
Mientras doblaba las camisas para mi viaje, Valeria cruzó los brazos en el marco de la puerta. Su labio inferior temblaba ligeramente, no por tristeza, sino por fastidio.
—Durante este tiempo, no me estés llamando todos los días —soltó, con una frialdad que me caló los huesos. —Tengo miedo de que Santiago se ponga celoso.
No levanté la mirada. El sonido del cierre de mi maleta resonó en la pequeña habitación.
—Está bien —respondí, con la voz seca.
—Y cuando regreses, no me pidas que vaya a recogerte. Toma un taxi tú solo —añadió, girando sobre sus talones.
—Yo me iré solo —murmuré, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta.
Ella no sabía que mi partida no era un simple enojo. En el bolsillo de mi pantalón guardaba la orden de traslado al extranjero. Habían pasado años desde que ella misma me pidió matrimonio, tiempo en el que me quedé en esta ciudad renunciando a todo por ella. Pero en su mente, seguía viviendo Santiago.
El aire de nuestra casa se sentía pesado. Caminé hacia la cocina, arrastrando los pies. Un vaso resbaló de mis manos, estallando en decenas de fragmentos contra el piso.
El sonido seco los hizo aparecer.
—¿Qué haces? —gritó Santiago, acercándose de la nada a los cristales.
Me agaché para recogerlos. El filo cortó mi palma. Una gota roja y espesa cayó sobre el suelo.
Valeria corrió, pero sus manos no buscaron mi h*rida. Agarró a Santiago del brazo, con los ojos muy abiertos.
—¿Estás bien? Te llevaré al hospital ahora mismo —le dijo a él, con la voz quebrada por el pánico.
PARTE 2: Las fotos de boda y una casa que ya no es mía
Me quedé solo en la cocina, apretando los dientes mientras la sangre escurría de mi mano y manchaba el piso. Valeria ni siquiera volteó hacia atrás cuando se llevó a Santiago al hospital. Mientras recogía los cristales rotos con la mano sana, un nudo de coraje y tristeza me apretaba el pecho.
Recordé que, al tercer año de estar juntos, trabajé como loco, doblando turnos y ahorrando cada peso para comprar esta casa, pero por puro amor ciego la puse a su nombre. Ese era mi mayor sueño: darle un hogar. Y ahora, ella dejaba que otro hombre se mudara aquí y me apuñalaba en el lugar más vulnerable de mi corazón.
Esa misma noche, cuando regresaron, Valeria ni siquiera me preguntó por mi herida. En lugar de eso, se paró frente a mí con los brazos cruzados.
—Le dejé la recámara a Santiago, así que tú vas a dormir en el estudio —me soltó, sin una pizca de vergüenza. —¿Me estás sacando de mi propio cuarto para dárselo a él? —pregunté, sintiendo que la sangre me hervía. —Santiago no es como tú, él viene de una buena familia y no está acostumbrado a pasar incomodidades —respondió ella, desviando la mirada. —Además, dicen que antes de casarse, mientras menos se vean los novios, mejor. Solo lo hago por nuestro bien.
No discutí. Ya no valía la pena. Faltaban solo unos días para la fecha de nuestra supuesta boda, que irónicamente era el mismo día en que salía mi vuelo para irme a trabajar al extranjero para siempre.
A la mañana siguiente, Valeria intentó jugar a ser la esposa perfecta. Preparó el desayuno con los platillos que sabía que a mí me gustaban, algo que había aprendido a hacer por mí. Pero esa misma comida caliente se la sirvió también a Santiago, tratándolo con una devoción que me revolvió el estómago.
Ese día me fui a la oficina. Tenía que ir al departamento de recursos humanos para entregar mis pendientes y firmar los papeles de mi traslado. Afuera empezó a caer una tormenta horrible. Valeria me había dicho en la mañana que pasaría por mí, pero mi celular vibró con un mensaje suyo.
—”Mi amor, salió una emergencia en la empresa y no puedo ir por ti. ¿Puedes pedir un taxi a la casa?”.
Sabía que era mentira. Minutos antes había escuchado que el abuelo de Santiago se había caído y ella seguro corrió a verlo. Le contesté con un simple “Está bien, el trabajo es más importante” y me fui por mi cuenta.
Pero el descaro más grande llegó dos días después.
Valeria estaba empacando una maleta pequeña en la sala. —Mi amor, la empresa me manda a un viaje de negocios de urgencia por cinco días a otra ciudad —me dijo, con esa voz dulce que ya solo me daba asco. —El trabajo es primero, pero te juro que regresando nos enfocamos en la boda.
