
Cuando abrí los ojos, el sonido de las copas y el murmullo de la fiesta me golpearon de golpe. Respiré agitada, sintiendo el sudor frío en mis manos. Estaba viva. Y estaba de vuelta justo en el momento exacto en que empezó mi infierno.
A mis pies, con su carita de “yo no fui” empapada en lágrimas, estaba Sofía, la hija del mejor amigo de mi papá. Mi hermana adoptiva. Se había arrodillado de la nada frente a todos los invitados.
“Lucía, hermanita… he cometido un error terrible, ¿puedes perdonarme?”, sollozó, temblando como si yo la hubiera estado torturando en secreto.
Las miradas de todos se clavaron en mí como puñales. Mi propio padre, don Roberto, me fulminó con los ojos. “Lucía, ¿qué le hiciste ahora? ¡Pídele perdón de inmediato!”, me exigió, con la voz cargada de decepción. Para él, Sofía era una flor delicada, la pobre huérfana de su amigo que falleció para salvarlo a él de morir quemado en un choque hace diez años.
Pero yo ya sabía lo que venía. En mi otra vida, esta fue la trampa que destruyó a mi familia, arruinó la empresa y nos llevó a la m*erte.
Me tragué el coraje, esbocé una sonrisa comprensiva y le hablé con una calma que me sorprendió hasta a mí: “No sé qué hice para hacerte sentir tan mal, chula. Dime, ¿qué pasa?”
Sofía tragó saliva, miró a mi papá buscando apoyo y soltó la verdad: “Me enamoré de Mateo. Por favor, hermana… ¿puedes no casarte con él? ¡Te lo ruego!”
El silencio en el salón fue sepulcral. Mi padre palideció. Nadie esperaba semejante cinismo.
Me agaché lentamente, saqué un llavero de mi bolsillo, desenganché una pequeña llave plateada y se la puse en su mano temblorosa.
“Si es lo que quieres, adelante. No es para tanto”, le dije, sintiendo cómo a todos se les caía la mandíbula. “Esta es la llave del departamento privado de Mateo. Toda tuya”.
Sofía pasó del llanto a la sorpresa en una fracción de segundo, sus ojos brillaron con avaricia. Pero lo que ella no sabía era que esa pequeña llave abriría la puerta a su propia ruina.
PARTE 2: La Puerta Hacia el Infierno y el Verdadero Rostro de Mateo
El salón principal de la casa de mi padre, adornado con candelabros de cristal y arreglos florales que costaban más de lo que la mayoría de los empleados ganaban en un año, se sumió en un silencio tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. La música de fondo, un suave jazz tocado por un cuarteto en vivo, parecía haberse detenido, o tal vez fue solo mi cerebro bloqueando cualquier sonido que no fuera el de mi propia respiración.
Frente a mí, Sofía sostenía la pequeña llave plateada como si fuera el boleto ganador de la lotería nacional. Sus dedos, perfectamente manicurados, temblaban, pero no de miedo, no de arrepentimiento. Yo conocía ese temblor. Era la adrenalina pura de la ambición. Era el éxtasis de creer que finalmente me había ganado la partida.
“¿Lucía… de verdad me lo estás dando?” susurró Sofía, elevando sus grandes ojos marrones hacia mí, aquellos mismos ojos que habían engañado a mi padre durante toda una década. Se mordió el labio inferior, una táctica que siempre usaba para parecer vulnerable. “Yo no quería que las cosas terminaran así… te juro que no lo planeé. El amor simplemente sucedió, hermanita”.
Yo mantuve mi postura erguida. En mi vida anterior, ante esta misma escena, yo había gritado. Había llorado histéricamente, le había lanzado una copa de vino a la cara y había hecho exactamente lo que todos esperaban: el papel de la mujer loca, celosa y desquiciada. Ese fue mi error. Al perder el control, le di a Sofía el papel de la víctima perfecta. Mi padre, don Roberto, me había abofeteado ese día, frente a todos. Había sido el comienzo de mi fin.
Pero hoy no. Hoy yo era de hielo.
