“Me divorcié destrozada por la m*erte de mi hijo, hasta que el destino me puso frente al niño que me robaron.”

Me aferré a la camisa de Santiago con las manos empapadas de s*ngre. El dolor me partía en dos, sentía que me ahogaba.

—Santiago… nunca te he pedido nada —rogué con la voz quebrada, sintiendo cómo el aire me faltaba—. Pero por favor, salva a nuestro bebé. Te lo suplico.

Él se quedó ahí, de pie. Me miró desde arriba. Sus ojos estaban fríos, completamente vacíos. No dijo una sola palabra mientras yo me desvanecía en el piso.

El dolor me arrancó el conocimiento. Cuando desperté en la fría cama del hospital, mi vientre estaba plano. Mi bebé ya no estaba. Me dijeron que por la caída de las escaleras no logró sobrevivir. Estuve internada una semana entera y Santiago nunca apareció. El mismo día que me dieron de alta, le envié los papeles del divorcio. Me fui con las manos vacías, cargando solo el peso y el luto de un angelito que nunca pude conocer.

Me fui a vivir a Tepoztlán, intentando sobrevivir vendiendo papel picado en un pequeño puesto en la calle. Creí que jamás volvería a saber del hombre que me usó para destruir a mi familia.

Hasta esta tarde.

Un niño de unos cuatro años, vestido con ropa carísima y unos ojitos negros curiosos, se plantó frente a mi mesa.

—¿Por qué no me contestas? Eres muy grosera —me reclamó con un tonito mandón que me revolvió el estómago. Era idéntico a él.

Intenté ignorarlo, pero el niño se acercó más. Sus manitas temblaban un poco.

—No tengo mamá —murmuró de pronto, bajando la mirada—. Mi papá dice que no tengo. Pero… vi una foto tuya en su oficina. ¿Tú eres mi mamá?

El corazón se me detuvo en seco. La respiración se me cortó y mis manos empezaron a temblar descontroladamente al ver sus ojitos llenos de lágrimas.

PARTE 2

Me llamo Lucía. Después del divorcio y de llorarle a las cenizas de mi bebé, me fui a vivir a Tepoztlán. Quería alejarme de todo. Por las tardes, armaba un puestito en la calle donde vendía figuras de papel picado que yo misma cortaba. Era un pasatiempo, algo para no volverme loca. A veces la gente preguntaba, pocos compraban, pero me daba igual.

Hasta que una tarde, mientras terminaba de recortar un gatito de papel, una vocecita me sacó de mis pensamientos.

—Ese es un gatito, ¿verdad? —preguntó una voz infantil.

Levanté la vista y ahí estaba él. Un niño de unos cuatro años. Tenía la misma mirada penetrante y los rasgos finos de Santiago, mi exmarido. Era un niño precioso, capaz de robarle el corazón a cualquiera, pero la neta es que al verlo sentí un rechazo inmediato. Era la prueba viviente de que mi exmarido había rehecho su vida enseguida, o peor, que me había engañado antes de divorciarnos, mientras a mí me dejó completamente vacía.

Empecé a guardar mis herramientas y los papeles en silencio, recogiendo la basura de la mesa.

—¿Por qué no me contestas? —hizo un puchero, frunciendo el ceño—. Eres bien grosera.

Agarré mi mesita para meterme a mi casa y el chamaco me siguió caminando detrás de mí.

—¡Se te cayó el gatito! —gritó. Me volteé y vi que había recogido la figura que yo acababa de cortar.

Lo miré con frialdad y fruncí el ceño. —Ya no lo quiero, tíralo a la basura —le dije, seca.

Sus ojitos brillaron bajo la luz de la calle. —¿De verdad? ¿Entonces me lo regalas?

Apreté los puños hasta clavarme las uñas en las palmas. Sabía perfectamente que no era justo desquitarme con una criaturita inocente, pero verlo ahí, tan bien cuidadito, con ropa cara, piel suavecita, criado como un rey… me llenaba de coraje. Mi bebé ni siquiera pudo ver la luz del sol un día entero. ¿Acaso Santiago, cuando sonreía y mimaba a este niño, se acordaba de que alguna vez tuvimos un hijo?

Al día siguiente por la tarde, el niño volvió a aparecer en mi puesto, como relojito. Esta vez venía con una mujer.

—Llevas toda la tarde dando lata con que querías venir a ver cómo cortan papel —se quejaba la mujer, harta—. Si tanto te gusta, le digo a tu mamá que contrate a un artesano de verdad para que vaya a la casa a enseñarte.

—¡Ya cállate, hablas mucho! —le gritó el niño, tapándose los oídos frunciendo el ceño.

—Mateo, no seas grosero —lo regañó—. Si sigues así, le voy a decir a tu papá que te castigue.

