
La luz de la lámpara de la sala me lastimaba los ojos, y el aire de pronto se volvió asfixiante. Apenas unos segundos antes, mi garganta ardía por el v*neno que mi propia hermana menor, Sofía, había echado en mi copa durante la cena de Año Nuevo. Cuando por fin pude abrir los ojos, me di cuenta de una verdad aterradora: ambas habíamos regresado en el tiempo, justo al día en que nuestra familia planeaba nuestras bodas.
Mis manos temblaban sobre mis rodillas. Sofía me miró de reojo, con una chispa de ambición retorcida, y soltó la bomba sin titubear.
—Mamá, quiero casarme con Diego Montes —declaró con una terquedad que me heló la sangre.
Mi madre la miró incrédula. Diego era solo un actorzuelo de tercera, un extra sin nombre por el que nadie daba un peso. En nuestra vida anterior, mi familia lo arregló todo para que Sofía se casara con el heredero del imperio automotriz de los Garza. A mí, en cambio, me obligaron a casarme con el actor desconocido.
Pero Sofía sabía algo que nuestros padres no: poco después de la boda, el joven Garza sufriría un “accidente” que lo dejaría inmóvil como una estatua. Mientras tanto, el esposo que a mí me tocó se convertiría de la noche a la mañana en la estrella más brillante y millonaria del país.
Sofía asintió con determinación y le susurró algo al oído a mamá. Vi cómo el rostro de mi madre se ablandaba. Como siempre la había consentido desde niña, terminó cediendo a regañadientes.
—Entonces tú irás a la casa de los Garza, Camila. Considéralo tu forma de pagarle a esta familia —me dijo mamá con una frialdad a la que ya estaba acostumbrada.
Yo solo asentí, bajando la mirada para ocultar la sonrisa helada que se dibujaba en mis labios. En esta casa, mi único propósito siempre fue ser el escudo para proteger a mi hermana y limpiar su camino. Pero ella no tenía idea de que, al robarme a mi prometido, estaba cavando su propia tumba, cegada por una riqueza que no le pertenecía.
PARTE 2: El Precio de la Codicia y la Sombra de los Garza
El silencio en la sala era tan espeso que casi podía cortarse con un cuchillo. La luz amarillenta de la lámpara de pie, esa que mamá había comprado en abonos en Coppel hace años, proyectaba sombras alargadas sobre el rostro de Sofía. Mi hermana menor tenía esa expresión que conocía tan bien: la barbilla ligeramente levantada, los labios apretados en una línea de fingida inocencia, y esos ojos grandes que siempre usaba para conseguir lo que quería. Una verdadera actriz, mucho mejor que el inútil de Diego Montes por el que ahora estaba dispuesta a arruinar su propia vida.
—¿Estás segura, Sofía? —preguntó mi madre, con la voz temblorosa, aferrándose al delantal que llevaba puesto. Su mirada iba de mi hermana a mí, pero yo sabía que su decisión ya estaba tomada. Nunca le había negado nada a su “princesa”. Si Sofía le hubiera pedido la luna, mi madre habría encontrado la forma de bajarla, aunque eso significara pisotearme a mí en el proceso.
—Sí, mamá. Es la neta. Yo amo a Diego. No me importa que ahorita no tenga lana, yo sé que él va a llegar muy lejos. Lo presiento —dijo Sofía, llevándose una mano al pecho con un dramatismo digno de la Rosa de Guadalupe.
Casi suelto una carcajada ahí mismo. Lo presientes, pensé con amargura. No presientes nada, estúpida. Solo recuerdas la vida pasada, igual que yo.
Recordaba perfectamente cómo fue la primera vez. Sofía se había casado con Alejandro Garza, el heredero de la familia más rica de Monterrey, dueños de un imperio automotriz que dominaba medio país. Todo era lujo y revistas de sociedad, hasta que Alejandro tuvo ese terrible accidente automovilístico en la carretera a Saltillo, apenas tres meses después de la boda. Quedó postrado en una cama, en estado vegetativo. Sofía se convirtió en una enfermera de lujo, atrapada en una jaula de oro, amargada, viendo cómo la familia Garza le restringía cada centavo para asegurarse de que no se largara con la fortuna.
Mientras tanto, en esa misma vida pasada, yo había cargado con Diego Montes. Me casé con él en una boda sencilla, comiendo tamales y frijoles puercos. Y fui yo quien se partió el lomo. Yo trabajé dobles turnos en una maquiladora y luego como secretaria para pagarle sus clases de actuación en el CEA. Yo le planchaba las camisas, yo rogaba a los productores, yo escribía sus discursos, yo lo obligaba a ir a los castings cuando él prefería quedarse crudo echando trago con sus amigos. Si Diego se convirtió en una superestrella millonaria, fue porque yo lo empujé a patadas hacia el éxito.
