
Me llamo Daniela Torres, tengo 28 años y le echo ganas como contadora en una firma de auditoría aquí en Puebla. Mi vida siempre fue de puros números, cierres fiscales, café bien cargado y unas jornadas de trabajo pesadísimas. Por eso, cuando empecé a sentirme bien débil cada que comíamos en casa de mis suegros, todos juraban que era puro cansancio.
Mi esposo, Mauricio, llevaba tres años casado conmigo. Él es ingeniero civil, pero la verdad, todo el mundo sabía que su respaldo fuerte era su papá, don Ernesto, el mero mero de Obras Públicas del municipio. Mi suegra, doña Lety, era de esas señoras calladitas, siempre bien arregladitas, que rezan el rosario tempranito y te preparan un mole como para alimentar a un batallón. Teníamos la regla de que el primer sábado del mes comíamos con ellos, porque según don Ernesto, “la familia no se negocia”.
La primera vez que me sentí mal fue en abril. Doña Lety hizo caldito de res, arroz rojo y su agüita de jamaica. Don Ernesto me sirvió mi plato hondo y me dijo: “Cómele, mija, te ves muy pálida. Las mujeres que trabajan tanto se apagan rápido”. Diez minutos después, sentí que el comedor me daba vueltas. Escuchaba la voz de Mauricio como si estuviera bajo el agua diciendo: “Dany, estás blanca”. Me quise parar, pero las piernas no me daban, así que Mauricio me llevó al cuarto de visitas. Desperté tres horas después, con la boca reseca, la blusa mal abotonada y un dolor rarísimo en las muñecas. “Te bajó la presión, siempre te pasa por no desayunar bien”, me dijo Mauricio con una sonrisita. Y yo, de tonta, quise creerle.
Pero al mes siguiente volvió a pasar, esta vez con un vaso de ponche que don Ernesto a fuerza me hizo tomar. Desperté con el labial corrido, el pelo todo alborotado y una sensación horrible de que alguien se me había acercado de más. Le reclamé a Mauricio por mi blusa, y ni me volteó a ver: “Te moviste dormida, ya sabes cómo eres”. ¡Pero yo no soy así!.
En junio decidí ponerles una trampa. Antes de llegar, me tomé una foto en el espejo: blusa blanca intacta, botones en su lugar, el reloj bien ajustado, y hasta le pinté un puntito con pluma indeleble bajo la correa. En la comida, nomás fingí tomarle al caldo. Cuando me llegó ese olorcito amargo desde el plato, me hice la mareada.
Mauricio me llevó al cuarto y me acostó. Yo mantuve los ojos cerrados, bien quietecita. En eso, escucho que saca su celular. Click. Click. Me tomó fotos. Luego escuché a mi suegro decir a sus espaldas: “Ahora sí se ve convincente”. El corazón se me quería salir del pecho. Esa misma noche revisé una grabación que dejé corriendo en mi bolsa sin querer y escuché a un hombre decir: “Esta vez ponle más, porque la muchacha ya está sospechando”.
No pegué el ojo. Al sábado siguiente, escondí una pluma grabadora y una minicámara en un cargador falso. Cuando llegué a la casa, vi dos pares de zapatos de hombre en la entrada. “Hoy hay invitados”, me dijo doña Lety sin mirarme a los ojos. Don Ernesto me presentó a Rogelio y a Víctor; este último me barrió con una mirada que me dio escalofríos. Durante la comida, mi suegro brindó: “Por la familia. Y por los acuerdos que convienen a todos”. Fingí beber, fingí marearme y fingí caer.
Mauricio me arrastró al cuarto de siempre. Pero esta vez, cuando cerró la puerta, escuché clarito cómo le pasaban el seguro por fuera. Luego, pasos. La voz de Víctor soltó una risa baja: “¿Ya cayó?”. Y don Ernesto le contestó: “Hoy no va a despertar tan fácil”.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
La puerta se abrió despacio, con ese rechinido casi imperceptible que delataba el desgaste de las bisagras viejas.
Yo seguí inmóvil, con los ojos cerrados, forzando a mis párpados a no temblar, y las manos apretadas debajo de la sábana. El corazón me golpeaba el pecho con tanta violencia que juraba que ellos también podían escucharlo. Tragué saliva con mucho cuidado. Reconocí el perfume de Mauricio de inmediato, esa loción cara que yo misma le había regalado en su cumpleaños; luego, el olor rancio a puro de don Ernesto, y finalmente, la respiración pesada, casi animal, de Víctor.
