“Quise salvar el futuro de mi clase, pero me llamaron envidiosa, y lo que pasó después los dejó sin nada.”

Ese día, yo solo quería salvar los expedientes de toda la clase, pero nadie me creyó. Todo empezó cuando los maestros iban a entregar los documentos, pero Sofi, la chica popular, se ofreció a guardarlos para que todos estuvieran tranquilos durante las defensas de tesis. La neta, todos aceptaron felices y se los dieron, menos yo, que pedí el mío de vuelta.

Iba llegando al edificio cuando escuché un estruendo muy fuerte. Era la motoneta eléctrica de Sofi, que de la nada empezó a incendiarse. Vi que en el piso de la moto estaba la bolsa con todos nuestros papeles importantes. Quise acercarme para quitarlos, pero la batería explotó de nuevo y el fuego se hizo más grande. Subí corriendo al quinto piso, ahogándome, para avisarles. “¡Oigan, bajen rápido a apagar el fuego!”, les grité con desesperación. Pero Sofi se rió con sarcasmo y me dijo: “¿Qué traes, Tere? ¿Estás inventando cosas por envidia?”.

Desesperada, traté de jalar a un compañero, pero de repente Diego, mi amigo de la infancia, me gritó enfrente de todos: “¡Ya párale!”. Él me acusó de estar inventando chismes por estar celosa de que él la quisiera a ella. Cuando vi que nadie me creía, quise salir a buscar a alguien más, pero el jefe de grupo me jaló del cabello y Diego le puso llave a la puerta del salón. “¡Están arruinando el futuro de toda la clase, entiéndanlo!”, les grité, sintiendo que me volvía loca de coraje.

PARTE 2: EL KARMA NO PERDONA

Esta era la última oportunidad que les daba. “¿Quién quiere ir a apagar el fuego conmigo? Abran la puerta”, les dije por última vez. Nadie dijo ni pío. Vi que algunos dudaron, pero agacharon la cabeza por miedo a que los hicieran a un lado o los criticaran. Me di por vencida, tocaba respetar la decisión de los demás.

Pero la motoneta de Sofi estaba ardiendo en un rincón medio escondido. Ahí había otras motos de chavos que venían a clases extras. Si el fuego se propagaba, iba a quemar todo el estacionamiento y de paso se llevaría el edificio de aulas número ocho que estaba pegadito. No podía permitir que la gente de ese edificio corriera peligro nada más por la culpa de estos idiotas. Como la moto estaba en una esquina, desde adentro del edificio era casi imposible verla. Además, era fin de semana y justo al mediodía, por lo que casi no había ni maestros ni alumnos en la escuela. No estaba segura de si alguien más ya se había dado cuenta del peligro.

Como me tenían encerrada y no podía salir, mi única opción era llamar a los bomberos. Apenas saqué mi celular para marcar a emergencias, Carlos, el jefe de grupo, me lo arrebató de las manos. Yo me le fui encima para quitárselo, gritando: “¿Qué te pasa, güey? ¡Regrésame mi teléfono!”. Él arrugó la cara, viéndome con fastidio y me dijo: “¿Ya no tienes otra cosita que inventar? ¿Ahora vas a llamar para esparcir chismes?”. “Neta no entiendo qué te hizo Sofi para que la trates como a tu peor enemiga”, me soltó. Le grité con todas mis fuerzas que ellos solitos se estaban jodiendo la vida. Les advertí que estaban buscando su propia desgracia y que de paso querían arrastrar a gente inocente. “¿No entienden que si el estacionamiento se prende, el edificio ocho también va a valer madre?”. “¡Ahí hay gente! Si pasa algo, ¿quién se va a hacer responsable?”, le grité, pero él nomás se rió con sarcasmo y me dijo que le siguiera inventando. “A ver hasta dónde llega tu teatrito”, se burló.

Yo estaba que me llevaba la chingada, sentía que iba a escupir sangre del coraje, ya no había tiempo para estar peleando. Solo quería recuperar mi celular para llamar a los bomberos antes de que fuera tarde. Pero él era un bato alto y fuerte; por más que brincaba no lograba quitárselo. Lloré de pura desesperación y le supliqué: “Por favor, te lo ruego, dame mi teléfono, si no llamo ahorita va a pasar una tragedia enorme”. Él seguía con el brazo en alto sin soltarlo, mientras yo no dejaba de jalarlo y rogarle. Al final se hartó, levantó la mano lo más alto que pudo y vi clarito cómo azotó mi celular contra el piso con toda su fuerza. El aparato se hizo pedazos; me quedé congelada, las piernas no me dieron para más y caí sentada al suelo, viendo cómo mi última esperanza se hacía polvo. El jefe de grupo sonrió con orgullo y me dijo: “A ver ahora cómo le haces para seguir inventando cosas”.