Pero Sofía no sabía eso. Ella solo vio el resultado final. Vio los carros del año, las mansiones en Polanco, los viajes a Europa, y mi rostro en las portadas de las revistas de espectáculos sonriendo junto al actor del momento. La envidia la había carcomido tanto que, en la cena de Año Nuevo de nuestra vida anterior, deslizó ese veneno en mi copa de vino espumoso. Todavía podía sentir el ardor bajando por mi garganta, la asfixia, la sangre en mi boca, y la sonrisa fría de mi hermana mientras yo agonizaba en el suelo del comedor.
Y ahora, el destino nos había devuelto la jugada. Nos había regresado al día en que se decidirían nuestros matrimonios arreglados.
—Entonces ya está decidido —dijo mi madre, suspirando pesadamente, sacándome de mis pensamientos. Se giró hacia mí, y su rostro se endureció. Desapareció la madre comprensiva y regresó la mujer fría que siempre me había visto como un estorbo—. Camila, tú irás con los Garza. Tienes que ser lista, muchacha. Es una familia de mucho dinero, no vayas a salir con tus cosas. Tienes que comportarte a la altura.
—Como tú digas, mamá —respondí con una voz tan plana y sumisa que me di asco a mí misma, pero era necesario mantener el papel. Mantuve la mirada baja, clavada en el tapete descolorido de la sala.
—Y no le vayas a hacer caras a Alejandro —advirtió mi madre, levantando un dedo acusador—. Sé que dicen que es un muchacho difícil, medio sangrón y cortante, pero con la lana que tienen, como si te pide que le laves los pies a besos. ¿Me oíste? Nos van a sacar de pobres, Camila. No lo arruines.
—No lo haré, mamá. Te lo prometo —murmuré.
Sofía se acercó a mí y me abrazó. El contacto de su piel contra la mía me dio un escalofrío que me erizó los vellos de la nuca. Olía a ese perfume barato de vainilla que siempre usaba.
—Ay, hermanita, gracias por entender —susurró cerca de mi oído, asegurándose de que mi madre no la escuchara, y su voz destilaba un veneno muy diferente al que me había dado a beber—. Sé que es un sacrificio enorme irte a vivir con un hombre que no amas, pero yo de verdad amo a Diego. Te prometo que cuando él sea famoso, no nos olvidaremos de ti. Te mandaremos un dinerito para que te compres tus cosas.
Apreté los puños sobre mis rodillas hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Quería agarrarla por el cabello, arrastrarla por toda la sala y gritarle en la cara que sabía lo que había hecho. Quería estrangularla con mis propias manos por haberme asesinado. Pero me contuve. La venganza es un plato que se come frío, y yo estaba a punto de servirle a Sofía un banquete entero.
—No te preocupes por mí, Sofí —le respondí, levantando la vista y clavando mis ojos en los suyos. Le esbocé una sonrisa que no llegó a mis ojos, una sonrisa helada que la hizo parpadear un par de veces, desconcertada—. Yo estaré muy bien. Disfruta a tu Diego. Que te haga muy… feliz.
Esa noche, apenas pude pegar el ojo. En mi pequeña recámara, cuyas paredes estaban adornadas con humedad, me dediqué a trazar mi plan. Si Alejandro Garza iba a quedar en coma en tres meses, yo necesitaba asegurar mi posición dentro de la familia antes de que eso sucediera. En la vida pasada, los Garza aplastaron a Sofía porque ella demostró ser una cazafortunas desde el día uno, quejándose del accidente y exigiendo dinero. Yo no cometería ese error. Yo sería la esposa perfecta, la nuera devota, la salvadora de la familia. Y cuando Alejandro quedara postrado, yo tendría el control absoluto del imperio Garza.
Al día siguiente, el ambiente en la casa era un caos de preparativos. Mi madre andaba de un lado a otro buscando mi mejor ropa, que no era mucha. Un vestido color perla que había comprado en rebaja, unos zapatos de tacón moderado y un maquillaje discreto. Quería que pareciera una “niña bien”, recatada y decente, digna de entrar a la mansión de San Pedro Garza García.
Mientras me maquillaba frente al espejo estrellado de nuestro baño, Sofía entró sin tocar. Llevaba unos jeans ajustados y una blusa ombliguera. Iba a verse con Diego.
—Oye, Cami —empezó, recargándose en el marco de la puerta con una actitud sobrada—. Solo quería decirte que… no le guardes rencor a Diego, ¿eh? Yo sé que tú y él platicaban a veces, pero neta, güey, él siempre me tuvo ganas a mí. Desde que nos conocimos en la kermés de la iglesia.
Me detuve, con el delineador a milímetros de mi ojo. La miré a través del reflejo del espejo. En nuestra vida pasada, Diego y yo habíamos empezado a salir precisamente en esa kermés. Pero ahora, Sofía se le había adelantado, coqueteándole descaradamente antes de que él pudiera siquiera dirigirme la palabra.
