
El sol caía a plomo sobre el camino de terracería. Mis manos, ya llenas de callos y ampollas, apretaban las riendas de la carreta desvencijada que mi difunto Mateo me dejó. Con mi panza de ocho meses, cada bache del camino me sacaba un quejido. Sola, con el alma rota y los bolsillos vacíos, me preguntaba cómo iba a mantener a la criaturita que venía en camino cuando apenas me alcanzaba para un puñado de frijoles.
Fue ahí cuando los topé. Eran dos bultos oscuros tirados bajo la poca sombra de un mezquite seco. Al acercarme, el polvo dejó ver a un par de viejitos. Llevaban ropa de manta raída, bien percudida por la tierra. El señor, con la cara curtida y llena de arrugas, trataba de hacerle sombra con su sombrero deshilachado a la pobre mujer, que traía los labios resecos y blancos de tanta sed.
Jalé las riendas. El rechinar de la madera rompió el silencio de la soledad. —¡Oigan! ¿Están bien, señores? —les grité, con la voz temblorosa por el miedo a que me pasara algo a mí también.
El viejito levantó la cara. Sus ojos hundidos y bien tristes me partieron el alma. —Nos dejaron aquí tirados, mija… —susurró, con la voz bien rasposa, apenas sacando el aire—. Nuestro propio hijo.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero a pesar del calorón. Instintivamente, me agarré la panza. Yo a duras penas tenía pa’ comer y un techo de lámina, ¿cómo me los iba a llevar? Pero la viejita tosió bien feo, agarrándose del brazo del señor. No podía dejarlos ahí a su suerte. Con un montón de trabajo, me bajé y los ayudé a trepar a la carreta. Se sentían bien livianitos, como si fueran de papel.
Pero en cuanto el señor se sentó en la madera vieja, me agarró del brazo con una fuerza que no sé de dónde sacó, me clavó la mirada y me susurró algo que me congeló la s*ngre.
¿QUÉ FUE LO QUE ME REVELÓ AQUEL ANCIANO QUE ME DEJÓ TEMBLANDO EN MEDIO DEL CAMINO?
PARTE 2: EL DESTINO EN EL NORTE
El camino de terracería se extendía frente a nosotros como una culebra seca y polvorienta. Cada vuelta de las ruedas de madera de la carreta era un quejido, un llanto que se sumaba al mío, que llevaba por dentro. Acababa de parir, mi cuerpo estaba reventado, sangrando, adolorido hasta la médula de los huesos, pero el bultito caliente que llevaba amarrado al pecho con el rebozo viejo me daba una fuerza que no era mía, era de allá arriba, de Diosito y de mi Mateo, que en paz descanse.
—Arre, caballo, arre… —le susurré al animal, que ya iba sacando la lengua por el calorón que empezaba a pegar desde tempranito.
Atrás, en la caja de la carreta, iban Don Chon y Doña Lupe. Así me dijeron que se llamaban. Los padres de Ramiro. Los padres del monstruo que me arrebató la felicidad, el techo y la paz. Iban calladitos, apretados el uno contra el otro, tapándose del sol con un costal harinero. No hablaban, nomás se escuchaba la tosecita seca de la señora y el rezo bajito de Don Chon. Sabían bien que nuestra vida pendía de un hilito. Si Ramiro se curaba el machetazo, si se le bajaba el susto y se le subía el coraje, nos iba a buscar por debajo de las piedras para callarnos la boca a los tres.
Llegamos al crucero del pueblo viejo ya cuando el sol se estaba metiendo. Ahí paraba el camión guajolotero que iba pa’ la capital del estado, y de ahí, agarraríamos tren para Chihuahua. Vendí la carreta y el pobre caballo por una miseria a un señor de una tienda de abarrotes. Me dolió en el alma soltar al animal; era lo ultimito que me quedaba de los sudores de Mateo, pero no había de otra. Con esos billetes todos arrugados compré los tres pasajes.
—Mija —me dijo Don Chon, quitándose el sombrero todo sudado mientras esperábamos en la parada, echándome una mirada llena de vergüenza—. Usted no tiene obligación de cargar con este par de viejos inútiles. Si la ven sola con el niño, se le va a hacer más fácil conseguir jale por allá. Nosotros… nosotros ya vivimos. Déjenos aquí.
Doña Lupe nomás agachó la cabeza y se puso a llorar quedito, secándose las lágrimas con el pico de su delantal.
Yo me acomodé al niño en el pecho, sentí su respiración chiquitita contra mi piel, y los miré. Eran pura piel y hueso, con las manos llenas de callos de trabajarle toda la vida a la tierra mala para criar a un hijo que les pagó echándolos a los coyotes. Me acordé de cómo Don Chon se le fue encima a Ramiro, cómo arriesgó el pellejo para que yo no me muriera ahí en la cocina de adobe.