Yo me quedé tirada, con la cara entumecida, hasta que una chava se acercó a ayudarme a levantar. “Ya, Tere, bájale a tu relajo, es la última vez que estamos todos juntos para pasarla chido”, me dijo. “¿No puedes dejar de hacer corajes?”, me reclamó, y yo la volteé a ver con la mirada totalmente perdida. “¿Me prestas tu celular?”, le pregunté, y en ese segundo le cambió la cara por completo. Me soltó del brazo bruscamente y se fue dándome la espalda, murmurando: “Pinche loca malagradecida”. Después de un rato, me empecé a reír sola y pensé: “Sale vale, ya me vale madres; al fin y al cabo no es mi culpa y no tengo por qué estarme mortificando”, esto mientras veía a toda la clase riendo y platicando como si nada. Solté una risita fría y pensé: “Ojalá que al rato sigan riéndose igual de bonito”.

La Fiesta de Despedida

Todos empezaron a juntar las bancas para hacer un círculo gigante y se fueron sentando. Llenaron las mesas con papitas, refrescos, chucherías, y hasta conectaron una bocina con un micrófono. Diego y Sofi estaban cantando a dueto una rola súper romántica y sufrida. Se miraban a los ojos con tanta intensidad que cualquiera pensaría que se iban a morir mañana. Pensé: “¿No es nada más una graduación?”. Era demasiado ridículo; todos se despedían prometiendo que nunca se iban a olvidar, como si todos los pleitos de antes hubieran desaparecido por arte de magia.

Los que ya habían pasado el examen para su plaza de maestros y solo esperaban la revisión de antecedentes, andaban buscando dónde rentar; la chava que dudó hace rato llamó a su casa para darles la buena noticia, diciéndole a sus papás que ya no iban a tener que romperse el lomo trabajando. “Yo los voy a mantener”, les decía emocionada, mientras nadie me pelaba a mí, que seguía hecha bolita en un rincón. Yo nomás me quedé viendo aquel circo con toda la calma del mundo. Todos ellos tenían un futuro brillante al alcance de sus manos. Pero ellos solitos se habían encargado de mandarlo directito a la basura.

Los minutos pasaban, y yo estaba cien por ciento segura de que a esas alturas, los expedientes ya eran pura ceniza. Estaba sentada lejos de ellos, junto a la ventana, cuando de pronto escuché unas explosiones seguidas. El ruido venía de atrás, justo por la esquina del edificio de al lado. Como habían cerrado todas las ventanas para no hacer ruido con su fiesta, solo yo, que estaba ahí apartada, pude escucharlo bien. Adentro tenían un desmadre con la música, y solo unos cuantos que estaban cerca de mí se asustaron un poquito, pero no le dieron importancia y siguieron en su relajo.

Yo sentía que el alma se me quemaba; me paré de un brinco, jalé la cortina y abrí la ventana para asomarme, pero ese lado daba a la dirección contraria del incendio, así que solo vi unos arbustos y no noté nada raro; sin embargo, si yo escuché la explosión con todo y el ruido del salón, seguro alguien afuera también lo escuchó. Habían pasado como diez minutos desde que vi el fuego, así que esperaba que no hubiera muertos, tal vez solo daños materiales; me tranquilicé un poco, pero el ruido al abrir la ventana llamó la atención de todos, Sofi me miró feo y Diego se burló diciendo: “¿Qué escuchaste? ¿Ya explotó el mundo?”.

El Desastre Inevitable

Justo en ese momento, una explosión brutal sacudió todo el edificio, dejando a todos congelados del terror, hasta que un grito desesperado desde abajo diciendo “¡Fuego!” los hizo reaccionar y media clase se soltó llorando a mares. “¡No manches, es fuego de verdad! ¿Y mis papeles? ¡Me costó un huevo pasar el examen!”. “¡Ayuda, ya me iban a checar los antecedentes! ¡Mi futuro ya valió madre!”. “Acabo de decirle a mis papás en el rancho que ya tenía la plaza, ¡ya me cargó el payaso!”.