“No te preocupes, chula”, respondí con una voz tan suave y venenosa como la seda. “Si Mateo es el hombre de tus sueños, ¿quién soy yo para interponerme? Además, dicen que lo que empieza con traición, termina con traición. Disfrútalo”.
Un murmullo estalló entre los invitados. Las tías persignándose, los socios de mi padre intercambiando miradas incómodas, las esposas de los directivos cuchicheando detrás de sus abanicos.
Don Roberto dio un paso al frente, su rostro enrojecido por la furia y la confusión. La vena en su frente latía peligrosamente.
“¡Lucía! ¡Ya basta de tus jueguitos sarcásticos!” bramó mi padre, agarrándome del brazo con fuerza. “Tu hermana te está abriendo su corazón, está confesando un error, y tú… tú te comportas como una témpano de hielo. ¿Qué significa esa llave? ¡Exijo una explicación ahorita mismo!”
Me solté de su agarre con un movimiento brusco pero elegante. Lo miré a los ojos. Había dolor en mi interior, claro que lo había. Este era el hombre que, en mi otra vida, había firmado los papeles para internarme en un hospital psiquiátrico por sugerencia de Mateo y Sofía. Este era el hombre que murió envenenado creyendo que Sofía era un ángel y yo un demonio.
“Papá”, dije, elevando un poco la voz para que todos los chismosos pudieran escuchar. “No hay ningún jueguito. Sofía dice que ama a mi prometido. Mi prometido, aparentemente, le corresponde, ya que ella tiene el descaro de arrodillarse aquí. Así que, como regalo de bodas anticipado, le estoy dando la llave del departamento que Mateo mantiene en la colonia Polanco. El que supuestamente usa como ‘estudio privado’. Si ella quiere ser su mujer, que empiece por conocer todos sus secretos”.
Sofía se puso blanca. Parpadeó rápidamente, confundida. “¿S-secretos? ¿De qué hablas, Lucía?”
Sonreí. “De nada, hermanita. Corre. Ve a buscar a tu hombre. Yo cancelaré la boda mañana a primera hora”.
Sin decir una palabra más, me di la vuelta. Mi vestido de noche de diseñador rozó el suelo de mármol mientras caminaba hacia la salida.
“¡Lucía, no me dejes con la palabra en la boca! ¡Regresa aquí, escuincla malcriada!” gritó mi padre a mis espaldas, pero no me detuve.
Mientras salía por la puerta principal de la mansión, el aire fresco de la noche de la Ciudad de México golpeó mi rostro. Respiré profundamente. El primer paso estaba dado. Sofía tenía el cebo. Ahora, solo faltaba que cayera en la trampa.
Adentro, la fiesta se había arruinado por completo. Sofía, fingiendo un ataque de ansiedad, fue consolada por mi padre y las tías solteronas.
“Tranquila, mi niña”, le decía don Roberto, acariciándole el cabello mientras ella sollozaba en su hombro. “Lucía siempre ha sido envidiosa. Seguro está inventando cosas por despecho. Tú y Mateo… bueno, si se aman, encontraremos la forma de arreglar este escándalo. Yo hablaré con la familia de él”.
Sofía asintió, secándose las lágrimas con un pañuelo de seda. “Gracias, padrino. Eres el único que me entiende. Solo quiero ser feliz”.
Pero por dentro, la mente de Sofía trabajaba a mil por hora. Apretó la pequeña llave en la palma de su mano hasta que el metal le dejó una marca roja. ¿Un departamento en Polanco? Mateo nunca le había mencionado nada sobre un departamento privado. Él siempre le había dicho que vivía en el penthouse de su familia en las Lomas. ¿Por qué tendría un lugar a escondidas? Y lo más importante, ¿por qué Lucía se lo entregaba con esa sonrisa maldita?
Sofía no pudo aguantar la curiosidad. Tenía que ir. Tenía que ver qué era ese lugar y asegurarse de que Mateo no tuviera a otra mujer escondida. Porque si Sofía no compartía a Mateo con Lucía, mucho menos lo iba a compartir con una cualquiera.
