“Renací el día que arruinaron mi vida: El esc*ndalo en el baño de la prepa que destrozó a la hija de la directora.”

Tan pronto como abrí los ojos, el olor a gis y humedad me golpeó la cara. Estaba de vuelta en el salón de clases, justo el día que arruinó mi vida. Frente a mí, Renata, la intocable hija de la directora, le estaba entregando una botella de agua a Diego.

Mi respiración se agitó y un escalofrío me recorrió la espalda. En mi vida pasada, le tiré esa misma botella de un manotazo porque sabía que tenía unos plvitos raros. ¿Mi premio por salvarlo? Fui ausada en ese mismo baño escolar, mi reputación fue arrastrada por el lodo y me obligaron a casarme con él. Perdí diez embarazos y mis padres m*rieron por su culpa.

Esta vez, me quedé helada, apretando el bolígrafo hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

Diego agarró la botella y me miró con fastidio. —¿Qué, Valeria? ¿Ahora hasta vas a controlarme el agua que tomo? —soltó con ese tonito de niño fresa insoportable.

Renata sonrió con malicia, acercándose más a él. —Ay, Valeria, neta lo asfixias. Déjalo respirar, ¿no?

Los pocos compañeros que quedaban en el salón se rieron por lo bajo, mirándome como si fuera la loca obsesiva de la clase. —¿Ya terminaron? —les respondí con voz fría, clavando mi mirada en ellos—. Yo no he dicho ni una palabra.

Para hacerme enojar, Diego destapó la botella y, mirándome fijamente, se la tomó todita de un solo trago. En mi vida anterior, apenas había dado un sorbito y perdió por completo la razón. Ahora… se había tomado todo.

Una sonrisa retorcida quiso asomarse en mis labios mientras Renata lo agarraba del brazo. —Ven, Diego, llévame a mi casa —le susurró ella con los ojos brillando de triunfo.

Salieron juntos. El reloj empezó a correr. Diez minutos después, Carmen, la jefa de grupo, entró corriendo al salón, pálida y sudando frío.

—¡Va-Valeria! —tartamudeó, agarrándome del brazo con fuerza—. ¡Es Diego… jaló a Renata al baño de hombres!

Parte 2

—¡Va-Valeria! —tartamudeó Carmen, agarrándome del brazo con fuerza—. ¡Es Diego… jaló a Renata al baño de hombres! Ella no paraba de llorar, ¡creo que le quiere hacer daño!

Yo la miré fijamente a los ojos, fingiendo no saber nada. “¿Pero no que se gustan? ¿Cómo sabes que ella no quiso ir por su cuenta?”, le respondí con voz calmada.

Carmen se quedó pasmada por un segundo. Toda la prepa sabía que esos dos andaban de calientes, solo les faltaba hacerlo oficial. Pero rápido recuperó su papel de amiga preocupada y me jaló de la muñeca. —¡Pero somos estudiantes, Valeria! ¡No pueden hacer eso aquí, acompáñame, no podemos hacernos de la vista gorda!

En los ojos de Carmen, la malicia estaba a punto de desbordarse. Yo sabía perfectamente lo que quería: dstruir mi reputación para quedarse con mi beca completa para el Tec de Monterrey. En mi vida pasada, yo fui la iiota que se metió a ese baño a tratar de salvar a Diego, mientras Carmen se quedaba afuera grabando todo con su celular para después filtrarlo y decir que yo era una m*jerzuela que se le había ofrecido a Diego.

Sin decir más, la seguí en silencio por los pasillos. Mientras caminábamos, saqué mi celular a escondidas y envié los mensajes de auxilio que ya tenía redactados. Se los mandé a la Directora, a la mesa directiva de la escuela y, lo más importante, a varios tiktokers y streamers de chismes que siempre andaban cerca de la prepa buscando fama.

Renata era la hija de la Directora. En mi vida pasada, cuando me expulsaron, fue esa misma mujer la que me humilló en la dirección, llamándome bsura y prra arrastrada. Esta vez, quería que ella misma viera en primera fila el teatrito de su “princesa”.

Conforme nos acercábamos al baño de hombres, unos sonidos asquerosamente húmedos y jadeos resonaban en el pasillo vacío. —Ay, Diego… sí, ahí… ay, eres tan bueno… —los gemidos de Renata se mezclaban con la respiración agitada y b*stial de Diego.