—Ya no digan tarugadas, Don Chon —les contesté, con la voz dura pero sin malicia—. En esta vida uno recoge lo que siembra. Su hijo sembró pura podredumbre, pero ustedes sembraron piedad. De aquí p’al real, somos familia. Pobre, jodida y correteada, pero familia. Así que se me trepan al camión y se callan.
El viaje al norte fue un calvario de días y noches. Los asientos de lona rasgada del camión olían a diésel y a sudor frío. Mi niño, mi Mateíto —así le puse en honor a su padre—, lloraba de hambre, y a mí la leche apenas me bajaba por los corajes, la mala pasada y la pura falta de tragazón. Doña Lupe, con una paciencia de santa, me enseñó a sobarme el pecho con agüita tibia que nos regalaban en las fondas del camino, y a darle atolito de masa muy rebajado al chamaco para que se engañara la tripa.
Cuando por fin bajamos en Chihuahua, el frío nos pegó como una bofetada. Nosotros veníamos del calorón del sur, de andar en huaraches y manga corta. Acá el viento soplaba helado, levantando tolvaneras que calaban los ojos. Llegamos a preguntar por mi prima Rosaura en un barrio de las orillas, un terregal donde las casas estaban hechas de cartón, madera vieja y botes de lámina.
Resultó que la Rosaura ya no vivía ahí. Se había ido de “bracera” pa’l otro lado hacía dos años, y el jacalucho que era de ella estaba cayéndose a pedazos, abandonado, con el techo ladeado y la puerta colgada de un solo gozne.
—Pues aquí es —dije, empujando la puerta vieja que rechinó feo—. No hay más.
El lugar era un cuartucho de tierra húmeda, con olor a perro muerto y basura. Pero Don Chon no se rajó. Dejó su morralito en el suelo, se arremangó la camisa de manta, se escupió las manos y agarró una escoba de varas que estaba tirada por ahí.
—Ahorita le damos una buena barrida, Doña Mariela —dijo el viejito, sonriendo con sus poquitos dientes—. Usted siéntese ahí en ese catre a darle pecho al huerquito. Lupe, vete a buscar unas piedras pa’ armar un fogón; yo voy a buscar cartones pa’ tapar las rendijas, que el sereno de la noche nos va a pasmar.
Así empezó nuestra nueva vida. Una vida NGHÈO, una vida de pobres entre los pobres.
Los primeros meses fueron de tragar tierra y saliva. Yo, apenas me fui recuperando del parto, me puse a lavar ajeno. Iba a las casas de los ricos allá en el centro de la ciudad, unas casonas enormes con jardines que gastaban agua a lo tonto mientras nosotros en el barrio teníamos que acarrearla en cubetas desde una pila a tres cuadras. Me pagaban una miseria, puro menudo, pero de ahí sacaba pa’l kilo de frijol, pa’ la maseca y pa’ los pañales de tela del Mateíto.
Doña Lupe se quedaba en el jacal cuidando al niño. Lo mecía en una hamaca hecha con un costal viejo que colgaron del techo. Le cantaba cancioncitas de cuna muy antiguas, de esas que hablan de palomas y maizales. A veces yo llegaba en la tarde, con la espalda rota de tanto tallar ropa en el lavadero de piedra, y me los encontraba a los dos dormiditos, el niño agarrado del dedito arrugado de la señora. En esos momentos, se me olvidaba un ratito que éramos unos prófugos, que andábamos escondiéndonos como delincuentes nomás por querer seguir vivos.
Don Chon, a pesar de sus años y de que le dolían las reumas con el frío del norte, no se quedó de brazos cruzados. Se iba a la central de abastos a cargar huacales de verdura. Llegaba en la noche molido, con la espalda encorvada, pero siempre traía algo en los bolsillos: unos tomates magullados, unos chiles serranos, a veces hasta un pedacito de queso fresco que le regalaban las marchantas por ser tan acomedido.
—Mire nomás, jefa —me decía, pasándome el itacate—. Pa’ hacer un chilito de molcajete. Hoy nos fue bien, gracias al Patrón de arriba.
Pasaron los años. El miedo a que Ramiro nos encontrara se fue haciendo chiquito, escondiéndose en un rincón de mi cabeza, aunque nunca desapareció del todo. A veces, si escuchaba una camioneta frenar brusco afuera del jacal, el corazón se me subía a la garganta, agarraba a mi niño y me escondía detrás del ropero de triplay que habíamos conseguido. Pero siempre era nomás el del gas o el del agua.
