“Cuando por fin miraste atrás, yo ya pertenecía a otro”


Las velitas del pastel iluminaban la mesa, pero Leonardo ni siquiera miraba hacia acá
. Su atención estaba clavada en la pantalla de su celular, bloqueando y desbloqueando el aparato con desesperación. De repente, en medio de “Las Mañanitas”, la pantalla se iluminó con un mensaje y él simplemente se levantó y salió del lugar sin decir una palabra.

El canto de mis amigos se apagó de golpe, sonando forzado e incómodo. Empezaron a murmurar en voz baja. Minutos después, la puerta se abrió con fuerza.

Leonardo entró, pero no venía solo. A su lado estaba Camila, usando una elegante chamarra negra, luciendo perfecta y altanera. El cuarto se quedó en un silencio sepulcral cuando él por fin pronunció mi nombre. Ella me miró de arriba a abajo y soltó la mano de Leo con fastidio. Él le susurró algo al oído para calmarla antes de dar unos pasos hacia mí.

“Mía, tengo algo que decirte”, soltó sin rodeos frente a todos.

Tragué saliva, bajando el cuchillo para el pastel. “¿No puedes esperar a que parta el pastel?” pregunté en un hilo de voz.

Esquivó mi mirada. “Sabes que en mi corazón siempre ha estado Camila”. Me miró con el ceño fruncido. “La neta, no eres el tipo de mujer que me gusta. Estar contigo ha sido muy aburrido. Terminamos”.

Clavé las uñas en mis palmas hasta casi sangrar, pero extrañamente no sentí dolor. Solo sonreí con amargura y asentí. Él se dio la vuelta y se marchó abrazándola, dejándome ahí, humillada. Conté exactamente sus once pasos al salir.

Salí al frío de la calle, caminando sola, con la vista borrosa por el alcohol. Un par de tipos pasados de copas me cerraron el paso en la banqueta. Sentí una mano áspera agarrando mi muñeca con fuerza. Traté de soltarme, pero no tenía fuerzas.

Y entonces, el brillo de un cigarro iluminó un rostro familiar en medio de la oscuridad.

PARTE 2

El frío de la noche me calaba hasta los huesos, pero el terror me helaba aún más la sangre. La mano del tipo aquel, áspera y con un tufo a alcohol barato, se aferraba a mi muñeca con una fuerza bruta, intentando jalarme hacia su cuerpo. Traté de forcejear, de gritar, pero el pánico y la cantidad de tequila que había tomado me dejaron las piernas como gelatina y la voz ahogada en la garganta.

Fue en ese preciso instante, cuando sentí que su otra mano asquerosa estaba a punto de posarse en mi cintura, que una figura emergió de las sombras.

Era el doctor Mateo. Llevaba puesto un abrigo largo de color gris oscuro que le llegaba casi hasta las rodillas y sostenía un cigarro entre los dedos mientras parecía escuchar algo en su celular. La tenue luz anaranjada del farol de la calle iluminaba intermitentemente su rostro, revelando unas facciones marcadas, casi esculpidas, que le daban un aire de elegancia y autoridad inquebrantable.

Grité su nombre con la poca fuerza que me quedaba, pidiéndole ayuda sin importarme nada más. Mateo giró la cabeza. Sus ojos, oscuros y fríos como el hielo, se clavaron en la escena sin mostrar una sola pizca de emoción, pero en un milisegundo, colgó la llamada, tiró el cigarro al suelo, lo apagó con la suela de su zapato y caminó directo hacia nosotros.

Los dos borrachos, al ver su semblante imponente y notar que claramente era un hombre de recursos que no estaba para juegos, se acobardaron; me soltaron de inmediato y se largaron a paso rápido por la banqueta.

Apenas me soltaron, mis rodillas cedieron y estuve a punto de desplomarme contra el pavimento. Mateo extendió sus brazos rápidamente y me sostuvo con una firmeza que me hizo sentir a salvo de golpe. “Párate bien,” me dijo con voz grave.

Le murmuré un “gracias” apenas audible e intenté enderezarme, pero mi cuerpo estaba tan torpe que volví a tambalearme. Mateo soltó un ligero suspiro, frunció un poco el ceño y volvió a sostenerme por los hombros.

“¿Y Leonardo?” me preguntó de pronto. “¿No venía contigo?”.

Tragué el nudo de lágrimas que amenazaba con salir. “Terminamos,” le respondí.

Me pareció escuchar que soltaba una pequeña risa, casi imperceptible, aunque con el ruido de los autos a lo lejos, tal vez me lo imaginé. “¿Ustedes dos no terminan cada tres días?” comentó con un tono que rayaba en el sarcasmo.

Bajé la mirada, sintiendo una punzada de humillación, y me quedé viendo la punta de mis zapatos. Una amargura terrible subió desde mi estómago hasta quemarme la garganta. “Esta vez terminamos en serio, ya no vamos a regresar,” le dije, con la voz completamente ronca.

Mateo no parecía muy interesado en escuchar mis dramas amorosos. Levantó la muñeca para ver la hora en su reloj y me miró con frialdad. “¿Puedes regresarte sola a tu casa? Tienes mal el estómago, tu úlcera apenas se acaba de curar, no deberías estar tomando alcohol,” me regañó en tono clínico.

“Pero hoy es mi cumpleaños,” le repliqué, levantando la vista para encontrarme con sus ojos. Sentía los míos hinchados y enrojecidos. “Doctor Mateo, estoy triste… por eso tomé”.

Mateo se quedó en silencio por un momento, y aunque su rostro seguía serio, noté que su mirada se suavizaba un poco. “Te llevo a tu casa,” sentenció.

“No quiero ir a mi casa,” solté de golpe, casi como un berrinche.

Mateo me miró fijamente, con una profundidad que me puso la piel de gallina. “¿Entonces qué quieres hacer?” preguntó.

“Doctor Mateo, por favor… se lo digo en serio, hoy es mi cumpleaños y no quiero estar sola,” le supliqué.