Sofi se quedó clavada en el piso, tan paniqueada que ni siquiera podía hablar. Todo esto era su culpa; ella ya estaba frita, completamente acabada. Diego se puso más blanco que un papel, con los ojos perdidos. Él venía de una familia donde solo estaba su mamá para apoyarlo. Su papá murió cuando él tenía seis años y su jefa se la había partido trabajando para sacarlo adelante. Cuando su mamá supo que pasó el examen de la Secretaría de Educación en su pueblo, lloró de pura alegría. Si Diego no le hubiera pedido que se aguantara a que publicaran los resultados oficiales. Seguramente su mamá ya le habría gritado a toda la cuadra lo feliz y orgullosa que estaba. Apenas unos cuantos familiares y vecinos sabían del chisme. Todos le decían a su mamá que por fin iba a presumir a su hijo y a descansar un poco de tanto trabajo.

Carlos, el jefe de grupo, no dijo ni media palabra y se fue corriendo hacia la puerta. Todos se le fueron detrás en bola, pero como Diego le había echado llave para que yo no saliera, ahora la maldita chapa se había trabado y no abría. El salón se llenó de llantos, gritos y pura desesperación. Carlos se volteó, hirviendo en rabia, y le acomodó un putazo directo en la cara a Diego. “¡¿Dónde está la pinche llave?! ¡Abre la maldita puerta ya!”, le gritó. Diego reaccionó, todavía sin podérsela creer, y me miró temblando de miedo. “¡No puede ser! Tere, ¿a poco pagaste para que hicieran este relajo nada más para darme una lección?”, balbuceó, y Carlos, ya harto, le acomodó otro trancazo mientras le gritaba “¡Pendejo, apúrate a abrir!”; pero de lo nervioso que estaba Diego, terminó rompiendo la llave adentro de la cerradura y el jefe de grupo soltó un grito de pura rabia y frustración.

Sin otra opción, jalaron la puerta a lo loco pero solo le arrancaron la manija, hasta que tuvieron que agarrar las bancas para agarrar a madrazos la cerradura; mientras tanto, Sofi estaba hecha bolita sudando frío en una esquina, y yo ni la pelé, solo vi el desmadre y me reí con ganas. Les dije: “¿Ahorita de qué se apuran? A esta hora sus papeles ya son pura ceniza que se llevó el viento”, y Carlos volteó la cara porque no se atrevía a verme de la culpa, mientras todos rezaban para que la puerta cediera; Diego me vio con los ojos inyectados de sangre y tristeza. “Entonces era neta, no nos estabas choreando”, me dijo con voz quebrada. Yo le contesté con una sonrisita: “¡Pues claro que era verdad! Te dije que tu futuro iba a explotar, y mira, ¡boom!”. Le aclaré que era un desastre “cien por ciento original”, y él se veía tan miserable que no sabía ni dónde meterse. En eso, la puerta por fin cedió de tantos trancazos. Se abrió de golpe y toda la bola salió empujándose al pasillo como estampida. “¡Córranle, córranle a despedirse de lo que quedó de su futuro!”, les grité por la espalda.

Las Consecuencias de la Ignorancia

Yo bajé al final con mucha calma y vi que había un montón de raza intentando apagar el fuego. Los del salón iban gritando hacia donde estaba el incendio. Un chavo de la clase se volvió loco y quiso meterse al fuego para rescatar sus papeles, pero los de rescate lo agarraron y le gritaron que las motos tenían baterías de litio que todavía podían explotar, exigiéndole que se hiciera para atrás. Esa compañera era una chava de muy bajos recursos. Pagaba la colegiatura con préstamos del banco y sobrevivía con lo poquito que ganaba trabajando medio tiempo como burra. Todos los años se ganaba la beca de apoyo; era la que más macheteaba y estudiaba en el salón. Siempre sacaba buenas calificaciones y apenas había conseguido su plaza. En ese momento, se derrumbó por completo; se tiró al piso llorando a gritos como si le hubieran arrancado la vida entera. “¡Mis expedientes siguen ahí adentro! ¡Se los ruego, déjenme pasar a sacarlos!”, lloraba ahogada, pero el rescatista trató de calmarla diciéndole que con ese nivel de fuego ya no quedaba nada, que después podía volver a tramitarlos.

