
Antes de que mi abuelo nos dejara, nos reunió para entregarnos su herencia: una fortuna de miles de millones y… tres simples cerillos. “Ustedes son hermanas, cada una solo puede elegir una cosa”, dijo con la voz bien apagadita. “Tú eres la mayor, escoge primero”.
En ese instante, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. ¡Había regresado en el tiempo! En mi vida pasada, elegí el dinero sin pensarlo, dejándole los cerillos a Camila, mi hermana adoptiva. Jamás me imaginé la verdad detrás de todo: esos cerillos cumplían deseos. Ella, llena de envidia y coraje, deseó que mis padres se fueran de este mundo de la peor manera, y yo terminé privada de mi libertad, sufriendo lo indecible hasta mi último suspiro.
Esta vez, al ver a mis papás sanos y salvos, sonriéndome con cariño, se me llenaron los ojos de lágrimas. ¡Ni loca iba a repetir ese infierno! Así que, sin dudarlo ni un segundo, señalé los cerillos.
Todos en la sala se quedaron helados. “¿Está loca? ¡Es solo madera vieja!”, murmuraban. Mis papás me jalaron del brazo, bien desesperados. “Valentina, mija, ¿te equivocaste? La empresa de tu papá apenas va arrancando y la neta necesitamos el dinero”, me rogaban.
Pero me mantuve firme. “Camila ha sufrido mucho, le dejo toda la fortuna”, dije. Mi hermana casi brincaba de alegría, firmando los papeles de volada mientras me decía con una sonrisa cínica: “Ay hermanita, el día que te quedes en la calle pidiendo limosna, te invito unos tacos”.
Esa noche, escuché a mis papás llorar de pura preocupación; las deudas los estaban ahogando y al día siguiente venían los cobradores a quitarnos la casa. Con el corazón apachurrado, encendí el primer cerillo y pedí desde el fondo de mi alma: “Que mis papás se vuelvan ricos de la noche a la mañana”. Y me fui a dormir tranquila.
Pero a la mañana siguiente, los gritos de mi mamá me despertaron de golpe. “¡Se acabó todo! ¡La empresa se incendió por completo y tenemos que pagar una fortuna en daños!”. Mi papá estaba tirado en el suelo, temblando, agarrándose la cabeza. Yo apreté el cerillo quemado en mi mano, sintiendo que se me congelaba la sangre. “¿Cómo era posible? ¡Si pedí que fuéramos ricos!”, pensé, aterrada.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta de la casa voló en pedazos con un estruendo: los cobradores habían llegado.
PARTE 2: LA EMBOSCADA DE LA AVARICIA Y EL PRECIO DE LOS DESEOS
El estruendo de la puerta de madera al romperse en mil pedazos nos congeló la sangre. Tres tipos enormes, con rostros malencarados y faldas de mezclilla sucias, entraron a la casa como Pedro por su casa. El que parecía el líder, một sujeto gordo với một sợi dây chuyền bạc dày cộp trên cổ, escupió en el piso de losetas và nos miró con desprecio.
—A ver, pinche familia chismosa —ladró el tipo, jugando con un bat de béisbol gỗ—. Venimos por la lana. Ya se les acabó el veinte. Mañana es el último día, y si no vemos los billetes, les juro que les vamos a cortar las manos a cada uno.
Mi jefa, Elena, se soltó a llorar del puro susto, abrazándose a mi papá, Fernando, quien intentaba mantenerse firme aunque le temblaban las piernas. El tipo gordo me barrió con la mirada de arriba abajo, sonriendo de una manera que me revolvió el estómago.
—Y miren nomás, la niña grande está bien bonita. Si no pagan, a lo mejor los muchachos và yo nos la llevamos para que nos pague el favor de otra manera.
Los otros dos hombres soltaron una carcajada gacha và comenzaron a destrozar la sala, tirando la televisión vieja, rompiendo los adornos de cerámica que mi mamá cuidaba tanto và volteando los sillones. Cuando se largaron, dejándonos una advertencia de muerte, la casa parecía zona de guerra.
La deuda era enorme. El incendio de la fábrica no solo nos había dejado en la quiebra, sino que ahora debíamos millones en compensaciones por los locales vecinos que también se habían quemado. Desesperados, mis papás decidieron hacer de tripas corazón và llamar a Camila. Al fin và al cabo, ella acababa de recibir una fortuna de miles de millones de la herencia del abuelo Neto.
Mi mamá marcó con dedos temblorosos. Pasaron diez llamadas antes de que Camila se dignara a contestar. Se escuchaba música de banda de fondo và copas chocando.
—¿Bueno? ¿Qué quieren? Estoy ocupada —dijo Camila, con una voz aburrida và engreída.