Carmen rodó los ojos y me empujó ligeramente. —Valeria, métete rápido a separarlos, yo voy corriendo a la dirección por ayuda. —No… me da mucho miedo. ¿Y si mejor esperamos a los maestros? —me encogí de hombros, actuando como una cobarde.

Carmen me miró con un odio que apenas pudo disimular. Apretó los dientes y bajó la voz: —Si no entras ahorita, ya no va a haber vuelta atrás. ¿De verdad le vas a dejar a Diego en bandeja de plata a esa pyasa?

Por la puerta entreabierta, alcancé a ver a Diego acorralando a Renata contra los azulejos mugrosos. Le estaba arrancando el uniforme, besándola como un aimal hambriento. Renata fingía empujarlo, pero sus manitas apenas lo tocaban; esa falsa resistencia solo excitaba más a Diego por culpa de los p*lvitos.

Me mordí el labio, fingiendo dudar. —Está bien, tienes razón. Ahorita entro. Pero apúrate a traer a los maestros porque no sé si pueda con él.

Carmen asintió emocionada y salió corriendo. Pero ni un minuto después, asomó la cabeza de nuevo. Con los ojos brillando de mrbo, sacó su celular, prendió la cámara y lo deslizó con cuidado por debajo de la puerta del baño para grabar todo el ecándalo. Cuando estuvo segura de que tenía el video perfecto, se fue a hacer su teatrito.

Poco tiempo después, se escuchó un alboroto en las escaleras. Media prepa venía hacia acá. Para colmo de males (o para mi absoluta suerte), ese día había una comitiva de supervisores de la SEP visitando las instalaciones. La Directora venía al frente, furiosa y escoltada por los funcionarios.

Carmen se tiró al piso llorando, bloqueándole el paso a la Directora. —¡Directora, por favor! ¡Yo no sé por qué están haciendo esto! —chillaba Carmen con lágrimas de cocodrilo.

La cara de la Directora era un poema de terror y furia. Estaba a punto de conseguir un ascenso importante en la SEP, y esto era una mancha i*perdonable. Lo que no sabía era que su propia hija estaba adentro.

—¡Quítate, muchacha! ¿Quiénes son los d*sgraciados que están manchando el prestigio de mi escuela? —gritó la Directora, agarrando a Carmen de los hombros. Carmen se hizo la aterrorizada, sollozando más fuerte: —Es… es Valeria…

La Directora me conocía perfectamente. Yo era el primer lugar de la generación y la candidata número uno para la beca del Tec. Sus ojos se inyectaron de sngre. —¡Esa chamaca isolente! —gruñó, pero se tragó las demás palabras porque los supervisores de la SEP estaban parados ahí, viéndola con cara de asco.

Adentro del baño, los gemidos eran cada vez más descarados, ruidosos y o*scenos. No se daban cuenta de que tenían a medio mundo afuera.

—¡Valeria! —gritaba Carmen, fingiendo hablarle a la puerta—. ¿Por qué eres así? ¿Por qué no te puedes controlar con los hombres?

Los supervisores de la SEP ya no sabían ni dónde meterse de la vergüenza. Fue en ese momento cuando salí de mi escondite en el pasillo, caminando con paso tranquilo. —¿Yo qué? Yo acabo de llegar, ¿qué está pasando? —pregunté, haciéndome la despistada.

Carmen pegó un brinco, pálida como un fantasma. —¡¿Tú?! P-pero… ¿cómo que estás aquí? La Directora me miró, confundida y colérica. —Si tú estás afuera… ¡¿quién d*ablos está ahí adentro?! Yo me encogí de hombros. —Ni idea, yo no me quise asomar.

En ese preciso instante, llegaron corriendo los tiktokers que yo había contactado, con los aros de luz prendidos y transmitiendo en vivo para miles de personas. —¡Qué onda, raza! ¡Dicen que aquí en esta prepa son bien open mind y lo hacen en los baños a plena luz del día! —gritaba un streamer. —¡Directora, déjenos ver qué hay adentro! —decía otro, enfocando a la señora.

La Directora estaba al borde del infarto. Su cara estaba verde. Carmen, viéndose acorralada, me agarró del brazo, encajándome las uñas. —¡Tú dijiste que ibas a entrar! ¡¿Quién se metió entonces?! —¡Me dio mucho miedo! —chillé yo, soltando unas lágrimas y haciéndome la víctima frente a las cámaras—. ¡No me pegues, Carmen!