Pero todos sabían que eso era puro cuento, porque reponer documentos originales desde la primaria hasta la universidad es un pedo gigante, y más para ella, que venía de una prepa de un pueblito que cerró hace años por falta de alumnos; ni de chiste iba a encontrar a quién pedirle los papeles. Casi todos en el salón éramos de rancho, así que sabíamos que tramitar eso tomaría meses de andar dando vueltas gastando lo que no teníamos, y para el trámite de la plaza solo nos daban dos días, un golpe psicológico brutal que muchos no aguantaron y se quedaron tirados en el piso sin poder levantarse. Diego nomás veía el montón de ceniza negra, callado, agachando la cabeza, sintiendo pura impotencia y un dolor inmenso, como si le hubieran apagado toda la luz del mundo.

En esa zona, casi todas las motos eléctricas valieron queso y quedaron achicharradas, además la pared de al lado se quemó todita, botando un pedazote enorme de yeso. Y como tenían unas lonas colgando para felicitar a los graduados, esas madres agarraron fuego rapidísimo y alcanzaron las cortinas de un salón. Por suerte era un salón vacío, los muebles adentro eran de puro fierro y casi ni se usaba para clases, así que solo se quemó la pura cortina. Como las otras ventanas estaban bien cerradas, la lumbre ya no se corrió para otros lados y la cosa no pasó a mayores. Aparte, qué bueno que era fin de semana, por lo que había menos de la mitad de las motos que normalmente hay estacionadas. Si hubiera sido un día de clases normal con un chingo de motos, el desastre hubiera sido el doble de cabrón y destructivo.

En eso llegaron corriendo la coordinadora y el tutor de grupo enterados de todo el relajo. Nomás llegaron y vieron a todos sus alumnos tirados en el piso del patio como si estuvieran velando a un muerto. Los dos maestros se paniquearon bien feo, pensando que había habido muertos o una balacera justo antes de la graduación. Venían pálidos del tremendo susto, pero les regresó el color cuando les dijeron que solo se habían quemado las carpetas con los documentos escolares. El tutor seguía con cara de fuchi por el tremendo coraje, pero mínimo suspiró aliviado de que ningún chavo salió herido.

Yo me acerqué a la coordinadora y al tutor y les solté toda la sopa de cómo estuvieron las cosas paso por paso. La coordinadora se puso furiosa, le valió tres hectáreas que todos estuvieran chillando y les gritó enfrente de todos: “¡¿Este salón está lleno de pendejos o qué?! ¿Para qué traen la cabeza? ¡De adorno para que no les llueva en el cuello! Gente como ustedes que iba a ser maestro, es pura pinche suerte de que pasaron. ¡Qué bueno que se quedaron sin papeles, así nos ahorramos que chamacos inútiles vayan a dar clases y le desgracien la vida a los niños, mejor váyanse a recoger caca al rancho!”. El tutor la intentó calmar para que no manchara su imagen frente a la escuela, y luego se volteó conmigo y me dijo: “Tere, muy bien hecho, aguantaste vara y fuiste valiente al querer avisar. Te mereces un reconocimiento especial”. Yo le sonreí tranquila y le dije que era lo mínimo que podía hacer; luego el maestro volteó buscando a la culpable y preguntó: “¿Y Sofi? ¿Dónde se metió esa niña que no da la cara?”.

Al escuchar el nombre, la coordinadora se encabronó mil veces más y dijo: “Es la más idiota de todo el salón, yo iba a entregar los papeles uno por uno para que no hubiera falla”. “Pero la muy chingona a huevo quería guardarlos para hacerse la buena con todos, ¿y para qué? ¡Para dejarlos botados allá afuera donde ni Dios los cuidaba, exponiéndolos a lo pendejo!”, gritó la maestra, hasta que por fin hallaron a Sofi escondida debajo de una banca temblando de miedo porque juraba que había provocado una matanza, y cuando supo que solo se quemaron unas motos y una pared, soltó el aire y se tiró al piso de puro alivio. “¡Ay, qué susto, juraba que hasta nos iban a balacear o meter a la cárcel!”, dijo la muy cínica, pero el tutor le reclamó enojadísimo: “¡Qué susto ni qué ocho cuartos! La barda y las pinches motos se pagan, pero, ¿qué vas a hacer con los papeles originales de tus compañeros? A ver cómo les das la cara ahora”.

