
El aire se puso helado de golpe, un viento que te ponía los vellos de punta
Mi burrito clavó las patas en la terracería y se negó a dar un paso más
Fue entonces cuando lo vi
Bajo la sombra espesa de un mezquite, había un hombre vestido todo de oscuro, con botas impecables que no tenían ni una gota de polvo
A su lado, un caballo enorme con una estrella blanca en la frente me miraba con ojos que parecían entenderlo todo
—¿Por qué tanta prisa, muchacho? —me preguntó con una voz tan tranquila que me heló la sangre
Yo solo era un chamaco descalzo, con la camisa tan rota que se me marcaban las costillas de tanta hambre que pasábamos mi madrecita y yo allá en la sierra de Nayarit
Mi único tesoro era mi burro flaco, y mi única ilusión era ver de lejos las carreras de caballos a las que nunca podría apostar
El señor no se movió, pero de repente me extendió un morral de cuero pesadísimo
Sonó a metal cuando me lo dio
Cuando lo abrí, casi me caigo de espaldas: estaba a reventar de billetes y monedas, más dinero del que mi madre podría ganar lavando ropa ajena en toda su vida
—Llévate este caballo —me dijo, señalando al animal de frente blanca
—Le llaman el diablo
Apuesta todo lo que traes en el morral a los grandes
Sus ojos oscuros no dejaban ver nada detrás
Me advirtió, con un tono duro como fierro, que no le dijera a nadie, ni a mi madre, de dónde lo había sacado
Al subirme, sentí el lomo del caballo frío, como piedra de río
Volteé para darle las gracias, pero el hombre ya caminaba alejándose entre los mezquites ..
y el polvo no se movía, no dejaba ni una sola huella en la tierra
El morral pesaba en mis manos
Mi estómago rugía, recordando el agua con sal que cenábamos cuando no había frijoles
Tenía en mi poder la salvación de mi madre, pero sentía que acababa de firmar mi propia condena con algo que no era de este mundo.
PARTE 2: EL PRECIO DEL PACTO Y LA CARRERA EN EL INFIERNO
El frío que se me había metido en el cuerpo al tocar el lomo de aquel caballo no se me quitó ni cuando bajé de la sierra y el calorón del mediodía nos pegó de frente en el valle. “El Diablo”, así le había dicho ese hombre misterioso que se llamaba el animal. Y vaya que el nombre le quedaba corto. El penco caminaba con un trote tan elegante que parecía que ni tocaba las piedras del camino, pero cada vez que volteaba a mirarme con esos ojos suyos, fijos, inteligentes, sentía un bajón en el estómago, como si el bicho supiera exactamente cuántas deudas de hambre veníamos arrastrando mi jefecita y yo allá arriba, en las chozas donde el viento ruge más fuerte que las tripas.
Cargaba el morral de cuero cruzado al pecho. Pesaba como si trajera piedras de río, pero el sonido que hacía al chocar contra mis costillas era pura música celestial, o más bien, música del mismísimo averno. Eran monedas pesadas, centenarios de oro viejos y fajos de billetes de esos que en mi perra vida había visto juntos, ni de lejos, cuando pasábamos por las casas grandes de los patrones en el pueblo. Con eso alcanzaba para comprarle todos los remedios a mi madre, para levantar una casa de ladrillo con techo de lámina buena, para que nunca más tuviéramos que cenar agua con sal en las noches oscuras. Pero la advertencia de ese señor de negro me quemaba la cabeza: “No le digas a nadie, ni a tu madre, de dónde lo sacaste”. La culpa es un bicho que carcome por dentro, muchachos. Uno cree que tener dinero es la felicidad completa, pero cuando ese dinero te lo da alguien que no deja huellas en el polvo, cada billete se siente como una brasa que te va quemando las manos.
Llegué al pueblo de Santiago de Ixcuintla justo cuando el sol empezaba a caer y la plaza se llenaba de gente para las mentadas carreras de caballos. El ambiente estaba espeso, lleno de olor a estiércol, cerveza barata, polvo y sudor de hombres que se jugaban hasta las escrituras de sus tierras en una sola pasada. Yo me quedé en la orilla, deteniendo al “Diablo” de la rienda. La gente se le quedaba viendo. Era un animal imponente: negro como la noche más cerrada, con el pelo brillante y esa estrella blanca en la frente que parecía una señal de advertencia. El burrita flaco que yo traía antes se había quedado amarrado en un mezquite a la entrada del pueblo, todavía temblando como si hubiera visto a la mismísima muerte en persona.