Hubo un silencio que pareció durar horas. Finalmente, abrió la puerta del copiloto de su coche. “Súbete primero. No te voy a llevar a tu casa,” dijo.

Ya en el auto, el ambiente estaba cargado. Mateo me miró de reojo mientras sostenía el volante. En realidad, las cosas se descontrolaron cuando llegamos al estacionamiento subterráneo de su edificio. Él se inclinó sobre mí para desabrocharme el cinturón de seguridad, y al hacerlo, su nariz recta rozó sin querer la parte superior de mi cabeza. El alcohol me tenía con los reflejos lentos, así que en lugar de hacerme hacia atrás, simplemente levanté la cara como mensa y me quedé mirándolo a los ojos.

Él tampoco se alejó. Su mirada se fue volviendo tan intensa, tan ardiente, que sentí cómo se me secaba la boca; hasta la fecha, no recuerdo bien quién de los dos dio el primer paso. Para cuando reaccioné, Mateo ya tenía su mano fuertemente apoyada en mi nuca, profundizando el beso.

Había estado con Leonardo por casi tres años, entre tantas idas y vueltas. Nos habíamos tomado de la mano, nos habíamos besado, pero ahora me daba cuenta de que, como él nunca me amó de verdad, sus besos siempre habían sido superficiales, casi por obligación. En cambio, Mateo me besaba con una intensidad que me dejaba sin oxígeno.

Solo se detuvo cuando notó que me faltaba el aire. Con la poca luz del interior del coche, apoyó su frente contra la mía.

“Mía, cuando te besan, tienes que cerrar los ojos,” me susurró.

“¿Por qué?” pregunté, aturdida.

Él volvió a acercarse a mis labios. “Porque si me sigues mirando con esos ojos, no voy a aguantar a que lleguemos al departamento,” murmuró antes de volver a devorarme la boca.

Ese segundo beso fue largo, envolvente, adictivo. No pude evitar soltar un pequeño gemido mientras levantaba mis manos y enredaba mis dedos en su cabello oscuro y espeso.

“Mateo, no hay prisa… tenemos toda la noche,” le susurré entre besos. Ya no quería ser la sobra de nadie, la opción de reserva de la que todos se burlaban. Estaba harta de ser el perrito faldero que venía cuando lo llamaban y se iba cuando lo echaban. Sabía que arrancar de tajo a alguien a quien habías amado tanto dolería como el infierno, así que tomé la decisión de quemar mis naves, de no dejarme ninguna salida. Quería asegurarme de que no habría forma de dar marcha atrás. Después de esa noche, cualquier mínima posibilidad entre Leonardo y yo quedaría destruida para siempre.

Tal vez fue por tantos años de reprimir mis emociones, pero esa noche decidí soltarme el pelo, dejar de pensar y entregarme al momento.

Mateo me llevó en brazos hasta su recámara. Cuando me recostó en la cama y empezó a desabotonarse la camisa, se detuvo de pronto y se inclinó sobre mí. “Mía… si te vas a arrepentir, este es el momento,” me advirtió.

Extendí mis brazos y rodeé su cuello. “¿Qué pasó, doctor? ¿A poco usted es de los que huyen de la batalla?” le reté.

No dijo una sola palabra más, pero vi cómo una chispa de fuego salvaje se encendió en sus ojos oscuros. Sujetó mis muñecas por encima de mi cabeza y me besó con una fuerza abrumadora.

Dicen que los cirujanos tienen manos hábiles, precisas y fuertes. Mateo era, sin lugar a dudas, la prueba viviente de ello. Mientras me perdía en las sensaciones, un pensamiento absurdo cruzó por mi mente: con esas manos, él sería capaz de atrapar a mano limpia al pez más escurridizo del río. ¿Cómo no iba a ser capaz de atraparme a mí tan fácilmente?.

“Mía,” murmuró con la voz ronca, mordiendo suavemente el lóbulo de mi oreja. “Dime mi nombre.”.

“Mateo… Mateo,” gemí, sintiendo que me derretía.

Sus besos empezaron a caer sobre mí como una lluvia intensa. “Tranquila,” susurró, “todo es tuyo.”.

Afuera, la lluvia azotaba los ventanales en la madrugada de la ciudad, empapando las plantas de la terraza con el agua fría del incipiente invierno; adentro, la habitación era un refugio de calor, como si estuviéramos en plena primavera.

Más tarde, cuando la pasión se calmó, el ambiente se llenó de pensamientos complejos. A Mateo le dio ansiedad por fumar; sacó un cigarro, pero se quedó dándole vueltas entre los dedos sin atreverse a prenderlo. En el fondo, no podía creer que, a pesar de que Leonardo y yo habíamos estado juntos casi tres años, nunca habíamos cruzado esa línea íntima que él y yo acabábamos de cruzar.

A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, el sol ya iluminaba toda la recámara. Mateo, que se había tomado el día libre, ya estaba despierto y había preparado el desayuno. Me arreglé un poco en el baño y salí para sentarme en la mesa del comedor.

Justo cuando él me estaba sirviendo una taza de leche caliente, mi celular vibró. Una conocida muy chismosa me había mandado una captura de pantalla. La noche anterior, Leonardo había subido una foto a sus redes sociales con la frase: “Aunque navegue mil mares, al final mi barco siempre regresa a ti”. En la foto salían él y Camila, agarrados de la mano, con los fuegos artificiales de fondo. En los comentarios, alguien se había atrevido a preguntar por mí. La respuesta de Leonardo fue tajante: “No vuelvan a mencionar su nombre, a Camila le molesta”.

Sentí un coraje frío, pero me lo tragué. Levanté la vista hacia Mateo. “Doctor Mateo… ¿le puedo tomar una foto?” le pregunté de la nada.

“¿Una foto a qué?” respondió, mientras partía un pedazo de pan tostado. Sus manos, las mismas que empuñaban bisturís en el quirófano, se veían tan elegantes y fuertes sosteniendo los cubiertos. De pronto me sonrojé al recordar la noche anterior. Ese doctor que por fuera parecía tan pulcro, intocable y serio, se había transformado en la cama. Las cosas que me había susurrado al oído… sentía que me iba a dar algo si me ponía a recordarlas en ese momento.