Media hora después, tras excusarse con un “me duele mucho la cabeza, padrino, necesito descansar”, Sofía pidió un Uber Black y le dio la dirección que venía grabada en la parte trasera del llavero: Avenida Presidente Masaryk, edificio 402, piso 7.
Durante el trayecto, Sofía intentó llamar a Mateo tres veces. Las tres veces, mandó a buzón de voz.
“Maldito, ¿dónde estás?”, murmuró Sofía, mordiéndose una uña nerviosamente. Mandó un mensaje de WhatsApp: “Mi amor, le dije la verdad a Lucía. Armó un escándalo pero me dio tu llave. Voy para Polanco. Llámame YA.”
Un solo visto. Ninguna respuesta.
El auto se detuvo frente a un edificio moderno, de esos que gritan “dinero nuevo” con sus ventanales de cristal oscuro y seguridad privada en la entrada. Sofía bajó del auto, arreglándose la falda del vestido. Caminó hacia el lobby con esa arrogancia que había aprendido a imitar de las mujeres ricas con las que había crecido.
El guardia de seguridad, un hombre grande con cara de aburrimiento, la detuvo.
“Buenas noches, señorita. ¿A dónde se dirige?”
Sofía levantó la llave, mostrándosela como si fuera una credencial del FBI. “Al departamento siete. Soy… soy la prometida del señor Mateo”.
El guardia parpadeó, miró la llave y luego la miró a ella de arriba a abajo. Una extraña sonrisa cruzó por su rostro, algo que a Sofía le provocó un ligero escalofrío en la nuca.
“Ah, la nueva prometida”, dijo el guardia con tono burlón. “Pase, señorita. El señor Mateo no está, pero creo que tiene… visitas esperándolo”.
Sofía frunció el ceño. “¿Visitas? ¿Qué tipo de visitas?”
“Suba y descúbralo usted misma. El elevador es al fondo a la derecha”.
El trayecto en el elevador se sintió eterno. El corazón de Sofía latía con fuerza. ¿Otra mujer? Si era otra mujer, Sofía iba a hacerle un escándalo que dejaría pequeño al de Lucía. Ella no había arriesgado su posición en la familia de don Roberto para que un junior de pacotilla le viera la cara.
El elevador hizo “ding” en el séptimo piso. El pasillo estaba en penumbras, iluminado solo por luces LED en el suelo. Había solo dos puertas. La llave indicaba la puerta “A”.
Sofía se acercó. Sus manos volvieron a temblar, pero esta vez de nerviosismo. Metió la llave en la cerradura. Giró con un clic metálico perfecto.
Empujó la puerta lentamente.
El departamento no era un nidito de amor romántico. No había rosas, ni velas, ni champaña. De hecho, el olor que golpeó la nariz de Sofía no era perfume de mujer, era un olor agrio, a humo de cigarro barato, alcohol derramado y… algo más. Algo metálico y oscuro.
“¿Mateo?”, llamó Sofía en voz baja, dando un paso hacia el interior.
La sala era enorme, con muebles de diseñador que estaban completamente destrozados. Los cojines de los sofás blancos de cuero estaban rasgados, sacando el relleno. Había botellas de licor rotas por todo el piso de madera fina. Y en la pared del fondo, pintarrajeado con aerosol negro, un mensaje enorme: “TIENES 24 HORAS, MATEO. PAGA O TE MUERES”.
Sofía sintió que el aire abandonaba sus pulmones. El bolso se resbaló de su hombro y cayó al suelo. Retrocedió, instintivamente, queriendo volver al pasillo, queriendo huir.
“Vaya, vaya… miren qué pescadito tan bonito entró en la red”.
La voz rasposa provino de la oscuridad del pasillo que llevaba a las habitaciones. De entre las sombras emergió un hombre. No era Mateo. Era un tipo corpulento, tatuado hasta el cuello, con una cicatriz cruzándole la mejilla derecha. Llevaba una chaqueta de cuero y en su mano derecha sostenía un bate de béisbol de aluminio, golpeándolo suavemente contra la palma de su mano izquierda.
Detrás de él, aparecieron dos hombres más.
Sofía soltó un grito ahogado. “¡No! ¡Me equivoqué de lugar! ¡Yo no sé nada!”