—No le guardo rencor a nadie, Sofía —dije con calma, retomando mi tarea—. Al contrario. Creo que hacen una pareja perfecta. Tal para cual.
—Sí, la verdad sí —sonrió ella con suficiencia, sin captar el doble sentido de mis palabras—. Hoy voy a ir con él a uno de sus castings. Pobre, anda bien agüitado porque nadie le da una oportunidad. Pero yo le dije que no se rinda. Yo lo voy a apoyar.
—Qué buena novia eres. Asegúrate de pagarle el camión, porque hasta donde sé, no trae ni para un chicle —solté con una sonrisa inocente.
Sofía frunció el ceño, molesta por el comentario, pero rápidamente compuso su expresión de superioridad.
—El dinero es lo de menos ahorita. Él es un diamante en bruto. Ya lo verás. Algún día te vas a arrepentir de no haber peleado por él.
—Estoy temblando de arrepentimiento —respondí secamente—. Cierra la puerta cuando salgas, se mete la corriente.
Sofía rodó los ojos y se largó, dando un portazo. Suspiré profundamente. Estaba tan ciega. Diego Montes no era un diamante en bruto, era un pedazo de carbón podrido. Era flojo, mujeriego, y propenso a gastarse lo poco que ganaba en apuestas y alcohol. Si yo no hubiera administrado cada peso que entraba en la vida pasada, si no lo hubiera amenazado con dejarlo si no iba a rehabilitación, jamás habría pasado de ser un extra que hacía de “ladrón número 3” en las telenovelas de las cuatro de la tarde. Sofía pensaba que el éxito de Diego estaba garantizado por el destino. Iba a darse un golpe durísimo contra la pared de la realidad.
Unas horas más tarde, un chofer uniformado en un Mercedes Benz negro y reluciente se estacionó frente a nuestra modesta casa en la colonia popular. Los vecinos salieron por las ventanas y se asomaron por las rejas para chismear. Mi madre, sudando a mares por los nervios, me empujó hacia la salida.
—Pórtate bien. No hables a menos que te pregunten. Sonríe, pero no como boba. Y por lo que más quieras, no vayas a agarrar los cubiertos equivocados si les dan de comer —me instruyó apresuradamente, pellizcándome el brazo.
—Ya entendí, mamá. Tranquila —me solté de su agarre, caminé hacia el auto y el chofer me abrió la puerta. El interior olía a cuero nuevo y a un aire acondicionado impecable.
El viaje hasta la mansión de los Garza duró casi una hora. Conforme nos alejábamos del bullicio de nuestra zona y entrábamos a los residenciales de alta seguridad, con muros cubiertos de enredaderas impecables y portones de hierro forjado, sentí una presión en el pecho. No era miedo, era anticipación.
La mansión era impresionante. Parecía una fortaleza moderna de cristal, mármol y concreto aparente. Al bajar del auto, fui recibida por un ama de llaves uniformada que me condujo a través de un pasillo adornado con obras de arte que seguramente costaban más que la vida entera de mi familia. Me guiaron hasta un despacho amplio, forrado en madera de caoba y con grandes ventanales que daban a un jardín inmenso.
Allí estaban ellos. Don Roberto Garza, un hombre imponente, de cabello cano y mirada afilada de halcón, sentado detrás de un escritorio masivo. A su lado, Doña Elena Garza, una mujer de una elegancia fría y calculadora, con joyas discretas pero ridículamente caras brillando en su cuello y muñecas.
Y de pie, mirando por la ventana de espaldas a mí, estaba él. Alejandro Garza.
—Buenas tardes, señores Garza —saludé, manteniendo la voz firme pero respetuosa. No hice una reverencia exagerada, simplemente mantuve la postura recta.
Doña Elena me barrió con la mirada de arriba a abajo, evaluándome como si fuera una yegua en una subasta. Aparentemente, le gustó lo que vio, porque asintió levemente hacia su esposo.
—Pasa, Camila. Toma asiento —dijo Don Roberto, señalando una silla de cuero frente a su escritorio.
Alejandro se giró en ese momento. Era un hombre innegablemente atractivo, de facciones duras, mandíbula cuadrada y unos ojos oscuros que parecían estar perpetuamente aburridos y molestos con el mundo. Llevaba un traje a la medida, pero sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos. Me miró con una mezcla de apatía y desdén.
—¿Así que tú eres la sustituta? —dijo Alejandro, con una voz profunda y rasposa, cargada de arrogancia—. Me dijeron que la menor, Sofía, se arrepintió a última hora y prefirió irse con un muerto de hambre. Y te mandaron a ti como premio de consolación.
No me inmuté. En la vida pasada, esta actitud de niño rico malcriado había hecho que Sofía llorara la primera semana, quejándose de que Alejandro la trataba como basura. Pero yo no era Sofía. Yo era una mujer que había sobrevivido a la pobreza, a un matrimonio tóxico que yo misma saqué a flote, y a un envenenamiento. Alejandro Garza y su complejo de superioridad no me asustaban en absoluto.