La Directora quiso abrir la puerta, pero yo me le tiré a los pies, llorando a mares frente a los celulares. —¡Directora, no abra! ¡Hay mucha gente grabando! ¡Si abre la puerta va a dstruirle la vida a la pobre niña que esté adentro! Los de la SEP asintieron. Era verdad. Con tantos miles viéndolo en vivo, abrir la puerta sería un dlito mediático. No tuvieron más remedio que esperar.

Fueron casi dos horas. Dos hrribles horas de escuchar gemidos, gritos y ruidos aimales salir de ese baño. Los de seguridad no dejaban pasar a nadie, pero tampoco sacaban a los de adentro.

Finalmente, la puerta de aluminio chirrió. Todos contuvieron la respiración. Pero los que salieron no fueron alumnos. Era un hombre gordo, con la camisa desabotonada y una cicatriz hrrible en la cara. Escupió al suelo, acomodándose el cinturón. —¿Qué tanto miran, pndejos? Sácate, o te rompo el celular —le gritó a un tiktoker.

La Directora soltó un suspiro de alivio. Al menos era gente de fuera. Eran los albañiles que estaban construyendo el nuevo auditorio de la escuela. Pero entonces, un tiktoker se asomó rápido. —¡No m*mes, hay más adentro!

Con la puerta abierta de par en par, todos vieron el infierno. En el suelo mugroso, Diego y Renata estaban complemente sin ropa, y pgados el uno al otro. Había otros dos albañiles poniéndose los pantalones. —Ah, su mdre, ese fresita aguanta más que las viejas, andaba bien prendido —se rio uno de los chalanes—. La morrita se nos desmayó a los cinco minutos, pero el morro… mis respetos.

Diego seguía fuera de sí, retorciéndose en el suelo y murmurando: “Quiero más… denme más…”. Renata estaba irreconocible. Llena de m*retones, con el cabello enmarañado tapándole la cara y temblando de frío y dolor.

La Directora se quedó petrificada. —¡Están enfermos! ¡Están mlditamente enfermos! —gritó, perdiendo los estribos, y se abalanzó sobre los dos adolescentes en el suelo. Empezó a patear a Diego con furia, pero como él estaba bajo los efectos, solo gemía. Luego se fue sobre Renata. —¡Eres una bsura ofrecida! ¡Da la cara para que te vean, p*rra! —bramó la Directora.

Agarró a la muchacha del cabello y le jaló la cabeza hacia atrás con v*olencia. El rostro pálido y sudoroso quedó expuesto bajo la luz blanca. El pasillo entero se quedó en un silencio sepulcral. Alguien entre la multitud jadeó: “¡Es Renata!”.

La Directora soltó el cabello como si le quemara. Dio dos pasos hacia atrás, temblando de pies a cabeza. Renata, apenas consciente, soltó un murmullo d*sgarrador: “…Mamá…”.

El celular que traía la Directora en la mano cayó al suelo y se estrelló. Su mundo entero acababa de d*rrumbarse frente a la SEP y a más de cien mil personas en vivo.

Todo se volvió un caos. Carmen trató de salvarse. Se paró frente a Renata, llorando, y me señaló a mí con el dedo enfrente de todos. —¡Fue Valeria! ¡Valeria no la detuvo, Valeria nos engañó a todos, ella metió a los albañiles!

Renata también me señaló desde el suelo, berreando. ¡Sí, ella fue! Pero yo no iba a dejarme. Me abracé fuerte de Carmen, llorando a todo pulmón frente al tiktoker que nos estaba grabando. —¡Carmen, por favor! ¡Yo sé que eres mi mejor amiga y me quieres defender, pero no tenías que vengar mi honor trayendo a los albañiles al baño! ¡No mientas por mí!

La cara de Carmen perdió todo el color. Trató de hablar, pero la furia de la gente y la mirada a*esina de Renata y de la Directora cayeron sobre ella. Acababa de cavar su propia tumba.

Días después, el ecándalo fue nacional. La Directora fue destituida e investigada por corrupción. Carmen confesó haber comprado los plvitos y terminó d*tenida. Y Diego… Diego terminó internado en urgencias.