Aclaré mi garganta y desvié la mirada. “A… a tus manos,” tartamudeé.

Mateo no me contestó, pero al dejar el pan en mi plato, dejó su mano quieta sobre la mesa, dándome permiso.

Saqué mi teléfono lentamente, tomé la foto y lo miré con duda. “¿La puedo subir a mis redes?”.

Él empezó a pelar un huevo cocido con mucha parsimonia. “¿Yo estoy soltero, no?”. Me miró un segundo y puso el huevo ya pelado en mi plato. “Haz lo que quieras,” dijo con total naturalidad.

Subí la foto a mi estado de WhatsApp con el texto: “El pan sabe mucho mejor cuando lo parten unas manos tan hermosas”. La imagen mostraba las manos de Mateo, unas manos que le darían envidia a cualquiera.

Fue como echarle agua helada a un sartén con aceite hirviendo. En cuestión de segundos, mi celular colapsó a notificaciones. En los grupos que teníamos en común con Leonardo, empezaron a mandar capturas de mi publicación.

“¿Neta es verdad? ¿No será Photoshop?” escribió uno. “Ya quisieras, ve nomás esas manos. Están cabronas,” contestó otro. “No mames, la Mía tenía sus as bajo la manga,” se burló alguien más. “Seguro bajó la foto de Pinterest nada más para hacer encabronar a Leo,” opinó otro. “¿Qué opinas, Leo? ¿Y si es verdad?” preguntó Carlos. “Pues fea no es, la neta Mía es muy linda y tierna,” agregó otro amigo. “Leo, yo no la subestimaría. Hasta las más calladitas explotan si las fastidias,” advirtió Diego. Carlos intervino otra vez: “Leo, ¿neta no te va a arder si Mía ya anda con otro wey?”.

Leonardo, leyendo todo desde su celular, respondió en el grupo con arrogancia: “No se atrevería. Sabe que si se pasa de lista con otro, se queda sin ser siquiera mi plan B”. “Díganle que deje de hacer el ridículo. Ella no es Camila, no voy a caer en sus jueguitos.”.

Después de mandar eso, aventó su celular al sofá y encendió un cigarro. “Qué estupidez,” pensó, molesto por el intento fallido de darme celos.

Mientras tanto, yo ignoré los cientos de mensajes privados que me llegaron preguntando el chisme.

En la tarde, Mateo me avisó que tenía una cirugía de emergencia y debía ir al hospital. “Quédate aquí a descansar, paso por ti en la noche para cenar,” me dijo.

Vi cómo se cambiaba de ropa y agarraba las llaves de su coche. Me levanté rápido y lo seguí hacia la puerta. “Quiero dar una vuelta por mi restaurante,” le dije.

Mateo, mientras se ponía los zapatos, me miró de reojo. “¿A qué vas?” preguntó, con un tono frío.

Apreté los labios, sin atreverme a mirarlo a los ojos. “Es que… las cosas de Leonardo siguen ahí”.

“Recógelas y dile a su asistente que vaya por ellas,” me ordenó con voz tajante.

“Sí,” le contesté suavemente.

“Te llevo,” dijo, abriendo la puerta.

“Mateo… te lo juro que entre él y yo ya no hay nada,” solté de golpe, sintiendo la necesidad de explicarme. Apenas lo dije, me arrepentí. En el fondo, sentía que él solo me había llevado a su casa porque le causó curiosidad, algo de una sola noche. No tenía por qué darle explicaciones.

“Lo sé,” respondió Mateo. Se volteó a verme y, por un segundo, vi una inmensa ternura en su mirada. “Paso por ti cuando salga de trabajar,” añadió antes de dejarme en mi local y arrancar hacia el hospital.

Entré a mi pequeña fondita, un restaurante de autor que había levantado con mucho esfuerzo. Me fui directo al cuarto privado y empecé a guardar las cosas de Leonardo. Siempre le tenía este espacio reservado para cuando quería tener juntas privadas con sus amigos, y a veces hasta se quedaba a dormir ahí. Nunca habíamos vivido juntos. Es verdad que alguna vez me había abrazado y besado. Incluso, hubo una noche en la que él estaba tan tomado que casi pasamos a más, pero justo en ese momento, lo escuché murmurar entre sueños el nombre de Camila.

Esa noche sentí que me echaban un balde de agua helada. Dicen que el cuerpo no miente y las reacciones fisiológicas no se pueden fingir. Creo que fue ahí cuando me empezó a caer el veinte de que estaba en una relación tóxica, arrastrándome por alguien que no valía la pena. A Leonardo no le importaba, ni siquiera le gustaba un poquito.

Terminé de empacar sus camisas y lociones en dos maletas y agarré el teléfono para marcarle a Arturo, su asistente.

“Arturo, oye, ¿podrías darte una vuelta para recoger las cosas de Leonardo?” le pedí.

“Claro, señorita Mía, deme un segundo, voy a consultarlo,” me dijo. A los pocos minutos, me regresó la llamada. “Señorita Mía, el señor Leonardo dice que por ahora deje las cosas ahí”. “Dice que al fin y al cabo siguen siendo amigos y que él seguirá yendo a su restaurante para apoyar su negocio”.

Me salió una risa amarga. “No, gracias,” contesté con firmeza. “Mejor ven por ellas para no hacer más problema. Voy a estar aquí un rato, si no vienes, te las mando por paquetería”. Colgué sin dejarlo responder.

Del otro lado de la línea, Arturo se quedó pasmado. “Señor… ya vio,” le dijo a Leonardo.

La cara de Leonardo se desfiguró. En los tres años que llevaban, nunca le había hecho un desplante así. Primero la foto ridícula en WhatsApp, y ahora le quería botar las cosas a la calle, como si de verdad estuviera hablando en serio. Pero él seguía cegado por su propio ego; creía conocerme a la perfección. Estaba convencido de que yo estaba loca por él y que era imposible que me fijara en alguien más. Pensaba que todo esto era un berrinche de niña celosa. Seguramente, pensó, alguna de mis amigas me estaba malaconsejando, porque yo era demasiado tonta para inventarme estos juegos por mi cuenta.