—No soy el premio de consolación de nadie, Alejandro —le respondí, sosteniéndole la mirada directamente, ignorando la pequeña exclamación de sorpresa de su madre—. Soy Camila. Y si estoy aquí, es porque a diferencia de mi hermana, yo cumplo con la palabra de mi familia. Si eso no te parece suficiente, las puertas por las que entré están bastante grandes y puedo salir por ahí ahora mismo.
El silencio que siguió a mis palabras fue eléctrico. Don Roberto alzó una ceja, claramente sorprendido por mi atrevimiento. Nadie, y mucho menos una chica de clase baja, le hablaba así al heredero de los Garza.
Para mi sorpresa, Alejandro soltó una pequeña risa seca, casi un ladrido.
—Vaya. Al menos tienes agallas, no como la otra llorona que vino la semana pasada a conocer la casa —dijo, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. Por mí está bien. Solo quiero dejar algo claro, Camila. Este matrimonio es un negocio. Mi padre insiste en que siente cabeza y me case con una mujer de perfil “humilde” y “manejable” para limpiar mi imagen en la prensa después de… ciertos escándalos. No esperes romance, no esperes rosas, ni cenas a la luz de las velas. Tú tendrás tus tarjetas de crédito sin límite, tu estatus social, y yo tendré mi libertad para hacer lo que me dé la regalada gana. ¿Entendido?
Sus palabras eran crudas, crueles, diseñadas para humillarme frente a sus padres y recordarme mi lugar. Pero para mí, eran música para mis oídos. Era exactamente lo que yo quería. Un matrimonio por conveniencia, sin apegos emocionales, que me garantizara el control económico y legal que iba a necesitar desesperadamente en unas cuantas semanas.
—Me parece un trato justo —respondí sin vacilar—. Pero si esto es un negocio, entonces vamos a negociar bien. No quiero solo tarjetas de crédito atadas a tu buena voluntad, que puedas cancelar si un día amaneces de malas. Quiero seguridad.
Don Roberto se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio, mirándome ahora con genuino interés.
—¿Qué estás sugiriendo, muchacha? —preguntó el patriarca.
—Quiero un acuerdo prenupcial donde quede establecido que, en caso de cualquier eventualidad, separación, o accidente… —recalqué sutilmente la última palabra, sintiendo un leve cosquilleo en el estómago—… yo mantendré un porcentaje fijo de las acciones, o una pensión vitalicia independiente. Y quiero involucrarme en la fundación benéfica de la empresa automotriz. Necesito algo qué hacer. No nací para ser un adorno de sala, ni tengo la intención de pasarme la vida yendo al salón de belleza y tomando té con señoras estiradas. Si quieren que limpie la imagen de Alejandro, déjenme trabajar en la filantropía de la familia.
Doña Elena parpadeó, incrédula.
—¡Pero qué descaro! Eres una chamaca de barrio y vienes a exigirnos…
—Déjala hablar, Elena —la interrumpió Don Roberto, levantando una mano—. Me gusta. No es una mosquita muerta. Es pragmática. Alejandro necesita a alguien que sepa usar el cerebro, no solo que gaste en boutiques.
Alejandro me miraba fijamente, como si tratara de descifrar un acertijo. Ya no había apatía en sus ojos, sino curiosidad.
—Estás loca si crees que te voy a dar acciones de la empresa así como así —dijo él, acercándose un par de pasos hacia mí.
—No pido el control de la junta directiva, Alejandro. Pido un seguro de vida. Vengo de un lugar donde un día tienes para comer y al otro no. No voy a entrar a un mundo de tiburones sin un chaleco salvavidas. Tú quieres tu libertad y tu imagen limpia para que papá te siga pasando el presupuesto, yo quiero tranquilidad financiera. Firmo la confidencialidad que quieran, seré la esposa perfecta en público, y no me meteré en tus asuntos privados. Es ganar-ganar.
Don Roberto soltó una carcajada profunda que resonó en el despacho.
—¡Trato hecho! Hablaré con los abogados esta misma tarde. Me agradas, Camila. Tienes colmillo. La boda será en tres semanas. Algo íntimo, muy exclusivo, por el civil y una ceremonia pequeña. Nada de faramallas. Te enviaremos a una asesora de imagen mañana a primera hora.
Salí de la mansión Garza sintiendo que flotaba. Lo había logrado. Había plantado las semillas para asegurar mi futuro. Ahora solo tenía que interpretar mi papel a la perfección y prepararme para el desastre que se avecinaba.
Mientras tanto, en mi antigua casa, la historia de Sofía se desarrollaba de manera muy distinta. Cuando regresé esa tarde, encontré a mi hermana llorando de rabia en la cocina, golpeando la mesa de peltre con los puños.
—¡Es un inútil! ¡Un maldito inútil! —gritaba, con el rímel corrido por las mejillas. Mi madre trataba de calmarla preparándole un té de tila.