—¡Mija, por favor! —suplicó mi jefa, con el llanto atorado en la garganta—. Estamos metidos en un problema muy feo. Unos tipos de las deudas vinieron a amenazarnos. La fábrica se quemó… No te pedimos mucho, de verdad, con unos treinta millones podemos calmarlos para que no nos hagan nada. ¡Te lo ruego, Camila!
En ese momento, yo estaba revisando el celular viejo que compartíamos và vi que Camila acababa de subir una foto a sus redes sociales: traía puesto un collar de esmeraldas enorme que fácilmente costaba unos cincuenta millones. Al teléfono, la maldita soltó un suspiro completamente falso.
—Ay, jefecitos… de veras que qué mala onda. Pero miren, ese dinero me lo dejó el abuelo a mí solita, y es sagrado, no puedo andarlo gastando en sus cosas. Si alguien tiene la culpa, es Valentina. Ella prefirió quedarse con sus tres cerillos mugrientos en lugar de agarrar la lana. Échenle la culpa a ella.
Y nos colgó. Así, sin más.
A los cinco minutos, subió otra foto. Esta vez era su perrito faldero, un chihuahua mugroso, luciendo una minicorona de oro puro sobre la cabeza. El texto de la publicación decía: “El dinero se debe gastar en quienes de verdad lo valen”.
A mis papás casi les da un infarto del puro coraje. Jamás pensaron que la niña que rescataron de la calle và a la que vistieron và cuidaron igual que a mí, nos pagaría con esa moneda.
Para juntar algo de dinero para el día siguiente, no me quedó de otra. Saqué todas mis cajas llenas de tarjetas coleccionables, autógrafos de futbolistas và cosas que había guardado desde que era niña. Fui al centro và lo vendí todo por una miseria. Incluso vendí mi propio celular moderno và compré un cacahuatito viejo, un teléfono de botones que costaba tres pesos. Mi jefa vendió sus joyas de matrimonio, las únicas que le quedaban de su abuela, và mi papá entregó las llaves de su camioneta por la mitad de su valor.
Al caer la noche, juntamos apenas unos cuantos millones. No alcanzaba para toda la deuda, pero al menos servía para que no nos mataran al día siguiente.
Cenamos bolillos con frijoles en la mesa de la cocina destrozada. El ambiente era pesado, pero mi papá me puso una mano en el hombro, intentando sonreír.
—Ya, mi reina, no te preocupes —dijo mi jefe, con los ojos cansados nhưng llenos de luz—. El dinero va và viene. Mientras estemos juntos và tengamos salud, nos la vamos a rifar. Mañana mismo empiezo a buscar trabajo de lo que sea. De albañil, de chofer, de lo que salga. Vamos a salir de esta.
Mi mamá me pidió perdón por haberme gritado en la mañana debido al incendio. Yo sentí un nudo enorme en la garganta. Verlos así, tan buenos và tan trabajadores, me partía el alma. Tenía que salvarlos.
Cuando se fueron a dormir, me encerré en mi cuarto. Saqué la cajita và encendí el segundo cerillo. La flama iluminó mis ojos llenos de lágrimas. Recordando el incendio del primer deseo, mi mente distorsionada llegó a una conclusión fatal: La magia de los cerillos está invertida en esta vida. Si pido algo bueno, pasa algo malo. Entonces, si pido algo terrible, se convertirá en una bendición.
Miré la llama consumirse và deseé con todas mis fuerzas:
—Deseo que mis padres queden lisiados de por vida và que vivan en la pobreza eterna.
Apreté el cerillo quemado contra mi pecho, convencida de que a la mañana siguiente mi papá recibiría una llamada con una oferta millonaria hoặc que ganaríamos la lotería. Me quedé despierta hasta las cinco de la mañana, rezando, esperando el milagro.
Pero el destino es un maldito perro traicionero.
A las seis de la mañana, unos alaridos desgarradores me sacaron de mi trance. Corrí al cuarto de mis papás và abrí la puerta. Lo que vi me dejó paralizada, con ganas de vomitar del puro terror. Mi mamá và mi papá estaban gritando de dolor en la cama. Sus pies… todos sus dedos se habían puesto completamente negros, podridos, como si tuvieran una gangrena avanzada que avanzaba por sus piernas a una velocidad monstruosa.
—¡Me duele! ¡Valentina, ayúdanos, siento que me quemo por dentro! —chillaba mi jefa, retorciéndose.
Llamé a la ambulancia llorando a mares. Cuando llegamos al hospital general, los doctores se quedaron estupefactos. Dijeron que la infección avanzaba tan rápido que no había tiempo de análisis: si no les amputaban las dos piernas a cada uno de inmediato, la infección llegaría al corazón và morirían en un par de horas.
Todo el dinero que habíamos juntado con tanto dolor, vendiendo nuestras vidas, se fue en pagar las cirugías de emergencia, las medicinas và los cirujanos. Nos quedamos en ceros absolutos.