Fui a visitarlo al hospital. Su madre estaba llorando en el pasillo. La sobredosis de aquellos plvitos combinada con lo que pasó ese día, le habían dstruido su hmbría para siempre. Y no solo eso: quedó con un trauma psicológico svero. Si veía a un hombre, gritaba como loco.

Entré a su habitación. Diego tenía los ojos hundidos y rojos. Al verme, me gritó con la voz rota. —¡¿Por qué no me detuviste, Valeria?! ¡¿Por qué me dejaste ahí?!

Le di una cachetada que le volteó la cara. —Tú decidiste tomarte el agua, Diego. Y tú ibas dispuesto a d*struirme si yo entraba a ese baño. En otra vida, por meterme a salvarte, me arruinaste a mí y a mi familia entera.

Él se soltó a llorar, diciendo que Renata lo había engañado, que él pensaba que yo le hacía bullying a ella. Me acerqué a su oído y le susurré con una sonrisa helada: —Por cierto, Diego… Renata tiene dos meses de embarazo. Todo este teatrito que armó era solo para atraparte y que le mantuvieras al mocoso porque no sabe de quién es.

Diego escupió s*ngre del coraje, gritando histérico mientras las enfermeras corrían a inyectarle sedantes. Yo salí del cuarto con la frente en alto, por fin respirando en paz.

Carmen al final no iba a dejar que Renata se saliera con la suya tan fácilmente. El día que el juez iba a dictar sentencia, Carmen, consumida por la rabia y sabiendo que su vida estaba arruinada, filtró todos los videos sin censura en servidores y páginas de internet en el extranjero. Y claro, a los mexicanos en redes sociales nunca les falta tiempo ni morbo para el chisme; la noticia voló como pólvora.

Aunque los videos originales estaban un poco pixelados o borrosos, la gente reconoció de inmediato la locura de esa asquerosa escena de “muchos hombres y una sola mujer”. Empezaba con el ecándalo de los dos estudiantes, luego se veía claramente cómo entraban los albañiles que hacían la obra en la escuela para unirse a la atrocidad, e incluso venía pegado un clip donde salían Renata y Carmen negociando la compra de los plvitos prohibidos.

Al principio, la Directora había movido todas sus influencias y contactos políticos para limpiar el nombre de su hija, haciéndola quedar como una pobre víctima de las circunstancias. Pero después de que los videos completos se hicieron virales, la opinión pública se les fue encima con todo el peso del internet.

Los comentarios en redes eran d*vastadores:

  • “No manches, ¿o sea que la morra armó todo su propio teatrito y le salió el tiro por la culata?”

  • “Qué asco, ya perdí la fe en la humanidad, de verdad están enfermos.”

  • “Y la mamá tapándole todas sus porquerías, hijas de su pnche mdre.”

La Directora fue arrastrada al fondo por el ecándalo de su “princesa”, y sus rivales dentro de la Secretaría de Educación aprovecharon el tropiezo para darle la patada final y sacarla de su puesto. Como dicen, del árbol caído todos hacen leña, y empezaron a lloverle denuncias por desvío de recursos, corrupción, auso de autoridad y uso de recursos públicos para fines personales. Las autoridades no tardaron en intervenir, y en muy poco tiempo, la Directora terminó encerrada en el reclusorio.

Renata, por el dlito de dogar a un compañero y todo el circo que armó, fue sentenciada a pasar un par de años en prisión. Los papás de Diego, que tenían puestos importantes en el gobierno, también fueron suspendidos de sus cargos de inmediato debido al escándalo nacional de su hijo.

En cuanto a mí, todos en la escuela y los maestros me miraban con lástima y profunda empatía. Todos sentían pena por mí, pensando que yo era una niña inocente que casi termina embarrada en esa asquerosidad y que mi vida casi se arruina por culpa de ellos.

Esa tarde, salí de la preparatoria con mi mochila al hombro, respirando tranquila y de muy buen humor. Justo al dar la vuelta en la entrada principal, me topé de frente con Diego.

Estaba en los huesos, con las mejillas hundidas y un tono de piel grisáceo, como de m*erto en vida. A pesar del calorón insoportable que hacía, traía una sudadera con gorra y un cubrebocas, escondiéndose de pies a cabeza como si le diera pánico que alguien lo reconociera en la calle.

Se me acercó con una mirada llena de cansancio, miedo y un arrepentimiento patético.