“Qué hueva,” pensó Leonardo. A él le gustaba mi versión calladita y sumisa, no esta mujer que de pronto le armaba panchos. “Ve tú,” le ladró a Arturo. “Tráete todas las cosas”.

“¿De verdad, señor?” preguntó Arturo, sorprendido.

“Sí. Y dile que ya no voy a volver a pisar su fonda,” sentenció.

Cuando Arturo llegó por las maletas y me repitió el mensaje de su jefe, ni siquiera me inmuté. Sabía que como Camila ya se iba a quedar a vivir en México, seguramente pronto anunciarían su compromiso. Lo mejor para mí era cortar por lo sano y desaparecer de sus vidas.

“Arturo, por favor dile a tu jefe que le agradezco mucho que haya apoyado mi negocio todos estos años,” le contesté con una sonrisa amable.

Arturo se sintió un poco incómodo. “Señorita Mía, la verdad es que… el señor no lo decía con esa intención…” tartamudeó.

“Bueno, te dejo, tengo que ir a comprar unas cosas al mercado,” lo interrumpí educadamente, abriéndole la puerta.

Arturo no tuvo de otra que cargar las maletas hasta su camioneta. En cuanto se subió, le marcó a Leonardo.

“¿A dónde te llevo tus cosas? ¿Te dijo algo?” preguntó Leonardo.

“Me dijo… que le agradecía mucho por haber apoyado su negocio todos estos años,” respondió Arturo.

“¿Y qué más?”.

“Nada, señor. Solo dijo eso”.

Leonardo se quedó callado. Unos segundos después, le colgó el teléfono en la cara.

Pasaron tres días. En el restaurante tuvimos una reservación grande para un evento. Como a las seis de la tarde, Mateo llegó directo del hospital a buscarme. Llevaba puesto otro abrigo gris, y la verdad es que se veía guapísimo, con esos rasgos varoniles que robaban miradas. Pero me di cuenta de que su mirada ya no era tan fría como la noche que lo conocí. Al verme, sus ojos se iluminaron con cierta dulzura.

“Hoy hay mucha gente, voy a estar corriendo como loca. Me da pena que te aburras,” le dije mientras limpiaba mis manos en el mandil.

“No te preocupes, te espero en un privado,” sonrió. “¿Qué hay de cenar?”.

“Te sirvo el menú del día, ¿va?”.

“¿Cómo crees? Es la primera vez que vengo a tu restaurante,” me reclamó bromeando.

Me reí. “Bueno, le digo al chef que te prepare algo especial. Ven, te paso a mi cuarto de descanso para que estés cómodo, ahorita te llevo la comida”.

Mateo no se movió. Se recargó en la barra y me quedó viendo con una sonrisa de lado. “¿Qué pasó?” le pregunté, confundida.

“Yo no me meto en las habitaciones de otros hombres,” me soltó de repente.

Me quedé helada al entender la indirecta. “No pienses tarugadas,” le contesté, sintiendo que me ponía roja. “El cuarto que usaba él ya lo remodelamos, es un comedor privado. Este cuarto es mío, para descansar y recibir amigos”.

Su sonrisa se hizo más amplia. “Ah, bueno, entonces sí”.

Justo cuando estaba por caminar hacia el pasillo, escuché una voz a mis espaldas que me heló la sangre. “Con permiso, ¿me dejan pasar?”.

Por puro instinto, agarré a Mateo del brazo para hacernos a un lado, y ahí estaban. Eran Leonardo y Camila.

Los ojos de Leonardo barrieron mi rostro y luego bajaron hasta mi mano, que estaba aferrada a la manga del abrigo de Mateo. Su expresión se volvió de piedra. Camila, con una sonrisa burlona y triunfante, me saludó. “Mía, cuánto tiempo sin verte”. Yo solo asentí, sin abrir la boca.

Leonardo apartó la mirada, tomó a Camila por la cintura y caminaron hacia el área de mesas sin siquiera volver a mirarme.

En cuanto desaparecieron, Mateo me tomó de la mano. “Llévame, que me voy a perder,” bromeó. Asentí, dejándome guiar por el calor de sus dedos.

Llegamos a mi cuarto de descanso. “Ponte cómodo, al rato vengo a comer contigo si se calma el trabajo,” le dije, dándome la vuelta para salir.

Pero él me agarró por la muñeca y, de un jalón, me metió a la habitación cerrando la puerta con seguro. Me abrazó por la espalda. “Tienes un chef y meseros, no tienes por qué estar haciendo todo tú sola,” murmuró cerca de mi oreja.

Me giró y, sin previo aviso, estampó sus labios contra los míos. Fue un beso feroz, desesperado, que me recordó a la noche en que nos conocimos.

“Espérate… aquí no,” traté de empujarlo, muerta de vergüenza. “Además, no tienes… tú sabes, protección”.

Mateo me agarró por la cintura y de un movimiento rápido me sentó encima del escritorio. Sus ojos brillaban con una locura que me desconcertó; parecía un hombre completamente distinto.

“Mía, lo quiero hacer aquí,” me susurró, acercándose. “Esa noche me pediste que me quedara contigo, y lo hice. Hoy quiero que te quedes conmigo”. Se desabrochó el cinturón sin dejar de mirarme. “Si no hay condón y quedas embarazada, pues lo tenemos y ya”.

“¡Estás loco!” exclamé, sintiendo mi corazón a mil por hora.

Él me sujetó las muñecas contra la madera del escritorio, acorralándome. “Entonces piensa que estoy loco,” contestó, y me besó con tanta hambre que me dejó sin escapatoria.