Al día siguiente, mientras mis papás seguían inconscientes en la sala de recuperación, los cobradores del bat entraron al hospital buscando problemas. Yo me hinqué ante ellos en el pasillo, llorando, limpiando el piso con mis rodillas.
—Por favor… ya no tenemos nada —les rogué, rota por dentro—. Mis papás perdieron las piernas… todo el dinero se fue en la operación. MÁTENME A MÍ, pero a ellos ya déjenlos en paz.
El tipo gordo del bat entró al cuarto và vio a mis papás entubados, sin piernas bajo las sábanas llenas de manchas de sangre. El lenguaje rudo de los criminales se apagó de golpe. El sujeto se rascó la cabeza, miró a sus hombres và luego me miró a mí con una mezcla de lástima và asco.
—Chale… esto ya está muy gacho —dijo el gordo, guardando el bat—. Mira, niña, nosotros somos cobradores, no monstruos. Ahí muere la deuda por ahora. Cuando tengan lana nos avisan.
Antes de irse, el tipo sacó un billete de doscientos pesos de su cartera và me lo aventó en las piernas.
—Ten, para que te compres una torta. Te hace falta.
Cuando se largaron, metí las manos en las bolsas de mi sudadera và mis dedos tocaron el tercer và último cerillo. En ese instante se me cayó la venda de los ojos. No había ninguna magia invertida. Los cerillos cumplían exactamente lo que uno pedía. El primer deseo de riqueza se había cumplido porque un inversionista mandó diez mil millones para la fábrica, pero algo o alguien intervino para provocar el incendio… Y el segundo deseo… yo misma había condenado a mis padres a perder las piernas. Mi cabeza era un caos de culpa và dolor.
Pasaron las semanas. Mis papás regresaron a casa en sillas de ruedas, deprimidos, sufriendo el dolor fantasma de los miembros que ya no tenían. Para poder comprarles un poco de carne và comida decente, me metí a trabajar de jornalera en una construcción cercana, cargando bultos de cemento bajo el sol por unos cuantos pesos al día.
Una tarde, regresé feliz al hospital con un kilo de carne guisada que había comprado con mi sudor. Pensé que mis papás se pondrían contentos. Pero en cuanto abrí la puerta de la habitación, un vaso de vidrio voló por los aires và me pegó directo en la frente, abriéndome una herida.
—¡Lárgate de aquí, maldita bruja! ¡Sanguijuela! —gritó mi mamá con los ojos inyectados en sangre.
Detrás de ella, parada junto a la ventana, estaba Camila, sonriendo como un demonio. Traía una tableta en las manos.
—Ay, hermanita, se te cayó el teatrito —dijo Camila con un tono burlón—. Mis papás pensaban que eras un ángel, pero yo sabía que algo ocultabas. Usé un dron para grabarte por la ventana de tu cuarto la otra noche. Mire, jefecitos, miren el video otra vez.
En la pantalla se veía claramente cómo yo encendía el segundo cerillo và decía con voz clara: “Deseo que mis padres queden lisiados de por vida và que vivan en la pobreza eterna”.
—¡No, jefes, esperen! ¡Déjenme explicarles! —grité, desesperada, intentando acercarme—. ¡Pensé que los cerillos hacían lo contrario! ¡El abuelo me dejó estos cerillos mágicos và…!
¡ZAZ! Camila se acercó và me acomodó una bofetada tan fuerte que me tiró al suelo.
—¡Cállate, loca! ¿Cómo te atreves a meter al abuelo en tus porquerías? Él te amaba và tú solo te dedicabas a maldecir a los papás que te dieron todo. Desde hoy, yo soy la única hija de esta familia. ¡Lárgate antes de que llame a la policía!
Mi papá ni siquiera me miró. Mi mamá me dio la espalda, llorando de rabia. Camila me arrastró del brazo và me aventó al pasillo junto con mis pocas pertenencias. Cuando la puerta se cerró, escuché las risas và los consuelos que Camila les daba, ganándose de nuevo el amor de mis padres con la fortuna que les había robado.
Me quedé sola en el pasillo, sintiéndome el ser más estúpido del universo. Pero el coraje venció a la tristeza. Había algo que no cuadraba. ¿Cómo sabía Camila lo de los cerillos? ¿Cómo sabía que cumplían deseos si en esta vida ella jamás los había tocado?
Decidida a todo, gasté lo último que me quedaba en contratar a un investigador privado và busqué la ayuda de un maestro de las ciencias ocultas para que revisara los cerillos. El brujo me dijo que el objeto no tenía ninguna maldición, que la energía era pura. Y el investigador me confirmó que Camila jamás se había acercado a mi cuarto para cambiar los cerillos. Estaba en un callejón sin salida… hasta que me llegó un mensaje a mi teléfono viejo.