—¿Apagaste su celular? —preguntó mi suegro. Su voz no tenía ni una gota de la amabilidad fingida de hace unos minutos en el comedor. Era fría, calculadora.
—Sí —respondió Mauricio, y su voz sonó tan hueca, tan cobarde—. Está en su bolsa.
Hubo un silencio pesado, roto solo por el roce de unos zapatos acercándose a la orilla de la cama.
Víctor soltó un bufido desde el fondo de la garganta y se burló:
—Tu mujercita es más lista que las otras.
Sentí que algo dentro de mí se rompía. Un cristal que llevaba tres años agrietándose.
¿Las otras? El eco de esas dos palabras rebotó en mi cabeza, revolviéndome el estómago. ¿De qué diablos estaban hablando? ¿Qué otras mujeres habían estado en esta misma cama, fingiendo dormir o verdaderamente drogadas?
Don Ernesto chasqueó la lengua, hablando con fastidio:
—No pierdan tiempo en pendejadas. Necesitamos que firme los papeles de Cholula antes del lunes. Su papá no va a vender mientras ella siga metiéndole dudas. Ya sabes cómo es de terca.
Entonces todo tuvo sentido. Fue como si me cayera un balde de agua helada en la nuca. Lo entendí todo.
Meses antes, mis padres habían heredado dos terrenos cerca de San Andrés Cholula. Eran las tierras de mis abuelos. Don Ernesto, con su fachada de hombre de negocios y “buen suegro”, había intentado comprarlos a un precio verdaderamente ridículo, una burla. Pero yo me negué. Fui clara con mis papás: “No me firman nada sin revisar escrituras, sin checar los avalúos reales y los permisos, porque aquí hay gato encerrado”, les dije. Desde ese maldito día, mi suegro empezó a tratarme con una cortesía falsa, excesiva, tratándome como si yo fuera una reina, pero en realidad, me veía como un obstáculo.
Un obstáculo que, al parecer, había que quebrar.
—Pásame la tinta y ponle la mano derecha aquí —dijo Víctor.
Sentí el calor de su respiración asquerosa cerca de mi cara. Una mano grande y callosa se acercó a mi cuello. Me rozó la clavícula. El asco me superó. Ya no pude más.
Abrí los ojos de golpe y, usando toda la fuerza que tenía acumulada por el pánico, levanté las piernas y pateé con todas mis fuerzas hacia el bulto que tenía encima.
Víctor perdió el equilibrio, soltó un grito sordo y cayó pesadamente contra una silla de madera, rompiéndola a medias.
—¡Maldita perra! —bramó Víctor, agarrándose el estómago—. ¡Estaba despierta!
Me levanté de un salto, empujando las sábanas. Me lancé hacia la puerta, desesperada por quitar el seguro, pero antes de que pudiera alcanzar la perilla, Mauricio me jaló fuertemente del brazo. Su agarre me lastimó.
—Dany… Daniela, por favor, cálmate —tartamudeó Mauricio, pálido, sudando frío. Sus ojos estaban desorbitados.
Me zafé de un tirón, sintiendo un asco indescriptible.
—¡No me toques! —grité, con la voz desgarrada—. ¡No te atrevas a tocarme!
Me pegué contra la pared. Don Ernesto se quedó blanco, paralizado. Por primera vez en su vida, el gran funcionario no sabía qué hacer. En ese momento, escuché pasos arrastrados en el pasillo y doña Leticia apareció en el marco de la puerta, temblando de pies a cabeza. Tenía las manos juntas, como si estuviera rezando.
La miré directo a los ojos, buscando al menos una chispa de ignorancia.
—Mamá… —le dije, con un nudo en la garganta que apenas me dejaba respirar—. ¿Usted sabía?
Ella no dijo nada. Solo bajó la mirada al suelo, cerrando los ojos con fuerza.
Esa mirada esquiva, ese silencio cómplice, fue peor que cualquier confesión gritada a los cuatro vientos.
A veces, esa corazonada, esa intuición incómoda en el estómago, es la única parte de tu alma que todavía no ha sido engañada.
FIN.