—¡Miren nomás qué chulada de animal trae este chamaco descalzo! —gritó Don Timoteo, el viejo más rico y tramposo de la región, un hombre gordo, de bigote canoso y sombrero de ala ancha que siempre traía una pistola fajada al cinto—. Ey, tú, mocoso, ¿de dónde sacaste semejante bicho? Ese caballo no es de estos rumbos. ¿A quién se lo robaste?
Se me formó un nudo en la garganta. Recordé las palabras del hombre de la sierra: duro como fierro, no le digas a nadie. Tragué saliva, apreté con fuerza el morral contra mi pecho y traté de que no me temblara la voz delante de todos los hombres que ya se estaban juntando a nuestro alrededor, burlándose de mis fachas y de mi camisa rota.
—No se lo robé a nadie, Don Timoteo —dije, tratando de sacar fuerzas de donde no tenía—. El caballo es mío. Y vengo a correrlo contra el que se le ponga enfrente.
Una carcajada general se escuchó en todo el taste. Los hombres se daban palmadas en la espalda, riéndose de mí, el pinche chamaco muerto de hambre de la sierra que venía a retar a los grandes apostadores.
—¿Correrlo tú? Pero si andas con una mano adelante y otra atrás, muchacho miado —se burló Don Timoteo, escupiendo un chorro de saliva negra por el tabaco que masticaba—. Para correr en mi taste se necesita dinero de verdad, no pinches centavos de lámina. Mi caballo “El Centella” es el campeón de todo Nayarit. No voy a gastar las patas de mi animal contra un caballo de monte si no hay una apuesta buena de por medio.
—Tengo dinero, Don Timoteo —contesté, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho como un pájaro enjaulado—. Tengo suficiente para apostar todo lo que usted quiera. A los grandes, como se debe.
Desabroché el morral de cuero con las manos entumecidas. Al abrirlo, la luz de la tarde pegó directo en los fajos de billetes y el brillo de las monedas de oro. El silencio se apoderó del lugar en un segundo. Las risas se ahogaron en las gargantas de los rancheros. A Don Timoteo se le abrieron los ojos como platos, y la codicia le brilló en las pupilas de una forma que me dio escalofríos.
—¡Ah cabrón…! —exclamó el viejo, dándose un paso adelante para arrimar la nariz—. ¿De dónde sacaste esa lana, Mateo? Eso es una fortuna.
—Eso no le importa a usted —le respondí con un tono que ni yo mismo reconocí, un tono frío que parecía salido de la mismísima boca del caballo negro—. El dinero es bueno y legal. ¿Le entra a la apuesta o le da miedo que un chamaco de la sierra le quite lo presumido?
La gente empezó a murmurar, picándole la cresta al viejo. Don Timoteo, orgulloso como era, no iba a dejar que lo humillaran frente a todo el pueblo. Se acomodó el sombrero y me apuntó con el dedo.
—Está bueno, pinche soberbio. Te voy a quitar hasta el último peso de ese morral por andar de sácale-punta —sentenció el viejo con rabia—. Mi “Centella” contra tu bicho negro. Trescientas varas en el taste principal. Si ganas, te llevas el doble de lo que traes ahí y mis mejores tierras del valle. Si pierdes… me dejas el dinero y ese maldito caballo. ¿Hace el trato o te vas a rajar?
—Hacemos el trato —dije, sintiendo que un frío helado me recorría la espalda, el mismo viento de la sierra que me había avisado que mi vida ya no me pertenecía.
El rumor de la carrera corrió como pólvora por todo el pueblo. En menos de una hora, las orillas del taste estaban atestadas de gente. Todos querían ver el milagro o la desgracia del hijo de la lavandera, el chamaco que milagrosamente traía un morral lleno de riqueza y un caballo que parecía pintado por el mismísimo demonio.
Me subí al lomo del “Diablo” sin silla, a pelo, sintiendo otra vez esa frialdad de piedra de río que me entumecía las piernas. El caballo no necesitaba espuelas, ni látigo, ni nada. Estaba quieto, con las orejas levantadas, mirando hacia la línea de meta como si ya supiera el destino de cada alma presente. A mi lado se acomodó el jinete de Don Timoteo, un hombre experimentado montando al “Centella”, un alazán hermoso, musculoso, que bufaba y rascaba la tierra con desesperación. Pero cuando “El Centella” volteó a ver al “Diablo”, el alazán tiró un relincho de puro pavor y quiso echarse para atrás. El jinete tuvo que darle dos fustazos para controlarlo. El bicho sabía. Los animales huelen el peligro del otro mundo.