Afuera ya había oscurecido y se escuchaba el viento soplando con fuerza. El miedo a que alguien nos escuchara me hacía apretar los dientes; en un momento de desespero, me mordí el dedo para ahogar un grito. Mateo retiró mi mano suavemente y la entrelazó con la suya, mientras me besaba el cuello. “No te aguantes, Mía. ¿Qué importa si nos escuchan?” me provocó.

Apenas dijo eso, apretó su agarre. Escuché cómo mi propia voz se quebraba en un gemido ahogado. Por la pequeña ventana se veía la luz del comedor principal; la gente platicaba, chocaban las copas… y Leonardo estaba allá afuera. Era una situación bizarra, casi perversa, pero no podía negar que me provocaba una adrenalina que me recorría cada fibra del cuerpo.

Levanté los brazos y rodeé el cuello de Mateo. “Bésame,” le pedí. Y él obedeció.

Más tarde, salí del cuarto con el cuello aún caliente y el pulso acelerado. Traté de caminar rápido hacia la cocina para esconder mi nerviosismo.

Pero la suerte no estaba de mi lado.

“¿Ese güey es el de la foto?” escuché que me decían por la espalda.

Me giré asustada. Leonardo estaba recargado en la pared del pasillo, fumando, con una cara de pocos amigos. Estuve a punto de sacudir la cabeza por puro reflejo, pero él soltó una carcajada sarcástica.

“Ay, Mía, no te desgastes,” me dijo. Acercó su mano y, con el dedo que sostenía el cigarro, intentó tocarme la mejilla. Me hice para atrás como si me fuera a quemar. Su voz, aunque sonaba profunda y varonil, tenía la capacidad de clavar puñales. “¿Usar a un wey para darme celos? Qué patético”. “La verdad, este papelito de niña resentida no te queda nada bien. Das pena”.

Solté un suspiro largo y moví la cabeza, sintiendo que me daba risa su cinismo. “Leonardo, te juro que no estoy tan aburrida como para hacer eso,” le dije. Él jamás iba a entenderlo. En su cabeza ególatra, yo siempre iba a ser la pendeja que estaría rogando por sus migajas. Jamás se imaginaría que ya me había entregado a otro hombre en todos los sentidos. La misma intimidad que le negué a él por respeto a mí misma, se la di a otro. Porque, al final del día, nadie es indispensable en la vida de nadie.

Leonardo tiró el cigarro al piso y lo aplastó con el zapato, mirándome de arriba abajo. Era evidente que no me creía ni una palabra.

“Cree lo que se te dé la gana,” le dije. Sin agregar más, le di la espalda y me fui caminando sin mirar atrás.

Desde esa noche, Leonardo no volvió a poner un pie en mi restaurante. Mateo y yo seguimos viéndonos. Nuestra relación se volvió más íntima, más intensa, aunque parecía que estábamos estancados en el mismo punto, sin formalizar nada.

Había pasado medio mes. En un antro exclusivo de la ciudad, Leonardo estaba ahogándose en alcohol. Se acababa de agarrar del chongo con Camila, otra de sus peleas tóxicas que siempre terminaban en gritos. Y justo cuando Camila estaba histérica gritándole en la cara, él, sin quererlo, se acordó de mí. Recordó que yo jamás le alzaba la voz, que nunca le hacía escenas. A pesar de todas las veces que me había botado como basura por irse con Camila, yo nunca había hecho un escándalo. Siempre que regresaba con la cola entre las patas, yo solo le preguntaba: “Leonardo, ¿ya lo pensaste bien?”.

Y él siempre respondía, sobándome la mejilla: “Ya, Mía. Solo te quiero a ti”. Recordó cómo me ponía rojita de la vergüenza, y cómo cerraba los ojos cuando él se inclinaba a besarme.

Ese recuerdo le provocó una punzada de rabia. Dejó el vaso de whisky en la mesa y sacó su celular. Habían pasado quince días desde que nos vimos en el pasillo, y yo no le había mandado un solo mensaje ni le había marcado. Era como si me hubiera tragado la tierra.

Diego se sentó frente a él. “¿Qué onda, ahogando las penas tú solo?” le preguntó.

Leonardo lo ignoró. Diego se sirvió un trago y se recargó en el sillón. En el fondo de su corazón, Diego también arrastraba sus propios fantasmas y arrepentimientos.

“Oye, Leo… neta, ¿no sientes absolutamente nada por Mía?” insistió Diego.

“Es fea y además es bien mensa. ¿Tú crees que me va a mover el tapete alguien así?” respondió Leonardo a la defensiva.

“Si tú lo dices… pero no mames, en estos tres años, quitando a Camila, ha sido la única vieja con la que has andado”.

Leonardo le dio un trago a su vaso. “¿Y eso qué?”. “Anduve con ella nada más para darle celos a Camila, fin de la historia”.

“Leo, no cometas mis mismos errores,” le advirtió Diego, poniéndose serio de pronto. “A veces uno está tan ciego que no ve lo que tiene enfrente . chance y Mía sí te importa más de lo que quieres admitir”.

“No digas mamadas,” frunció el ceño Leonardo. “No es mi tipo, así de fácil”.

En ese momento, Carlos se acercó y chocó su vaso con el de Diego. “Déjalo, no tiene caso hablar con una pared. A este güey le va a caer el veinte cuando ya sea demasiado tarde”.

Leonardo soltó una carcajada burlona. “Yo no soy como ustedes. Neta, Mía me da equis. Si de verdad sintiera algo por ella, ya me la hubiera cogido en estos tres años”.

Apenas terminó de decir esa atrocidad, la puerta del VIP se abrió de golpe.

“Leo, güey, no vas a creer a quién acabo de ver allá afuera,” anunció un amigo que venía llegando.

Leonardo apretó el vaso con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. “¿A quién o qué, no grites?”.

“¡Vi a Mía!”.

Lentamente, la tensión en las manos de Leonardo desapareció. Soltó el vaso en la mesa y se recargó en el sillón, adoptando una pose de lo más relajada e indiferente. “¿Y qué tiene?” respondió. Ni él mismo se dio cuenta de cómo se le había borrado la cara de amargura en un instante. De repente, su voz sonaba animada, viva.