“¿Te equivocaste de lugar?”, el hombre de la cicatriz se echó a reír, un sonido escalofriante. Caminó hacia ella, pateando los pedazos de vidrio roto. “No creo, chula. Entraste con llave. ¿Eres la zorrita de Mateo, verdad? El muy cobarde nos debe cinco millones de pesos del cártel, dinero que perdió apostando en Las Vegas pensando que podía lavar la lana del patrón sin que nos diéramos cuenta”.
“¡Yo no sé nada de dinero! ¡Yo soy la hermana de Lucía! ¡Mi papá es Roberto Vargas, el dueño de Inmobiliaria Vargas! ¡Tengo dinero, puedo pagarles!”, gritó Sofía, llorando, esta vez con lágrimas 100% reales. El pánico se apoderó de cada fibra de su ser.
El hombre se detuvo a un metro de ella. Ladeó la cabeza. “¿Roberto Vargas? Ah, claro. El suegro millonario. Mateo nos dijo que se iba a casar con la hija de Vargas para sacarle la lana y pagarnos. Pero nos enteramos que la boda está por cancelarse. Y ahora vienes tú diciendo que eres la otra hermana… Esto se pone interesante”.
El tipo sacó un teléfono de su bolsillo y grabó un video corto de Sofía, temblando en un rincón.
“Dime tu nombre, bonita”.
“S-Sofía”, tartamudeó.
“Bueno, Sofía. Bienvenida al infierno de Mateo”. El hombre agarró a Sofía bruscamente por el cabello. Ella soltó un alarido de dolor. “Llámenle al patrón”, le dijo a sus matones. “Díganle que ya tenemos una garantía. Si el pendejo de Mateo o el viejo Vargas no pagan para mañana, la empezamos a mandar en pedacitos”.
En ese instante, el celular de Sofía vibró en el suelo. La pantalla iluminó el piso oscuro. Era un mensaje de Mateo: “Sofía, ¡sal de ahí de inmediato! ¡Esa llave es una trampa de Lucía!”
Pero era demasiado tarde. La puerta principal se cerró de un fuerte golpe detrás de ella, asegurando los cerrojos.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, yo estaba sentada en la oscuridad de mi propia habitación en la mansión familiar. Había servido una copa de tequila añejo. Miré la pantalla de mi laptop.
En mi vida pasada, descubrí demasiado tarde las deudas de juego de Mateo. Él se casó conmigo, usó las cuentas de la empresa de mi padre para pagarle al cártel, nos dejó en la bancarrota, y cuando yo descubrí el desfalco, él y Sofía se deshicieron de mí.
Esta vez, no. Esta vez yo no sería la mártir.
Yo había hackeado el sistema de seguridad del departamento de Mateo. Había visto a los cobradores entrar horas antes. Sabía que estaban esperando. Y cuando Sofía vino llorando con sus falsas disculpas y su amor por Mateo… simplemente le di el mapa hacia el tesoro que tanto deseaba.
Di un sorbo al tequila. El líquido quemó mi garganta, un fuego purificador.
“Me pediste a mi prometido, hermanita”, susurré al vacío de la habitación, viendo por la pantalla cómo los hombres ataban a Sofía a una silla, mientras ella gritaba pidiendo auxilio. “Ahí lo tienes. Con todas sus consecuencias”.
El teléfono de mi habitación sonó. Era mi padre. Sabía que venía a reclamarme, a exigirme que buscara a su “pequeña flor indefensa”.
Sonreí, una sonrisa fría que no me llegó a los ojos. Levanté la bocina.
“¿Sí, papá? ¿Qué pasa? ¿No encuentras a Sofía? Ay, qué pena… seguro se fugó por amor”.
La venganza apenas estaba comenzando. Y el verdadero monstruo de esta historia ya no era Mateo. Ahora era yo.
PARTE FINAL: Las Cenizas de la Traición y el Despertar de la Reina
El auricular del teléfono se sentía frío contra mi oreja, un contraste perfecto con el fuego que ardía en mis venas. Al otro lado de la línea, la respiración de mi padre era pesada, errática, cargada de esa indignación que siempre reservaba exclusivamente para mí.