El juez de carrera se paró en medio de la pista con un pañuelo blanco en la mano. El silencio en el taste era tan espeso que se podía escuchar el vuelo de las moscas. Yo miré al cielo de reojo, pidiéndole perdón a Dios y pensando en mi madrecita, que seguro a esa hora estaba rezando el rosario en la choza, sin saber que su hijo estaba jugando su destino en las patas de un animal maldito.
—¡A sus marcas…! —gritó el juez, levantando el brazo.
El “Diablo” ni se inmuto. Sentí cómo sus músculos se tensaban bajo mis muslos desnudos, duros como el acero.
—¡Fuera! —el pañuelo cayó.
El trueno de las herraduras contra la tierra seca levantó una nube de polvo inmensa. “El Centella” arrancó como un demonio de verdad, tomando la delantera por medio cuerpo. La gente gritaba, los sombreros volaban por el aire, el ruido era ensordecedor. Pero lo que pasó después es algo que los viejos de Santiago de Ixcuintla todavía cuentan con miedo en las noches de lluvia.
El “Diablo” no corrió como los demás caballos. No hacía ruido al pisar. Se movía con una velocidad espantosa, una fluidez sobrenatural que desafiaba toda lógica. En menos de cincuenta varas, alcanzó al campeón del pueblo sin el menor esfuerzo. Yo no tuve que arrearlo, ni gritarle, ni mover las manos. El caballo negro simplemente abrió el hocico y dejó salir un bufido que olía a azufre y a tierra de cementerio. Cuando “El Centella” escuchó ese sonido, el pobre animal se desbocó por completo de puro terror, tirando a su jinete a la terracería y corriendo hacia los matorrales como si lo persiguiera el mismísimo diablo… que de hecho, lo venía persiguiendo.
Cruzamos la meta solos, con una ventaja humillante. El “Diablo” frenó en seco, sin una sola gota de sudor en el cuello, sin jadear, impecable, tal como las botas del hombre que me lo había entregado en la sierra.
La multitud se quedó muda. Nadie aplaudió. Nadie celebró. El miedo se palpaba en el aire. Me bajé del caballo con las piernas temblando, no por el esfuerzo, sino por el horror de saber que lo que acababa de pasar no era de este mundo. Don Timoteo se acercó caminando despacio, con la cara pálida, como si hubiera visto a un fantasma. Me entregó un fajo inmenso de billetes adicionales y unos papeles arrugados que eran las escrituras de sus tierras en el valle.
—Toma tu maldito dinero, chamaco —dijo el viejo con la voz entrecortada, sin atreverse a mirar al caballo negro a los ojos—. Llévatelo y lárgate de mi pueblo. Ese bicho tuyo no es un caballo… Dios me perdone, pero esa cosa trae la marca de la mala hora.
Acepté el dinero y los papeles, metiéndolos en el morral que ya apenas si podía cerrar. No dije nada. Monté de nuevo al “Diablo” y salí del pueblo a paso lento, bajo la mirada temerosa de la gente que se abría a mi paso como si yo fuera la peste misma.
El camino de regreso a la sierra se me hizo eterno. La noche cayó por completo, una noche cerrada, sin luna, donde las sombras de los mezquites parecían estirarse para alcanzarme. Yo iba pensando en lo que haría. Tenía tanto dinero que mi madre jamás volvería a sufrir. Podríamos irnos de la sierra, buscar un médico bueno en la ciudad para sus dolores, comprarle comida de la buena, ropa limpia, una vida digna. Pero el peso del secreto me asfixiaba. ¿Cómo le iba a explicar a mi jefa que de la noche a la mañana su hijo descalzo y desarrapado regresaba con un morral lleno de oro y un caballo que daba miedo nomás de verlo?
Llegué a la choza cuando la madrugada ya estaba fría. Vi la luz de la vela parpadeando a través de las rendijas de las tablas de madera de la pared. Amarré al “Diablo” a un poste de la cerca. El animal se quedó ahí, quieto, mirándome con esa estrella blanca brillando en la oscuridad como un ojo maldito.
Cuando entré a la casa, el olor a pobreza me golpeó la nariz: el piso de tierra, el fogón apagado, el olor a humedad y a enfermedad. Mi madre estaba acostada en su catre de lona, tapada con una cobija vieja llena de parches. Se veía tan chiquita, tan flaca, consumida por el hambre y el cansancio de una vida de trabajos forzados lavando ropa ajena por unos cuantos centavos. Al escuchar mis pasos, abrió los ojos, cansados y nublados por la edad.