—¿Qué pasó, hermanita? ¿Cómo les fue en el casting? —pregunté, acercándome con una expresión de falsa preocupación.
Sofía me fulminó con la mirada.
—¡No fuimos a ningún casting! ¡Llegué al departamento de Diego y el muy cabrón estaba dormido, apestando a cerveza! Se le olvidó por completo. Lo desperté a gritos, y en lugar de disculparse, me dijo que le dolía la cabeza, que era una histérica y me mandó a la goma. ¡Perdió el papel!
Tuve que morderme el interior de la mejilla con tanta fuerza que casi me saco sangre para no reírme a carcajadas. Ah, sí. Ese era el Diego que yo conocía. El Diego de los primeros años, el parásito que chupaba la energía de todos a su alrededor.
—Ay, Sofí, seguro fue solo un mal día —le dije, acariciándole la espalda con falsa empatía—. Los artistas son muy sensibles, ¿sabes? Tienen bloqueos. Tú tienes que ser paciente. Recuerda que él va a ser una estrella gigante. Tú misma lo dijiste.
—¡Pues más vale que lo sea! —bramó ella, secándose las lágrimas con violencia—. Porque ya le dije que o nos casamos este fin de semana en el registro civil, o lo dejo. No voy a estar perdiendo el tiempo. Necesito que se enfoque.
Nos casamos este fin de semana. Tan desesperada estaba por amarrar a su futura mina de oro que estaba dispuesta a apresurarlo todo. Perfecto.
Los días pasaron volando. La boda de Sofía con Diego fue un evento deprimente. Se casaron un viernes por la mañana en el registro civil de nuestra delegación. Él llegó veinte minutos tarde, con una camisa arrugada que evidentemente no se había planchado, y mascando chicle. Se veía pálido y demacrado. Sofía llevaba un vestido blanco sencillo y una sonrisa tensa, obligando a Diego a tomarla de la mano para las fotos que tomamos con un teléfono celular. Mi madre lloró, pero yo sabía que eran lágrimas de decepción al comparar al yerno mugriento que tenía frente a ella con el futuro millonario con el que yo me iba a casar.
Después del civil, fuimos a comer a una fonda de carnitas cerca de ahí. Ese fue el gran banquete nupcial. Diego se tomó tres cervezas antes de que sirvieran los tacos y empezó a quejarse de cómo la industria de la televisión estaba llena de “argüenderos” que no reconocían el verdadero talento. Sofía lo miraba con los ojos entrecerrados, tragándose su frustración porque en el fondo, ella seguía aferrada a la idea de que ese perdedor se convertiría en un rey Midas de la noche a la mañana.
Al despedirnos en la calle, Sofía se me acercó, con olor a manteca y a desesperación disfrazada de orgullo.
—Mírame bien, Camila —me susurró, agarrándome del brazo con demasiada fuerza—. Hoy comemos carnitas, pero en un par de años, tú vas a estar rogándome para que te invite a mi mansión en Miami.
La miré de arriba a abajo. Noté el moretón que Diego le había dejado en la muñeca cuando la jaló bruscamente minutos antes. En la vida pasada, yo había aguantado esos jaloneos. Yo los había detenido a golpes si era necesario. Pero Sofía no sabía defenderse; ella solo sabía llorar y manipular.
—Que disfrutes tu luna de miel en el departamento sin agua caliente de Diego, Sofí. Nos vemos en mi boda —le dije, soltándome de su agarre con un movimiento brusco. Me di la vuelta y me subí al auto que los Garza habían enviado por mí.
Mi propia boda, tres semanas después, fue un espectáculo de lujo discreto. No hubo cientos de invitados, solo los socios más importantes de Don Roberto, políticos de alto nivel y familiares directos. La ceremonia se llevó a cabo en los jardines de la mansión, bajo carpas de seda blanca, rodeados de orquídeas importadas. Mi vestido fue diseñado a la medida, cubierto de encaje francés y cristales diminutos. Cuando me miré en el espejo de cuerpo entero antes de salir, casi no me reconocí. Atrás había quedado la muchacha asustada y pobre de la colonia; ahora me veía como una verdadera Garza. Letal, elegante, intocable.
Alejandro estaba esperando en el altar improvisado. Llevaba un frac impecable. Cuando llegué a su lado, me tendió la mano. Su toque fue frío.
—Te ves… aceptable —murmuró por lo bajo para que nadie más escuchara.
—Tú también te ves muy guapo para ser un producto comercial, querido —le respondí con una sonrisa radiante hacia los fotógrafos.
Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Le molestaba profundamente que yo no le tuviera miedo ni respeto reverencial. Firmamos las actas. Dijimos el “Sí, acepto”. Nos dimos un beso que fue más bien un roce de labios seco y protocolario. El flash de las cámaras nos cegó. Para el mundo entero, éramos la pareja perfecta, la unión de la sangre nueva con la aristocracia empresarial.