Le dije que no se preocupara y que le fuera bien. Pero ella no sabía que yo ya había visto las fotos y notificaciones en su celular. No iba a ningún viaje de negocios. Había agendado en esa otra ciudad una sesión de fotos de boda. Y no era conmigo.
No me quedé de brazos cruzados. Manejé hasta esa ciudad y los seguí. Desde lejos, escondido, los vi. Valeria llevaba un vestido blanco hermoso, sonriendo y posando mientras Santiago la tomaba de la cintura. Estuve cuatro horas bajo el sol, siguiéndolos paso a paso, viendo cómo se juraban amor frente a una cámara. Y lo que terminó por destrozarme el alma fue ver al fotógrafo: era exactamente el mismo profesional que yo había elegido y pagado con mis ahorros para nuestra boda.
Caminé lejos de ahí, sintiendo que el aire me faltaba. Me detuve frente a una estatua en una plaza, miré hacia arriba y las lágrimas que había estado aguantando se me escaparon.
En ese momento, mi celular vibró. Era un mensaje de Santiago. Venía acompañado de una foto de ellos dos sonriendo. “¿Ya viste lo que me mandó? Todo lo de esta boda, el traje, el salón y hasta las invitaciones, las eligió ella pensando en mí. Gracias por el fotógrafo, las fotos salieron increíbles. Podrás casarte con ella, pero yo soy el único al que ama.”
Mi corazón se volvió de hielo. Ya no había tristeza, solo una fría y oscura decepción. Valeria creía que me tenía seguro en casa, como el idiota que pagaría la fiesta para que ella viviera su fantasía con otro. Pero no sabía que mi boleto de avión, sin retorno, ya estaba en mi bolsillo.
Los días previos a la supuesta boda fueron una tortura psicológica. Valeria, con un descaro que aún hoy me cuesta asimilar, fingía que todo era perfecto. Se acercaba a mí por las noches, me acomodaba el cuello de la camisa y me decía con esa voz dulce que tanto amé: “Mi amor, el proyecto está en su fase final, tengo que ir a la oficina a hacer horas extras. Aguanta solo una noche más, pediré unos días libres para ir contigo a tu ciudad”. Y luego, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, remataba: “He aguantado catorce días por ti, solo falta hoy y por fin me casaré contigo. ¿Ya estás contento?”.
¿Contento? Sentía que me ahogaba en mi propia casa. Ella me pedía que aguantara, que no hiciera un escándalo, creyendo que con unas cuantas palabras dulces yo olvidaría que ella estaba usando mi dinero, mi tiempo y mi amor para construirle una vida a Santiago.
“Mañana no tienes permitido faltar a la boda”, me dijo en tono de broma una de esas tardes, como si mi presencia fuera un simple requisito para su obra de teatro.
Ella pensaba que Santiago podría tenerla por el resto de su vida, y que yo me conformaría con ser el tonto útil que pagaría la cuenta el último día. ¿Acaso no le importaba lo humillado que me iba a sentir? ¿No pensó en la vergüenza que pasaría frente a mi familia, frente a mis amigos? No, claro que no. Valeria lo sabía perfectamente, pero por Santiago, no le importaba absolutamente nada. Estaba dispuesta a dejarme toda la humillación a mí.
Llegó la mañana de la boda. El traje que ella misma había elegido junto a Santiago colgaba impecable en la puerta del clóset. Lo miré por última vez. No sentí dolor, no sentí rabia. Solo un inmenso y pesado cansancio.
Tomé mi maleta. La misma que había estado preparando en secreto. Revisé mi pasaporte, mi visa de trabajo y mi boleto de avión. Mi vuelo salía en un par de horas.
Antes de cruzar la puerta de esa casa que construí con mis propias manos y que ella le había entregado a otro, tomé mi celular. Al principio, había pensado en enviarle un mensaje a todos cancelando la boda, guardándole a Valeria un último rastro de dignidad después de cinco años juntos. Quería decirle a mi mejor amigo, Diego, que les avisara a los invitados que no habría fiesta.
Pero al recordar las fotos de ella con el vestido de novia, abrazando a Santiago, toda mi piedad se esfumó. Ya no era necesario protegerla.
Abrí el chat de WhatsApp donde estaban nuestras familias, los padrinos y los amigos más cercanos. Escribí un mensaje corto, frío y directo. Adjunté las fotografías de su sesión de bodas secreta con Santiago, y las capturas de pantalla de los mensajes donde ella le juraba que era el único hombre al que amaba.