—¡A mi papá ni le importo! —le contestó el niño, desafiante—. Y tú nomás sirves para andar de chismosa, ¿no tienes nada más qué hacer?

Sus voces no eran muy fuertes, pero me tenían harta. Miré el papel que acababa de arruinar con el cúter, cerré los ojos y solté un suspiro pesado. Había más artesanos en Tepoztlán con mejor técnica que yo, ¿por qué demonios tenían que venir a pararse frente a mi puesto todos los días como fantasmas? Seguramente Santiago jamás les habló de mí; a fin de cuentas, una exesposa odiada no es tema de conversación.

Pero me molestaba muchísimo. Quería a Santiago y todo lo que tuviera que ver con él lejos de mi vida. Así que, los días siguientes, en cuanto llegaba de trabajar, me encerraba en mi casa a piedra y lodo. Pensé que madre e hijo se aburrirían y se irían.

Pero un niño berrinchudo y acostumbrado a tenerlo todo no sabe leer las indirectas. Toc, toc, toc, toc. —¡Yo sé que estás ahí, ábreme! —gritaba Mateo desde la calle—. ¿Por qué no quieres jugar conmigo?

Tenía el mismo tono mandón y arrogante de Santiago. Dejé el plato de comida en la mesa, me quedé callada dos segundos, respiré hondo y fui a abrirle.

—Oye, chamaco, ¿tus papás no te enseñaron que es de mala educación venir a golpear puertas ajenas? —le solté.

—No —me miró fijamente—. Yo no tengo mamá.

Sentí un vuelco en el corazón, pero fruncí el ceño. —¿Y por estar enojado con ellos andas diciendo que no tienes mamá?

—¡Te digo que no tengo, es la verdad! ¿Estás tontita o qué? —bufó Mateo, mirándome con fastidio. Se asomó por el marco de la puerta hacia mi sala—. ¡Ah, no has comido! Qué bueno, yo tampoco.

Antes de que pudiera detenerlo, ya se había metido. Quería correrlo, lo juro que quería odiar a este niño. Pero cuando me miró con esos ojitos brillantes y expectantes… la palabra “vete” se me atoró en la garganta. Cerré los ojos y lo dejé pasar.

Le serví un poco de guisado de carne que había preparado, perfecto para un niño. Comía con unas ganas tremendas. Mientras comía, me soltó de golpe:

—Oye… ¿tú conoces a mi mamá?

Me quedé helada con el cubierto en el aire. —No. No la conozco —respondí, tratando de sonar indiferente.

La carita de Mateo se descompuso en una tristeza profunda. —Tú tampoco… —suspiró—. Es que vi una foto tuya y de mi papá en su oficina. Pensé que tú eras mi mamá. Pero le pregunté a él y me dijo que no. Que nunca la he visto. Todos en la escuela tienen mamá menos yo. A mi papá tampoco le importo, siempre me mira como si le estorbara. Si supiera cómo es ella, iría a buscarla. Seguramente yo sí le caería bien… y le preguntaría por qué no me quiso.

Me quedé sin aire. Agarré una servilleta para limpiarle la boca, pero él siguió hablando.

—¿Tú crees que si pido de deseo conocer a mi mamá en mi cumpleaños, se me cumpla?

Me temblaban las manos. —¿Cuándo es tu cumpleaños?

—Mi papá dice que este domingo. El año pasado le pedí de regalo una mamá, pero me dijo que no tengo. ¡Es bien malo! Yo no nací de una piedra. Seguro él la tiene escondida por ahí. ¡Lo odio!

Me quedé en shock. Mis manos temblaban de forma tan evidente que Mateo me miró asustado. —¿Qué tienes? ¿Estás enferma? —No… —iba a negarlo, cuando de pronto golpearon la puerta.

La había dejado emparejada. De golpe, Santiago entró. Llevaba un traje oscuro, impecable, y me miraba con un hielo absoluto en los ojos. Detrás de él venía la mujer que yo creía que era la mamá, pero que resultó ser solo su niñera.

—Mateo, ya estás colmando mi paciencia —dijo Santiago, dándome solo una mirada rápida y despectiva antes de ignorarme—. ¿Ya hiciste tu berrinche? Vámonos.

—¡No! —gritó el niño. La niñera se acercó sonriendo con compromiso para agarrarlo, pero él le dio un manotazo violento—. ¡Déjame!

La sonrisa de la niñera se congeló. —Si no haces caso, tu papá se va a enojar.

—¡Que se enoje, de todos modos no me quiere! —sollozó Mateo a gritos—. ¡Yo quiero ir a buscar a mi mamá, ella sí me va a querer!

—Tu madre no te quiere, deja de perder el tiempo —gruñó Santiago, perdiendo la paciencia. Lo levantó en peso, ignorando las patadas del niño, y se dio la vuelta para salir.