Diego y Carlos cruzaron miradas y negaron con la cabeza, compadeciéndolo por lo patético que se veía.

“Le pregunté si venía a buscarte y la güey se hizo la que no,” soltó el amigo riéndose.

Leonardo sonrió de lado, satisfecho. “Déjala, ya sabes cómo son las mujeres de orgullosas. Igual y le marco para que suba”. Pero luego lo pensó mejor y movió la mano. “No, no le hablen. Si me quiere ver, que ella suba sola”. Como estaba de buenas, pensó que si yo iba a arrastrarme para pedirle perdón, me daría chance de hablar. Pensó: “Me sorprende que haya aguantado quince días, creí que iba a caer antes”.

Organizaron una partida de póker ahí mismo, pero Leonardo no daba una. Se la pasaba mirando de reojo hacia la puerta, perdiendo cada mano por estar distraído.

Otro amigo notó lo que pasaba y dijo: “Sigan ustedes, yo voy a echarme un cigarrito afuera”. Al ratito regresó, con cara de confusión. “Sigue allá abajo, sentada sola. Dice que está esperando a alguien”.

Leonardo aventó las cartas sobre la mesa, prendió un cigarro y miró su reloj. Eran más de las diez de la noche. “¿A quién chingados va a estar esperando?” se preguntó.

“Le dije que se subiera al VIP, pero se puso necia,” explicó el amigo. “Qué mamona se volvió, tú la malacostumbraste, Leo”.

De repente, el cigarro le supo a ceniza a Leonardo. Lo apagó de un golpe en el cenicero y se paró. “Ahorita vengo, voy a tomar aire,” dijo, saliendo a paso rápido.

Yo estaba afuera, revisando la hora en mi celular. Diez de la noche. Supuse que la cirugía de Mateo se había complicado y apenas iría saliendo. Me había dicho que me iba a llevar a cenar con sus amigos y a última hora le llamaron de urgencias. La operación debió haber terminado a las ocho y media, pero no tenía noticias de él.

Estaba parada en la banqueta, muerta de frío y con un sentimiento de tristeza oprimiéndome el pecho. Era tonto, lo sé. Todos estos años me habían dejado plantada mil veces, pero todavía me dolía; supongo que uno nunca se acostumbra al rechazo.

Justo cuando estaba a punto de darme la vuelta para pedir un Uber, escuché su voz.

“Mía”.

Mi columna se tensó por un segundo, pero me obligué a respirar hondo. “¿Qué haces aquí?” me preguntó, parándose enfrente de mí con las manos en los bolsillos del pantalón.

“Iba a salir con unos amigos, pero les salió un imprevisto y no llegaron,” le contesté, mirándolo a los ojos con la mayor tranquilidad que pude fingir.

Leonardo soltó una carcajada, como si le hubiera contado el mejor chiste del mundo. “Ay, Mía, neta, ¿no te das cuenta de lo estúpida que te ves mintiendo?”.

Me quedé en blanco, hasta que caí en cuenta. Ese antro era su lugar de siempre. Obviamente pensaba que yo había ido a acosarlo y que me daba pena admitirlo. Me dio tanta flojera explicarle que ni siquiera lo intenté.

Le sonreí de compromiso. “Bueno, ya me voy,” le dije.

“¡Mía!” me gritó. “Ya bájale a tus berrinches. Una vez da risa, dos ya es molesto”.

“Leonardo, te estás haciendo chaquetas mentales. Estoy esperando a un amigo”. Le hablé con firmeza. “Es médico, le salió una cirugía de urgencia y por eso se retrasó”.

“¿El doctorcito de la foto?” Su tono era pura burla. “No inventes, Mía. Desde cuándo te codeas con médicos, si tú no conoces a nadie así”.

“Lo conocí la otra vez, cuando me enfermé,” le respondí, sin poder ocultar un tono de reproche. Me refería a aquella noche de madrugada, cuando el dolor de la úlcera casi me mata, le marqué rogándole ayuda y él me colgó.

La sonrisa altanera de Leonardo se esfumó. Su cara cambió por completo. “¿De verdad estuviste enferma?” me preguntó, y por primera vez en años, noté un rastro de culpa en sus ojos. “Pensé que estabas inventando enfermedades para llamar mi atención porque estabas celosa de Camila…”.

Me encogí de hombros, con una sonrisa resignada. “Ya no importa, ya pasó. Ya estoy casi curada”. Lo miré por última vez. “Ya es tarde, me voy a mi casa”.

Esta vez, Leonardo no me detuvo. Y qué bueno. Lo mejor para los dos era que cada quien jalara para su lado.

Llegué al restaurante como a las once de la noche. Justo en ese momento, me entró una llamada de Mateo; acababa de salir del quirófano.

“Mía, voy para allá en este momento,” me dijo apresurado.

“Mateo, debes estar muerto de cansancio después de operar. Vete a dormir mejor,” le contesté.

“Yo te cancelé primero. Lo mínimo que puedo hacer es pedirte perdón en persona”.

“Mateo…” solté un suspiro. En ese momento, la inseguridad me golpeó fuerte. Llevábamos quince días acostándonos, pero él jamás había mencionado qué éramos ni me había dado ninguna promesa. Yo sabía cuál era mi lugar. Seguramente, un hombre como Mateo solo estaba jugando un rato conmigo, le parecía algo diferente, exótico. Era la misma historia que con Leonardo; no me consideraba su novia. Ellos eran tipos de la alta sociedad, exitosos, guapos, dueños del mundo. Yo era una chava común y corriente que preparaba chiles en nogada y administraba un local de comida.

Si a Leonardo le gustaban las mujeres como Camila, espectaculares y con dinero, seguramente Mateo buscaría algo igual. Yo había escuchado chismes de cuando él estaba en la universidad. Era el amor platónico de medio campus. Se decía que anduvo con una chava bellísima, de esas que parecen sacadas de una revista. Terminaron porque ella quiso irse a vivir al extranjero y él decidió regresar a México para ejercer. Y desde entonces, Mateo había estado soltero. A esa chava yo la vi un par de veces, y ni las actrices de telenovela se le comparaban. Ese era el tipo de mujer que a un hombre como Mateo lo volvía loco.