Era una foto de Camila. Estaba en mi antiguo cuarto, sonriendo, và en el suelo estaba mi oso de peluche de la infancia, el último recuerdo que me quedaba de mi abuela. Camila lo había cortado en pedazos con unas tijeras.
La sangre me hirvió de rabia, pero justo cuando iba a aventar el teléfono, un detalle diminuto en la esquina superior de la foto me llamó la atención. En la ventana del fondo, reflejado en el vidrio, había un símbolo pintado con pintura de spray: una estrella de cinco picos invertida con un ojo en medio.
Mi corazón se detuvo. Yo conocía ese símbolo. Era la marca de “El Kền Kền” (El Buitre), el asesino y delincuente más peligroso del mercado negro. En mi vida pasada, cuando Camila me mandó perseguir, yo había contratado a ese mismo sujeto como guardaespaldas usando la fortuna del abuelo. Conocía su firma perfectamente.
En ese segundo, todas las piezas del rompecabezas cayeron en su lugar.
Camila también había reencarnado.
Ella sabía todo desde el principio. El primer deseo de riqueza sí se había cumplido: el inversionista de los diez mil millones sí había enviado el dinero, pero Camila usó al Buitre para interceptar el cargamento, robarse la lana và luego quemar la fábrica para hacernos caer en desgracia. Ella no necesitaba tocar los cerillos; solo necesitaba manipular los eventos a mi alrededor para hacerme dudar và obligarme a pedir el segundo deseo destructivo.
Una sonrisa fría se dibujó en mi rostro. La debilidad se esfumó.
Esa misma noche, compré una máscara de látex hiperrealista de una anciana de ochenta años en una tienda de disfraces teatrales, junto con maquillaje para simular piel putrefacta và manchas de vejez. Me la puse con cuidado, cubriendo cada milímetro de mi rostro, và me envolví en una manta vieja. Sabía que Camila me estaba vigilando con sus drones. Encendí un cerillo común và corriente frente a la ventana, simulando hacer el tercer deseo, và luego le mandé una foto del cerillo quemado con el mensaje: “El tercer deseo está hecho. En unos días vendrás de rodillas a pedirme perdón”.
Tal como lo planeé, a la mañana siguiente, la puerta de mi cuartucho de renta se abrió de golpe. Camila entró sola, guapísima, vestida con ropa de marca và oliendo a perfume caro. Traía una sonrisa de victoria que no le cabía en la cara. Me tiró un espejo de mano a las piernas.
—A ver, hermanita… de veras que tengo mucha curiosidad. ¿Qué estúpido deseo pediste esta vez para quedar hecha este monstruo? —se burló, apuntándome.
Yo fingí terror. Agarré el espejo và miré el reflejo de la máscara de anciana arrugada và fea. Solté un gemido de dolor actuado, tirando el espejo para que se rompiera en pedazos contra el suelo.
—¿Por qué…? ¡No puede ser! ¡Yo entendí el secreto! —grité, con voz temblorosa, cubriéndome la cara—. ¡Pedí que te pasara algo malo a ti! ¡¿Por qué el castigo cayó sobre mí?!
Camila soltó una carcajada limpia, burlona, que resonó en todo el cuarto vacio. Se agachó, quedando a pocos centímetros de mi rostro cubierto por la máscara.
—Ay, Valentina… de veras que estás bien mensa. ¿Pensaste que eras la única que recordaba el pasado? Yo también regresé de la muerte, mija —me susurró al oído con un veneno puro—. En la otra vida, yo usé los cerillos para destruirte a ti và a los jefes. Pero al poco tiempo, mi cuerpo empezó a pudrirse en vida. Me salieron llagas, el dolor me estaba volviendo loca và ni el tercer deseo pudo salvarme de morir como un perro sarnoso. Ahí entendí el verdadero secreto de la herencia del abuelo: los cerillos tienen un contragolpe, una consecuencia de sangre para el que pide el deseo.
Camila se levantó, cruzándose de brazos, mirándome como si fuera una cucaracha.
—Por eso en esta vida dejé que tú te quedaras con la cajita. Sabía que con tu mentalidad de santa ibas a terminar metiendo la pata. Quería ver cómo tú misma te destruías và pagabas el precio del contragolpe, quedando hecha una piltrafa humana mientras yo disfruto de los miles de millones limpiecitos, sin ninguna maldición sobre mí. Me voy a encargar de contratar a los mejores doctores para que te mantengan viva por los próximos diez años, Valentina. Quiero que sientas cómo tus huesos và tu carne se van pudriendo día con día, sin poder morir. Ese va a ser mi regalo de hermanas.
Camila sacó su teléfono moderno và empezó a grabarme en video, riéndose a carcajadas de mi supuesta desgracia. Su arrogancia era tanta que no se dio cuenta de que debajo de mi manta, mi celular viejo de botones estaba en medio de una llamada activa, grabando và transmitiendo cada una de sus palabras directamente al teléfono del hospital donde mis padres descansaban.