—¡Espera! —grité, intentando agarrarlo del saco por instinto, pero no lo alcancé. Santiago se detuvo, me miró con fastidio y frialdad.

Sentía la garganta seca. Tragué saliva. —Dime… ¿quién es la madre de Mateo?

—A ti no te importa —escupió Santiago.

Mateo, enfurecido y llorando, le mordió la mano a Santiago con fuerza. Él hizo una mueca de dolor, le dio una palmada en las pompas y el niño rompió a llorar a gritos. —Disculpa las molestias —me dijo Santiago, asintiendo fríamente con la cabeza, y se largó con el niño.

La niñera sacó un sobre con dinero. —Disculpe, el niño es muy caprichoso. Tenga, como agradecimiento. Lo dejó en la mesa y salió corriendo detrás de ellos.

La casa se quedó en un silencio sepulcral. Me quedé parada, temblando, y mi mirada se clavó en los cubiertos que Mateo había usado. El corazón me latía a mil por hora. Agarré mi celular y le marqué a mi tía, que trabajaba en un laboratorio clínico. —Tía… ¿puedes sacar ADN de unos cubiertos usados? Necesito una prueba de paternidad. ¡Me urge muchísimo!

Al día siguiente, los resultados estaban listos. —Lucía… —la voz de mi tía temblaba al teléfono—. Los resultados dicen que sí. Tú eres la madre biológica de ese niño. ¿Qué está pasando? ¿No me habías dicho que perdiste al bebé?

Las lágrimas me nublaron la vista mientras miraba el papel: Lucía, madre biológica de Mateo. Me temblaba todo el cuerpo. —No sé… no sé —balbuceé, sintiendo que me asfixiaba.

Recordé aquel maldito día. Cuando llegué al hospital estaba sangrando muchísimo. Me desmayé, y cuando desperté dos días después, todo había terminado. Me dijeron que el bebé se había asfixiado en el parto y había n*cido sin vida. Yo estaba tan débil que ni siquiera me podía levantar de la cama. Lloraba en silencio todo el día, y las enfermeras me tenían sedada con tranquilizantes para que no hiciera una locura.

Cuando me dieron de alta, estaba tan dopada y destruida que solo llamé a Santiago para pedirle el divorcio. Ya me había dado cuenta de que solo me usaba como escudo mientras le quitaba la empresa a mi padre. Firmé unos papeles de divorcio que bajé de internet sin leerlos, entregándole todo, solo quería largarme sin nada. Nunca pensé que él haría trampa en los papeles. Él lo planeó todo. No me dejó ni una sola salida.

Cerré los ojos con una sonrisa amarga. ¿Tanto me odiabas, Santiago?

Compré un boleto de camión y me fui a la Ciudad de México. Era un viaje de poco más de media hora desde Tepoztlán. En el camino, recibí un mensaje de mi amiga Gaby, que trabaja en el panteón donde está mi mamá. —¡Güey! ¿Andas por acá y no me dices? —me escribió. Le contesté que no había ido al panteón últimamente. —¿Ah no? ¿Entonces quién dejó este arreglo gigante de claveles? —me mandó una foto de la tumba de mi madre.

Le pedí que revisara las cámaras. A los diez minutos me mandó un video. Era Santiago. Estaba ahí, frente a la tumba, agarrado de la mano del pequeño Mateo.

Llegué a las oficinas de la empresa de Santiago. Pensé que no me dejaría pasar, pero el asistente me reconoció al instante y me dejó subir. Entré a su oficina. Todo seguía igual. Él estaba sentado en su escritorio, guardando apresuradamente un portarretratos en un cajón cuando me vio entrar.

—¿Qué quieres? —preguntó, mirándome sin ninguna emoción.

Me temblaba la voz. Llevaba años intentando sanar, pero estar frente a él me destruía de nuevo. —¿Por qué me mntiste? —solté, conteniendo las lágrimas—. ¡Mi hijo está vivo! ¡¿Por qué me dijiste que estaba merto?!

Santiago tiró la pluma en el escritorio, se recargó en la silla y me miró con burla. —¿Viniste hasta acá solo para reclamar eso?

—¡Vengo a exigir la custodia de Mateo! —grité, sacando los papeles de mi bolsa—. ¡Tengo las pruebas de ADN!

Él soltó una carcajada seca, agarró el reporte y lo tiró a la basura. —Sigues siendo la misma ingenua de siempre, Lucía.