—¿Qué dijiste, Lucía? —la voz de don Roberto temblaba, pero no de tristeza, sino de una rabia ciega—. ¿Cómo te atreves a hablar así de tu hermana? ¡Sofía no aparece por ningún lado! ¡Su celular manda directo a buzón y sus amigas no saben nada! La humillaste frente a todos, la destrozaste, ¡y ahora la pobre niña huyó desesperada!
Le di otro sorbo a mi copa de tequila añejo. El sabor a roble y agave me centró. Miré la pantalla de mi laptop; en el video en vivo, Sofía lloraba a mares mientras uno de los matones le acercaba el bate de aluminio al rostro, amenazándola en susurros que el micrófono a duras penas captaba.
—Ay, papá… de verdad que la ceguera es el peor de los males —suspiré, recargándome en el respaldo de mi silla de cuero—. ¿”Pobre niña”? La acabas de ver arrodillarse para robarme al prometido, ¿y tú sigues pensando que es una blanca palomita que necesita protección? Te sugiero que le llames a Mateo. Si tanto se aman, seguro él sabe dónde está su “princesa”.
—¡Eres una víbora sin corazón! —estalló mi padre—. ¡Mateo es un caballero, él estaba tan sorprendido como yo! Si le llega a pasar algo a Sofía en las calles a estas horas de la noche, te juro por Dios, Lucía, que te voy a desheredar. ¡No vas a ver un solo peso de Inmobiliaria Vargas!
Esas palabras… en mi vida anterior, me habrían destrozado. Habría llorado, suplicado su perdón, intentado explicarle que yo no era la mala de la película. Pero la Lucía que lloraba por el amor de su padre murió envenenada en una cama de hospital, sola, arruinada y traicionada por las mismas dos personas por las que él ahora metía las manos al fuego.
—Haz lo que tengas que hacer, don Roberto. Pero si yo fuera tú, mejor guardaría esa chequera. La vas a necesitar para pagar rescates, no para desheredar hijas —y sin darle tiempo a responder, colgué el teléfono.
Sabía exactamente lo que iba a pasar a continuación. El reloj de pared marcaba la 1:15 a.m. Mateo no tardaría en aparecer. Él era un cobarde compulsivo, un “júnior” de Polanco que se creía narco jugando en las grandes ligas de Las Vegas, pero cuando el cártel le respiraba en la nuca, corría a esconderse bajo las faldas de quien tuviera dinero.
No tuve que esperar mucho. A la 1:40 a.m., escuché el rechinido de unas llantas derrapando sobre la grava del camino de entrada de la mansión. Me levanté lentamente, alisando la falda de mi vestido de diseñador, cerré mi laptop y salí de mi habitación. Caminé por el pasillo de caoba hacia la gran escalera que daba al vestíbulo principal.
Abajo, las puertas dobles se abrieron de golpe. Era Mateo. Estaba pálido como un fantasma, sudando a mares, con la camisa de seda desabotonada y los ojos desorbitados. Parecía un animal acorralado.
—¡Don Roberto! ¡Don Roberto, por el amor de Dios, ayúdeme! —gritaba Mateo, tropezando con la alfombra persa del vestíbulo.
Mi padre, que seguía en la sala bebiendo coñac para calmar los nervios, salió disparado al escuchar los gritos.
—¡Mateo! Muchacho, ¿qué pasa? ¿Estás bien? ¿Qué son esos gritos a esta hora? —preguntó mi padre, alarmado, tomándolo por los hombros.
Yo me quedé a la mitad de la escalera, oculta en las sombras, observando el teatro.
—¡Es Sofía, don Roberto! ¡La tienen! —Mateo se dejó caer de rodillas, exactamente igual que como lo había hecho su amante horas antes—. ¡Me acaban de llamar unos secuestradores! Dicen que la agarraron saliendo de la fiesta. ¡La tienen secuestrada, don Roberto! ¡Y si no pagamos cinco millones de pesos para mañana al mediodía, la van a matar!
El rostro de mi padre perdió todo rastro de color. Se llevó una mano al pecho, tambaleándose hacia atrás.