Lentamente, dejé de temblar. Me levanté de la cama và miré a Camila fijamente a los ojos. Con un movimiento firme, metí los dedos bajo el borde de la silicona en mi cuello và, de un solo jalón, me arranqué la máscara de anciana, dejando caer mi rostro joven, limpio và sonriente ante ella.
El teléfono de Camila casi se le cae de las manos. Sus ojos se abrieron tanto que creí que se le saldrían de las órbitas. Su risa se congeló en un sonido ahogado.
—¿Qué… qué es esto? ¡Tú… tú deberías estar maldita! —tartamudeó, dando un paso atrás.
Saqué la mano de la bolsa de mi sudadera và le mostré el verdadero tercer cerillo del abuelo Neto, completamente intacto, con la cabeza roja brillando bajo la luz del foco.
—Siento decepcionarte, Camila —le dije, con una voz fría que la hizo temblar—. El cerillo que quemé ayer era uno de la cocina. El verdadero deseo todavía no lo he pedido. Y el contragolpe del que hablas… el abuelo jamás nos dejaría algo maldito. A ti te pasó eso en la otra vida porque usaste la magia para hacer el mal và dañar a tu propia familia. El universo solo te devolvió tu propia mierda. Yo pedí el segundo deseo por ignorancia, no por maldad, por eso el destino me dio una oportunidad de enmendarlo.
Le mostré la pantalla de mi celular cacahuate, donde se leía el nombre de mi papá en la pantalla con una llamada de más de diez minutos.
—Mis papás acaban de escuchar toda tu confesión. Saben lo del Buitre, lo del robo de la lana và lo que me hiciste. Ya no te queda nada, Camila. Y ahora… voy a usar este último cerillo para darte el final que te mereces.
Camila se quedó completamente pálida, las venas de su frente se saltaron del puro coraje và el pánico. Su rostro se deformó en una mueca de odio psicópata.
—¡Maldita… pinche muerta de hambre! ¡Te voy a matar con mis propias manos! —gritó, perdiendo los estribos por completo.
PARTE 3: EL VERDADERO DESEO Y EL PRECIO DEL KARMA
Camila se me abalanzó como un perro rabioso. Ya no había rastro de la niña fresa y arreglada; era un monstruo lleno de desesperación. Se tiró sobre mí tirando zarpazos, mordiendo y rasguñando todo lo que encontraba a su paso. Rodamos por el suelo sucio de la vecindad, golpeándonos contra las paredes.
—¡Dámelo! ¡Dame ese maldito cerillo, perra! —bramaba, escupiéndome en la cara mientras me jalaba el cabello con una fuerza brutal.
Yo intenté quitármela de encima, pero en su locura, agarró una silla de madera vieja que estaba tirada cerca y, con todas sus fuerzas, me acomodó un madrazo directo en la cabeza. El impacto me hizo ver estrellas. Caí al suelo, aturdida, y sentí un hilo de sangre bajándome por la frente. Con el golpe, abrí la mano y el cerillo de cabeza roja salió rodando por las baldosas.
Camila soltó un grito de triunfo, como un animal que acaba de cazar a su presa. Se aventó al suelo, raspándose las rodillas, agarró el cerillo y lo frotó contra la pared de volada. La flama iluminó su rostro desquiciado, lleno de un odio purulento.
—¡Deseo que te pudras en vida! ¡Que te llenes de llagas, que te mueras hecha pedazos y que no quede de ti ni el pinche recuerdo! —gritó a todo pulmón, con los ojos pelados y la vena del cuello a punto de reventar.
El cerillo se consumió rápidamente hasta quemarle la punta de los dedos. Ella lo tiró y se quedó jadeando, con una sonrisa torcida. Yo me toqué la herida de la cabeza, me incorporé despacio, sacudiéndome el polvo de la sudadera, y fruncí el ceño.
—En tu vida pasada, por andar maldiciendo a otros, terminaste pudriéndote viva —le dije, con una calma que la descolocó por completo—. Y en esta vida, ¿vuelves a hacer exactamente lo mismo? ¿Neta no le tienes miedo al contragolpe?
Camila parpadeó, y en un segundo, su expresión cambió. Se llevó las manos a la boca, fingiendo una sorpresa digna de telenovela barata.
—¡Ay, no me digas! ¡Si yo no te estaba maldiciendo, hermanita! —dijo con voz chillona e inocente—. Es que como tú me dijiste que la magia funcionaba al revés, yo quise desearte algo horrible para que, ya sabes, te pasara algo maravilloso. ¡Te lo juro! Yo quería que fueras joven y rica para siempre. ¡Híjole, qué tonta, me equivoqué de palabras! Pero bueno, el cerillo ya se apagó, ni modo. Como tú eres tan buena y persignada, me vas a perdonar, ¿verdad?