—¡Sí, fui una estúpida por caer en tus mentiras! —le grité llorando—. Pero, ¿no te basta? ¡Mi papá quebró! Lorenzo sigue en la cárcel. ¡Tú querías vengarte porque él arruinó a tus papás, y ya lo hiciste! ¡Yo solo era su hija no reconocida, jamás tuve su dinero! ¡Mírame, Santiago! ¡Me quitaste la mitad de mi vida, estoy en los huesos! ¡¿Qué más quieres?!

Santiago se levantó de golpe. Caminó hacia mí hasta acorralarme, su sombra cubriéndome. —Tú fuiste la que me buscó primero —siseó, mirándome con rabia—. Tú me engañaste. ¿Acaso creías que no ibas a pagar?

Era cierto que yo me le había declarado en la universidad. Pero yo vivía de arrimada con mi padre, aguantando humillaciones de su esposa legítima solo para que me diera dinero para las medicinas de mi madre, que se estaba m*riendo. Me enamoré de Santiago porque vi en él la misma soledad que me ahogaba a mí.

—¡Me casé enamorada de ti! —lloré con desesperación—. Cuando supe que estaba embarazada, rogué que me amaras un poco… pero me mirabas con asco. ¡Para ti mi hijo y yo solo éramos basura!

—¡No te voy a dar a mi hijo, entiéndelo! —rugió Santiago, golpeando el escritorio—. ¡Para mí tu hijo siempre fue solo un estorbo que lloraba por su madre, pero ahora es mi hijo y no te lo voy a dar!

Justo en ese momento, la puerta de la oficina se abrió de un portazo. Era Mateo, con la carita roja de furia. —¡Eres un grosero! —le gritó a Santiago—. ¡Llevas tres días sin ir a la casa! ¡Si no me quieres, dímelo y me voy a buscar a mi mamá!

De repente, Mateo me vio. Se detuvo en seco. Vio mi cara empapada en lágrimas. —¿Estás llorando? —me preguntó con vocecita temblorosa—. ¿Mi papá te hizo daño? Él es muy malo, no le hagas caso…

Me dejé caer de rodillas al piso de la oficina, tapándome la boca, y rompí en un llanto incontrolable.

Mateo se asustó. Empezó a dar vueltas a mi alrededor, acariciándome la cabeza. —Ya no llores, sana sana colita de rana… —decía, tratando de consolarme.

Al ver que yo no paraba de llorar, el niño se volteó furioso hacia Santiago, lo agarró de la pierna y lo jaló. —¡Abrázala! —le ordenó Mateo a su padre—. ¡Tus abrazos son calientitos! Cuando yo lloro y me abrazas, se me quita. ¡Hazlo!

Santiago se quedó congelado. Yo hundí mi cara en mis rodillas, sollozando desgarradoramente. Mateo, desesperado, intentó abrazarme con sus bracitos, y como no podía, jaló del brazo a Santiago hasta obligarlo a agacharse junto a nosotros.

De pronto, sentí el calor del cuerpecito de Mateo aferrándose a mi cuello… y un segundo después, los brazos fuertes de Santiago me rodearon por completo. No pude contenerme más y me derrumbé en ese abrazo.

Nunca había llorado de esa manera en toda mi vida. Cuando mi mamá murió, me aguanté las lágrimas por miedo a que no se fuera en paz. Cuando vivía de arrimada con la familia de mi padre, me tragaba el llanto para no incomodar a nadie. Y en mi matrimonio, soporté todas las humillaciones en silencio. Sabía que a nadie le importaba cargar con mi tristeza, así que siempre me la tragaba yo sola. Pero en ese momento, aferrada al cuerpecito de Mateo y rodeada por los brazos de Santiago, me desmoroné por completo y lloré a gritos.

Cuando por fin me tranquilicé, me limpié la cara y, con los ojos hinchados, le sonreí a Mateo para darle las gracias por consolarme. —¿De verdad ya estás bien? —me preguntó, con el ceño fruncido y su carita llena de preocupación. —Sí, corazón, ya estoy bien —le contesté.

Como Santiago tenía cosas de trabajo que atender, nos quedamos solos en esa enorme oficina. Mateo se sentó en el sofá, balanceando las piernitas, estudiándome con cuidado. Cuando se aseguró de que yo ya no iba a llorar, empezó a jugar y a tocar todo en el despacho, paseándose con la confianza del dueño del lugar. Me quedé mirándolo fijamente. Mateo siempre me decía que Santiago no lo quería, que no le importaba y que era malo con él. Pero la realidad es que el día que nos reencontramos en Tepoztlán, la mirada de Santiago hacia el niño era de una ternura innegable. Un niño que crece ignorado y en un ambiente sin amor no tendría esa personalidad tan terca, berrinchuda y a la vez tan noble como la de Mateo. Tampoco andaría tan libre por esa oficina si de verdad le tuviera miedo a su papá.