Mi Mateíto creció recio, tragando frijoles de la olla y tortillas echadas a mano. Salió igualito a su padre: morenito, de ojos grandes y bien vivaracho. A los cinco años ya andaba descalzo por el terregal del barrio, jugando a las canicas con los otros chamacos jironientos. Don Chon le enseñó a hacer resorteras y a distinguir los cantos de los pájaros. Doña Lupe le enseñó a persignarse y a respetar la comida, a no tirar ni una migaja porque la tierra sufría para darla.
Ellos no eran sus abuelos de sangre, eran más que eso. Eran su raíz. El niño les decía “Tata Chon” y “Nana Lupe”. Cuando yo los veía juntos, sentía un nudo en la garganta. La sangre del asesino de mi esposo corría por las venas de esos viejos, pero la maldad no se hereda, la maldad se elige. Y ellos habían elegido el amor.
Una tarde de noviembre, de esas donde el viento corta la cara, yo venía de regreso del jale. Había conseguido trabajo limpiando en una fondita de comida corrida cerca del mercado. Traía unas sobras de arroz y guisado en un tupper de plástico para cenar. Al llegar al barrio, vi que había un revuelo de vecinas chismorreando cerca de la pila de agua.
—¡Doña Mariela! —me gritó Doña Chole, la de la tienda—. ¡Venga pa’cá, apúresele!
Me acerqué con el corazón latiendo a mil por hora.
—¿Qué pasó? ¿Le pasó algo a mi chamaco? —pregunté, sintiendo que se me iba el aire.
—No, no, el niño está bien, está allá en su jacal con los abuelitos —dijo Doña Chole, agarrándome del brazo—. Es que tiene que escuchar lo que están diciendo en el radio grande de la tienda. Es de las noticias de su tierra, de allá del sur.
Entré a la tiendita de abarrotes. Olía a jabón zote y a aserrín mojado. El radio viejo, ese de cajón de madera, estaba a todo volumen. El locutor hablaba rápido, con una voz chillona que apenas se entendía por la estática.
—…y en otras noticias del estado, se confirma que el conocido terrateniente y prestamista Ramiro N., alias ‘El Patrón’, fue abatido esta madrugada en un enfrentamiento con fuerzas federales en su rancho. Autoridades informan que se le investigaba por extorsión, despojo de tierras y asociación delictuosa. Tras su caída, decenas de campesinos se han congregado en la plaza municipal exigiendo la restitución de sus parcelas, las cuales habían sido obtenidas mediante fraude y amenazas…
El sonido de la radio de repente se me hizo leeeento. Zumbaba en mis oídos. Dejé caer la bolsa con el tupper de arroz. El plástico pegó contra el suelo de cemento, pero ni lo sentí.
Ramiro estaba muerto. El monstruo que partió mi vida en dos, el que mató a mi Mateo, el que quiso matar a su propia sangre… ya no estaba en este mundo.
No sentí alegría, fíjese. Ni ganas de celebrar. Sentí un vacío grandote, como si de repente me hubieran quitado una piedra de cien kilos de la espalda y no supiera cómo caminar derecha. Lloré. Lloré ahí mismito, recargada en el mostrador de cristal de Doña Chole, lloré por Mateo, por los años de andar huyendo, por el frío, por el hambre, por el machetazo que tuve que dar para defender a mi cría.
Salí de la tienda como sonámbula. Caminé por las callecitas de tierra hasta llegar a mi jacal. Empujé la puerta. Adentro, el fogón estaba prendido, echando un calorcito sabroso. Doña Lupe estaba sentada en un bote de pintura volteado, desgranando unas mazorcas. Don Chon estaba enseñándole a Mateíto a hacer un nudo con una cuerda vieja.
Me quedé ahí, parada en el marco de la puerta, mirándolos. Mi familia.
—¿Qué trae, mija? —me preguntó Don Chon, soltando la cuerda al ver mi cara empapada de lágrimas—. Viene re pálida. ¿Le hicieron algo en el jale?
Tragué saliva. Entré y cerré la puerta para que no entrara el chiflón de aire. Caminé hasta ellos y me hinqué en la tierra, agarrando las manos ásperas de los dos ancianos. Las manos de quienes parieron a mi peor pesadilla.
—En la radio, Don Chon… —mi voz era un susurro roto—. Acaban de dar las noticias de allá, del pueblo.
Doña Lupe dejó caer la mazorca. Se le quedó la mirada perdida. El instinto de madre nunca muere, por más malo que haya salido el hijo.
—¿Es el muchacho? —preguntó ella, temblando.
Asentí despacito. —Ya se acabó, Nana Lupe. Se topó con el gobierno. Ya no está en este mundo.
Hubo un silencio pesadísimo en el jacal. Solo se escuchaba el crepitar de la leña en el fogón y el viento aullando afuera. Don Chon cerró los ojos, apretó las mandíbulas hasta que se le marcaron los huesos de la cara, y se quitó el sombrero. Dos lágrimas pesadas, gruesas como gotas de lluvia en sequía, le escurrieron por las arrugas de la cara.