Sofía y mi madre asistieron. Estaban sentadas en la segunda fila. Mientras caminábamos de regreso por el pasillo central bajo una lluvia de pétalos blancos, crucé la mirada con mi hermana. Ella tenía la cara verde de la envidia. Llevaba un vestido que, aunque nuevo, se veía barato y fuera de lugar rodeado de tanta alta costura. Diego ni siquiera había asistido; según me enteré, se había quedado “estudiando un guion”, lo cual probablemente significaba que estaba tirado en un sillón jugando videojuegos.
Le guiñé un ojo a Sofía de manera casi imperceptible. Vi cómo apretó los labios hasta dejarlos sin color.
La vida de casada en la mansión Garza empezó. Fue exactamente como lo habíamos acordado. Dormíamos en recámaras separadas. Alejandro pasaba casi todo el día en las oficinas corporativas o de viaje de negocios en Estados Unidos, y cuando regresaba, se iba directo a su estudio a beber whisky o se salía a altas horas de la noche con sus amigos a antros exclusivos. Apenas y nos dirigíamos la palabra, salvo en eventos públicos donde posábamos como el matrimonio del año.
Yo no perdí el tiempo. Aproveché cada minuto libre. Exigí que me integraran a la fundación Garza, como lo estipulaba mi acuerdo. Al principio, Doña Elena trató de bloquearme, dándome tareas ridículas como elegir el color de las servilletas para las galas de caridad. Pero yo era rápida. En mi vida anterior había aprendido a lidiar con publicistas, contadores y productores para levantar la carrera de Diego. Sabía leer contratos, entendía de números y sabía cómo manejar a la gente.
En menos de dos meses, reestructuré la junta directiva de la fundación, despedí a tres asesores corruptos que estaban robando fondos y lancé una campaña de clínicas móviles en zonas marginadas de la sierra que acaparó todas las portadas de los periódicos nacionales. Don Roberto estaba extasiado. Me llamaba su “arma secreta”. Alejandro simplemente me miraba desde lejos con una mezcla de recelo y algo que casi parecía respeto.
Pero el reloj seguía corriendo.
Sabía exactamente cuándo ocurriría el accidente. Faltaba solo una semana. En la vida pasada, ocurrió el 15 de noviembre, durante una tormenta torrencial. Alejandro había estado discutiendo con Sofía por teléfono; ella le exigía más dinero para comprarse joyas y él, harto y manejando a exceso de velocidad en la carretera resbaladiza rumbo a la fábrica en Saltillo, perdió el control de su Porsche Panamera y se estrelló de frente contra el muro de contención de un tráiler.
Yo no iba a discutir con él ese día. Pero tampoco iba a evitar el accidente. No podía. Si Alejandro no quedaba incapacitado, mi posición de poder en la familia nunca sería absoluta. Él terminaría divorciándose de mí en un par de años o buscando excusas para anular el acuerdo. Yo necesitaba que el destino siguiera su curso. Era cruel, lo sabía. Cada vez que lo veía caminar por la casa, sano, imponente, me sentía un poco como la Muerte misma acechando en las sombras. Pero cada vez que sentía culpa, recordaba el veneno quemándome la garganta y se me pasaba. Este era un juego de supervivencia, y yo no iba a perder otra vez.
El 14 de noviembre por la noche, Alejandro entró a la cocina principal de la mansión. Yo estaba ahí, sola, preparándome un té. La servidumbre ya se había retirado. Él llevaba la camisa desabotonada, se veía cansado. Se sirvió un vaso de agua mineral.
—Mañana salgo temprano para Saltillo. Tengo que revisar la nueva línea de ensamblaje —dijo de pronto, rompiendo el silencio. Era raro que me informara de su agenda personal si no involucraba un evento de prensa.
Me quedé helada por un segundo. La taza de porcelana tintineó contra el plato en mis manos. Lo miré. Se veía tan vivo.
—Ten mucho cuidado, Alejandro. Dicen que va a llover muy fuerte mañana en la carretera. Por favor, no manejes rápido —le dije. Y por un instante, fui sincera.
Él se detuvo a medio trago, me miró fijamente y luego soltó una carcajada amarga.
—¿Ahora resulta que te preocupas por mí, Camila? No te queda el papel de esposa abnegada cuando no hay cámaras cerca.
La dureza en sus palabras borró cualquier rastro de piedad en mi interior. Mi rostro se volvió una máscara de hielo.
—No me preocupo por ti de esa manera romántica que tanto detestas, Alejandro. Me preocupo por mi inversión —mentí fríamente, levantando la barbilla—. Un viudo da buena imagen, un cadáver solo da problemas legales. Maneja con cuidado. No quiero tener que vestirme de luto tan pronto.
Alejandro azotó el vaso contra la encimera de mármol. Sus ojos brillaron con ira contenida. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, tan cerca que pude oler su loción cara mezclada con el aroma a tabaco.
