo me había traicionado y desaparecido.

En este infierno, rápido se percibe quién es una víctima. A mí me clasificaron en esa categoría de inmediato, así que no hablé con nadie y traté de mantenerme alejado. Sin embargo, durante la cena, todo cambió. Simplemente me senté en una mesa libre y comencé a comer con tranquilidad, ignorando las miradas. Yo no sabía que en ese lugar nadie tenía derecho a sentarse sin permiso

Esa mesa le pertenecía a un hombre apodado “Poder”, debido a su gran fuerza. Todos los presos, sin excepción, le tenían miedo. Decían que no sentía dolor ni compasión, y que ya le había quitado la vida a dos compañeros. Él cumplía cadena perpetua, así que la c*rcel se había convertido en su hogar.

Cuando Poder se acercó a mi mesa, el salón se volvió más silencioso. —Levántate —me dijo con calma, mirándome de arriba abajo—. Este es mi lugar. No levanté la vista de inmediato; mastiqué lentamente un bocado, lo tragué y le respondí que terminaría de comer y me levantaría. Le pedí que esperara unos minutos.

Mis palabras enfurecieron mucho al preso peligroso. —No entendiste, levántate ahora mismo, esta es mi mesa —me dijo con una voz más dura. Le pedí perdón con la misma calma, diciéndole que su nombre no estaba ahí y que había lugar para todos. Le señalé que ahí había otra mesa libre. Todos los presentes entendieron que lo siguiente sería mi fin.

Poder apretó los puños hasta que se le pusieron blancos los nudillos, con los ojos llenos de furia. Agarró bruscamente mi bandeja y me la volcó directamente sobre la cabeza. La comida se esparció sobre mis hombros y la mesa. —La cena ha terminado, ahora, levántate —me dijo entre dientes.

Levanté lentamente la cabeza. La comida me caía por el rostro, pero en mi mirada no había miedo ni pánico, solo una fría tranquilidad. —¿Has terminado? —le pregunté en voz baja. Poder sonrió con malicia y levantó el brazo, dispuesto a g*lpearme en la cara.

¿QUÉ FUE LO QUE HIZO ESTE ANCIANO PARA QUE EL CRIMINAL MÁS TEMIDO QUEDARA TENDIDO EN EL SUELO FRENTE A TODOS?

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