—¡Ush, mi papá es bien odioso! ¡Otra vez me escondió mi foto! —se quejó Mateo, abriendo y cerrando los cajones del escritorio, hasta que sacó un portarretratos. Recordé que cuando entré, Santiago estaba guardando algo a toda prisa. Me levanté y tomé el marco con mis manos. Era una foto de ellos dos: Santiago tenía a Mateo abrazado contra su pecho, con una expresión seria mirando a la cámara, mientras Mateo hacía la señal de amor y paz con sus deditos, sonriendo con una luz inmensa. Bajé la mirada. Antes de venir hasta acá, yo había armado mil planes en mi cabeza para hacer la guerra y pelear con uñas y dientes por la custodia de mi hijo. Pero en ese instante, dudé. Santiago no odiaba a Mateo. Y Mateo, a pesar de sus berrinches, tampoco lo odiaba a él. Si se querían, ¿qué caso tenía arrancar al niño de su lado? ¿Para qué destruir a esa familia?

Decidí rentar un cuarto de hotel en la Ciudad de México y quedarme unos días. Santiago me dejó muy claro que no me cedería la custodia, pero tampoco me prohibió acercarme a Mateo. De hecho, me permitió visitarlo en la misma casa donde vivimos cuando estábamos casados. Solamente que ahora, para que el niño tuviera más espacio, Santiago había comprado también los pisos de arriba y de abajo. Al pisar de nuevo esa casa, sentí que había pasado una vida entera.

Mateo estaba vuelto loco de felicidad cuando me vio llegar. Corría detrás de mí, me servía agua, me traía fruta y a escondidas me metía en la bolsa sus paquetitos de galletas y dulces favoritos. —Mi papá es bien codo, me tiene contados los dulces de la semana —me susurró al oído—, pero si a ti te gustan, te doy los míos de hoy, los de mañana y los de pasado. ¡Pero los del cuarto día no, eh! ¡Porque yo no aguanto tantos días sin comer dulces! —se justificó levantando tres deditos con una sonrisa apenada.

Noté que había varias empleadas de servicio en la casa, pero todas eran caras nuevas. —Oye, ¿y la niñera que te cuidaba en Tepoztlán? ¿Renunció? —le pregunté. —¿Cuál? ¿La que fue con nosotros? ¡Nombre, a esa yo la corrí! —arrugó la naricita, se tapó la boca con la mano y se acercó a mi oído, en plan de chisme—. Te voy a contar un secreto… la corrí porque se quería hacer pasar por mi mamá. En el kínder un niño me dijo que los papás viven con las mamás, pero yo ya tengo la mía y no quiero que esa señora chismosa sea mi mamá.

Sentí un vacío amargo en el estómago y le sonreí con tristeza. —¿Tantas ganas tienes de encontrar a tu mamá? —¡Pues claro! Mi mamá seguro es la más buena del mundo. El único problema es que mi papá es malo y no me quiere llevar a buscarla. Pero no pasa nada, cuando esté más grande, la voy a buscar yo solito. Mateo estaba recostado boca abajo en el sofá, balanceando las piernas, con su carita llena de esperanza. Apreté las manos, nerviosa. Dudé unos segundos, pero la voz se me salió solita: —Oye… ¿y qué pasaría si yo te dijera que yo soy tu mamá?

La sala se quedó en un silencio total. Mateo borró su sonrisa y se puso muy serio. Entré en pánico. —Es una broma, corazón, no me hagas caso —me apresuré a decir. Él soltó el aire, como aliviado. —Es que cuando nos conocimos en tu puesto, ni me querías contestar. Luego me cerraste la puerta en la cara, y me mirabas como si te cayera mal. Como ya somos amigos, ya te perdoné y no me importa que fueras así conmigo. Pero mi verdadera mamá nunca me trataría de esa forma. En cuanto me vea, me va a llenar de besos y abrazos.

Apenas tenía cuatro añitos. Me era imposible explicarle a una criatura tan pequeña que yo había proyectado todo mi dolor, mi trauma y mi rencor hacia Santiago en su inocente presencia. Así que solo le acaricié la cabeza y le di la razón. —Sí, mi amor. Tu mamá es la mejor del mundo. Yo no me porté bien contigo, por eso no soy tu mamá.

Como a Mateo le encantaba ver cómo cortaba papel picado, fui a comprarle tijeras y hojas de colores. Llenamos las puertas, las ventanas y sus juguetes de gatitos, perritos y flores de papel. Le prometí que la próxima vez lo llevaría a la feria del papel picado en Tepoztlán.