No esperé a ver las respuestas. Apagué el celular, lo guardé en mi chamarra y subí al taxi que me llevaría al aeropuerto. Adiós, Valeria. No nos volveremos a ver.
Las horas de vuelo me sirvieron para respirar de verdad por primera vez en semanas. Al aterrizar en mi nuevo país de residencia, el aire frío me golpeó el rostro. Era un clima helado, muy distinto al calor de México. Encendí el teléfono mientras esperaba mi equipaje.
Cientos de notificaciones inundaron la pantalla. Llamadas perdidas de Valeria, de mi suegra, de Diego.
Leí los mensajes de Diego primero. Me contaba el caos absoluto que se desató en el salón de eventos. Todos los invitados estaban ahí, esperando. La mamá de Valeria gritaba, exigiendo saber dónde estaba yo, acusándome de hacer un berrinche infantil. “Si ese muchacho no viene y se disculpa con todos, no lo voy a aceptar como yerno”, había gritado mi suegra frente a todos, pensando que yo era el culpable por mi origen humilde.
Pero entonces, todos abrieron sus celulares. Vieron las fotos. Vieron a Valeria vestida de novia con Santiago.
Diego me escribió: “Hermano, dejaste una bomba. La cara de Valeria se quedó pálida. Su familia no sabía dónde meterse de la vergüenza. Te salvaste de la peor mujer del mundo”.
Yo solo sonreí amargamente. Valeria me mandó decenas de audios llorando, jurando que todo era un malentendido, que las fotos eran falsas, que yo era el único al que quería. Bloqueé su número sin escuchar el final del primer audio. No dejarle esperanzas a tu ex es la mejor forma de evitarte problemas.
Al día siguiente, me presenté en las oficinas de la sede internacional de mi empresa. El destino me tenía preparada una sorpresa. Mi nueva jefa directa, la directora de mi área, era Elena.
Elena había sido mi compañera de universidad, dos generaciones arriba de mí. Cuando yo era un recién graduado y entré a trabajar por primera vez, ella fue quien me enseñó todo sobre el mundo corporativo. Había renunciado de la nada hace un par de años y no supe más de ella, hasta ahora. Estaba más hermosa de lo que recordaba, con esa postura firme y esa mirada inteligente que siempre la caracterizó.
—Vaya, vaya. Así que tú eres el nuevo talento que me mandaron de México —me dijo Elena con una sonrisa cómplice al verme en la sala de juntas.
—Qué pequeña es la vida, jefa —le respondí, sintiendo que por fin algo bueno me pasaba.
Trabajar con ella fue un salvavidas. Nos entendíamos a la perfección. En solo medio mes, logramos cerrar dos proyectos importantísimos para la empresa. A veces, después del trabajo, caminábamos juntos hacia nuestros departamentos, ya que la empresa nos había asignado viviendas en el mismo edificio.
Pero la paz no dura para siempre. El veneno de Valeria cruzó fronteras.
Una noche, mientras cenaba con Elena, Diego me mandó un mensaje desesperado. “Mateo, métete al grupo de exalumnos de la universidad. Santiago está diciendo locuras”.
Abrí la aplicación. El grupo estaba en llamas. Santiago, haciéndose la víctima como siempre, había tergiversado toda la historia. Lloraba miseria diciendo que yo había humillado a Valeria sin razón, que las fotos eran un montaje y que yo me había ido al extranjero porque tenía una amante de hace años.
La gente es morbosa. Muchos empezaron a criticarme. Decían que Valeria no merecía ese trato, que yo era un malagradecido. Me llamaban cobarde.
—¿Qué pasa? Te pusiste muy tenso —preguntó Elena, notando mi cambio de actitud.
Le mostré el celular. Ella leyó los mensajes en silencio. Su rostro se endureció. Sin decirme nada, sacó su propio teléfono.
De pronto, el grupo de exalumnos se quedó en un silencio sepulcral. Elena acababa de enviar una fotografía. Era una foto tomada por ella misma, años atrás. Una imagen que destrozaba todas las mentiras de Santiago y Valeria de un solo golpe.
—Para que dejen de hablar tonterías —escribió Elena en el grupo, defendiéndome con una ferocidad que me dejó sin palabras. Nadie se atrevió a contestar.
Esa noche, al dejarla en la puerta de su departamento, la miré a los ojos. Estaban un poco rojos y se notaba nerviosa.
—No tenías que hacer eso por mí, Elena —le dije en voz baja.
—Me importas, Mateo —respondió, y el corazón me dio un vuelco. Se sonrojó, se dio cuenta de lo que había dicho y bajó la mirada.