—¿Q-qué? ¿Secuestrada? ¡Dios santísimo! ¡Mi niña! ¡Tenemos que llamar a la policía ahora mismo, a la unidad antisecuestros! —balbuceó, buscando desesperadamente su teléfono en los bolsillos del pantalón.
—¡NO! —gritó Mateo, poniéndose de pie de un salto y arrebatándole el celular de las manos—. ¡No, don Roberto, por favor! Me dijeron que si ven a una sola patrulla, a un solo policía acercarse, la van a decapitar. ¡Son del cártel, don Roberto! ¡Son profesionales! No están jugando. Tenemos que pagarles. Yo… yo no tengo esa cantidad en efectivo ahora mismo, mis cuentas están congeladas por una auditoría de la empresa de mi padre, pero usted… usted tiene fondos de emergencia en la Inmobiliaria. ¡Présteme el dinero, se lo suplico! ¡Es para salvar a Sofía! Yo le firmaré los pagarés que quiera.
Era un actor pésimo, pero mi padre estaba tan cegado por el pánico y el “amor paternal” que sentía por la huérfana de su difunto amigo, que ni siquiera se dio cuenta de las lagunas en la historia. ¿Por qué llamarían al prometido de la hermana para pedir el rescate? ¿Cómo sabían los secuestradores de la relación a menos que la estuvieran siguiendo? Nada tenía sentido, pero el miedo no sabe de lógica.
—Sí… sí, claro que sí, muchacho. El dinero es lo de menos. La vida de Sofía no tiene precio —dijo mi padre, con la voz quebrada—. Tengo transferencias disponibles, puedo llamar al gerente del banco a primera hora… O la caja fuerte, tengo casi dos millones en efectivo aquí y centenarios de oro. Vamos al despacho, rápido.
—¡Qué conmovedor! De verdad, casi se me sale una lágrima —interrumpí.
Mi voz resonó desde la escalera, fría, cortante, haciendo eco en los altos techos de la mansión. Comencé a descender los escalones, lentamente, con el porte de una reina que acaba de sentenciar a muerte a los traidores.
Ambos levantaron la mirada. Mateo tragó saliva de forma tan sonora que casi pude escucharlo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al verme. Él sabía, muy en el fondo, que yo ya no era la estúpida niña enamorada que se tragaba todas sus mentiras.
—Lucía… —murmuró mi padre, frunciendo el ceño—. No es momento para tus sarcasmos venenosos. ¡Tú hermana está en peligro de muerte! ¡La secuestraron por culpa tuya, por haberla echado de la fiesta!
—Nadie la echó, papá. Ella se fue solita, persiguiendo la llave de la lujuria y la ambición que tanto deseaba —bajé el último escalón y caminé hacia ellos. Me detuve frente a Mateo, mirándolo con un asco profundo—. Y tú, Mateo… qué bárbaro. Deberían darte un premio Ariel a la peor actuación de la década. ¿”La secuestraron saliendo de la fiesta”? No mames. Eres patético.
—¡Lucía, cállate! —bramó don Roberto, levantando la mano como si fuera a abofetearme, tal como lo hizo en mi vida pasada.
Pero esta vez, atrapé su muñeca en el aire. Mi agarre fue firme, duro. Lo miré con unos ojos tan oscuros y llenos de furia que él mismo retrocedió, asustado de su propia sangre.
—A mí no me vuelves a levantar la mano en tu vida, papá —le advertí, soltándolo bruscamente—. Y antes de que vayas a vaciar la caja fuerte de la familia para dársela a este parásito, te sugiero que veas algo.
Saqué mi teléfono del bolsillo, el cual ya estaba conectado inalámbricamente a la enorme pantalla inteligente de ochenta pulgadas que decoraba la sala principal. Presioné un botón. La pantalla se encendió de golpe, iluminando la habitación a oscuras.
La imagen que apareció no era una película. Era la transmisión en vivo de la cámara de seguridad del departamento de Polanco.
Ahí estaba Sofía. Amarrada a una silla de madera, con el maquillaje escurrido, mocos en la nariz y el peinado deshecho. Estaba rodeada de tres hombres armados. El tipo de la cicatriz estaba sentado frente a ella, fumando un cigarro.