—Eres una bruja calculadora y fría, Camila. Mi madre tenía razón.
—Soy lo que tú compraste, Alejandro —le susurré, sin retroceder ni un milímetro—. Ni más, ni menos. Buen viaje mañana.
Me di la media vuelta y salí de la cocina, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Esa fue la última conversación que tuvimos mientras él estaba de pie.
Al día siguiente, el cielo sobre Monterrey se oscureció desde el mediodía. Las nubes grises presagiaban la tormenta. Yo me quedé en mi despacho en la fundación, revisando papeles sin poder concentrarme. A las 3:45 de la tarde, sonó mi teléfono celular. Era el número de Don Roberto.
—Camila… —la voz del viejo patriarca, siempre tan firme y autoritaria, ahora sonaba rota, temblorosa—. Es Alejandro. Hubo un accidente en la carretera a Saltillo. Su coche… quedó destrozado. Está en el hospital Muguerza. Los doctores dicen… dicen que no saben si pasará la noche. Ven de inmediato.
Cerré los ojos y respiré profundo. El golpe había caído. El telón del segundo acto de mi vida se estaba levantando.
—Voy para allá, Don Roberto. Manténgase fuerte. Estoy en camino —dije con la voz perfectamente modulada para sonar consternada y decidida a la vez.
Agarré mi bolso, ajusté mi saco de diseñador y caminé hacia la salida. La verdadera batalla en la mansión Garza estaba a punto de comenzar, y yo, Camila, tenía todas las cartas ganadoras. Mientras el auto me llevaba a toda velocidad bajo la lluvia torrencial hacia el hospital, mi mente voló por un segundo hacia Sofía. Me pregunté qué estaría haciendo en ese momento en su miserable departamento, con su inútil marido, esperando la riqueza que nunca iba a llegar.
Pronto descubriría que robarme a Diego Montes había sido el error más grande de sus dos vidas.
PARTE 3: El Reflejo del Karma y el Caída del Telón
El olor a antiséptico del hospital Muguerza me golpeó en la cara apenas crucé las puertas corredizas de la sala de urgencias. El ambiente era un caos controlado, pero en la zona VIP, el silencio era sepulcral. Encontré a Doña Elena derrumbada en un sillón de piel, llorando a mares, con el rímel manchando su rostro perfecto. Don Roberto estaba de pie junto a la ventana, pálido como un fantasma, mirando a la nada.
Cuando me vieron llegar, Doña Elena ni siquiera tuvo fuerzas para insultarme o lanzarme una mirada despectiva. Simplemente sollozó más fuerte.
—Camila… —murmuró Don Roberto con la voz quebrada. Me acerqué y le puse una mano firme en el hombro.
—Aquí estoy, Don Roberto. ¿Qué dicen los médicos? —pregunté, forzando un tono de angustia contenida.
—Traumatismo craneoencefálico severo. Daño en la médula. Lo acaban de operar de emergencia, pero… dicen que tal vez nunca despierte. Y si lo hace… —se le cortó la voz, incapaz de pronunciar la palabra “cuadripléjico”.
Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro tembloroso, interpretando a la perfección el papel de la esposa destrozada pero fuerte. Por dentro, mi corazón latía con un ritmo frío y calculador. La rueda del destino había girado exactamente como yo lo había previsto.
Las siguientes semanas fueron un infierno mediático y un desgaste emocional para la familia, pero yo me convertí en la roca de los Garza. Mientras Doña Elena se dopaba con pastillas para dormir y Don Roberto lidiaba con la caída de las acciones por la incertidumbre, yo tomé las riendas. Atendí a la prensa, hablé con los abogados y me aseguré de que el nombre de Alejandro no fuera arrastrado por el lodo.
Alejandro fue trasladado a una habitación equipada como terapia intensiva dentro de la mansión. Qledó inmóvil, atrapado en su propio cuerpo, exactamente igual que en mi vida anterior. Pero esta vez, yo no iba a ser la prisionera de su tragedia; iba a ser la dueña del imperio que él había dejado a la deriva.
Basándome en el acuerdo prenupcial y demostrando mi capacidad operativa en la fundación, Don Roberto me otorgó un poder notarial amplio. “Eres lo único que mantiene unida a esta familia, muchacha”, me dijo un día, visiblemente envejecido. En menos de un año, pasé de ser la “chamaca de barrio” a la vicepresidenta del consejo de administración de Grupo Automotriz Garza.
El tiempo pasó. Tres años, para ser exacta.
Mi vida era una maquinaria perfecta de poder, negocios y lujos. Me había convertido en una de las mujeres más influyentes del norte del país. Pero el destino tiene un sentido del humor muy retorcido, y sabía que algún día la cuenta pendiente con mi pasado llegaría a tocar a mi puerta.
Ocurrió una tarde de noviembre, mientras salía del edificio corporativo en San Pedro. Llevaba un abrigo de lana italiana y unos lentes oscuros, flanqueada por dos escoltas. Iba hacia mi camioneta blindada cuando escuché una voz chillona y desesperada rompiendo el orden del lugar.
