Mis manos temblaban mientras me quitaba la bata manchada en el pequeño lavabo del Hospital General de San Miguel, en Puebla. Tenía treinta y dos años, ojeras profundas y, según decían, unas manos nacidas para salvar. Había terminado mi guardia a las seis de la mañana, sintiendo que llevaba una vida entera de pie.
Llamé a mi casa y escuché la voz cansada de mi madre, doña Carmen. Me dijo que mi pequeña Sofía ya había despertado y preguntaba si llegaría para hacer hot cakes. Le prometí que desayunaríamos juntas y le dije que llevaba leche y fresas. “¡Mami, apúrate!”, escuchó mi corazón cuando mi niña me recordó la promesa de ir al parque.
Con mi chamarra gastada y mi bolsa del mandado, caminé hacia la salida, pensando solo en la cocina tibia de mi casa y en mi hija con su osito de peluche.
Pero justo al cruzar la puerta, una ambulancia entró derrapando. Un paramédico bajó pálido gritando que traían a un hombre con trauma craneal severo, perdiendo mucha s*ngre. El paciente olía a alcohol barato y a calle; parecía un indigente cualquiera que nadie mira dos veces.
Mi jefe, el doctor Villalobos, apareció enrojecido de enojo, oliendo a perfume caro y al alcohol de la noche anterior. Me ordenó sacar al paciente del camino porque llegaba un funcionario importante y el quirófano debía estar limpio. “Ese vagabundo no le importa a nadie”, me dijo bajando la voz.
Lo desobedecí. Lo llevé al viejo quirófano del sótano y lo operé durante cuatro horas bajo lámparas que parpadeaban. Logré estabilizarlo y susurré contra la pared helada: “Va a vivir”.
A las diez de la mañana llegué por fin a mi departamento. Sofía corrió a abrazarme. Apenas iba a besar su cabello cuando un golpe brutal retumbó en la puerta.
“¡Policía ministerial! ¡Abra!”.
Entraron empujando y detrás de ellos venía Villalobos. Un agente vació mi bolsa sobre la mesa. Entre mis llaves y el osito de mi niña, cayeron dos ampolletas vacías de medicamento controlado que yo jamás había visto.
Mi madre se llevó la mano al pecho y mi cocina quedó en silencio. Villalobos se acercó, se inclinó junto a mí y susurró algo que me heló la s*ngre.
¿¡QUÉ FUE LO QUE ME DIJO ESTE DESGRACIADO ANTES DE QUE ME ESPOSARAN FRENTE A LOS GRITOS DESESPERADOS DE MI HIJA?!
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