—¿Qué… qué es esto? —susurró mi padre, acercándose a la pantalla, temblando de pies a cabeza—. ¡Esa es Sofía! ¿Dónde está? ¡Dios mío!
—Shhh, escucha —dije, subiendo el volumen desde mi celular.
El audio llenó la sala. Se escuchaba claramente la voz de la “pobre huerfanita”.
—¡Por favor, señor, se lo ruego! —lloraba Sofía en la pantalla—. ¡Yo no tengo la culpa de nada! ¡Mateo es un imbécil! ¡Él perdió esos cinco millones en las mesas de póker en Las Vegas, no yo!
—Pues el pendejito nos dijo que iba a pagar con la fortuna de su suegro millonario, el tal Roberto Vargas —respondió el hombre de la cicatriz, exhalando el humo en la cara de Sofía.
—¡Pero él no se va a casar conmigo, se iba a casar con la estúpida de Lucía! —gritó Sofía, desesperada—. ¡Mateo solo la estaba utilizando para vaciarle las cuentas a la inmobiliaria! ¡Nos íbamos a fugar juntos cuando tuviéramos el control de la empresa! Yo odio a don Roberto, ¡es un viejo decrépito y manipulable! Solo me aguantaba sus abrazos asquerosos porque me daba la vida de rica que me merezco. ¡Si me sueltan, les ayudo a robarle todo a ese viejo idiota, se los juro!
El silencio en nuestra sala de estar fue absoluto, devastador. Era como si el tiempo se hubiera detenido.
Giré la cabeza para ver a mi padre. Don Roberto parecía haber envejecido veinte años en cinco segundos. Su boca estaba entreabierta, sus ojos llenos de lágrimas de dolor puro. El “viejo decrépito y manipulable”. Así lo veía la niña que él crio como a una princesa. La niña por la que acababa de amenazar con desheredar a su verdadera hija. El hombre se llevó las manos a la cara y soltó un sollozo ahogado, dejándose caer en uno de los sillones. Su corazón, por primera vez, se rompía por la verdad, no por una mentira.
Me volví hacia Mateo. El cobarde estaba paralizado, sudando frío, mirando la pantalla como si fuera el mismísimo diablo.
—¿Cinco millones, Mateo? —le pregunté, acercándome a él con pasos lentos—. ¿Perdiste cinco millones de pesos de dinero del narcotráfico intentando lavar su lana en Las Vegas? Y tu brillante plan maestro era casarte conmigo, tomar el control financiero de Inmobiliaria Vargas, pagarle al cártel, dejar a mi familia en la calle y fugarte con mi hermanita postiza. Qué romántico. Neta, qué pinche novela tan barata te armaste.
—Lucía… te lo juro, puedo explicarlo… no es lo que parece… —tartamudeó, retrocediendo hacia la puerta.
—No hay nada que explicar, imbécil —escupí la palabra con todo el desprecio que había acumulado desde mi muerte pasada—. Yo te amaba. Mi padre confiaba en ti. Y ustedes dos nos iban a mandar al matadero sin dudarlo un segundo.
—¡No voy a pagar por tus estupideces! —reaccionó por fin mi padre, poniéndose de pie con una furia que nunca le había visto. Agarró un pesado cenicero de cristal y se lo lanzó a Mateo, que apenas logró esquivarlo. El cristal se hizo añicos contra la pared—. ¡Lárgate de mi casa! ¡Lárgate antes de que yo mismo te mate, pedazo de escoria!
—¡Don Roberto, por favor, me van a matar! —Mateo cayó de rodillas de nuevo, llorando como un niño pequeño—. ¡Lucía, mi amor, perdóname! ¡Yo te amo a ti, a ella solo la usé! ¡Préstame el dinero!
Me reí. Una risa fría, seca, que me raspó la garganta.
—Ya es tarde para rogar, Mateo. Y adivina qué… no solo le di la llave a Sofía. También hice una llamadita anónima hace unos veinte minutos.
