“Vete en camión a la casa, Mariana. Yo voy a llevar a mi familia a cenar a Polanco.”
Acababa de dar a luz hacía apenas seis horas.
El frío de la habitación me calaba hasta los huesos, tenía fiebre, la bata manchada y las manos me temblaban mientras sostenía a mi hijo recién nacido.
Diego, mi esposo, ni siquiera me miraba, parecía que el nacimiento de nuestro bebé fuera una notificación más en su celular.
“¿Qué dijiste?”, logré pronunciar con la voz rota.
Doña Teresa, su madre, acomodó su costosa bolsa de diseñador y suspiró quejándose de mis dramas.
“Afuera pasa el camión y también hay metro, no eres la primera mujer que tiene un hijo”, sentenció ella.
Sofía, mi cuñada, soltó una risita mientras se pintaba los labios.
Esperé que Diego se riera, que dijera que era una broma cruel y me tomara de la mano.
Pero solo se encogió de hombros y besó la frente de nuestro hijo como quien posa para una foto.
“Mis papás vinieron desde Guadalajara y se merecen una buena cena, tú vas a estar bien aquí”, soltó, dirigiéndose a la puerta con las llaves del auto.
Me advirtió que no estuviera llamando porque iban a celebrar.
La puerta se cerró.
Para ellos, yo era una contadora callada, una mujer sencilla sin familia importante que tuvo la suerte de casarse con él.
Eso les había dejado creer.
Con las manos aún temblando, tomé mi celular y llamé al licenciado Salcedo, mi abogado.
“Mariana, ¿ya nació el bebé?”, contestó él.
“Sí, y Diego acaba de abandonarnos en el hospital”, susurré.
Le ordené que congelara todo.
Dos horas después, mi pantalla se iluminó.
Cuando contesté, la voz de Diego temblaba.
“Mariana… ¿qué hiciste? Todo desapareció.
¿¡QUÉ CREEN QUE ESTABA PASANDO EN ESE RESTAURANTE PARA QUE ME LLAMARA ASÍ!?
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