—¿Eres tú, Mateo, mi hijo? —preguntó con un hilo de voz, tratando de incorporarse—. Ya estaba con el pendiente, criatura. Se hizo muy tarde en la sierra… ¿Te pasó algo en el camino?
Me acerqué a ella y me hinqué a la orilla del catre. Sentí que las lágrimas se me salían de los ojos, unas lágrimas calientes que me limpiaban la tierra de las mejillas. No aguantaba más la presión en el pecho.
—No me pasó nada, jefa —le dije, tratando de calmar mi respiración—. Estoy bien. Mire… mire lo que traigo aquí.
Puse el morral de cuero pesado sobre sus piernas flacas. El sonido del metal y el crujido de los billetes llenó la pequeña habitación. Mi madre, extrañada, metió sus manos temblorosas y arrugadas dentro del bolso. Cuando sacó las manos llenas de centenarios de oro y fajos de billetes nuevos, su rostro se desencajó por completo. No hubo alegría en sus ojos, muchachos. Hubo un terror puro, un miedo profundo que le borró los pocos colores que le quedaban en la cara.
—¡Virgen Santísima de Guadalupe! —exclamó mi madre, soltando el dinero como si quemara y persignándose tres veces seguidas—. Mateo… ¿qué es esto? ¿De dónde sacaste todo este dinero? ¡Dime la verdad, por lo que más quieras en este mundo! ¡Tú no pudiste haber ganado esto trabajando, ni vendiendo leña! ¡¿A quién le robaste, hijo mío?!
—¡A nadie, jefa! ¡Se lo juro por la virgencita que no se lo robé a nadie! —grité, desesperado por convencerla, sintiendo el peso de la maldición encima—. Gané una carrera de caballos abajo en el pueblo. Aposté y gané. Es de nosotros, para sus medicinas, para que ya no lave ropa, para que tengamos qué comer todos los días.
Mi madre me agarró de los hombros con una fuerza que yo no sabía que todavía tenía en esos brazos viejos. Me miró fijo a los ojos, escudriñándome el alma, buscando la verdad que yo intentaba ocultar para cumplir la promesa del hombre de la sierra.
—No me mientas, Mateo. Unas carreras de pueblo no pagan esta fortuna —dijo ella, con la voz temblorosa, mientras las lágrimas le rodaban por las arrugas—. Ese dinero huele a peligro… huele a sombra. Dime quién te lo dio. Un hijo no le oculta nada a su madre si viene de buena ley. Dime la verdad, Mateo, o juro por la memoria de tus abuelos que no voy a tocar ni un solo peso de esa bolsa, aunque me muera de hambre aquí mismo en este catre.
Aquellas palabras me rompieron por dentro. Ver a mi madre prefiriendo morir de hambre antes que aceptar una riqueza maldita fue el golpe más duro de mi vida. La advertencia del hombre vestido de negro retumbó en mi mente: con un tono duro como fierro, que no le dijera a nadie, ni a mi madre. Pero la lealtad y el amor por la mujer que me dio la vida pudieron más que el miedo al demonio. No aguanté más el secreto. Me quebré por completo, apoyé la cabeza en sus piernas y confesé todo entre sollozos.
—Fue en la sierra, jefa… arriba, en el camino de terracería, por donde están los mezquites grandes. El aire se puso helado y el burro ya no quiso caminar. Se me apareció un hombre… un señor vestido todo de oscuro, con unas botas perfectas que no tenían tierra. Traía un caballo negro inmenso con una estrella en la frente. Él me dio el morral, jefecita. Me dijo que me llevara al caballo y que apostara todo. Me prohibió decirle a usted… me dijo que si hablaba, algo malo pasaría. Pero no puedo mentirle a usted, jefa. Lo hice por usted, para salvarla, para que no se me muera de hambre.
En cuanto terminé de pronunciar la última palabra, un viento violento y congelante azotó la choza con una fuerza descomunal. Las tablas de madera crujieron como si se fueran a romper y la vela que iluminaba el cuarto se apagó de golpe, dejándonos en una oscuridad total y asfixiante.
Afuera, en el patio, se escuchó un relincho espantoso. No era el relincho de un caballo normal; era un alarido de dolor y de furia que helaba la sangre, como el grito de un alma condenada en el mismísimo fuego del infierno. Se escuchó el violento zapateo de unos cascos contra la tierra, y luego, el sonido de una risa burlona y profunda que parecía salir de todas partes y de ninguna a la vez, una voz tranquila y terrible que ya había escuchado antes en la sierra.