Antes de que pudiera cerrar su puerta, la tomé de la cintura y la besé. Un beso cargado de todo el peso de los últimos meses, un beso lleno de alivio, de pasión y de un nuevo comienzo. Ella me correspondió al instante, aferrándose a mi cuello.
Mientras mi vida con Elena empezaba a florecer, el karma hacía su trabajo en México.
Meses después, el invierno llegó a la ciudad extranjera donde vivíamos. La primera nevada del año cubrió las calles de blanco y la temperatura bajó bajo cero.
Salí de la oficina envuelto en mi abrigo, listo para ir a casa con Elena. Pero al llegar a la entrada del edificio, me quedé helado.
No por la nieve. Sino por la figura temblorosa que estaba parada frente a la puerta de mi complejo de departamentos.
Era Valeria.
Llevaba un abrigo delgado, totalmente inadecuado para este clima. Tenía los labios morados por el frío y sostenía una bolsa térmica en las manos. Sus ojos, antes llenos de arrogancia, ahora me miraban con una súplica patética.
—Mateo… —murmuró, con la voz rota y temblorosa—. Te preparé tu comida favorita… la traje desde México…
Me quedé mirándola. La mujer por la que di todo, la que me echó de mi propia casa para meter a su amante, ahora estaba cruzando medio mundo, congelándose en la nieve, solo para traerme unos cuantos tuppers de comida.
Intentó acercarse, pero yo di un paso atrás.
Justo en ese momento, pasó Lulú, la chica de limpieza del edificio, paseando a los perros de un vecino.
Sin mostrar ni una pizca de emoción en mi rostro, tomé la bolsa térmica de las manos temblorosas de Valeria y me giré hacia Lulú.
—Lulú, toma. Es comida. Dásela a los perros o tírala, como veas —le dije frente a Valeria, entregándole la bolsa.
Valeria soltó un sollozo ahogado, llevándose las manos a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mateo… por favor… perdóname —lloró, temblando incontrolablemente por el frío y el llanto—. No puedo vivir sin ti… Santiago no era lo que yo creía… Por favor…
—Deberías regresar a México, Valeria. Te vas a enfermar —le respondí con voz monótona, sin un ápice de lástima. Pasé por su lado sin rozarla siquiera, entré al edificio y dejé que las puertas de cristal se cerraran detrás de mí, dejándola sola en medio de la tormenta de nieve.
Esa misma noche, me enteré por Diego que Valeria colapsó en la calle por hipotermia y sangrado estomacal de tanto beber. Tuvieron que internarla de urgencia en un hospital de la ciudad. Santiago había viajado con ella, pero cuando la vio en la camilla, apenas y supo qué hacer. Fue un completo inútil.
Mientras ella estaba en una sala de urgencias, arrepintiéndose de haber destruido al único hombre que la amó de verdad, yo estaba sentado en el sofá de mi departamento, abrazando a Elena, sintiendo el calor de un hogar real. Un hogar donde no había mentiras, ni sombras del pasado.
Después de que Valeria regresó a México tras colapsar en la nieve, corté por completo cualquier lazo que me uniera a ella o a Santiago. Ya no me importaban. Mi vida por fin había tomado el rumbo que siempre soñé.
En solo nueve meses, mi carrera despegó de una manera increíble. Mi nombre ya figuraba en la lista de los mejores directores de la empresa, a la par de Elena. Éramos un equipo imparable, tanto en la oficina como en la vida personal. Cuando pedimos nuestras vacaciones anuales, decidimos viajar a México para visitar a sus padres. No sabía cuánto esfuerzo había invertido Elena en hablarles de mí, pero incluso sus papás conocían todos mis gustos a la perfección y me recibieron con los brazos abiertos.
Una noche, después de una cena familiar perfecta, la miré mientras ella sonreía en el patio de sus padres. Sentí una paz que nunca antes había experimentado. Sin pensarlo demasiado, las palabras simplemente salieron de mi boca.
—¿Te quieres casar conmigo, Elena? —solté, de golpe.
Ella se quedó paralizada, abriendo mucho los ojos. —¿Lo dices en serio, Mateo?
Ni yo mismo sabía por qué se lo había propuesto en ese preciso instante, pero no me arrepentía en lo absoluto. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—He estado esperando esto por tanto tiempo… —murmuró, con la voz entrecortada—. Pero no me atrevía a decirte nada. Tenía miedo de que aún no estuvieras listo, no quería presionarte. Mateo, de verdad me acabas de dar la mejor sorpresa de mi vida.