—¡Camila! ¡Camila, por favor! ¡Díganles que me suelten, soy su hermana!
Me detuve en seco. Mis guardias tenían sometida a una mujer desaliñada, con el cabello maltratado y la ropa gastada. Estaba tan delgada que casi parecía enferma. Me tomó un par de segundos reconocerla debajo de esas enormes ojeras y esa piel marchita. Era Sofía.
Hice un gesto con la mano para que los de seguridad la soltaran. Sofía corrió hacia mí, tropezando con sus propios pies, y se dejó caer casi de rodillas.
—Cami… hermanita, por favor. Tienes que ayudarme —lloriqueó, agarrando el dobladillo de mi abrigo con manos temblorosas. Apestaba a cigarro barato y a desesperación.
—Levántate, Sofía. Estás haciendo un espectáculo —dije, con una voz gélida que la hizo estremecerse. Retrocedí un paso para que me soltara—. ¿Qué diablos te pasó? ¿Dónde está el futuro ganador del Oscar?
Al mencionar a Diego, el rostro de Sofía se contorsionó en una máscara de puro odio y dolor.
—¡Me dejó! ¡El muy cobarde me dejó hundida en deudas! —sollozó, tapándose la cara con las manos—. Nunca despegó, Camila. Se gastó lo poco que teníamos en trago, en apuestas, y cuando le reclamaba, me… me golpeaba. Terminé trabajando de mesera cubriendo dobles turnos solo para pagar la renta. Y ayer me corrieron. Mi mamá no me puede ayudar, está enferma y no le alcanza la pensión. Por favor, Camila. Dame trabajo, préstame lana, lo que sea.
La miré desde mi posición de absoluto privilegio. Era patética. No quedaba nada de la niña soberbia que me había envenenado la copa en la cena de Año Nuevo, creyendo que se iba a robar el boleto ganador de la lotería.
Me quité los lentes oscuros y me agaché ligeramente para quedar a la altura de su rostro miserable.
—¿De verdad creíste que era cuestión de magia, Sofía? —le susurré, con una sonrisa helada que hizo que abriera los ojos de par en par—. ¿Creíste que el éxito de Diego en aquella otra vida fue un milagro del destino?
Sofía dejó de respirar. Su rostro perdió el poco color que le quedaba. Sus pupilas se dilataron al escuchar mis palabras.
—Tú… ¿tú te acuerdas? —balbuceó, aterrorizada, retrocediendo en el suelo como si hubiera visto a un fantasma.
—Por supuesto que me acuerdo, estúpida —siseé, soltando todo el veneno que había guardado durante años—. Me acuerdo del vino espumoso. Me acuerdo de cómo me asfixiaba mientras tú sonreías. Creíste que robarte a Diego te daría la vida de lujos que yo tuve con él. Pero olvidaste un pequeño detalle: a Diego lo hice yo. Yo lo obligué a trabajar, yo le conseguí los contactos, yo le escribía los discursos y le limpiaba la basura que dejaba a su paso. Sin mí, Diego era exactamente lo que te tocó a ti: un parásito inservible.
Las lágrimas brotaban a chorros de los ojos de Sofía. Su boca se abría y se cerraba, pero no salía ningún sonido. El peso de su propia estupidez y de su fracaso absoluto le había caído encima como una losa de concreto.
—Tú misma cavaste tu tumba, Sofía. Elegiste la pobreza por envidia, y me dejaste el imperio en bandeja de plata.
Me enderecé, sacudiendo una mota de polvo invisible de mi abrigo. Metí la mano en mi bolso de marca, saqué un billete de quinientos pesos y lo dejé caer al suelo, justo frente a ella.
—Cómprate algo de comer. Y no me vuelvas a buscar. Para la familia Garza, la hermana de Camila murió hace mucho tiempo.
—¡Camila, no me hagas esto! ¡Me voy a morir de hambre! —gritó Sofía, arrastrándose hacia el billete, humillada hasta lo más profundo de su ser.
—Entonces trágate tu orgullo. Es lo único que te queda —sentencié.
Me di la media vuelta y subí a mi camioneta. A través del cristal tintado, la vi quedarse pequeña en la banqueta, llorando sobre un billete que no le alcanzaría ni para un día del lujo que alguna vez creyó robarme.
Esa noche, llegué a la mansión. Entré a la habitación médica donde Alejandro estaba conectado a las máquinas, con los ojos fijos en el techo, respirando artificialmente. Me serví una copa del mejor vino tinto de la cava, me acerqué a su cama y levanté la copa.
—Brindo por ti, esposo mío. Y por mi hermana —dije en voz alta en la habitación silenciosa—. Gracias por darme el mundo que me correspondía.
Bebí el vino. Esta vez, no había veneno. Solo el sabor dulce y embriagador de la victoria absoluta.