Me guiñó un ojo. Su boca sonreía, pero su mirada destilaba un veneno mortal. Pensaba que me había ganado la partida, que me había condenado a la misma tortura que ella sufrió.
Solté un suspiro largo y pesado, negando con la cabeza.
—Mi tercer deseo —dije, alzando la voz para que me escuchara bien— fue pedir que mis papás recuperaran su salud y vivieran muchos años, y que tú, Camila, recibieras exactamente el castigo que te mereces por todo el daño que has hecho.
Camila bufó, rodando los ojos con fastidio.
—Ay, ya cállate. Un cerillo solo cumple un deseo, mensa. Yo ya pedí el mío. Tu turnito te va a tocar hasta la próxima vida… si es que tienes.
Fue entonces cuando metí la mano en el bolsillo trasero de mi pantalón de mezclilla y saqué un palito de madera completamente carbonizado. Se lo mostré.
—Camila… ¿de verdad creíste que yo iba a ser tan estúpida como para sacar el cerillo mágico y ponértelo en la cara para que me lo robaras? —La miré con verdadera lástima—. Lo que te acabo de tirar fue un cerillo de la tienda de la esquina. Un relámpago de tres pesos. Este que tengo aquí… es el verdadero cerillo del abuelo. Y ya me lo acabé antes de que entraras por esa puerta.
El color desapareció del rostro de Camila. Se puso pálida como un muerto y las venas se le saltaron de nuevo en la frente. Sus labios temblaban.
—¡Me engañaste! ¡Me engañaste, maldita perra! —empezó a berrear, pataleando como niña chiquita—. ¡Tú lo tienes todo! Tienes papás que te aman, una familia que te solapa todo… Toda tu pinche vida has tenido suerte. ¿Por qué me tienes que quitar lo único que me hace superior? ¡Yo soy huérfana, yo sufrí más que tú! ¡Me estás arrinconando!
Hace unos años, si Camila me hubiera dicho eso, me habría puesto a llorar de la culpa. Me habría sentido la peor persona del mundo. Pero ahora, viéndola ahí, solo sentía asco. Hay personas que nacen con el alma podrida, verdaderos lobos disfrazados de ovejas. No importa cuánto amor les des, cuánta lana gastes en ellos, cuántos abrazos les regales; para ellos nunca va a ser suficiente. Siempre van a querer lo que es tuyo.
—¿Te crees muy chingona porque pediste tu deseíto? —siseó Camila, sacando su celular de última generación—. Pues fíjate que a mí me vale madres tu magia. ¡Yo tengo el dinero! Y con el dinero baila el perro. Te voy a hacer vivir un infierno aquí mismo.
Tecleó algo rápido en su pantalla. Segundos después, la puerta de la vecindad se abrió de golpe y un grupo de tipos armados vestidos de negro irrumpió en el cuartucho. Al frente de ellos venía el asesino a sueldo más temido del mercado negro: “El Buitre”, con su tatuaje del ojo en el cuello.
—A ver, patroncita, ¿qué se le ofrece? —preguntó El Buitre, con una voz ronca y rasposa.
Camila me señaló con un dedo tembloroso y lleno de rabia.
—Tú eres bueno para torturar gente, ¿verdad? Dicen que hasta a los más pesados los haces chillar como niñas. Quiero que hagan pedazos a mi hermana. Rómpanle cada hueso. Y primero… échenle gasolina y quémenle esa maldita cara. Odio su carita de mosca muerta con la que se la pasa seduciendo a todos.
Yo me quedé con cara de ‘¿qué carajos?’. ¿Seduciendo a todos? Soy una rata de biblioteca, toda la vida me la he pasado estudiando en mi casa en pijama. No salgo ni a la esquina. Al ver mi cara de confusión, Camila se puso aún más histérica.
—¡No te hagas la tonta, zorra! —chilló—. ¿No te acuerdas de Rodrigo? En el kínder… ¡en el maldito kínder! Él era el niño más rico del salón. Me gustaba, me iba a casar con él para salir de mi miseria y entrar a la alta sociedad. ¡Y tú fuiste de mustia a platicar con él y por tu culpa él dejó de hablarme! ¡Si no fuera por ti, yo sería una señora de las Lomas ahorita, no estaría aguantando tu lastima!
Me llevé la mano a la cara, incrédula. No podía creer que guardara un resentimiento tan enfermo por algo que pasó cuando teníamos seis años.
—Camila, no manches… —le contesté, casi riéndome de lo absurdo de la situación—. La familia de ese “niño rico” era parte de un cártel de trata de blancas. Acabaron todos en el Altiplano con sentencias de ochenta años. Yo solo le dije que no se acercara a ti porque presentía que su familia andaba en cosas turbias y quería protegerte. Te salvé de terminar vendida en una fosa.