Sentí un nudo en la garganta, pero esta vez era de pura felicidad. Saqué de mi chamarra la pequeña caja de terciopelo que llevaba semanas escondiendo, esperando el momento adecuado. Me arrodillé en el piso.
—Elena, ¿aceptas ser mi esposa?
Ella asintió, llorando a mares, incapaz de articular palabra mientras le ponía el anillo en el dedo.
—Soy la mujer más feliz del mundo —logró decir por fin, abrazándose a mi cuello con fuerza.
A partir de ese día, comenzamos a preparar nuestra boda. A diferencia de la pesadilla de mi experiencia anterior, esta vez todo fluía con una naturalidad hermosa. Elena se encargaba de la mayoría de los detalles, pero siempre me consultaba. Con solo mirarnos, sabíamos qué quería el otro y llegábamos a acuerdos sin ningún esfuerzo. No había estrés, no había peleas absurdas ni manipulaciones. Cada paso hacia el altar me llenaba de más emoción y certeza.
El día de la boda por fin llegó. Estaba en la habitación de la hacienda que rentamos, terminando de ajustarme el saco frente al espejo, cuando mi celular comenzó a vibrar.
Era un número desconocido. Dudé un segundo, pero contesté.
—¿Bueno?
Al otro lado de la línea, escuché una respiración pesada. Luego, una voz áspera, rasposa y cargada de una derrota y desesperación absolutas rompió el silencio.
—Ganaste, Mateo. Eres el ganador…
Tardé un par de segundos en reconocer la voz. Era Santiago.
—¿Te hice algo para que me estés marcando hoy de todos los días? —respondió mi instinto, con el tono más frío e indiferente que pude articular.
Escuché una risa seca, casi histérica, del otro lado de la bocina.
—Nació nuestra hija —murmuró Santiago, arrastrando las palabras—. Y Valeria… Valeria enloqueció. Le puso tu nombre en femenino. La registró como Matea. ¿Acaso no te parece una burla patética? Valeria perdió la cabeza por ti. Deberías verla ahora… deberías ver en lo que se ha convertido por tu culpa.
Guardé un silencio de hielo. Santiago continuó, escupiendo su propia miseria como si necesitara desesperadamente que alguien, quien fuera, lo escuchara. Me confesó que su prometedora carrera como artista plástico se había ido directo a la basura. Su reputación en el medio quedó arruinada tras el escándalo y la humillación pública que dejé el día de mi falsa boda. Ahora apenas y sobrevivía pintando cuadros baratos por encargo para ganar unos cuantos pesos.
Valeria no había corrido con mejor suerte. Su empresa, al enterarse de todo el drama y sus ausencias, encontró una excusa para despedirla de su puesto directivo poco después de que regresara de buscarme en el extranjero. Ahora, con una bebé recién nacida y sin ingresos de ningún lado, vivían amontonados y arrimados en la casa de los padres de ella. Esos mismos padres que alguna vez presumieron a su hija ante toda la sociedad como su mayor orgullo, ahora tenían que mantener a la fuerza a su nietecita, a su hija desempleada y al inútil de su yerno.
—Eres un cabrón, Mateo… —sollozó Santiago, perdiendo toda la dignidad—. Nos destruiste.
—Ustedes solitos se destruyeron el día que creyeron que podían jugar con mi vida —le contesté, sin una sola gota de empatía en la sangre—. No me vuelvas a buscar nunca.
Colgué la llamada y bloqueé el número para siempre.
En ese preciso momento, la pesada puerta de madera de la habitación se abrió. Elena entró, luciendo absolutamente espectacular en su vestido de novia. Parecía un ángel; su mirada brillante borraba cualquier rastro de oscuridad que la llamada de Santiago hubiera intentado traer.
—¿Con quién hablabas, mi amor? —me preguntó, acercándose con una sonrisa dulce y tranquila.
Miré el celular por última vez, lo dejé boca abajo sobre la mesa y me giré para tomarla de las manos.
—Con nadie importante —le sonreí de vuelta, sintiendo una paz absoluta—. Solo era un número equivocado.
Le di un beso suave en la frente. Lo que sea que estuvieran viviendo Valeria y Santiago en su propio infierno era su problema. Ellos decidieron revolcarse en ese lodo de mentiras y traiciones. Yo, en cambio, tenía todo un cielo despejado frente a mí, y a la mujer perfecta a mi lado.
—¿Nos vamos? —le pregunté, ofreciéndole mi brazo.
—Vámonos —respondió Elena, radiante.
Y así, cruzamos la puerta juntos para empezar nuestra nueva vida, dejando el pasado exactamente donde pertenecía: enterrado en el olvido.