Doña Lupe se tapó la cara con el delantal y soltó un llanto sordo, un lamento ahogado que venía desde las entrañas. Lloraba por el niño que alguna vez amamantó, el que se le descompuso en el camino. Lloraba por el dolor, pero también por el alivio de saber que la pesadilla había terminado.
Yo no dije nada. Nomás los abracé. Mateíto, sin entender muy bien qué pasaba, pero sintiendo la tristeza, corrió y nos abrazó también a los tres.
—Dios lo perdone… —susurró Don Chon, mirando al techo de lámina—. Dios lo perdone allá arriba, porque aquí en la tierra dejó puro mugrero.
Esa noche no dormimos mucho. Nos quedamos alrededor del fogón. Yo preparé un café de olla bien cargado con canela y piloncillo. Brindamos en tazas de barro. Brindamos por Mateo. Brindamos por la paz.
A la mañana siguiente, el sol salió diferente. No calentaba mucho, porque seguíamos en el norte y ya mero era invierno, pero la luz se veía más limpia.
Pasaron unas semanas y el gobierno mandó un aviso por el radio y en los periódicos locales, pidiendo que toda la gente que hubiera sido despojada de sus tierras por Ramiro N., presentara sus papeles en la capital del estado para que se las devolvieran.
Don Chon fue conmigo a las oficinas del gobierno agrario. Yo llevaba mi acta de matrimonio y los papeles del juzgado. Resultó que, al morir Ramiro, y al comprobarse que las firmas de los traspasos eran falsificadas bajo amenaza, la parcelita de mi Mateo volvía a ser mía. Volvía a ser de Mateíto.
Pero no regresamos al sur.
Esa tierra estaba muy regada con sangre y dolor. En lugar de volver, hicimos un trato con el banco agrario. Vendimos la parcela allá a buen precio, de manera legal y limpia. Con ese dinerito, que pa’ los ricos no era nada pero pa’ nosotros era una fortuna, compramos un terrenito aquí, en las afueras de Chihuahua.
No es gran cosa. Es tierra seca, pero es nuestra. Levantamos una casita de block y cemento, ya no de lámina y cartón. Don Chon se hizo de una mulita y empezó a sembrar alfalfa y algo de avena. Doña Lupe puso un corralito con gallinas ponedoras y un par de cerdos.
Yo dejé de lavar ajeno. Puse un puesto de comida en la entrada de la colonia. Hago gorditas de nata, chicharrón prensado y barbacoa los domingos. Me va bien, gracias a Diosito. Hay para que el Mateíto vaya a la escuela pública, lleve zapatos limpios y cuadernos nuevos. No quiero que sea cacique ni rico de esos que pisan a los demás; quiero que aprenda a leer y escribir pa’ que nadie le pique los ojos como nos los picaron a nosotros.
Hoy, mientras escribo esto, han pasado casi veinte años desde aquel día en el desierto.
Don Chon nos dejó hace cinco años. Se quedó dormido en su silla de tule, en el porche de la casa, viendo el atardecer. Se fue tranquilo, sin deberle nada a nadie, sabiendo que dejó al chamaco bien criado. Doña Lupe le siguió un añito después; dicen que se murió de tristeza, de no tener a su viejo pa’ pelear en las mañanas, pero se fue llenita de amor. Los enterramos juntos en el panteón municipal. Mateíto y yo les llevamos cempasúchil y les cantamos cada Día de Muertos.
Mateíto ya es un hombre hecho y derecho. Mateo hijo, le digo yo. Salió trabajador, chambeador como él solo. Estudia agronomía en la universidad del estado. Quiere hacer que estas tierras áridas del norte den más fruto para los campesinos pobres.
A veces me siento en el patio de la casa, agarro un puñito de tierra, la huelo y me acuerdo de aquel camino de terracería. Me acuerdo del miedo, del odio y de la desesperación. Y me doy cuenta de una cosa muy grande: la vida es como la milpa. A veces cae granizo, a veces hay plaga, a veces la sequía parece que va a matar todo hasta la raíz. Pero si uno no se rinde, si uno le echa agüita de compasión y abono de trabajo duro, la semilla vuelve a brotar.
El perdón no fue para Ramiro. A él que Dios lo juzgue. El perdón fue para mí, para quitarme el veneno del alma, y para esos dos viejitos que no tenían la culpa del monstruo que criaron. Al final, en este mundo NGHÈO, de los jodidos, de los que andamos a ras de suelo, lo único que nos salva de no comernos unos a otros es darnos la mano cuando estamos caídos en el polvo.
Y así fue como una carreta rota, tres almas abandonadas y un bebé que nació entre machetazos y sangre, encontraron la manera de florecer en el desierto.
FIN