“¿Qué pasa, Mía?” Su voz me sacó de mis pensamientos. Sonaba exhausto, ronco, pero cuando decía mi nombre, lo hacía con tanta delicadeza que me derretía.

Sentí que las lágrimas me picaban en los ojos. “Nada… es solo que… sé que esa noche yo estaba tomada, pero sabía lo que hacía. Fue algo de un ratito, nada más”. Tomé valor. “Mateo… creo que lo mejor es que ya no nos veamos”.

Hubo un silencio pesadísimo en la línea. Cuando volvió a hablar, su voz era helada. “Cualquier cosa que quieras decirme, me la dices en la cara”.

“No tiene caso vernos. Ya te lo dije por teléfono, con eso basta”.

“Voy manejando para allá, llego en media hora,” sentenció. “Quédate adentro del restaurante, no te salgas que la calle está peligrosa a esta hora”. Y me colgó.

Esa media hora se me hizo eterna. Mi cabeza era un torbellino. Finalmente, mi celular sonó. “Mía, estoy afuera,” me avisó.

Yo quería esconderme bajo las sábanas y no salir. Pero el aire estaba helado y no quería dejarlo en la calle, así que me puse una chamarra y abrí la puerta metálica de la fonda.

“Perdón por dejarte plantada hoy,” fue lo primero que me dijo.

“No estoy enojada. Eres médico, es tu trabajo. Neta, no pasa nada,” le dije, cruzando los brazos por el frío.

“¿Entonces por qué fregados me dices que ya no nos vamos a ver?” me soltó de repente.

“Porque… porque lo de esa noche fue un error, un accidente,” balbuceé. “Mateo, no quiero que pienses que me voy a aferrar a ti o que te voy a acosar. Yo sé perfectamente que no te gusto”.

Mateo dio un paso hacia mí, mirándome fijamente. “¿Ah, sí? ¿O sea que en tu cabeza soy el tipo de cabrón que mete a cualquier mujer a su casa nada más para pasar el rato?”.

Me asusté por su tono. “No, no, no quise decir eso…”.

“Cuando subiste la foto al WhatsApp al día siguiente, pensé que lo habías hecho para hacer pública lo nuestro,” continuó él, y noté cómo tragaba saliva. “Resulta que me armé historias yo solo”.

Lo miré con la boca abierta, sin dar crédito a lo que estaba escuchando. “¿Tú… tú pensaste eso?”.

“Mía, Leonardo te fue a buscar al antro, ¿verdad? Todavía sigues pensando en él”. Su voz se escuchaba apretada. “Subiste la foto para darle celos a él, no porque quisieras algo conmigo”.

Aunque intentaba sonar tranquilo, no se necesitaba ser un genio para darse cuenta de que Mateo, el gran doctor Mateo, estaba que se lo llevaba el diablo de celos.

“¡No!” me defendí rápidamente. “¡Te lo juro que ya no siento nada por él! El día de mi cumpleaños cerré ese capítulo para siempre”.

Mateo se quitó los lentes y se frotó las sienes. Se veía destruido; venía de rajar a alguien en una plancha de quirófano por horas, manejó hasta mi casa y seguía usando la filipina médica debajo del abrigo. Estar parado ahí, aguantando el frío de la madrugada solo para confrontarme, dejó algo muy claro en mi cabeza: no le era indiferente.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué se fijaría en alguien tan equis como yo?.

“Mía…” me miró con los ojos enrojecidos, casi pareciendo un niño regañado. “No puedes hacerme esto. No puedes usarme y luego tirarme. Tienes que hacerte responsable”.

Sentí que el corazón me iba a estallar. “No te estoy usando. Te dije que ya no nos viéramos porque pensé que yo te iba a estorbar. Pensé que ibas a creer que era una intensa,” le expliqué rápidamente.

“¿Entonces es neta que ya no quieres a Leonardo?” preguntó con esperanza. “¿La foto no fue un juego?”.

Me dio una mezcla de ganas de reír y de llorar. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Estábamos ahí, en plena banqueta, con el viento golpeándonos la cara. Alcé la cabeza y me vi reflejada en sus ojos oscuros; yo era lo único que él estaba mirando.

Recordé por qué me había ido con él aquella noche. Porque una vez, cuando yo sentí que me moría del dolor, él fue el único que me tendió la mano. Esa noche, borracha y asustada, supe por intuición que él me volvería a salvar. Y tal vez, solo tal vez, no debía dejarlo escapar.

“Mateo, ya deja de hacerte telarañas en la cabeza,” le dije con la voz temblorosa pero segura. “Hace mucho que Leonardo me dejó de importar”.

No tuve que decir más. Mateo me agarró la cara con las dos manos y me plantó un beso que me dejó sin respiración.

Lo que no sabíamos era que, a unos metros de distancia, en la oscuridad, un coche estaba estacionado. Leonardo no entendía ni madres por qué había manejado hasta mi restaurante. Después de gritarse de todo con Camila, se sintió tan harto de esa relación tóxica que quiso mandar todo a la chingada. O tal vez, la mención de “el doctorcito” le causó una paranoia que no lo dejaba en paz.

Cuando llegó y no vio a nadie en la calle, pensó triunfante: “Me mintió. No estaba esperando a nadie. Fue al antro a rogarme para regresar”. Y por primera vez en mucho tiempo, deseaba con el alma que yo le rogara.

Pero justo cuando iba a bajarse del auto, vio llegar a Mateo. Al ver bajarse al doctor, sintió que le daban un puñetazo en el pecho. Siempre creyó que yo me conformaría con cualquier wey de medio pelo, pero ahí estaba, viendo frente a frente a un hombre imponente, guapo y claramente de un nivel altísimo. Era el mismo que había visto en mi restaurante.