Fueron quince días mágicos, pero mis vacaciones del trabajo terminaron y tenía que regresar. No tuve el corazón para despedirme del niño de frente. Justo antes de irme a la central de autobuses, le llamé a Santiago. —Sé que no tengo ningún derecho a pedirte esto —le dije por teléfono—, pero si algún día decides rehacer tu vida con otra mujer, por favor, toma en cuenta los sentimientos de Mateo. Él de verdad anhela con toda su alma a su madre. Santiago se quedó en silencio dos segundos. —¿Acaso no eres tú su madre? —soltó.

Me quedé helada. Él rechazaba tajantemente la prueba de ADN que le llevé, pero al mismo tiempo reconocía mi lugar. Sentía que, a pesar de los años, jamás terminaría de conocer a ese hombre. —No soy una buena madre —le contesté con una risa triste—. Ya me regreso a Tepoztlán. Luego vengo a visitarlo. —¿Ya te vas? ¿Y se lo dijiste a Mateo? —No. Prefiero no decírselo. Tengo miedo de volver a llorar, y estar llorando frente a los niños no es bueno para ellos. Hubo otro silencio tenso. —Gracias, Santiago. Gracias porque lo has criado muy bien —añadí—. En cuanto a ti y a mí… no te digo que te odio, pero sí te guardo mucho resentimiento por lo que me hiciste. ¿Y tú? ¿Tú todavía me odias? Pensé que, siendo el niño tan grande, ya era hora de hablar claro y dejar el pasado atrás. Pero la única respuesta de Santiago fue colgarme el teléfono en la cara. Sonreí con amargura y guardé el celular. Obviamente, me seguía odiando.

La central de autobuses estaba a reventar de gente. Me bajé del taxi, jalé mi maleta y me metí entre el mar de personas para ir a mi andén. De pronto, escuché un grito desesperado a mis espaldas, una voz ronca por el llanto que conocía perfectamente. —¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!

Todo mi cuerpo empezó a temblar. Me detuve en seco, sin atreverme a creerlo, y me di la vuelta. Un coche negro estaba estacionado malamente afuera. Mateo venía corriendo hacia mí, empapado en lágrimas y mocos, y se lanzó a abrazarme las piernas con una fuerza brutal. —¡Mamá mala! ¡Me vas a volver a dejar! —gritaba, ahogándose en su propio llanto—. ¡Eres mala, esta vez de verdad, de verdad no te voy a perdonar! Lloraba con tanta desesperación que me dio miedo que le fuera a dar un ataque y se desmayara. Solté la maleta, me tiré al piso, lo levanté en mis brazos y empecé a arrullarlo. Él se aferró a mi cuello como un changuito, sollozando y reclamándome por abandonarlo.

De repente, Santiago apareció detrás de él. Traía una maletita infantil y la puso en el piso, justo frente a mí. —Llévatelo —me dijo con voz firme—. En unos días iré a recogerlos. Para que yo no sufriera viajando sola en el camión con el niño, Santiago hizo una llamada, nos cambió los boletos a asientos de lujo y hasta mandó a una de las niñeras para que nos acompañara en el viaje. Mateo había llorado tanto por el susto, que para cuando nos subimos, ya estaba profundamente dormido acurrucado en mi pecho.

Cuando el autobús encendió el motor para arrancar, miré por la ventana de cristal. Santiago estaba ahí afuera, parado en el andén, mirándome fijamente. Vi cómo su respiración se agitaba y, lentamente, movió los labios. No escuché su voz, pero leí perfectamente las palabras que formó su boca: —”Esposa mía… perdóname”.

(Ngoại truyện / La verdad de Santiago)

Nadie lo supo nunca, y él jamás se lo confesó a nadie, pero la verdad es que Santiago se enamoró de Lucía desde el primer instante en que la vio. Para los ojos de todos los demás, e incluso para la propia Lucía, ella fue quien hizo todo el trabajo de conquistarlo primero. Ella se le acercaba con cuidado, llevándole pequeños detalles sin ser encimosa. En la universidad, hasta los amigos de Santiago se desesperaban y le decían: “No manches, güey, Lucía es a todo dar, es tierna, es buena onda. ¡Hasta te trae agua cuando hace un calorón! ¿A poco no te da lástima ignorarla así?”.

No era que a Santiago no le gustara. Le fascinaba. Pero él sabía perfectamente que su camino en la vida iba a estar lleno de lodo y oscuridad, y le aterraba arrastrarla con él y arruinarle la vida. Pero al final, el amor fue más fuerte y no pudo resistirse más, así que aceptó salir con ella.

Santiago cargaba un peso enorme sobre sus hombros. Su objetivo en la vida estaba trazado: destruir a Lorenzo. Ese hombre, usando el pretexto de una “inversión inmobiliaria”, le había robado hasta el último centavo a los padres de Santiago, dejándolos en la calle y empujándolos a saltar de un edificio para quitarse la vida. Durante años, Santiago trabajó como un animal para construir su imperio, solo para vengar a sus padres. Y no quería que Lucía sufriera por eso, así que le ocultó todo.