Después de la regañiza histórica, todos en la clase se le fueron encima a Sofi reclamándole con rabia: “¡Si no los ibas a cuidar, los hubieras metido al salón! ¡Por tu culpa nos encerraron y no bajamos a apagar el maldito fuego, si no fuera por ti mis papeles estarían a salvo!”. Yo me reí por dentro, pensando en cómo cuando les supliqué llorando que bajaran, todos se hicieron los sordos y me trataron de loca. Ahora resulta que todos eran unos genios bien listos después de que ya había valido madres. Pensaban que les iba a tener lástima o algo así para apoyarlos, pero ni madres, que se olviden de mí y se rasquen con sus propias uñas.

Sofi no se dejó mangonear y obviamente no quiso aceptar ni un gramo de la culpa. Se defendió gritando histérica: “Ustedes solitos me dijeron que hoy era puro desmadre de despedida y que repartiera los papeles después para no arruinar la vibra”. “Ah, pero ahora sí salen con sus cosas de persignados y me echan la culpa, me dan un chingo de asco”, les soltó llorando de rabia. Luego apuntó a otro chavo y le gritó: “Y tú qué, ni que fuera tu jefa, si te paré en la puerta, igual te hubieras ido si tenías tantas ganas”. “Por güeyes no le creyeron a Tere cuando les avisó, y ahora me quieren echar todo el puto muerto a mí para lavarse las manos”, remató la muy cínica. La bolita se volvió a armar y empezaron a pelearse a gritos y sombrerazos entre todos los que antes se juraban amor eterno. La coordinadora, ya harta de tanto circo barato, manoteó al aire y les dijo que arreglaran sus chingaderas en sus casas. “Sofi, vente conmigo ahorita mismo a la dirección a ver cómo le hacemos para que pagues los daños de la escuela y el cagadero de tus compañeros”, le ordenó.

Cosechas Lo Que Siembras

Entre tanto pinche alboroto, lloriqueos y jaloneo se nos fue toda la tarde; yo ya estaba hasta la madre de cansada y lo único que quería era irme a mi cuarto a echarme una buena jeta. Mis tres roomies acaban de llegar del salón destruidas, y ahí venía la chava que le había marcado a sus papás jurándoles que los iba a sacar de trabajar. Nomás entraron al cuarto, las tres se desmoronaron y empezaron a soltar los mocos. “Tere, perdónanos la neta, fuimos unas reverendas pendejas por no hacerte caso, nos lo tenemos bien merecido, ¿nos puedes perdonar por favor?”, me rogaron llorando. “Sí güey, la neta la súper cagamos, perdónanos por tratarte mal”, me insistían con la cara empapada. Yo me les quedé viendo tranquilamente y solté una carcajada. “¿A mí de qué me piden perdón? Yo no perdí ni un solo peso”. “Mis papeles están completitos, guardaditos en mi mochila, y yo sí agarré mi plaza; mi vida está poca madre”.

Les dejé las cosas bien claritas para que les doliera la verdad: “A las que tienen que pedirles perdón de rodillas es a ustedes mismas, que por andar siguiendo como borregas a la bola de güeyes agarraron su futuro y lo hicieron pedazos sin pensarle tantito”. “Mejor muévanse para ver cómo tramitan todos sus papeles otra vez, que con disculparse conmigo no van a revivir las cenizas”, les dije sin un gramo de pena. Y no fueron nomás ellas; en mi celular tenía un chingo de mensajes privados de casi todos los del salón pidiéndome perdón y diciendo que se morían de la pura vergüenza. Pero la neta, me dio un chingo de hueva contestarles un solo mensaje; al fin que ya nos graduamos y seguramente no los volvería a ver en toda mi perra vida. ¿Para qué perdía mi valioso tiempo con gente que no vale la pena? Mejor apagué el celular, me jalé la cobija bien calientita y me dormí como un bebé que no le debe nada a nadie.

Desperté ya en la noche; mis tres roomies ya no estaban en el cuarto. Lo más seguro es que anduvieran viendo cómo carajos iban a reponer sus papeles. Apenas iba saliendo para ir a cenar cuando me topé a Diego esperándome abajo en la entrada. Yo la neta ni lo quería pelar, pero se me atravesó en el camino.