Pero a Camila las palabras le entraban por un oído y le salían por el otro. Para ella, yo era el villano de su historia, la culpable de todas sus desgracias imaginarias.
—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó, tapándose los oídos—. ¡Buitre, ya oíste! ¡Quémenle la cara a esta perra, ahora!
Los matones de negro sacaron de inmediato unos galones gruesos de gasolina de grado industrial. Pero en lugar de caminar hacia mí… se voltearon hacia Camila. En un segundo, le vaciaron todo el galón encima, empapándola de pies a cabeza con el líquido apestoso.
—¡¿Qué hacen, idiotas?! ¡Están ciegos o qué! ¡Les dije que a ella! —chilló Camila, escupiendo gasolina.
El Buitre, que siempre había sido un sicario de pocas palabras, se acercó a ella lentamente y le soltó una patada brutal en el estómago que la mandó a volar contra la pared. Camila cayó al suelo tosiendo, sin aire.
—Mira, escuincla pendeja —le dijo El Buitre, agachándose para mirarla a los ojos—. Llevo veinte años rompiéndome la madre en este negocio. He tratado con narcos, con políticos, con lo peor de la escoria de México. Pero nunca, neta, nunca había visto que alguien me intentara pagar un jale pesado… con pinches chocolates.
Camila tosió, abriendo los ojos de par en par. —¿De… de qué hablas?
—Me contrataste, me dijiste que me ibas a dar un baúl lleno de lingotes de oro puro por limpiar a tu familia —escupió El Buitre, furioso—. Y hoy en la mañana que mis muchachos abrieron la caja… ¡Pura madre! ¡Eran chocolates corrientes envueltos en papel aluminio dorado, de esos que venden a peso en los semáforos! ¿Nos viste cara de payasos? ¿Creíste que somos tus pendejos para jugarnos una broma así?
La revelación me golpeó como un rayo de luz. ¡Era el tercer deseo! El karma había comenzado a actuar de inmediato. Toda la fortuna material que Camila intentó usar para hacer el mal se estaba volviendo polvo, o en este caso, chocolate barato.
—¡No! ¡Se los juro que era oro! —lloraba Camila, arrastrándose por el suelo empapado—. ¡Fue ella! ¡Mi hermana es una bruja, ella maldijo mi dinero!
Los sicarios soltaron una carcajada cruel y ronca.
—¿Magia? ¿Brujería? —se burló El Buitre, sacando un encendedor Zippo de plata de su chamarra de cuero—. Tú ves muchas películas de Disney, mi reina. Te metiste con la gente equivocada. Muchachos, préndanle fuego a esta princesa para que despierte de su cuento.
En cuanto escuché el “clic” del encendedor, no me quedé a ver el final. Di media vuelta, tumbé a uno de los matones más pequeños con un empujón desesperado y salí corriendo de la vecindad como alma que lleva el diablo. Corrí por las calles de la colonia, con los pulmones ardiéndome. Detrás de mí, a los pocos segundos, se escuchó un grito inhumano, desgarrador, seguido del rugido de las llamas devorando la habitación.
Aunque Camila era un monstruo que había planeado destruir a mi familia, la sangre no es agua, y mi moral no me permitía dejarla arder sin hacer nada. Llegando a una esquina, le pedí prestado el teléfono a un señor de un puesto de tamales y marqué al 911. Reporté el incendio de forma anónima. Dejar que se muriera sin hacer nada me hubiera convertido en una asesina por omisión, y yo no iba a mancharme las manos ni el alma por ella.
Tomé un pesero y regresé a mi casa. Al llegar, Elena y Fernando, mis padres, estaban esperándome en la puerta de la calle, en sus sillas de ruedas. Tenían los ojos hinchados de tanto llorar. En cuanto me vieron con la ropa sucia y el golpe en la frente, mi mamá soltó un sollozo y extendió los brazos.
Me tiré al piso a abrazarlos. Lloramos los tres juntos, sacando todo el dolor, la culpa y la desesperación de las últimas semanas.
—Perdónanos, mi niña, perdónanos por dudar de ti —me decía mi jefa, besándome la cara—. Ya escuchamos todo en la llamada… Qué ciegos fuimos. Criamos a una víbora en nuestro propio pecho.
—Lo importante es que estamos vivos, pa —le contesté, apretando la mano de mi papá.
Y la magia del tercer deseo, la verdadera magia nacida del amor y no del egoísmo, comenzó a florecer de maneras increíbles.
A la mañana siguiente de la pesadilla, el teléfono de la casa sonó. Era el director de un hospital privado de altísimo prestigio internacional. Nos dijo que un donante anónimo (el inversionista de la fábrica) había patrocinado un programa experimental de prótesis biónicas neuro-conectadas. Estaban buscando a sus primeros pacientes, y el expediente de mis padres había sido seleccionado. Todo sería cien por ciento gratuito.