Leonardo se quedó petrificado, viendo cómo ese hombre cruzaba la ciudad a la medianoche solo para verme. En ese instante de claridad, se dio cuenta de que durante estos años, yo me había convertido en una parte vital de su existencia. Ver que yo de verdad ya no lo necesitaba, le destrozó el orgullo y el alma. Su amigo tenía razón: había estado tan ciego. Asumió que yo siempre sería su tapete, que sin importar cuántas veces me pateara, ahí iba a seguir.

Mientras Mateo me besaba con pasión en la acera y me metía al restaurante abrazados, cerrando la puerta detrás de nosotros, Leonardo sintió que el mundo se le venía encima. Cuando vio que las luces del local se apagaron, pudo jurar que escuchó el sonido de su propio corazón partiéndose en dos.

De repente, su celular empezó a vibrar como loco en el asiento del copiloto. Miró el nombre de “Camila” en la pantalla, soltó una risita patética y contestó.

“¡Leonardo! ¿Dónde chingados estás? Me acaban de decir que viste a la estúpida de Mía, ¿fuiste a buscarla, verdad?” le gritó Camila al oído. “¡Sabía que eras un mentiroso! ¡Tanto que me jurabas que te daba asco!”. “Si la amas a ella, ¿para qué me buscas a mí? ¿Qué clase de pendeja crees que soy?”. Lloraba desconsolada. “Yo no soy Mía. Yo no voy a estar sentadita aguantando tus bajezas”.

“Tienes razón,” la interrumpió Leonardo de tajo. Camila se calló al instante. “Tú no eres ella. Tú jamás me esperarías”.

“¿Ves? Por fin aceptas tus porquerías,” atacó Camila. “¿A poco te creíste el cuento de que me quedé tres años soltera esperándote?”.

“Cada vez que cortábamos, yo iba y me metía con ella para no estar solo. Nunca te lo negué. Pero tú… tú eres igual o peor que yo. Me pusiste los cuernos y te hiciste la víctima,” le respondió con veneno. “Mía es mil veces mejor mujer. Ella sí sabía amar a lo cabrón. Yo soy un cobarde y un egoísta”.

“¡Admítelo! Siempre estuviste enamorado de ella y te encantaba correr a sus brazos cada que peleábamos,” escupió Camila llorando a gritos.

Leonardo se quedó callado. ¿Tan obvio era?. Era verdad; cada que peleaba con Camila, sentía una urgencia enfermiza de buscarme a mí. En el fondo, provocaba las peleas para tener un pretexto de buscarme y asegurar su control sobre mí. El día de mi cumpleaños, como no habían peleado fuerte, me abandonó. Cuando vio la foto de las manos, quiso hacerme sufrir, castigarme por atreverme a revelarme. Y ese jueguito estúpido le costó perderme para siempre.

“Camila,” dijo Leonardo, tallándose la cara. “Ya estuvo bueno.”

“¿Qué quieres decir?”

“Que terminamos. Para siempre. No me vuelvas a buscar,” sentenció, y cortó la llamada, quedándose solo en la oscuridad de su coche.

Mientras tanto, en mi pequeño cuarto del restaurante, la cama individual apenas y alcanzaba. Mateo estaba todo apretado, con sus piernas largas colgando de la orilla, pero se negaba a irse. Le dije que me iba al sillón para que durmiera bien, pues venía cansado, y me jaló hacia él para impedirlo.

Medio dormida, le pregunté algo que me carcomía: “Mateo, ¿por qué antes eras tan seco conmigo?”.

Él me abrazó más fuerte contra su pecho desnudo. “Porque siempre estabas regresando con ese imbécil. Tenía que guardar mi distancia”. Me dio un beso en la cabeza. “Esa noche que te enfermaste, que te ignoró… recé para que por fin lo mandaras al diablo, y ni así”. “Mía, me daba tanto coraje verte humillarte por un cabrón que no te valoraba. Te juro que quería estrangularlo a él… y a ti por dejarte”.

Sonreí, sintiéndome tonta. “Es que… esa noche venía mi cumpleaños, y le tengo pavor a pasarla sola”. Le conté cómo mi papá había muerto cuando yo era niña y mi mamá cuando estaba en la universidad. La fonda era la herencia de mi papá, sus recetas secretas; con el dinero que me dejaron, levanté el lugar para no sentirme tan huérfana. “La gente que no tiene familia siempre busca un poquito de calor humano donde puede, por eso aguanté tanto”. “Pero bendito el momento en que me crucé contigo”.

“Menos mal que estuve ahí,” me susurró.

Lo que yo no sabía, era que él llevaba años esperando ese momento. Desde que estábamos en la universidad. Mateo me había visto llorar sola en el aniversario de la muerte de mi madre, hecha bolita en un rincón. Y al día siguiente, me vio sonriendo con mis compañeros de clase, haciéndome la fuerte.

En una posada de la escuela, yo me había acercado súper roja a regalarle una manzana de caramelo. Desde ese día, él se enamoró de mí. Pero ya tenía todo arreglado para irse a hacer su especialidad al extranjero, y yo apenas tenía 19 años. Pensó en regresar por mí cuando creciera un poco más. Guardó la envoltura de esa manzana como un tesoro hasta que se deshizo.

Cuando volvió hecho un doctor exitoso, se topó con la triste realidad de que yo estaba perdida y ciegamente enamorada de Leonardo. Observó desde lejos todo nuestro drama durante tres años, viendo cómo me rompían el corazón una y otra vez. Tenía terror de acercarse, de que yo notara lo loco que estaba por mí y lo rechazara para irme corriendo con Leonardo otra vez.

Hasta esa noche, en la banqueta, cuando le supliqué que no me dejara sola. Rompió todas sus reglas y me llevó a su departamento, y ahora, por fin, me tenía durmiendo en sus brazos.

Mateo bajó el rostro y besó mi frente con una ternura infinita. Y se hizo una promesa silenciosa: jamás iba a permitir que nadie volviera a lastimarme o a hacerme derramar una sola lágrima.

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