“Tere, vengo a pedirte perdón; al final de cuentas crecimos juntos, no me vas a guardar rencor, ¿verdad?”, me dijo viéndome con cara de perrito regañado. Lo vi directo a los ojos y le contesté: “¿Tú crees que vales la pena como para que me enoje? Ni al caso, ¿captas?”. La sonrisa se le borró un poquito, pero insistió: “Ya sabía que no te ibas a enojar. Tú tranquila, Sofi y yo ya terminamos. Ella es un águila que tiene que volar alto y no le voy a cortar las alas. Pero mi próxima novia, ten por seguro que vas a ser tú”.

Lo miré de arriba a abajo y literal hice el sonido de querer vomitar ahí mismo. “Te avientas unos viajes bien locos, güey. Ya no digas esas babosadas que dan asco, tú no me llegas ni a los talones”, le solté. Me di la media vuelta y me fui directito a la cafetería. Andaba de tan buen humor que me iba a dar el lujo de cenar algo rico.

Esa misma noche, la coordinadora mandó un mensaje al grupo avisando cómo iba a quedar el relajo. Como la moto de Sofi se prendió sola, la escuela no iba a meter a la policía y lo iban a arreglar internamente. Pero resulta que al revisar los restos, se dieron cuenta de que Sofi le había metido mano a la motoneta con piezas chafas y la batería no cumplía con las normas de seguridad. Y para rematar, como anduvo bloqueando a los que querían apagar el fuego, le echaron el 90% de la culpa por todo el desmadrito. Le metieron un reporte a nivel escuela.

Haciendo cuentas entre la pared quemada y las motos de los otros chavos, Sofi tenía que pagar la humilde cantidad de 80 mil pesos. Para una familia normal, eso es un dineral; obviamente ella no tenía con qué pagar y le iba a tocar a sus papás dar la cara. Neta no me podía imaginar cómo iba a tener el descaro de decirles: “Oigan, por pendeja quemé los papeles de toda mi clase y deben 80 mil”. Me dio risa nomás de pensarlo, pero la neta, me quedé corta con el nivel de descaro de esa tipa y la estupidez de Diego.

A la mañana siguiente amanecí y vi que me habían metido a un nuevo grupo de WhatsApp. Se llamaba igual que el de la clase, pero sin maestros, puros alumnos. El que lo hizo fue el genio de Diego. Se esperó a que todos despertaran para soltar la bomba.

“Buenos días a todos, necesitamos hacer equipo para un problemita”, escribió. El grupo estaba más muerto que un panteón; con la depresión de los papeles quemados, nadie lo peló. Pero él, con su cara de concreto, siguió: “Como ya saben, la escuela le está cobrando 80 mil a Sofi, pero su familia es humilde y no pueden pagarlo. Por eso les pido que se pongan la del Puebla y nos cooperemos para ayudarla con los daños. Si cada quien pone un poquito, la libramos. Aquí les dejo el link para que vayan transfiriendo”.

Nadie dijo ni pío, nadie mandó un solo peso. En eso, Sofi salió a dar lástima: “Perdón por molestarlos, todo esto pasó porque yo quería ayudarles a repartir sus cosas. Si no quieren poner, no hay bronca. Ya veré si me endeudo con agiotistas, de a poco lo iré pagando”. ¿Es en serio? Esa morra no entendía que la gente solo la aguantaba cuando era la jefa de grupo y les convenía. Ahora que les había arruinado la vida, ¿quién le iba a querer lamer las botas?.

Como nadie los peló, Diego salió a defenderla: “No se hagan patos con su responsabilidad. Sofi iba en la moto por ayudarles. Todos tenemos parte de la culpa. Yo voy a ser el primero en poner el ejemplo”. Y mandó su captura de transferencia. Ahí sí alguien reventó: “¿Es una perra broma? A nosotros ni nos han pagado el daño moral y ustedes ya nos quieren sacar dinero. Tienen la cara de piedra”. Se armó la gorda, todos empezaron a mentarles la madre y a quemarlos en el grupo, y nadie les dio un clavo. Diego nomás puso: “Voy a ir a buscar a cada uno en persona para cobrarles y luego borro el grupo”.

