Parte 1:
El calor de aquella tarde en nuestro barrio era asfixiante, pero el frío que sentí en el pecho cuando ese hombre pisó nuestro patio de madera fue peor que el hielo.
Mi nombre es Alma. Tengo apenas 16 años, y la vida me obligó a crecer de golpe.
El llanto de mis hermanitos, Luis y el pequeño Mateo, retumbaba en las paredes desgastadas de nuestra casa. Luis lloraba en mis brazos, con su cuerpecito hirviendo de fiebre, pegado a mi blusa manchada de sudor y leche. Mateo gritaba desde su sillita en el suelo, desesperado, sintiendo el miedo que todos respirábamos en ese instante.
El hombre del traje azul marino ni siquiera nos miró a los ojos. Se paró frente a nosotros con una carpeta color manila, impecable, que contrastaba cruelmente con mis pies descalzos y la madera astillada de nuestro porche.
A mi lado, mi abuela Rosa intentaba sostener su celular con las manos temblorosas. “Graba todo, amá”, le había susurrado mi tío Beto, quien miraba al abogado con la mandíbula apretada y los ojos a punto de desbordarse. Mi tía Elena simplemente se cruzó de brazos, paralizada por el terror de lo que estábamos escuchando.
—Según el expediente del juzgado, las condiciones de esta vivienda y la falta de tutores legales aptos hacen inminente la reubicación de los menores —dijo el licenciado, con una voz tan monótona que parecía estar leyendo una simple lista del supermercado, ignorando nuestras lágrimas.
Tragué saliva. Sentí que el aire me faltaba. Apreté a Luis contra mi pecho, sintiendo su corazoncito latir a mil por hora. No teníamos dinero, no teníamos influencias, solo nos teníamos a nosotros mismos después de la t*ragedia que nos había arrebatado a mis padres. Y ahora, este extraño con poder venía a quitarnos lo único que nos quedaba.
El hombre levantó por fin la vista de sus papeles, me miró de arriba abajo con desprecio, sacó una pluma dorada de su saco y dio un paso hacia mí.
¿¡QUÉ ESTABA A PUNTO DE HACER ESE HOMBRE CON MIS HERMANITOS Y CÓMO ÍBAMOS A IMPEDIRLO?!
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