Pero la vida es retorcida. Un día descubrió que la mujer a la que amaba con locura, era la sangre de su peor enemigo. Lucía era la hija biológica de Lorenzo. ¿Por qué Santiago no se dio cuenta al principio? Porque Lucía era un fantasma. Nunca hablaba de dinero, nunca presumía a su familia, nunca mencionó quién era su padre. En el instante en que Santiago supo la verdad, su alma se fracturó. Todo ese amor profundo y genuino que sentía por ella, en un solo segundo, se pudrió y se transformó en un odio enfermizo y visceral.

Santiago creyó que usar a Lucía como su peón sería la jugada perfecta. Al estar casado con ella, nadie sospecharía de sus intenciones, y le dio el pretexto ideal para infiltrarse en la empresa de Lorenzo y destruirlo desde adentro. Lorenzo ya estaba viejo, y sus hijos legítimos eran unos inútiles. Santiago solo tuvo que encender la mecha para que la empresa colapsara en un hoyo financiero, y luego, fingiendo ser el “salvador”, compró las acciones hasta adueñarse de todo.

Lucía era tan ingenua que no se dio cuenta de nada. Ella de verdad creía que él la amaba. Para Santiago, la idea de amar a la hija del hombre que asesinó a sus padres era una burla grotesca. Se repetía mil veces que todo era un engaño, pura manipulación. Aunque a veces, en la oscuridad de su recámara, cuando la abrazaba, la línea entre la mentira y sus verdaderos sentimientos se volvía borrosa. Pero bastaba recordar el final trágico de sus papás para que su corazón se volviera a congelar.

El plan salió a la perfección. Santiago por fin pudo quitarse la máscara frente a ella. Pensó que la venganza le sabría a gloria, pero al ver cómo la luz y la vida se apagaban en los ojos de Lucía, lo único que sintió fue una ansiedad que le quemaba el pecho. La escuchaba tartamudear sobre su pasado, sobre cómo ella no tenía la culpa, y eso solo lo enfurecía más. “¿Qué me importa si es hija legítima o no?”, pensaba él. “Sigue siendo s*ngre de Lorenzo. ¡Me debe esto!”.

Pero cuando Lucía le soltó los papeles del divorcio, Santiago sintió que la rabia lo cegaba. ¿Con qué derecho le pedía ella el divorcio? ¡Ella fue la que lo persiguió primero en la universidad! ¿Y ahora que las cosas se ponían feas, simplemente quería lavarse las manos y largarse? En este mundo las cosas no eran tan fáciles. Santiago se dio cuenta de que odiaba a Lucía casi tanto como a Lorenzo. Verle la cara lo ponía de malas, pero no verla lo desesperaba aún más. Obviamente se negó a darle el divorcio.

Y entonces, se enteró de que ella estaba embarazada. Su cabeza fue un caos total. Era su propio hijo, pero llevaba la maldita s*ngre de su enemigo. Le era imposible lidiar con eso de forma madura. Cuando Lucía intentó usar al bebé como excusa para salvar el matrimonio, él la rechazó con la peor frialdad posible. Pero en el fondo, le carcomía el terror de que ella decidiera ir a una clínica a abortar. Parecía amar mucho a ese bebé, pero Santiago no iba a correr riesgos. Hasta que él decidiera qué hacer con esa criatura, ella no tenía permiso de deshacerse de él. Por eso la encerró en la casa, poniéndole vigilancia las 24 horas del día.

Pero el maldito destino le jugó chueco. A pesar de tanta vigilancia, Lucía rodó por las escaleras. Cuando la vio ensangrentada, a Santiago se le borró el mundo. En el hospital, la situación era crítica. Él no recordaba con claridad qué pasó, solo recordaba haber agarrado a los doctores por el cuello de la bata, suplicándoles con lágrimas en los ojos que la salvaran. ¿Por qué le rogaba tanto a Dios por la vida de una mujer que juraba odiar hasta los huesos?

Mateo nació sin respirar y lo metieron de urgencia a terapia intensiva. Santiago no durmió por días, moviendo cielo, mar y tierra, pagando especialistas extranjeros, luchando desesperadamente por la vida del niño. Fue en ese caos cuando le llegó el chisme a Lucía de que el bebé no había aguantado. Por un segundo, Santiago agarró su celular para marcarle y decirle la verdad… pero al final, bajó la mano. Pensó que ese matrimonio ya estaba m*erto, y era mejor cortar todo de raíz.