—Valeria… ¿podemos hablar un momento, por favor? —me rogó, agarrándome del brazo con desesperación, casi a punto de llorar—. Te lo suplico, sé que me equivoqué… de verdad sé que la r*gué y lo siento.

Me solté de un jalón, mirándolo con desprecio.

—Yo juraba que tú le hacías bullying a Renata en la escuela… pensé que tú ponías a todos en su contra para aislarla y por eso… por eso la defendí —intentó justificarse, con la voz quebrada.

Solté una carcajada fría que le heló la s*ngre.

—La neta, Diego, ni tú te crees ese cuento barato. ¿Tú crees que yo me trago que creías eso? —le contesté, viéndolo con asco absoluto—. Lo único que te p*teaba era que yo apareciera de la nada y me interpusiera en tu camino para trepar y colgarte de las influencias de la familia de la Directora.

Mis papás se habían partido la espalda toda la vida para levantar su empresa y, en nuestra vida pasada, lo ayudaron a levantar su imperio, pero para un trepador como él, nuestro dinero nunca fue suficiente. Los papás de Diego eran funcionarios de medio pelo, pero el esposo de la Directora era un pez gordo en el gobierno estatal. Ese era el nivel de poder que a Diego lo volvía loco. Su abición desmedida por el poder político y su desprecio por las familias empresarias como la mía lo tenían completamente ciego. Pero ahora que la bomba había explotado, era obvio que ni el mismísimo esposo de la Directora iba a meter las manos al fuego por la bsura que deshonró a su familia.

El rostro deformado y consumido por la miseria de Diego mostró una mezcla de vergüenza y coraje. Levantó la voz, negándose a aceptar su realidad.

—¡Fuimos marido y mujer! ¡Dormimos en la misma cama, tuvimos diez años de matrimonio! ¿De verdad tienes el corazón tan frío para hacerme esto? —me reclamó, dejando claro que él también recordaba nuestra vida pasada.

—¿Marido y mujer? —lo fulminé con la mirada, apretando los puños—. ¿Todavía tienes el pnche cnismo de mencionar esas palabras después de lo que me hiciste vivir?

Diego, sin una gota de dignidad en el cuerpo, siguió arrastrándose.

—Esta vez te juro que voy a hacer las cosas bien contigo. Podemos empezar de cero, te lo prometo. Yo te ayudo a administrar la empresa de tus papás…

Casi me muero de la risa en su cara. ¡Estaba hundido en la miseria, t*raumado, sin hombría, y todavía tenía la desfachatez de querer robarse la empresa de mi familia como en la vida pasada!

Di un paso hacia él, obligándolo a retroceder, y bajé la voz a un susurro a*menazante.

—Tus papás ahorita están suspendidos de sus puestos en su casita y bajo la lupa, ¿verdad? —le sonreí de lado—. ¿Qué crees que les pase si, de casualidad, se filtra otra noticia turbia sobre ellos? ¿Crees que alguna vez recuperarían su hueso en el gobierno?

Los ojos de Diego se abrieron de par en par, aterrorizados.

—Fui tu esposa durante diez m*lditos años, Diego. Conozco a tu familia mejor que a nadie, ¿de verdad crees que no me sé todas sus porquerías? —continué, disfrutando su pánico—. Por ejemplo… que antes de ti, tus papás tuvieron una hija.

El poco color que le quedaba en la cara desapareció por completo. Diego empezó a temblar, dándose cuenta de lo que yo estaba a punto de decir. Desde niño sabía que tuvo una hermana mayor. En esa época, sus papás, obsesionados y enfermos de poder por tener un hijo varón que heredara el control en la política, tomaron una decisión m*cabre. Ellos mismos asfixiaron a su hija recién nacida y luego armaron un teatrito diciendo que fue un accidente. Un secreto aterrador del que me enteré por pura casualidad después de casarme con él en la otra vida.

Diego empezó a caminar hacia atrás, tropezando con sus propios pies.

—E-estás loca… estás inventando puras p*ndejadas. ¡No tienes pruebas de eso! —tartamudeó, sudando frío.

—No necesito ensuciarme las manos buscando pruebas —le respondí encogiéndome de hombros—. Me basta con mandarle un pitazo a los rivales políticos de tus papás. Te aseguro que habrá mucha gente dispuesta a hacer el trabajo sucio por mí.