—¡Mateo! ¡Rompiste el trato, muchacho! —retumbó la voz afuera de la choza, haciendo que las láminas del techo vibraran—. ¡El trato era secreto! ¡Ahora el precio ha cambiado!
Mi madre comenzó a rezar en voz alta, llorando, abrazándome con todas sus fuerzas mientras intentaba encontrar el rosario entre las cobijas. Yo, ciego de terror pero movido por el instinto de proteger a mi vieja, me levanté del suelo y salí corriendo de la choza hacia el patio, dispuesto a enfrentar lo que fuera que estuviera allá afuera.
Al cruzar la puerta, la escena me dejó petrificado. El cielo de la madrugada estaba completamente negro, pero alrededor del caballo “El Diablo” había un resplandor rojizo, como si la tierra estuviera ardiendo bajo sus patas. El animal ya no estaba amarrado; la soga de la cerca estaba rota y quemada. Encima del caballo, montado con una elegancia macabra, estaba el hombre de negro. Sus ojos, que antes no dejaban ver nada, ahora brillaban como dos brasas encendidas en medio de la noche.
—Te di la oportunidad de salvar a tu madre de la miseria, Mateo —dijo el hombre, mirándome desde lo alto con una sonrisa fría que me vació el alma—. Te di la riqueza, te di la fama, te di el poder de ganarle a los grandes. Pero la lengua del hombre siempre es su propia ruina. No pudiste sostener el secreto.
—¡Llévate el dinero! ¡Llévate al maldito caballo! —grité con todas mis fuerzas, arrojando el morral de cuero hacia sus pies, donde cayó haciendo un ruido metálico sordo —. ¡No quiero nada! ¡Déjanos en paz! ¡Déjanos con nuestra hambre, pero no le hagas daño a mi madre!
El hombre soltó una carcajada que resonó por toda la sierra de Nayarit, un eco maldito que despertó a los pájaros de los árboles.
—El dinero ya es tuyo, Mateo. Lo que entra al morral del diablo no regresa jamás —sentenció la entidad con una voz dura como el fierro —. Tu madre no morirá de hambre, eso te lo cumplo. Tendrá comida, casa buena y medicinas por el resto de sus días. Pero todo pacto tiene un costo, y como rompiste la regla del silencio, el pago no será su vida… sino tu libertad.
Antes de que pudiera dar un paso atrás o meter las manos, el hombre de negro espoleó al “Diablo”. El caballo soltó un bufido de fuego y se lanzó contra mí a una velocidad sobrehumana. No pude gritar, no pude correr. Sentí un impacto helado en medio del pecho, como si una piedra de río congelada me atravesara el corazón, y todo mi cuerpo se quedó paralizado, sin poder mover ni un solo músculo.
Lo último que recuerdo de esa noche fue ver mi propio cuerpo tirado en el piso de tierra del patio, inmóvil, con los ojos abiertos mirando al vacío, mientras mi madre salía de la choza gritando mi nombre desesperadamente en medio de la oscuridad. Yo ya no estaba en ese cuerpo, muchachos. Sentí cómo una fuerza invisible me jalaba hacia arriba, amarrándome con cadenas de hielo al lomo del caballo negro.
Cuando desperté, ya no era el chamaco Mateo de la sierra de Nayarit. Mis manos ya no eran de carne y hueso; ahora eran oscuras, largas, y mis pies ya no estaban descalzos, sino metidos en unas botas impecables que jamás volvieron a cargarse de polvo. Fui condenado a vagar por los caminos de terracería de la sierra, montando al “Diablo” eternamente, buscando a otros chamacos desesperados, a otros hombres con el estómago vacío y el alma rota por la miseria, para ofrecerles el mismo morral de billetes que un día me condenó a mí.
Mi madre vivió muchos años más. Tuvo su casa de ladrillo, sus manteles limpios y nunca más volvió a pasar hambre ni a lavar ropa ajena, tal como el hombre de negro lo prometió. Pero cada vez que el viento helado soplaba en la sierra y los burros clavaban las patas en la terracería negándose a avanzar, ella salía al patio con su rosario en la mano, sabiendo que en alguna parte de esa sombra espesa del mezquite, su hijo Mateo la miraba desde el fondo de la eternidad, pagando con su alma el precio de haber querido salvarla de la maldita miseria.
FIN