En menos de una semana, mis papás entraron al quirófano. Fue una cirugía pesada, pero la tecnología era algo fuera de este mundo. Horas después, cuando entré a la sala de rehabilitación, casi me caigo de espaldas: mi papá estaba de pie. Las piernas biónicas se conectaban directamente a su sistema nervioso, respondiendo a sus pensamientos. Al poco rato, ambos estaban caminando, e incluso trotando por el pasillo del hospital. Se movían con tanta naturalidad que, debajo del pantalón, nadie se habría dado cuenta de que no eran de carne y hueso.
Por si fuera poco, el inversionista original que iba a darnos los diez mil millones se enteró del robo orquestado por El Buitre. Al darse cuenta de que mis papás eran víctimas, no solo perdonó el retraso, sino que inyectó el triple de capital para reconstruir la empresa desde cero, con la mejor tecnología del mercado. Pagamos todas y cada una de las deudas sin sudar, y la compañía empezó a generar ganancias bestiales en cuestión de meses.
¿Y Camila?
Nos enteramos de su destino a través de las noticias y luego por los reportes médicos. Los bomberos lograron sacarla del cuartucho antes de que se volviera cenizas, pero el fuego fue inclemente. Sufrió quemaduras de tercer grado en el 99% de su cuerpo. El dolor que padeció era tan intenso, tan fuera de la escala humana, que los nervios colapsaron y su mente se quebró. La metieron a una clínica especializada, custodiada por la policía, ya que también estaba siendo investigada por el fraude a los sicarios.
Durante tres largos años, Camila vivió exactamente el infierno que intentó desearme. Al no tener dedos, usaba la boca para sostener un lápiz y escribirnos decenas de cartas. Las hojas llegaban al corporativo manchadas de saliva. Escribía pidiendo perdón, jurando que se había arrepentido, que reconocía lo malagradecida que fue y que solo pedía una oportunidad para volver a ser nuestra hermana y nuestra hija.
Pero la neta, no nos tragamos el cuento. Todas sus cartas terminaban en la trituradora de papel de la oficina.
Sabíamos que no lloraba por arrepentimiento; lloraba de miedo, lloraba por el dolor físico y por verse derrotada. Nunca la fuimos a visitar. Si ella nunca nos consideró su familia real cuando tenía la vida resuelta, nosotros no teníamos por qué hacer el papel de los santos mártires para consolar a quien nos quiso asesinar.
Finalmente, su cuerpo no resistió más. La infección le llegó hasta los huesos expuestos y murió en medio de la agonía. Nosotros pagamos una funeraria decente para que se encargaran de todo. No hubo velorio familiar, solo un entierro solitario costeado por la empresa.
Tras su muerte, los abogados del abuelo Neto se comunicaron conmigo. Como Camila había fallecido sin descendencia y con deudas criminales, la herencia multimillonaria original, la cuenta bancaria de los miles de millones, pasó legalmente a mis manos.
Pero yo ya no era la misma muchacha ingenua de la vida pasada. A diferencia de Camila, que agarró el dinero para comprarse collares y coronas para perros, yo sabía exactamente lo que valía esa lana. Conocía las historias de cómo mi abuelo había empezado desde abajo, vendiendo chicles y rompiéndose el lomo de sol a sol para levantar su imperio. Esa fortuna estaba hecha de sangre, sudor y lágrimas, y debía ser respetada.
Tomé la mitad exacta de esa herencia de miles de millones y la doné a fundaciones que construían escuelas en la sierra, a hospitales públicos y a orfanatos serios. Quería limpiar cualquier energía pesada que el dinero pudiera tener y usarlo para generar buen karma. La otra mitad, la metí en fondos de inversión seguros ya largo plazo para garantizar el futuro de la empresa de mis papás.
En cuestión de cinco años, mi mamá y mi papá aparecieron en la lista de la revista Forbes como unos de los empresarios más ricos y respetados de todo el país. Y yo… bueno, yo no me senté a rascarme la barriga esperando vivir de mis rentas.
Terminé mi maestría con honores, y en lugar de llegar como “la hija del dueño” a exigir una oficina lujosa, le pedí a mi papá que me metiera al nivel más bajo de la empresa. Empecé como analista junior, sacando copias, armando reportes y aprendiendo cómo operaba el negocio desde los cimientos. Quería ganarme mi lugar.
Hoy, mis papás me han nombrado oficialmente la vicepresidenta de la compañía. Sé que el camino es largo y que habrá retos, pero estoy lista. Esta segunda oportunidad que me dio el destino, y esos tres cerillos, me enseñaron la lección más valiosa de todas: el universo te da las herramientas, pero eres tú, con tu corazón y tus decisiones, quien determina si construirás un palacio o encenderás la llama de tu propio infierno.
Y yo, neta, elegí construir el mío a base de puro trabajo duro. No les voy a fallar a mis papás, al abuelo, ni a mí misma.