Diego, completamente aterrorizado y dstruido, no se atrevió a decir una sola palabra más. Dio media vuelta y salió corriendo como un cbarde.

El Karma Final

Medio mes después de esa plática, el karma hizo su trabajo. Escuché en las noticias que los padres de Diego habían sido arrestados por las autoridades.

Llegué a mi casa y mis papás estaban sentados en la sala, viendo el reportaje en la televisión, completamente d*sgustados.

—Con razón… Dios mío, me acuerdo perfecto de esa bebita, estaba preciosa, bien gordita y sana —decía mi mamá, tapándose la boca del horror—. —Sí, me acuerdo que en una Navidad los fuimos a visitar y cuando regresamos nos dijeron que la niña se asfixió con la cobija por moverse en la cuna… Qué monstruos tan d*sgraciados —contestó mi papá con asco.

Con toda esa b*sura fuera de mi vida, logré entrar al Tec de Monterrey con beca completa, justo como siempre lo soñé y me lo merecía.

El día que empezaban las clases, me llegó el chisme de que Diego había intentado sucidarse aventándose al mar. Pero desgraciadamente para él, no se mrió; lo rescataron a tiempo, y después de eso, desapareció por completo del mapa, sin dejar rastro.

Pasaron muchos años. Yo ya había hecho mi vida, hasta que un día el grupo de WhatsApp de la generación de la prepa explotó de notificaciones.

Todos estaban compartiendo un video. Era la boda de Diego y Renata.

En la grabación, se veía a dos personas dstruidas, consumidas por el oio mutuo. Ambos tenían caras amargadas, tiesas y sin vida, caminando hacia el altar como si estuvieran marchando hacia su propia tumba. A la hora de intercambiar los anillos, ninguno de los dos hizo el esfuerzo por levantar la mano. El maestro de ceremonias tuvo que intervenir sudando frío para salvar la situación.

—Creo que los novios están tan conmovidos que hasta se les olvidó el protocolo —dijo el animador por el micrófono—. ¡A ver, familia, démosles un fuerte aplauso para darles ánimos!

En medio de los aplausos secos y forzados de los invitados, Diego, en un arranque de furia, aventó el anillo contra el piso.

—¡No me quiero casar con ella! —gritó, y todo el salón se quedó en un silencio sepulcral.

Pero Renata, sin perder el veneno de víbora que siempre la caracterizó, agarró el micrófono.

—¿Y tú te crees que yo quiero casarme con un enuco inservible como tú? Llevas años guardando coraje y estás mlditamente enfermo de la cabeza. Si no fuera porque necesito que mi hijo tenga un padre legal, jamás me g*laría a alguien como tú —le escupió frente a todos.

Y era verdad, el hijo que llevaba en el vientre ni siquiera era de él, ni ella misma sabía de quién era, porque a Renata le encantaba meterse con modelos y cualquier hombre atractivo que se le cruzara.

Renata se agachó con dificultad, recogió el anillo del suelo y se lo puso ella misma con cara de asco. Luego agarró la mano temblorosa de Diego a la fuerza y le encajó el otro anillo.

—Los dos somos una m*erda, Diego. Así que nos toca pudrirnos juntos en este infierno por el resto de nuestras vidas —sentenció.

Y justo ahí, entre las mesas de los invitados, la cámara enfocó a Carmen. Apenas tenía 25 años, pero se veía acabada, ojerosa, como una señora de 50 años a la que la vida le había pasado por encima. Estaba riéndose a carcajadas como desquiciada, celebrando la desgracia ajena.

—¡Sí! ¡Se merecen estar encerrados juntos en ese infierno! —gritaba Carmen, fuera de sí.

El chat del salón estaba en llamas, llovían los mensajes.

  • “¡Se acabó la película, saquen las palomitas! Viéndolo bien, nacieron el uno para el otro.”

  • “Literalmente, el club de los villanos. Felicidades por su final feliz en el mldito infierno.”*

  • “¡Qué viva los novios más txicos de la historia!

El chat del grupo de la generación de la prepa no dejaba de sonar. Mi celular vibraba sobre el escritorio de mi oficina, iluminando la pantalla con una cascada interminable de mensajes, memes y burlas sobre el video de la boda de Diego y Renata.

  • “Neta, qué asco de vibra traían. Se veían como si los llevaran al matadero.”