Decidió tragarse la verdad. Al principio, lidiar con Mateo fue un infierno. El niño era insoportable, sumamente especial; si Santiago no era quien lo dormía, Mateo lloraba hasta ahogarse y ponerse morado. No quería comer, todo lo escupía. Hubo noches en las que Santiago, agotado, pensó en abandonarlo con las niñeras y desentenderse. Pero apretó los dientes y decidió criarlo él mismo. Conforme Mateo crecía, se volvía un clon exacto de Santiago. De Lucía no le quedó ni un solo rasgo. A veces Santiago lo veía hacer sus mega berrinches y sonreía con amargura pensando: “Qué bueno que no se lo dejé a Lucía. Con lo berrinchudo que es, a ella le hubiera dado una depresión postparto espantosa”.

Pero el tiempo pasó, y el chamaco empezó a encontrar fotos viejas. “¿Ella es mi mamá?”, preguntaba Mateo señalando la foto de bodas. Santiago se hartaba de que el niño no soltara el tema, pero tampoco le mintió diciendo que no tenía madre. Aguantó esa tensión durante años. Hasta que en un viaje de negocios a Tepoztlán, se llevó a Mateo consigo, y fue ahí donde el destino los puso frente a frente con Lucía de nuevo.

Esa misma noche, de regreso en la Ciudad de México, Santiago se fue a una cantina cara con sus amigos. Se tomó varios tequilas y, ya entrado en copas, se quejó: —Lucía ni siquiera lo peló, y el chamaco ahí de encimoso, rogándole atención. No sé a quién diablos salió este niño con esa terquedad. Su mejor amigo soltó una carcajada mientras le daba un trago a su bebida. —¿Que a quién salió? Pues a ti, cabrón —le contestó el amigo, poniéndose serio de repente—. Ya bájale a tu teatro, Santiago. Ya no te engañes solo. ¿De verdad la odias? Tú eres alguien que no perdona, acabaste con su padre, pero al resto de su familia ni los tocaste. Y a ella la sigues arrastrando. ¿De verdad creíste que al decirle que eras el destructor de su familia ella iba a llorar y a amarte más por lástima? Por eso te dolió tanto que te pidiera el divorcio.

El amigo lo señaló con el dedo. —¿A poco me vas a negar que sentiste tantita alegría cuando supiste que estaba embarazada? ¿Por qué le escondiste que el niño estaba vivo? Porque sabías que si se divorciaban y ella se llevaba al bebé, jamás tendrías un pretexto para volver a verla. Y esperaste hasta que Mateo tuviera casi cuatro años para soltarlo frente a ella. ¿Por qué? Porque a esta edad, el niño ya te ama, ya tiene conciencia, y sabías perfectamente que Lucía jamás obligaría a su hijo a separarse de ti. Ahora estás feliz, ¿verdad? Porque sabes que, gracias a Mateo, ella solita va a tener que venir a buscarte. Ya están amarrados de por vida. Deja tu maldito orgullo, Santiago. No te dejes cegar por el rencor, tú la amas con locura.

Santiago se quedó mudo en la barra del bar por mucho tiempo. Hasta que su celular sonó. Era Mateo, exigiéndole que fuera a la casa a contarle su cuento para dormir. Santiago pagó la cuenta y voló hacia su casa. Se sentó en la orilla de la cama y le contó el cuento que más le gustaba al niño: “El renacuajo que busca a su mamá”. Mateo, ya con los ojitos pesados por el sueño, se acurrucó en su pecho y le agarró la camisa. —Papá… yo quiero mucho a mi mamá. ¿Cuándo la vamos a ver de nuevo? ¿Tú crees que yo no le gusto?

Santiago sintió un nudo en la garganta. Le acarició el pelo con ternura. —No, campeón. Ella te adora. Lo que pasa es que está muy enojada con papá. —¿Y le puedes pedir perdón? —murmuró el niño. —Aunque le pida perdón, a lo mejor no me perdona. —¿Entonces qué vamos a hacer? Santiago sonrió levemente en la oscuridad de la recámara. —No pasa nada. Tú duérmete, pórtate bien y come toda tu comida. En unos días, ella solita va a venir a buscarte. —¿De verdad? —De verdad.

Y no tuvo que esperar demasiado. El día que Lucía fue a buscarlo a la oficina en la Ciudad de México, el corazón de Santiago dio un vuelco cuando su teléfono sonó. Era el tono de llamada que él le había asignado exclusivamente a ella hacía años. Antes de dejarla pasar, Santiago tomó el portarretratos que tenía en el escritorio. Por delante era una foto de él y Mateo, pero escondida por detrás, estaba su foto de bodas con Lucía. Rápidamente, lo escondió en el cajón. Mientras la esperaba, Santiago solo rogaba al cielo que Mateo actuara rápido y la convenciera… porque después de tantos años, de tanto rencor y tanta venganza, lo único a lo que Santiago le seguía teniendo un terror absoluto, era a ver a Lucía llorar.

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