Y dicho y hecho, el muy aferrado vino a buscarme a mí primero. “Tere, como nadie quiere poner, te voy a dar la oportunidad de ser el ejemplo. Tú siempre fuiste firme y de buen corazón, yo te conozco. Seguro vas a ayudar a una compañera necesitada, ¿verdad?”. Me solté riendo en su cara. “¿Ayudar a quién? Diego, ¿a poco el humo del incendio te dejó idiota?. ¿Tú crees que yo, o tú, merecemos ser maestros? Tú ni de chiste. Bájale a tu rollo o le hablo a tu mamá para que te quite la maña a chanclazos”. Se puso rojo del coraje, me echó una mirada de odio y se fue. Me enteré que anduvo rogándole a los demás, pero nadie le dio un quinto. Hasta Carlos, el jefe de grupo, lo agarró a madrazos otra vez enfrente de todos.

Al final, Diego le dio todos sus ahorros a Sofi, pero no alcanzó para nada. La escuela no los iba a dejar irse sin pagar. Los papás de Sofi tuvieron que venir desde su rancho. El señor es albañil y la señora campesina, gente humilde. Cuando les dijeron lo de los 80 mil, se les vino el mundo encima. Los pobres señores vaciaron sus ahorros y se endeudaron hasta con los vecinos para pagarle a la escuela. Qué bueno que la dirección se compadeció de ellos y les rebajó 20 mil pesos. Viendo a esos señores tan acabados, neta era un karma tener una hija como ella.

Ese mismo día empaqué mis chivas y me largué de la escuela. Me salí de todos los grupos y bloqueé a medio mundo. Cuando Carlos me transfirió lo de mi celular roto, lo borré antes de que mandara otro mensaje. Dicen que en la universidad haces contactos para tu futuro. Pero esa bola de inútiles solo servía para dar dolores de cabeza. Di una última mirada al campus y me fui en paz para empezar mi nueva vida.

A los pocos días de llegar a mi pueblo, me avisaron de la escuela que ya empezaba mi capacitación de maestra. Me tocó dar clases cerquita de mi casa, así que me ahorré la renta. Una mañana iba saliendo y vi a Diego en la esquina. El güey casi no salía de su casa desde que volvió. Mi mamá y la suya estaban en el chisme bien emocionadas. Resulta que Diego les había dicho que también lo habían llamado para la capacitación de maestros. Levanté la ceja; el cabrón seguía con su teatrito. Me vio con pánico, jurando que lo iba a delatar. Pero a mí me valía tres hectáreas de pepino. Nos fuimos caminando y me rogó: “Tere, por fa, no vayas a abrir la boca”. Lo corté en seco: “Bájate de tu nube, güey, tus broncas me tienen sin cuidado”. Suspiró aliviado y se fue por su lado.

Mis clases iban de maravilla. Los niños eran un amor y me decían “Maestra Tere” todos los días. Mientras tanto, Diego salía todas las mañanas fingiendo que iba a trabajar, pero en realidad andaba haciendo trámites a escondidas para reponer sus papeles y volver a hacer el examen el otro año. Su plan era perfecto, hasta que un día se le olvidó un libro de planeación que había comprado para apantallar. Su pobre mamá, pensando que a su hijito lo iban a regañar por olvidadizo, se lo llevó corriendo a la escuela.

Ahí fue cuando la bomba explotó: en la dirección le dijeron que no existía ningún maestro llamado Diego. La señora, incrédula, preguntó por los maestros de nuevo ingreso, pero nadie lo conocía. Esa misma noche, en cuanto Diego pisó su casa, su mamá lo acorraló. Sin salida, el bato se soltó llorando y escupió toda la verdad. Le rompió el corazón a su jefa en mil pedazos. La señora le puso una regañiza de amanecida, pero al final suspiró y le dijo: “Ya déjate de payasadas, arregla tus papeles y vuelves a intentar el otro año”.

Mi mamá, bien chismosa, fue a consolar a la vecina y luego regresó a la casa a echarme el sermón sobre Diego. “Se veía tan seriecito y mírame nomás, resultó más terco que una mula. ¡Qué bueno que no se te pegó lo pendejo de tu clase!. Le creen más a los de afuera que a la familia. Pero ya ves, la terquedad viene de sangre. Su papá era igualito, le dijeron que no fuera a pescar con la tormenta, fue de aferrado y ahí quedó ahogado”.

Yo nomás sonreí y me quedé callada. Lo que haya pasado con los demás de la clase, ya ni me quita el sueño. Al final del día, cada quien escoge su propio camino, y tarde o temprano, a cada quien le toca tragarse las consecuencias de sus propios actos.

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