  • “Pues es lo que se merecen, wey. El karma es canijo y no perdona.”

  • “X2. Viéndolo bien, desde un ángulo muy retorcido, la neta sí son tal para cual.”

  • “¡Felicidades a los villanos de la prepa por su final feliz en el mismísimo infierno! ¡A celebrarlo!”

Leí los mensajes uno por uno con una sonrisa tranquila, dándole un sorbo a mi café. Apagué la pantalla y me recargué en la silla. Ya habían pasado varios años desde aquel e*cándalo asqueroso en los baños de la escuela. El tiempo no había curado las heridas de ellos, al contrario, solo había dejado que se pudrieran más.

A veces, cuando cerraba los ojos, todavía podía recordar el olor a humedad de aquel día en que renací, el día en que todo cambió. Recordaba la desesperación asfixiante de mi vida pasada: el peso de un matrimonio obligado con un monstruo, el dolor inenarrable de perder diez embarazos, la dpresión que me consumía viva y la imagen dsgarradora de mis padres mertos por culpa de la abición y la taición de Diego y su familia. En aquella vida, morí escupiendo sngre, con los ojos abiertos, llena de un odio que me calaba hasta los huesos al ver cómo Diego se burlaba de mí, abrazando a Renata frente a mi cdáver.

Pero Dios, el universo, o el karma, me habían dado una segunda oportunidad. Y esta vez, no moví un solo dedo para salvarlos de su propia b*sura.

El destino de todos los que me hicieron daño en mi otra vida había quedado sellado con una justicia poética y b*utal:

La Directora, esa mujer sberbia que me había humillado y llamado “mjerzuela”, seguía refundida en un penal de alta seguridad. Sin el poder de su cargo y con su esposo dándole la espalda por la vergüenza pública, se convirtió en nadie. Perdió sus lujos, su libertad y su dignidad.

Los padres de Diego, aquellos seres dspiadados que habían aesinado a su propia hija recién nacida por su eferma obsesión con tener un varón que heredara su imperio político, también pagaron. La información que filtré sobre ese crimen oculto llegó a las manos correctas. Sus rivales políticos no tuvieron piedad; los aplastaron mediática y legalmente. Terminaron en la cárcel, despojados de todo lo que amaban: el poder y el dinero.

Carmen… mi “mejor amiga”. La misma que había comprado los plvitos y grabado el video para dstruirme y robarme mi beca. El video en la boda de Renata mostraba en lo que se había convertido: una mujer de 25 años con la mirada prdida, demacrada, envejecida por el resentimiento y la envidia, riendo como una dsquiciada en medio de una fiesta llena de hpocresía. Su ambición de estudiar en una universidad de prestigio se esfumó el día que la policía se la llevó eposada.

Y finalmente, Diego y Renata. Diego, el “niño bien”, el rompecorazones de la prepa, terminó con la hombría dstruida, traumado de por vida y atado a un matrimonio sin amor, obligado a ser el padre legal de un niño que ni siquiera llevaba su sngre. Su intento de sucidio en el mar solo fue una muestra del infierno que vivía en su propia mente. Y Renata, la niña rica que se creía intocable, se convirtió en prisionera de sus propias mentiras. Se tuvo que tragar su orgullo y ponerse ella misma el anillo de bodas del suelo, condenada a compartir la cama y la vida con un hombre al que l*teralmente le daba asco.

Se lo merecían. Todos y cada uno de ellos estaban exactamente donde debían estar: hundiéndose juntos en la m*seria.

Me levanté de la silla de mi oficina y caminé hacia el ventanal que daba a la ciudad. El sol brillaba con fuerza. Había logrado graduarme con honores del Tec de Monterrey, con aquella beca que me gané a pulso. Hoy, trabajaba codo a codo con mis padres, haciendo crecer nuestra empresa, esa misma empresa que Diego nos robó en la vida pasada.

Mis padres estaban vivos. Estaban sanos. Mi mamá me había mandado un mensaje en la mañana para recordarme que el domingo haríamos carne asada en la casa. Mi papá seguía presumiendo mis logros con sus amigos del club. Yo estaba viva, entera y libre.

Sonreí, respirando profundo, sintiendo cómo el aire llenaba mis pulmones de pura paz. La pesadilla por fin había terminado, y esta vez, yo era la única dueña de mi destino.

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