En ese preciso instante, a través de la transmisión en vivo en la pantalla grande, se escuchó un estruendo ensordecedor. La puerta del departamento de Polanco fue derribada a patadas. Decenas de hombres vestidos con equipo táctico negro, fuertemente armados y con los rostros cubiertos, irrumpieron en la sala gritando: “¡Fiscalía General! ¡Al suelo todos, al suelo, hijos de la chingada!”
Eran las fuerzas especiales antisecuestros y narcóticos. El cártel no tendría tiempo de reaccionar. Hubo un intercambio de disparos rápido y violento en la transmisión antes de que la cámara de seguridad fuera destruida por un balazo, cortando la señal a una pantalla negra llena de estática.
Mateo se quedó petrificado, viendo la pantalla negra.
—Mandé a las autoridades directamente al nido —le informé con un tono casual, como si hablara del clima—. Les di la dirección exacta, la descripción de los cobradores del cártel y les mencioné que tenían a una rehén. Ah, y por supuesto, les mencioné quién es el dueño del departamento y el titular de la deuda.
A lo lejos, en la silenciosa noche de Lomas de Chapultepec, comenzaron a escucharse las sirenas de patrullas acercándose a nuestra propia calle.
—También les di tu ubicación actual, Mateo. El lavado de dinero es un delito federal grave en este país. Te vas a pudrir en el Altiplano, o donde sea que te metan. Eso si el cártel no te alcanza primero en las regaderas de la prisión.
Mateo se puso de pie, histérico, buscando por dónde escapar. Pero las luces rojas y azules ya iluminaban los grandes ventanales de la mansión. Los oficiales estaban rodeando la casa.
—¡Estás loca, Lucía! ¡Eres un monstruo! —me gritó con odio, escupiendo saliva.
—Tal vez —respondí, mirándolo fijamente a los ojos mientras los policías tiraban la puerta principal y lo sometían bruscamente contra el suelo de mármol—. Pero este monstruo hoy salvó a su familia. Y ustedes, los “ángeles”, van a arder en el infierno que ustedes mismos construyeron.
Mientras los oficiales le leían sus derechos y lo arrastraban fuera de la casa, esposado y llorando, me giré hacia mi padre.
Don Roberto estaba sentado en el sofá, destrozado. Lloraba en silencio. La traición de Sofía lo había quebrado por dentro, pero al menos estaba vivo. Al menos Inmobiliaria Vargas seguía siendo nuestra. Al menos no íbamos a terminar en la quiebra ni asesinados.
Me acerqué a él, me senté a su lado y, por primera vez en toda la noche, mi armadura de hielo se derritió un poco. Lo abracé. Él se aferró a mí, pidiendo perdón entre sollozos, repitiendo una y otra vez lo ciego que había sido, lo estúpido que fue al no creer en mí.
—Ya pasó, papá. Ya pasó —le susurré, acariciándole el cabello canoso.
El escándalo mediático a la mañana siguiente fue brutal. Los periódicos hablaban del “Júnior de Polanco ligado al cártel” y la “Doble vida de la hermana adoptiva”. La boda, por supuesto, se canceló.
Sofía sobrevivió a la redada, sí. Pero fue arrestada como cómplice y testigo material. Sin el dinero y el prestigio de la familia Vargas para respaldarla, pasó a ser nadie. Una reclusa más enfrentando cargos por encubrimiento y asociación delictuosa, sin un centavo para pagar un abogado decente.
Meses después, mi padre decidió retirarse anticipadamente. Su salud menguó un poco por el golpe emocional, pero la paz volvió a nuestro hogar. Él me cedió la silla de Directora General de la Inmobiliaria Vargas.
A veces, cuando me siento en la gran oficina de cristal que ahora me pertenece, miro por la ventana hacia la inmensa Ciudad de México. Recuerdo la vida pasada, el dolor, la humillación, el veneno en mi cuerpo. Y luego sonrío.
Dicen que el karma tarda en llegar. Pero a veces, el karma solo necesita una pequeña llave plateada , una copa de tequila y una mujer que se negó a morir dos veces. Fui la villana en la historia de amor de Sofía y Mateo, y qué placer fue escribirles su trágico final.