El hombre aparentemente invencible arroja una olla de sopa caliente al suelo, sin ser consciente de la dura lección que está a punto de recibir.

Me llamo Rosa. Todos en aquel penal de máxima seguridad conocían al preso más peligroso, un hombre al que hasta los custodios le tenían pavor. Incluso los guardias de la entrada evitaban mirarlo a los ojos más de lo necesario para no buscarse problemas. Le decían “Tormenta”. Había llegado ahí por una serie de crímenes tan brutales que los rumores espantaban hasta a los peores delincuentes del bloque.

Ese día, yo estaba doblando turno en la cocina. Llevaba puesto mi uniforme gris de siempre y cargaba con mucho esfuerzo una gran olla de sopa. El vapor me daba directo en la cara, llenando el cuarto con un olor denso a comida. Adentro trabajábamos puros civiles, gente común ganándose el pan de cada día. De pronto, la puerta de metal se abrió de g*lpe, chocando contra la pared con un sonido seco.

Todos se quedaron en absoluto silencio en cuanto él entró.

Había terminado el almuerzo y la mayoría de los presos ya se habían dispersado, pero a él le pareció que la comida había sido poca. Caminaba por el pasillo directo hacia la cocina. En ese penal, él se comportaba como si las reglas no existieran para él.

Sonrió con un desprecio que me heló la sangre y dio un paso firme hacia mí.

— Oye, sírveme más, tengo hambre —exigió, cruzándose de brazos.

Apreté las asas de la olla. Lo miré con calma, intentando que no se me notara el terror.

— Usted ya ha comido. No está permitido. Otras personas se quedarán sin comida.

Por un segundo, todo quedó en completo silencio y mis compañeros se quedaron paralizados. Nadie en ese infierno le había hablado así antes. Su rostro cambió de inmediato y la sonrisa burlona desapareció.

— Me da igual. Tengo hambre —gruñó, acercándose más. — Dame comida… o lo lamentarás.

Sentí cómo me temblaban las piernas, pero no aparté la mirada ni un milímetro. — Váyase o llamaré a los guardias.

Mis palabras sonaron demasiado tranquilas y seguras, y eso lo enfureció por completo. — Inténtalo —susurró con odio.

Al segundo siguiente, me g*lpeó con una fuerza descomunal. El impacto fue tan duro que perdí el equilibrio; la olla gigante se me resbaló de las manos y chocó contra el piso con un estruendo terrible. La sopa hirviendo saltó por todas partes, levantando una nube espesa de vapor en la cocinaz

Caí al lado del desastre, resbalando en el suelo mojado, sintiendo el ardor en la piel y una profunda humillación. Él solo bufó, como si agredir a alguien fuera lo más normal del mundo

¿¡QUÉ ESTABA A PUNTO DE HACER ESTE MONSTRUO MIENTRAS YO ESTABA TIRADA EN EL SUELO CON LA SOPA HIRVIENDO!?

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